lunes, 3 de septiembre de 2012

CONVERSACIONES SOBRE LA VOCACION DOCENTE

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL EJEMPLAR 1 DE SEPTIEMBRE 2010
Ariel López Alvarez
Septiembre de 2010
Las pláticas parecen ser depositadas en el fondo de los adentros del tiempo, y sólo asoman el rastro de sus ideas principales en una estela finita que poco a poco también desaparece; casi fue el destino del siguiente diálogo. Éste se generó a propósito de cuestionamientos personales sobre la vocación docente, que llamaban mi curiosidad por allá de septiembre del 2009. Samuel Nepomuceno Limón, maestro de varias generaciones de la normal de Rébsamen participaba en la conversación en la que, como en otras ocasiones, intervenía el maestro Lizardo Enríquez Luna, a quien le agradezco el apoyo para que las preguntas al maestro Samuel no se salieran del tema.
En educación se habla de la vocación docente. Damos por sentada su existencia o su presencia en los maestros ¿Poseer vocación limitaría la libertad? ¿De qué hablamos cuando nos referimos a la vocación del maestro?
Debemos asumir la posición que toda realidad es compleja, que está compuesta por múltiples factores, que sólo conocemos algunas partes de ella. También lo social es complejo. Dentro de esa complejidad, existe un entrelazamiento de relaciones que se dan en los seres o en los fenómenos.
El maestro se encuentra inmerso en una maraña relacional. Para poder analizarlo es conveniente separar una parte de esas relaciones y mirarlo más específicamente. En lo externo, el maestro está relacionado con autoridades, con padres de familia y con estudiantes. En lo interno, están las relaciones con su propia historia, su preparación, sus intereses, sus necesidades y demás.
Preguntar si el maestro es libre equivale a colocarlo en alguna de esas relaciones, primero, lo cual nos llevaría a pensar que en principio no lo es, dado que es sujeto de deberes y derechos. Ahora, como ser humano dependería del enfoque desde el cual quisiéramos contemplarlo. El maestro es libre desde un punto de vista amplio, dado que él toma decisiones frente a las alternativas que la realidad social le ofrece. Como todo ser humano tiene un código ético y cuenta con una escala personal de valores. Su libertad consistiría, como dice Savater, en optar por seguir una norma o no seguirla. Si la sigue lo hace con libertad, y si opta por no seguirla, también. Sólo que en este segundo caso, tendría que ser responsable de las consecuencias de su decisión, y no creo que esta libertad esté limitada por la vocación para el magisterio.
El maestro es poliédrico, cada punto de vista que se adopte para definirlo nos daría una visión distinta. Laboralmente es un trabajador, sujeto a un contrato. Desde el punto de vista de su evolución personal, puede sentirse a gusto en el desempeño de su labor o sentirse forzado a realizarla. Si labora con agrado, muestra interés por los estudiantes y lo que éstos hacen; se interesa por la materia de enseñanza, por las ideas nuevas que van surgiendo sobre la educación, por los procesos sicológicos del aprendizaje y, en general, por todo lo que concierne a su actividad. Sí, eso podría decirse del que es un maestro con vocación.
Sobre la vocación misma, no sé si efectivamente, como lo dice la raíz latina, sea una vocatio o provenga de la acción vocare, es decir, que sea un llamado o un llamar, o más bien pudiera ser una predisposición, surgida de la propia evolución personal que le proporciona un alto grado de adaptabilidad a las tareas que llega a desempeñar. Es decir, no estoy seguro de que se pueda afirmar que un maestro al que se considera con vocación, sería incapaz de desempeñarse en otra área a la que no “está llamado”, o si se pueda decir que sea incapaz de contar con el interés y habilidades propios para desempeñar con agrado otras tareas. Sí, tengo dudas al respecto, ¿Es específico el llamado? Por ejemplo, me puedo preguntar que si el magisterio me atrajo más que la literatura eso signifique que no pueda yo desarrollarme en ésta, si también me interesa.
El magisterio tiene una diferencia en relación con el sacerdocio, en el que existe una entrega total, misma que no se le puede demandar al maestro y que tal vez ninguna otra profesión la proponga. El sacerdocio exige renuncia. Las profesiones no la exigen. La persona que está dispuesta a seguir el sacerdocio acata todas las reglas. La vocación misma no sé si sea interna o externa: externa porque me llama, o interna, que nace en mí. Parece difícil saber si ella esté orientada, simplemente, por una inducción. Por ejemplo, si desde niño me enseñaron a ser algo, entonces me indujeron a tener esa formación. Es como los padres que desde niños ponen a tocar violín a sus hijos y éstos cuando llegan a ser grandes muestran su virtuosismo ¿En esos casos, podría decirse, sin error, que en sí ya traían la vocación o que ésta surgió como producto de una enseñanza temprana? No lo sabemos.
Por otra parte, se dan los casos de quienes no disponen de habilidades físicas. Puede ser el caso de un joven que no pueda llegar a ser un gran pianista por sus manos pequeñas, pero podría ser un crítico, un compositor, un maestro, un historiador, un escritor especializado sobre el tema. Existen medios para que la gente que tiene un interés fijo supere sus limitaciones, como Hawkins.
¿Qué características le parece que se observa en quienes dan muestra de la vocación docente?
 Dada la amplitud del tema tendríamos que optar por una idea sólo para efectos de la charla. En general, la vocación es un agrado, un interés sostenido, una tendencia al perfeccionamiento en el desempeño de la actividad profesional.
¿Le parece si hablamos sobre el agrado?
El profesor al que se podría considerar con vocación hace de cada actividad en el aula una tarea que para él resulta satisfactoria. Ahora, esa satisfacción puede derivar de la respuesta que observa en sus estudiantes, de su propio dominio del tema, de su capacidad de comunicación, entre otras razones. También tiende a ser satisfactoria la respuesta de los escolares. No está preocupado o atento al transcurso de los años de servicio y, generalmente, cuando llega el momento de retirarse no abandona el trabajo con apresuramientos. Todo esto es el agrado, la atracción: el agrado de asistir, el agrado de comunicar, el agrado de compartir conocimientos, el agrado de hacer que otros aprendan.
¿A qué se refiere usted con el interés sostenido?
Me refiero a que prácticamente todo lo que le marca el programa de estudios le resulta atrayente al maestro y, en aquello que desconoce, se prepara debidamente con anticipación al momento de su comunicación. La actitud positiva también se amplía hacia los estudiantes mismos, sus condiciones particulares y el colectivo escolar. Es decir, es un interés que se irradia hacia todo lo que tiene que ver con su tarea y hacia los involucrados con ella. Y esto se da curso tras curso.
¿Cuál es la tendencia al perfeccionamiento que posee el maestro con vocación?
Podemos considerar que el maestro acepta que la preparación que ha recibido en una institución formadora de docentes tiene un carácter introductorio y que le proporcionó habilidades básicas para la docencia; sólo que el trabajo en el aula es mucho más amplio y completo, y le requiere desarrollar sus propias habilidades, las que ya había en él, así como otras nuevas, para el mejor desempeño de su labor. En cuanto a los conocimientos propios de la profesión, como los sociológicos, sicológicos, biológicos, didácticos, etcétera, el maestro sabe que están en constante evolución y procura estar en lo posible al día.
Entonces, en la actualidad debemos hacer menos presuntuoso el concepto de lo que se debe entender por vocación docente, diferente de lo que se pretende encontrar en su raíz etimológica. Ahora bien, con las acotaciones del concepto, a usted como maestro, ¿le llegó a preocupar si tenía o no vocación para la docencia? ¿Cómo se puede apoyar para que en cualquier individuo florezca o se fortalezca su vocación para una actividad y, en particular, digamos para el magisterio?
Podría decirse que yo nunca seleccioné el magisterio. Pensaba en otra cosa, de la que ignoraba todo; pero cuya idea me parecía atractiva. Llegué a la escuela normal por azares de la vida, y aquí me tiene, con algunos años de experiencia y contento con la profesión. Por lo tanto, no viví en carne propia el llamado de la vocación y, en realidad, desconozco si la vocación sea un hecho o un conjunto de características que confluyen en una persona.
Creo que sería difícil intentar sembrar vocaciones. En todo caso podrían descubrirse ciertas capacidades básicas muy útiles para una profesión en particular. Un ejemplo nos lo da Moshinsky, quien no sabía que tenía facilidad para las matemáticas hasta que un maestro de secundaria lo descubrió, y alentó al estudiante para que intentara desarrollarse más en esa área. Llegó a ser uno de los mejores físicos de México y siempre amó su profesión. Y así como él podría haber muchos niños con diversas capacidades ocultas o manifiestas cuyo desarrollo podría dar lugar a grandes vocaciones. Una vez descubiertas esas capacidades, papel que corresponde a los adultos que conviven con el niño, daría buen resultado estimularlas, facilitar su ejercitación, sin descuidar las otras áreas del desarrollo humano. Esto quizás podría entenderse como fortalecer una vocación. Considero difícil que hubiera una vocación específica para la medicina; más bien podría tratarse de interés por la salud de los demás, de interés por el cuerpo humano, por el bien ajeno, entre otras cualidades que, en suma, resultan propias de esa carrera. Incluso en la misma profesión médica hay especialidades. Quizás sean las mismas capacidades de cada individuo, las que sumadas a sus intereses, podrían orientarlo hacia alguna especialización; es decir, la vocación vista como un complejo y no como un objeto concreto y definido.
Algo similar podría decirse de la vocación para el magisterio. Son numerosas las niñas que se sienten estimuladas por el ejemplo de sus maestras y, al ser las únicas profesionistas con que tienen contacto, deciden seguir esa carrera, sin saber las implicaciones que ello tendría. Varios niños sueñan con ser bomberos o policías o luchadores de la WWE, quizá actores. En apariencia, tenemos ahí sólo un interés al que habría que sumar las capacidades de que hablábamos al principio y, por supuesto, las condiciones físicas y mentales para ello. A las escuelas normales llegan muchos jóvenes creyendo tener vocación, es decir, interés. Ya el contacto con la realidad cotidiana de estar frente a treinta o cuarenta niños, con sus distintas personalidades, necesidades, desarrollo y demás, pondrían a prueba esa pretendida vocación. Ahí habría un cúmulo de factores internos y externos que podrían inclinarlos a ejercer con agrado y atracción su carrera o sentirse víctimas del destino. Como quiera que sea, en las escuelas normales se ofrecen múltiples oportunidades de practicar la enseñanza y de poner en ejercicio las capacidades y los intereses que tengan los estudiantes.
Usted ha sido formador de docentes ¿Cómo ayudó a los futuros maestros a fortalecer su vocación y cómo lo ha hecho con relación a sus rasgos de personalidad? De esto último no quisiera pasar inadvertido que el Diccionario de Pedagogía hace referencia a la “personalidad” como una de las causas que explican la vocación docente. En principio parece absurdo andar por el mundo buscando personalidades.
En efecto, me parece difícil que la selección de estudiantes para la carrera magisterial se decidiera por una determinada personalidad, pues son muchos los factores que entrarían en juego para desempeñarse como docente. Con todo, me parece que la personalidad tiene mucho que ver, pues en ella quedarían incluidos algunos de los rasgos a que ya se ha hecho referencia. Con mis estudiantes de la Normal procuré siempre establecer una relación positiva, cuidando no llegar a dar, sin querer, un “mal ejemplo”. El entusiasmo que despertaban en mí ciertos temas, en ocasiones, parecía contagiarse a los alumnos, en especial cuando se trataba de cursillos dirigidos a maestros en servicio. En el caso de los normalistas, como le ocurre a cualquier grupo de estudiantes, viven un ambiente de camaradería, de interés por lo inmediato y en el que los temas de estudio a veces les parecen imposiciones sin sentido. Pero si pretendemos alentar el interés, desarrollar las capacidades con que cuenten y brindarles herramientas conceptuales y técnicas para la docencia, estaremos alentando la vocación, cualquier cosa que ésta signifique.
Aún con sus acotaciones, la vocación es algo subjetivo, es una percepción que no se puede medir ¿Cómo pueden las instituciones educar para la vocación?
Las instituciones podrían orientar sus programas, en parte, al aliento y favorecimiento de lo que ya hemos mencionado varias veces, como interés, etcétera. Creo más en la influencia personal de los docentes, pues la convivencia en el aula estimula en ocasiones el afán de imitación, sea en lo bueno o en lo malo. Parece indudable que los considerados buenos maestros lleguen a ejercer una influencia más benéfica que alguien que se muestra incómodo con su trabajo. Esto no quiere decir que esta influencia se dé automáticamente, pues dependería de la receptibilidad que tengan los muchachos.
Entonces, el maestro de vocación se encuentra en un sistema de relaciones que van más allá de los alumnos; se relaciona con autoridades a quienes tiene que rendir informes, con los padres de familia que tienen la formación originaria de los hijos, con una comunidad en la que está inmersa la escuela. Todo eso limita o potencializa los resultados que el maestro puede obtener en el aula. ¿Cómo puede el maestro potencializar sus capacidades de enseñanza integrando estas variables? Además, en muchas localidades se carece de los medios básicos para que el alumno se desarrolle, lo que pone a prueba diaria la vocación docente.
El medio ejerce una gran influencia sobre el desarrollo de los niños, tanto el ambiente físico como el social. Ese medio, como su nombre lo indica, conforma un escenario en el que tiene lugar toda una interacción. Todo influye sobre todo. Sólo que algunas influencias son más susceptibles de dejar huellas profundas y otras son pasajeras como lluvia de verano. El maestro se encuentra con un universo de personalidades. Cada personalidad es única e irrepetible. Tener treinta alumnos es tener que tratar y atender a treinta personalidades. No es un grupo de niños como un conjunto homogéneo o una unidad; semeja más bien a un puñado de arena en el que cada grano guarda su independencia, su identidad, su forma específica, en fin, su individualidad. La interacción social facilita juegos de contacto, de intercambio, de influencia mutua y permite, en muchos de los casos, una cierta conformación de la personalidad. Hay muchas ideas que definen la enseñanza; pero me parece que, en lo general, enseñanza es básicamente comunicación y no sólo comunicación verbal. Entrar en contacto con los alumnos es mucho más que hablar con ellos y escucharlos. Hay un contacto emocional, una cierta sinergia, esto es, una fuerza que surge como producto de la interacción. El aula pone en común al maestro y sus alumnos y ese ambiente puede propiciar o entorpecer varias de las actividades dirigidas al aprendizaje.
El papel del maestro, como funcionario, tiene muchas facetas. Su labor, además de la docencia, tiene que ver con lo administrativo, con los padres de familia como parte beneficiaria e interesada en el resultado de la educación; con las disposiciones, muchas veces indiscutibles de la superioridad; con el cumplimiento de un calendario cívico y social; con las distintas evaluaciones. Ello sin contar que la propia función docente está referida a lo intelectual, a la educación física, al desarrollo social, emocional y actitudinal de los alumnos a su cargo. Podría decirse que el medio presenta limitaciones para la libertad que debiera tener el maestro para decidir por sus procedimientos o formas de abordar los diversos asuntos, pues debe tener siempre en cuenta las condiciones del aula, la nutrición de los chicos, la fuerza de la autoridad exterior, la presión de los padres, entre otros. Aquí es donde entra en juego eso que usted llama vocación.
Maestro, volviendo a la pregunta original, usted me da a entender que pensar que existe una vocación docente en el sentido original del concepto es limitar la libertad de los individuos en otras áreas de su vida, con lo que estoy de acuerdo, y entiendo que necesariamente se debe abandonar la idea originaria del concepto y redefinirla como algo más apegado al quehacer docente. De ahí que entiendo que al plantear una visión no ideal de la vocación docente usted hace referencia a tres características que encuentra en ella. Pero me queda en el tintero una pregunta, antes de haber leído la indagación en el tema de García Morente (1), a través de sus métodos fenomenológicos, pensaba si en el maestro se va desarrollando el gusto por la atención o el amor a los niños y ahora, más bien, considero que debiera preguntarle si puede hablarse de que el maestro posee por principio de causa el gusto y el amor por la docencia, por dar clases, por el interactuar con niños y jóvenes que año tras año son distintos.
La primera respuesta se resumiría diciendo que el hecho de tener vocación no limitaría al maestro. Y no lo limitaría porque ya está haciendo algo que le agrada, que le atrae. Ahora que si pensamos en si lo limita para otras actividades, creo que tampoco, pues si ya tuviera vocación para la enseñanza, es decir, si se siente atraído por ella, ya no exploraría otras áreas con el mismo interés.
En cuanto a su pregunta, me parece que pueden señalarse dos momentos para la vocación. Uno, en el que manifiesta una atracción por la docencia, y otro, cuando ya la ejerce. Ese primitivo interés encuentra un campo de desarrollo alimentado por la facilidad que para él representa la tarea, por la respuesta que observa en sus alumnos y por la satisfacción que toda esa situación le reporta. Sí, podría decirse que en el maestro de que hablamos hay un desarrollo vocacional. Lo que era un mero interés se va transformando en una realización de sí mismo, un sentirse “como pez en el agua”, a pesar de las naturales dificultades que se le presenten en su trabajo. Vistas así las cosas, incluso el interés inicial, la atracción, pudiera ser producto también de un desarrollo. Quizás no aparezca de golpe, aunque sí puede darse un momento de “revelación”, en el que toma conciencia de un agrado por la docencia, en el que antes no había reparado.
En una posición dialéctica ¿Qué reflexiones le trae la charla?
Creo que la vocación es una construcción social, un constructo social que surge con el afán de buscar una explicación o razón que hace a una persona inclinarse especialmente por una profesión o actividad. Se entiende que esa búsqueda se dio en momentos en que la Psicología no acusaba el desarrollo que actualmente vemos en ella. Me temo que ahora ya no existe esa preocupación, dada la enorme diversidad de campos de estudio y de trabajo, los requerimientos de las empresas productoras de bienes o servicios, la necesidad de dedicarse a lo que sea posible ante la urgencia de un salario, etcétera. La vocación era un concepto importante antaño, cosa que ya no podría decirse de hoy en día. No obstante, el vocablo no ha desaparecido del léxico cotidiano, y su empleo requiere de una interpretación que ya no puede ser la que originalmente tuvo. Ahora, dada la dinámica de la vida, los intereses son pasajeros, cambiantes. En otro terrero los miramos: antes una mujer como esposa lo era para toda la vida. No había opción. En la actualidad, en los noticiarios vemos casos de matrimonios que tuvieron una duración de apenas unas horas o días. Igual las carreras profesionales. Los muchachos estudian para una cosa y la vida los coloca en otra cuando encuentran trabajo. No pueden aferrarse a una idea fija, pues ni ellos estarían seguros de que el interés se conservara. Incluso me parece que no contamos con tests vocacionales, sino con pruebas de interés. García Morente nos dejó su visión de lo que ocurría hace unas ocho décadas. En este lapso, la sociedad ha cambiado mucho.
                Finalmente, la conversación tomó otro giro, y yo dejé de tomar notas; pero el asunto me hizo reflexionar durante algunos días.
(1)     García Morente, en el ensayo sobre La vocación del magisterio, contenido en Escritos pedagógicos, hace la mención de que para “… exponer el alma del maestro, nada parece más llano y eficaz que estudiar la conformación efectiva de un Pestalozzi…, desentrañar su vida, escuchar sus confesiones, disponer en orden los rasgos esenciales de su espíritu y dibujar, por decirlo así, la topografía de su alma. Si luego hacemos las convenientes generalizaciones y abstracciones, obtendremos un tipo general que cabrá presentar como modelo de la clase”. Y continúa diciendo que “Este método, tan corriente como tácito es, sin embargo, de resultados inciertos siempre, y falaces. No ya dificilísimo, sino realmente imposible”. Tampoco le parece que el método de la introspección sea útil, considerando que “… sucumbe a iguales críticas: es personal, individual y aunque el que se analiza a sí propio haga el máximo esfuerzo de objetividad para impersonalizarse, siempre al cabo ha de llegar a resultados harto personales, subjetivos y de muy dudosa generalización”. Luego, se va a un plano superior de donde desea bajar a cada maestro de vocación docente y anota que “… si el problema de la vocación magistral equivale a definir el maestro tipo, el maestro ideal ¿no será más eficaz método el acudir a supuestos ideales y típicos también? A García Morente le interesa hurgar en el “…cómo debe ser el alma del maestro”, en el todo, y para ello se propone “… determinar la esencia del acto educador”. En fin, parece orientar su tema por un camino diferente al ordinario; parte del supuesto de encontrar las virtudes del maestro ideal, de donde se podría extraer al maestro de vocación. Creo que llega a lo que se puede decir que es un: De existir un maestro de vocación, deberá de ser como lo describo.