martes, 31 de mayo de 2022

Enrique Olivera Arce: Periodista de las causas sociales.


 

Marcelo Ramírez Ramírez.

 

Cuando muere, el hombre continúa vivo en el recuerdo de quienes lo conocieron; si ese hombre realizó una obra destacada, vivirá en ella y ella dará testimonio de la fuerza con la que supo amar y buscar la verdad, la belleza, o el bien en cualquiera de sus expresiones. Dar testimonio del compromiso existencial de un hombre, es reconocer un modo de presencia que no termina con la muerte; es proyectar la existencia humana más allá del tiempo que duran la carne y la sangre; es reivindicar la permanencia del pensamiento y los sentimientos alimentados por un propósito que va más allá de los afanes cotidianos. Es, en una palabra, preservar el fulgor de una vida que logró cristalizar en una tarea, aunque esa tarea no haya alcanzado un acabamiento pleno. Lo que importa es el compromiso con la verdad de esa tarea, la convicción con que se llevó a cabo. Y cuando esa tarea tiene que ver con las ideas que alumbran el destino humano, lo esencial es la honestidad intelectual con que se lleva a cabo, opuesta al oportunismo y la conveniencia. En el periodismo la honestidad intelectual es el rechazo de la hipocresía, que acepta doctrinas de avanzada para desvirtuar su sentido, haciéndolas servir a los intereses del momento.

 

Enrique Olivares Arce, escribió siempre respondiendo a los apremios de su conciencia. Lo hizo armado con los elementos teóricos del marxismo, el cual profesó como una religión social. En él veía la salvación del hombre, la redención de sus ambiciones desmesuradas, que lo llevan a transformarse “en el lobo del hombre”. E.O.A. encontró en el marxismo la respuesta de su deseo de justicia que lo acompañó hasta el final a sus días; aceptó la dialéctica histórica que enseña cómo la humanidad avanza hacia un orden social sin contradicciones. En su fervor revolucionario E.O.A, creyó, como muchos de los jóvenes de su generación que vieron y vivieron el triunfo de Fidel Castro, que había sonado la hora de emancipación de los pueblos de Hispanoamérica. Fue una explosión de entusiasmo que creía contar con el respaldo de los hechos, interpretados apresuradamente. Esos jóvenes vieron como cosa natural “irse a la guerrilla” y así lo hicieron. E.O.A. fue uno de ellos; en Nicaragua vivió la experiencia de la lucha en la selva tropical, plagada de alimañas, con el riesgo constante de ser sorprendidos por el ejército. Ahí también vivió el amor como refugio, sabedor de que la muerte lo acechaba. De su grupo, él y su esposa y tal vez uno o dos compañeros más se salvaron. Después volvió a México, habiendo comprendido que la revolución es un acontecimiento excepcional y que no representa la solución verdadera para eliminar la injusticia y la pobreza. A diferencia de otros que terminaron decepcionados y, en algunos casos, renegaron de sus convicciones, E.O.A. se mantuvo fiel a su visión optimista de la historia. Hasta donde pude conocerlo, conservó su fe en el destino del hombre y se negó a ver en él “un error de la naturaleza”, ser incorregible de pasiones destructivas. Su convencimiento de un futuro mejor para todos se mantuvo, aún en los momentos en que la descomposición de la política, las traiciones de los políticos y la doblez de mucho de sus colegas de los medios de información y la comunicación, coincidían en un maridaje indecoroso, precipitando al país en una de sus peores crisis.

Como todos los hombres buenos, Enrique era a veces ingenuo, las omisiones o yerros de los políticos los atribuía al desconocimiento de los problemas, más que a la mala fe. Con esa convicción, fue a visitar a su oficina a una política importante para darle a conocer sus puntos de vista sobre los problemas de la ciudad, esperando sirvieran para la toma de decisiones. La política lo escuchó atentamente y prometió llamar a “Don Enrique” en los próximos días para aterrizar las cosas. Se quedó esperando la llamada.

 

En sus análisis de la problemática social, E.O.A. se propuso fortalecer la conciencia social, en favor del desarrollo con oportunidades para todos; este desarrollo implica la inclusión de los grupos marginados, el combate a la desigualdad, la pobreza y la corrupción. En esos análisis permaneció fiel a los conceptos de la crítica marxista; le gustaba repetir en las pláticas con los amigos, que el marxismo es la verdadera perspectiva científica de los fenómenos sociales. La caída del “socialismo real” no le inquietaba, porque el fracaso del estalinismo no había representado el fracaso del ideal socialista, el cual permanece vigente y alienta la lucha de los que se proponen llevar al terreno de los hechos el proyecto del “hombre nuevo”, desenajenado, autónomo, creativo y solidario. Su adhesión al humanismo en la óptica del materialismo dialectico, le dio a los escritos de E.O.A. el toque idealista que es el rasgo constante de los verdaderos hombres de izquierda. Recordamos al amigo Enrique con el afecto y respeto a los que son merecedores los seres humanos auténticos.

  

miércoles, 11 de mayo de 2022

Ana María Icaza Güido de Xirau, 1922-2022. Xalapeña universal

 


 


“Juego”

Cuando la muerte anochece con manto de tierra blanca y trigo de luna llena

la niña la juega y ríe,



la niña la ríe y sueña[1]

 

Ángel Rafael Martínez Alarcón

El pasado miércoles 20 de abril del presente año 2022, El Colegio de México, informó del fallecimiento de la pintora xalapeña, Ana Maria Icaza viuda de Xirau,  minutos después el Dr. Enrique Krauze emitió sus condolencias, y así varias instituciones educativas de la ciudad de México, por medio de las redes sociales fueron participando del fallecimiento de quien fuera la viuda del filósofo catalán Ramón Xirau,(1924-2017). Por correo electrónico Carmen Boone Canovas, sobrina de la fallecida, informaba también de su deceso, aportando información exacto del nacimiento; y como siempre adjuntado una exquisita foto del bautizo de Ana María, acontecido justamente hace cien años, en esa Xalapa de la posrevolución.

            Ana Maria Icaza Güido,  nació en la ciudad de Xalapa, a finales de la primavera de 1922, eran los años de los gobiernos de Álvaro Obregón, presidente de la posrevolución y del Coronel Adalberto Tejeda Olivares, en su primer periodo como gobernador del Estado de Veracruz. Nació el 10 de junio de hace 100 años, le faltaban 50 días para celebrar su centenario de su natalicios.  Ella fue hija de un matrimonio de intelectuales mexicanos. Su padre abogado y escritor: Xavier Icaza, natural del estado de Durango, nacido en 1892 y fallecido en la ciudad de México en 1969. También  docente universitario en la Universidad Nacional Autónoma de México. Quien llega a Xalapa, en los años veintes del siglo XX; justamente cuando también a la pueblerina Xalapa, está siendo tomada por la vanguardia estridentista, encabezada por Manuel Maple Arce,quien gobernador Heriberto Jara Corona, lo designó Secretario de Gobierno, muy corta edad. Informa a Alfonso Reyes,  que se instaló en Xalapa en 1920. Xavier Icaza,  fungió como Ministro de la Suprema Corte de  Justicia. y talentoso escritor, con una prolífica obra publicada, recuerdo su obra Panchito Chapopote, en donde narra la situación petrolera en el Estado de Veracruz.  Se une en matrimonio con la escritora xalapeña: Ana Güido Corral,  el apellido Güido  lo encontramos en la población de Xalapa, en la segunda mitad del siglo XVIII. Varios de sus integrantes de dicha familia destacaron en la ciudad en las primeras décadas del siglo XX.

            Carmen Bonne Canovas, sobrina de Ana Maria,  nos informa que fue bautizada, en la ciudad de Xalapa,el 22 de junio de 1922, a los doce días de su nacimiento. Y fueron sus padrinos del sacramento bautizmal, la abuela paterna doña Dolores López Negrete de Icaza  y el abuelo materno don Alonso Güido y Acosta, (1835-1928) funcionario municipal, Secretario de Gobierno del Estado durante el gobierno de Juan de la Luz Enriquez, (1836-1892). Así como también gobernador interino y diputado local.

            Ana Maria Icaza Güido, sus primeros años los pasa en su ciudad natal, para luego pasar junto a sus padres a vivir en la ciudad de México, Distrito Federal. En 1949, se une en matrimonio con el poeta y filósofo catalán Ramón Xirau Subías, (1924-2017). Hijo del también filósofo Joaquim Xirau Palau y Pilar Subías Galter. La familia llega a México, en 1939, luego de los tres años de la guerra civil española, (1936-1939). El Presidente Lázaro Cárdenas del Rio, (1934-1940) abrió las puertas del país, al exilio español, en particular a los intelectuales. Joaquin Xirau Palau, llega al país por invitación de la Casa de España en México, años más tarde Colegio de México.

            Del matrimonio Xirau Icaza,nació el 7 de enero de  1950, el primogénito Joaquin. Economista, escritor y poeta, quien a los 26 años de edad dejó de existir, cuando cursaba los estudios de maestría en la Universidad de Harvard, en mayo de 1976. 

            El matrimonio Xirau Icaza, fueron muy cercanos amigos del poeta Octavio Paz, (1914-1992). Premio nobel de literatura en 1990; quienes los acompañaron a Noruega para recibir el premio en el otoño de 1990. Prólogo un poemario del poeta, hijo de sus amigos.

            El año del 2013, se instituye el premio de Poesía  y Economía: Joaquin Xirau, con el patrocinio del Colegio de México. La familia Xirau Icaza,   fue sin duda una de las actividades que los mantuvo activos, en los últimos años. En 2017, falleció el Dr. Ramón Xirau.

            En el canal de youtube, encontramos la participación de Ana Maria Icaza Güido de Xirau, en las entregas del premio que mantiene viva la memoria de su hijo. https://youtu.be/JXuaZU3cIWE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] Joaquín Xirau Icaza, Poemas, primera edición, Joaquín Mortiz, México, 1976; segunda edición, FCE, México, 1989, pp. 22, 25 

 

 

 

 

 

 

 

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jueves, 28 de abril de 2022

MEMORIAS DE OTROS MUNDOS; MEMORIAS DE UN CONTAGIO.


Dedicado a todos los personajes que realmente existen detrás de esta ficción.

Por:  Karina Hernández Hernández

Tenía síntomas extraños, pero nunca se imaginó que tendría eso. Creía que “aquello” nunca le iba a afectar, aunque de alguna manera lo percibía en todas partes. No sabe dónde precisamente se contagió. Con anterioridad había viajado a su ciudad de origen; varias horas en carretera le habían hecho sentirse extraordinariamente a gusto al pensar que vería a sus seres queridos, pero cuando regresó, su cuerpo le hacía sentir que algo fuera de lo normal estaba pasando.

En el silencio de la noche, cuando cesaron todos los bullicios, un sobresalto repentino le despertó. Presentía algo, pero no sabía qué precisamente era. En plena madrugada, se puso a pensar en la vida y en la muerte; pensó que la vida pasa y no vuelve jamás. Intentó conciliar el sueño, se dio de vueltas en el lecho. Decidió recostarse sobre su lado izquierdo, pero al momento, imágenes relativas a la enorme distancia que existía entre su casa y el lugar en donde ahora residía, le atormentaron. La sensación de soledad y abandono se apoderó de ella. Entonces decidió recostarse sobre su lado derecho; saltaron de repente imágenes combinadas, unas plenas de felicidad, correspondientes al pasado, y otras cargadas de melancolía.

Siguiendo el impulso de vida y encauzando las fuerzas en favor de la misma, decidió pensar en momentos correspondientes a épocas agradables; sólo así logró tranquilizarse. Sin embargo, algo en lo profundo de su corazón y en su cuerpo le decía que algo extraño pasaba, pero ella fingió desdeñarlo y centró su mente en la idea de que todo aquello era producto de los livianos rumores de la noche que poco a poco comenzaban a escucharse. Se consoló pensando, de manera definitiva, en que algún día moriría pero que ese día estaba lejano y que para ese entonces sólo importaba olvidarlo todo y descansar. Se sugirió a sí misma que nadie, excepto ella, se hacía tales preguntas a esas horas y que por tanto no era racional hacerse cargo de un acontecimiento (la muerte) que les compete a todos los mortales. Se dijo que no había derecho para cargar ella sola con un asunto así. Tardó varias horas cavilando en la idea de que sobre la muerte casi nadie habla, pues es un tema demasiado doloroso para cualquier mortal.

Por fin se durmió. De todo el contenido latente propio de sus sueños, recuerda haber soñado a su padre enfermo. Las ideas convertidas en imágenes le revelaban que su progenitor padecía una enfermedad fuera de lo común. Entonces despertó de manera repentina llena de preocupación. Su cuerpo le decía que algo pasaba, pero no allá fuera, sino ahí, en su propia carne. Para ese entonces, ella ya sentía una multiplicidad de dolores fuera de lo común. Pensaba que cuando se resfriaba sabía con toda certeza cómo dolía el cuerpo y cómo le punzaban las sienes. Pero estos malestares experimentados más de noche que de día, eran completamente nuevos. A esto se aunaba la imposibilidad de probar alimento alguno, así como la de percibir el más mínimo olor. Se preocupó tanto por ello que la nueva experiencia la hizo visibilizarse como existiendo en otro mundo.

En el nuevo mundo todo existía, pero no tenía sabor ni olor. Incluso, se olvidó de percibir. Las ocupaciones y preocupaciones del trabajo no le permitieron darse cuenta que el café, el perfume y la resina, olores comunes en su vida cotidiana, habían desaparecido de manera definitiva. Ni qué decir de la comida; concluyó que la cocinera había perdido la sazón. Como quiera que sea, se aferró a llevar una vida como todo el mundo. Pero un día, todo cambió. La segunda mujer que ha sido muy importante en su vida, después de su madre, claro está, supo que algo extraño le pasaba a la mujer de esta historia. De mente equilibrada, espíritu fuerte y visión perspicaz, sabía que algo pasaba con su amiga. Entonces le dijo que debía hacerse una prueba para descartar la existencia del virus en su cuerpo. Pero ésta, obstinada y con las facciones crispadas, se negó argumentando que todo estaba bien. No obstante, la autoridad combinada con preocupación, fraternidad y sabiduría, urgieron la mente y el corazón de la mujer obstinada. Y ésta, Incapaz de contradecir la voz de la razón, aceptó resignadamente.

Esa noche, antes de acudir al hospital, ella sentía que por fin se iba a revelar una verdad que el inconsciente le decía que estaba ahí y que, por temor, angustia o cobardía, se negaba a reconocer. Un viento helado y cortante entró por la persiana de la ventana abierta; pensó en la posibilidad de que estuviera contagiada. Intentó evitar que el nudo en la garganta que se le había formado se convirtiera en lágrimas. Extraordinariamente nerviosa y encerrada en su cuarto, lloró silenciosamente. No supo cómo después de sentir una lástima extraña hacia su persona, por fin concilió el sueño de manera repentina.

A la mañana siguiente, se pensó condenada a muerte. La noche anterior le había revelado que estaba sentenciada. Pero aún así, aferrándose a la vida, se dispuso a levantarse. Se bañó y se dio ánimo al pensar en las palabras de su amiga: hazte la prueba, si sale negativo, descartamos la sospecha, si sale positivo, no pasa nada, descansarás, te cuidarás hasta recuperarte y volverás a tu vida normal. Esta dualidad la movía de un modo tal que se bañó y se vistió con rapidez. Y aún cuando la segunda alternativa de la disyuntiva no sonaba tan preocupante, ella presentía, por vez primera, que la noticia que recibiría sería desoladora.

Abordó un vehículo y se imaginó que el conductor del mismo sabía que transportaba a un ser contagiado y, según ella, moribundo. La bajó en la entrada del hospital; de inmediato, ella solicitó le hicieran la prueba que revelaría la presencia o ausencia del virus en su cuerpo. Le urgía salir de dudas; preguntó con la voz entrecortada si podían atenderla, y para su mala suerte, el médico llegaría hasta entrado el medio día. Entonces regresó a su casa. Esta vez ningún vehículo venía desocupado. Caminó. Se dio cuenta de que el sol salió como siempre, fuerte y luminoso; sonrío débilmente al pensar que era un día normal para todos, excepto para ella. La idea de tener el virus en el cuerpo le llenaba de un miedo invencible, tanto, que el sol resplandeciente y prometedor le pareció que de manera repentina comenzaba a desprender una luz amarillenta, débil y mortecina.

Recostada en la cama, esperó horas interminables y solitarias. Estaba más ansiosa que nunca. Para entretenerse pensó en ella misma, trató de reconstruir su figura anteriormente sana y alegre, pero no pudo. Se percibió tiesa, envarada, aterida de frío e impaciente. Se llegó la hora, abordó de nuevo un vehículo, al instante se veía frente al hospital y con la orden de esperar al médico en un determinado lugar. Desde que llegó, el guardia que atendía en la entrada la miró extrañamente. Por la forma de mirar, ella se imaginó que pensó: “pobre mujer, quizá tenga eso”. Pero ante esa conclusión imaginaria, ella se mostró invencible y le devolvió la mirada arguyendo la idea de que sólo era una posibilidad, que no todo estaba perdido. Entonces el hombre le dijo que ahí no la podían atender, que recorriera todo el extremo derecho del hospital y que hasta el fondo estaban unas sillas; ahí debía esperar.

Ella obedeció, caminó unos cuantos pasos y vio de inmediato una entrada y una persona, entonces preguntó: ¿aquí se hacen las pruebas Covid-19? y la respuesta fue: no, hasta el fondo. Caminó y mientras lo hacía, experimentó la exclusión. Por fin, después de varios pasos, llegó a las sillas. Las miró, estaban llenas de polvo, parecía que nadie las había ocupado nunca. No sabía si realmente nadie se había sentado ahí o si éstas formaban parte del escenario propio de los contagiados. Pero ella no quiso sentarse, incluso llegó a imaginarse que seguro esas sillas, por su mal estado, no eran las destinadas para la espera de las personas que iban a hacerse semejantes pruebas. Esperó de pie, pero el médico parecía haberse olvidado de que alguien le solicitaba. Entonces se sentó. Anteriormente le habría importado sentarse en un lugar polvoso, habría limpiado con delicadez; pero ahora no. Parecía que todo, por un momento, había perdido su sentido. Se sentó. Se puso lo más cómoda posible. Se dio cuenta que la exclusión de los contagiados comenzaba por la distancia para las pruebas, continuaba con las sillas desvencijadas, grasosas y polvosas, y culminaba con la espera interminable sobre esas mismas sillas colocadas a la intemperie.

A esa hora el sol iluminaba con toda su fuerza, sus rayos caían sobre la cabeza de cualquier mortal sin miramientos. A raíz de esto, a ella se le ocurrió la idea de que a los contagiados los trataban como apestados: alejarlos, hacerlos esperar sentados sobre objetos indignos bajo el sol, hasta que alguien se acordara que existían y necesitaban atención. Por un momento se imaginó que la puesta de esas sillas polvosas y grasientas a la intemperie tenía dos finalidades posibles:  purificar bajo el sol a los apestados, o castigarlos por su condición. Pero la purificación nunca la sintió; concluyó la segunda opción. Se visibilizó desesperada, urgida de atención médica y sintió todo ese ambiente como castigo.

Mientras esperaba, y antes de que la angustia la devorara, decidió contemplar el amplio panorama que se le presentaba. Para comprender mejor el contexto, hay que resaltar que el lugar por ella habitado se caracteriza por un sistema montañoso abrupto, perteneciente a la Sierra Madre del Sur. Este lugar, ubicado en alguna parte del mundo, en sí es hermoso o, al menos así le parece a ella. Ahí sentada pudo contemplar los cerros cundidos de vegetación fresca. Ella se miró sobre un cerro más pequeño que los otros y sin tanta vegetación como los demás. Ahí, las ráfagas de aire fresco le llenaban los pulmones y el sol caía sobre su cabeza y le abrasaba todo el cuerpo. Sentada en ese lugar miró el amplio panorama y se puso a recordar otros días, otros años y otros lugares, pensó ampliamente en los días en que fue feliz: las risas, las alegrías, la emoción de saberse viva, la sensación de sentirse querida y comprendida. Perdida entre esas imágenes propias de los recuerdos, un lejano sonido que provenía del centro, la despertó de ese ensueño y la cubrió de melancolía y tristeza; pensó en el presente, en el virus que le corroía el cuerpo y le extinguía el alma.

Sintió que llevaba varias horas esperando al médico que la atendería. Estaba impaciente. Quería caminar y olvidarlo todo, pero la duda y la necesidad angustiosa de tener una certeza la obligaron a esperar. Descubrió que estaba cansada, fastidiada y exasperada. Estaba encolerizada porque se sentía como una moribunda a la que no le brindaban atención. Mientras los rayos del sol hacían que le dolieran los huesos, su amiga le escribía. Estaba segura que ante la vivencia de una experiencia límite de ese tipo, ella jamás se habría mantenido en pie a no ser por la presencia virtual y posteriormente física de su amiga. Esta última hizo todo lo posible para exigir le brindaran atención a la que se sentía moribunda. Como siempre, movió cielo, mar y tierra para solucionar las faltas de atención y todo tipo de problemas. Se enfureció cuando supo que su amiga esperaba sentada ahí y nadie la atendía. Ardió en cólera cuando supo que una enfermera había ido a verla para a decirle que “sólo contaban con pruebas para quienes llevaran realmente los síntomas”.

Minutos después de que la enferma se había sentado en una silla vieja, polvosa y grasienta, llegó la enfermera. Le recorrió de la cabeza a los pies. Luego de ese escaneo, por cierto, malicioso, le dijo que tenían pocas pruebas y que sólo eran para la gente realmente enferma. Entonces, desesperada y con las pocas fuerzas que le quedaban en el alma, ella le respondió: ¡tengo los síntomas, si no los tuviera, le aseguro que no estaría en este lugar tétrico y mortecino en donde además de que no me atienden, me juzgan mentirosa! Al instante, la enfermera se sobresaltó, se disculpó y desapareció como un fantasma. Después de ese arranque de cólera, la enferma sintió que las sienes le iban a estallar. El calor la sofocaba y experimentaba impotencia. Pensó en todos los enfermos, en la negligencia médica y en la incomprensión, así como en el dolor de todos aquellos que son afectados por alguna enfermedad.

Después de varios minutos interminables, por fin el médico se dignó hacer su trabajo. Llegó todo cubierto de la cabeza a los pies. Siguiendo las medidas de protección para el personal de salud, llevaba mascarilla quirúrgica, guantes, bata de manga larga, careta y zapatos de trabajo cerrado. Solicitó a la paciente que se sentara, le pidió sus datos personales y le hizo un sinfín de preguntas. Al final concluyó que tenía la mayor cantidad de síntomas. De inmediato, apareció otro médico, ella supo después que era el químico que le haría la prueba con un hisopo. De igual forma, llegó completamente protegido. Explicó cómo era el procedimiento, pero esa explicación a ella le produjo más dolor imaginario que el realmente experimentado. Por fin, se tenía la prueba. Ahora debía esperar. Luego de unos minutos, la verdad: el resultado, positivo. La sensación de temor que le produjo la noticia le hizo experimentar un sabor amargo en la boca; se imaginó que el arsénico sabe a eso y que la muerte también; se sintió envenenada.

El sabor amargo le llegó al corazón. Informó los resultados a su amiga, quien estuvo al tanto por el móvil todo el tiempo. Lo primero que hizo esta última fue darle palabras de aliento y sugerirle tranquilidad; le dijo que tendría que aislarse y que se recuperaría pronto. Acto seguido, le dijo iría por ella hasta el hospital. Mientras tanto, la contagiada, juntamente con su certeza absoluta de estar afectada por el virus, recibió la llamada de su madre. Le contó todo, pero sin quebrarse completamente. En ese momento sacó fuerzas de quién sabe dónde para no evidenciar que se moría de angustia, miedo y preocupación. Como si se levantara de los escombros de manera repentina, recuperó el aliento. En ese momento le vinieron a la mente las palabras de Epicuro sobre la irracionalidad de temer a la muerte; pensó que, en efecto, mientras existimos la muerte no está, y cuando por fin se presenta, nosotros ya no estamos y por tanto ya no la experimentamos. Se dio cuenta que el corazón le latía y que era capaz de pensar todavía con cierto grado de lucidez, entonces se dio ánimos y comunicó la noticia a su madre sin mostrarse demasiado débil.

Pronto, arribó su amiga. La contagiada fue a su encuentro y percibió que por la forma de mirarla a los ojos, sentía su dolor como si fuera suyo. Por su puesto, su amiga hubiera querido estrecharla en sus brazos para decirle…para decirle, Dios sabe qué cosa, pero quizá algo alentador y fraterno. Y sí se lo dijo, pero trató de mantener todo el tiempo en el tono de su voz un aire de comprensión, autoridad y fraternidad; gracias a la unificación de todo esto, impidió que la otra se lanzara a un precipicio sin fondo, como le era común. En otras ocasiones ya la había visto tirarse a la angustia, a la depresión y al llanto por cosas cotidianas y sin sentido. Seguramente por ello, esta vez, hizo uso de su tacto e inteligencia para no presenciar cómo se desmoronaba ante sus ojos la mujer con la que tantas cosas había compartido. Entonces la llevó en su vehículo a comprar los medicamentos sugeridos. Le indicó que debía aislarse quince o veinte días y le dijo que estaría absolutamente disponible por si algo se le ofrecía. Cumplió con su palabra. Le preguntaba seguido cómo estaba, cómo se sentía; le llevó un oxímetro, un termómetro digital, fruta, miel, y libros para que alimentara su espíritu y entretuviera su mente.

Una vez que la contagiada entró a su casa y se supo condenada a residir ahí por quince o veinte días sin posibilidad de salida, reparó por primera vez en las paredes y en los objetos. Todo lucía mortecino y agónico. Se recostó sobre la cama y poco a poco el silencio fue rellenando lenta y grávidamente cada uno de los rincones. La sensación de soledad y tristeza se apoderó de ella y lloró amargamente. Por primera vez se visibilizó frágil y absolutamente desamparada en un pequeño espacio del mundo.

Cuando estaba a punto de ser arrebatada por una angustia que creía le arrancaría el último suspiro, apareció él. No vale la pena mencionar su nombre porque aun cuando se dijera, eso no lo definiría en su unicidad. Lo cierto es que ella podía llamarlo de cualquier forma y él acudiría.  No se sabe a ciencia cierta qué tipo de relación existía entre ellos. Ella cree que tienen una especie de complicidad o un secreto compartido que sólo existe en lo profundo de sus corazones. Para ella, él había revolucionado su mundo; no sólo fue capaz de poner en duda muchas de sus ideas, sino que la sacó de su solipsismo radical y le enseñó la magia de la vida. En su propia concepción, ella es una tormenta, y él, un verano naciente; ella, un cielo plagado de nubes negras, y él, una hermosa puesta de sol. La luminosidad propia de su persona a menudo contrastaba con el gris desolador del espíritu de ella, pero pese a esa contradicción, había una especie de equilibrio que les permitía experimentar un amor fraterno y una comprensión casi absoluta.

Cuando él llegó a su puerta, el cielo se había cubierto de unos densos nubarrones. Le preguntó cómo estaba, por segunda ocasión. Unas horas antes, él también sabía el resultado de la prueba. Los padres de ella, su amiga y él, fueron los primeros que supieron ese resultado desolador. A la pregunta planteada por parte de él, sobre su estado anímico, ella le dijo: mal. Pero antes de que se nublara completamente su rostro, a él se le ocurrió decir, como siempre lo hacía, algo gracioso, una fruslería. Ella siempre se había preguntado, en el fondo de su corazón, por qué ese chico de ojos tímidos, irradiaba siempre una energía positiva y deslumbradora. Hasta la fecha, cada que lo ve aparecer sabe muy bien que con el solo hecho de que sonría, la alejará miles de kilómetros de la muerte y la acercará más a la vida. Y en efecto, ese día, así pasó, pues convirtió el virus en algo de lo cual ella se pudo reír. Por vez primera, el virus pasó de ser concebido como algo que lastima, consume, destruye y liquida, a algo risible y absurdo. A pesar de que se encontraban a una distancia considerable, platicaron y rieron tanto que se sintieron extraordinariamente a gusto. Lo que duró esa conversación, a ella la hizo sentirse la mar de contenta.

Después de reírse del virus y platicar sobre las cosas cotidianas del trabajo y de la vida, él se fue y ella se quedó de nueva cuenta sola. De manera repentina pensó en que ahí donde estaba no había otro quehacer más que leer y escribir, o desesperarse. Por lo pronto, optó por la segunda opción. Contribuyó a ello el cavilar en lo que la cocinera había dicho a su amiga: no atendería a nadie más. Dijo muchas cosas, por su puesto, pero ella optó por apropiarse de esa frase, misma que convirtió en una especie de bofetada hacia su persona. En ese día no sólo la había golpeado la certeza médica del contagio, también la hirió hondamente el rechazo a darle alimento pese a su encierro obligatorio. En ese momento pensó en la frase de Camus, aquella que dice que “hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana”. Le dolió pensar que cuando más necesitaba apoyo, recibiera un rechazo radical por esa persona. Y aunque es verdad que la comida llegó todo el tiempo que duró su encierro, pues al final de cuentas, su dinero, aunque contagiado, también valía, ella vivió varios días sintiéndose como una apestada.

Casi todo el tiempo, él recogía la comida con la cocinera y se la hacía llegar a ella. Cuando él le llevaba el desayuno, la comida y la cena, ella corría presurosa a la ventana a recibir el alimento juntamente con una sonrisa. Entonces así no se sentía contagiada. Pero cuando él no estaba, la comida la llevaba la misma cocinera. La ponía en la ventana y se alejaba corriendo. Le decía unas cuantas palabras y desaparecía. Entonces ella salía unos minutos después. Cuando eso ocurría pensaba en una novela perteneciente a la época de Cristo y que contiene una descripción sobre los leprosos. En Ben-Hur de William Wyler, se cuenta que de los leprosos se huía porque se les consideraba impuros. Ser leproso equivalía a estar muerto, a ser excluido de la sociedad como un cuerpo pútrido.  Y dada la contaminación que su presencia implicaba, les hacían llegar su comida valiéndose de una polea para no infectarse. Cuando la comida descendía, los leprosos salían de sus cuevas, temerosos. Se cubrían, lo más posible, las llagas. El sol les hería los ojos y avanzaban a paso lento. Tomaban sus provisiones, se ocultaban, y sentados en un rincón sepulcral, silenciosos y casi inmóviles, comían para alargar más su suplicio en esta tierra. Y esto, tal cual aquí se narra, ella lo experimentaba cada que iba la cocinera.  

Sin embargo, no todas las personas le hicieron sentirse como leprosa. Todos los que la visitaron fueron indulgentes con ella. Conforme pasaron los días, las atenciones, las llamadas, los platos de fruta y de comida le fueron llegando a raudales. Claro está que ninguna de estas personas se acercó a ella, el acercamiento era imposible. Sin embargo, llegaban a su ventana con una actitud fraterna, solidaria y que evidenciaba mediante los hechos y las palabras que el dolor era compartido. Las palabras de ánimo nunca faltaron. Y todas aquellas personas que no podían venir a verla, le externaban sus mejores deseos y recomendaciones por vía telefónica. Mientras esto ocurría ella se dio cuenta de que llevaba poco tiempo viviendo en ese pequeño pueblo y que ya se había ganado el afecto de grandes corazones. Entonces se sentía dichosa. Y fue gracias a esos nobles corazones que ella no desfalleció a lo largo de ese tortuoso camino.

Los días pasaban lentamente y ella sólo deseaba salir de esas paredes que la encerraban y le hacían sentirse en una cárcel eterna. Contaba las horas y los días, y para no morir de desesperación, se puso a leer y a escribir. En ese momento pensó que había nacido para las letras y que necesitaba alejarse del mundo social para hacer geminar sus ideas y para pulir cada una de las palabras que redactaba. Su espíritu experimentaba felicidad por cada frase terminada, pero su cuerpo, parecía no estar de acuerdo; el dolor se negaba a marcharse. La sensación de tener la espalda completamente fracturada, los dolores de cabeza y de pies eran persistentes. Pese a eso, ella miraba al exterior desde la ventana y quería salir corriendo. En ese momento pensó en la gente sana y en cómo por su trabajo o por sus diversas ocupaciones cotidianas habían dejado de valorar la libertad; esa pequeña libertad propia de la persona ordinaria que puede entrar y salir de su casa sin ninguna dificultad.

Los días pasaron con lentitud, pero pasaron. Cuando por fin se terminaba la cuarentena ella moría de ganas de salir; quería visitar todos los lugares que anteriormente frecuentaba, y también quería abrazar a toda su familia y, por su puesto, a él y a su amiga; sentía el corazón henchido de alegría y quería recorrerlo todo; deseaba recuperar el tiempo perdido. Cuando por fin se acabaron los días de encierro, salió a la calle y no sentía la más mínima gana de volver a casa. Entonces se dio cuenta que allá afuera podía ser completamente feliz. La naturaleza, las calles, la gente y la misma oficina le parecieron lo más hermoso del universo. Y mientras para ella todo era nuevo y maravilloso, para los demás nada había cambiado. Cuando vio la mayoría de los rostros con las mismas huellas de múltiples preocupaciones, angustias y desesperaciones, comprendió que una persona cuando se contagia tiene la posibilidad de experimentar una multiplicidad de mundos distintos, mundos ajenos a este que dejan sensaciones y experiencias diversas que nadie, más que los contagiados mismos, pueden experimentar según la estructura de sus cuerpos y sus mentes.

Después de todo, ella sabía que libraba una batalla contra la muerte física y espiritual; tenía muy claro que regresaba al mundo de los vivos, sin embargo, también era consciente de que el virus no se había ido del todo; se había debilitado en su cuerpo, pero existía palpitante en los objetos, en el aire y en la gente misma. Mientras pensaba esto, recordó al instante y conforme se lo permitió su memoria las últimas líneas de La peste de Camus: “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa; espera pacientemente en las alcobas, las maletas, los pañuelos y papeles”. Cuando meditaba en estas líneas, comprendió que la muerte siempre ha estado en todas partes y que adquiere distintos rostros; se dijo para sus adentros que hoy tenía el rostro de Covid-19. Después de todo, concluyó finalmente que la ausencia de solidaridad, fraternidad y empatía con los demás (contagiados o no) es el impulso esencial de las fuerzas en favor de la muerte y no de la vida…Pensó en esto último con un dejo de melancolía, y después de cavilar largamente en este tema, decidió marcharse silenciosa a recorrer las calles estrechas de este lugar que se encuentra en alguna parte del mundo…

 

Karina Hernández Hernández es licenciada y maestra en Filosofía por la Universidad Veracruzana. Actualmente está a punto de culminar sus estudios de doctorado en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, de igual forma, se desempeña como responsable del Programa de Apoyo a la Educación Indígena en el Centro Coordinador de Juquila, Oaxaca.

miércoles, 30 de marzo de 2022

21 DE MARZO DÍA MUNDIAL DEL SÍNDROME DE DOWN

 


Alicia Soto Palomino

 


¿Qué es el síndrome de Down?

El Síndrome de Down o la trisomía del par 21 es una anomalía cromosómica numérica  que se produce por la presencia de una tercera copia, parcial o total, del cromosoma 21. En genética, una trisomía es la existencia de un cromosoma extra.

El tratamiento de estimulación involucra áreas de kinesiología y fonoaudiología con el objetivo de acompañar y favorecer la adquisición de las pautas que van necesitándose de acuerdo a la edad.

Todos los pacientes son diferentes y cuentan con características específicas.

La familia es un  pilar fundamental para lograr avances en favor de la autosuficiencia, la inclusión y la participación activa de estos pacientes en la sociedad. Los vínculos familiares son esenciales para estimular un adecuado desarrollo. El afecto, autoestima, impulso familiar es el mejor tratamiento. 

¿Desde cuándo se conmemora este día?

En diciembre de 2011, la Asamblea General de Naciones Unidas designó el 21 de marzo como Día Mundial del Síndrome de Down. La fecha fue seleccionada por la Down Syndrome International ya que el número es significativo de la triplicación del vigésimo primer cromosoma, es decir, mes 3, día 21. 

¿Cómo se  celebró este día en Telebachillerato?

Se hizo un evento presencial en las instalaciones de la escuela Normal Superior Veracruzana Dr. Manuel Suárez Trujillo, en donde asistieron las autoridades educativas, docentes, personal del área técnica de la Dirección General de Telebachillerato y alumnos del Telebachillerato Moctezuma.

Se llevaron a cabo actividades relacionadas con la información de este síndrome. Para iniciar se hizo una introducción al tema por parte de la Licenciada en Educación Especial Alma Joanna Fierro Reyes. Luego participó Blanca Jimena Salcedo Rodríguez con el cuento “El cromosoma de Beatriz” de Esther Hernández Palacios, inmediatamente el maestro Primitivo Lara interpretó una canción de su autoría. En seguida  Italia Núñez Huerta, directora Académica del instituto Down Xalapa nos dio una amplia explicación de los problemas y características tan diversos que presentan las personas que ellos atienden. A  continuación se  presentaron dos ponentes que tienen este síndrome y nos demostraron su tenacidad, esfuerzo y dedicación.  Ellos son: Paola Esperanza Bravo Fragoso  quien ha ganado muchas medallas  participando en atletismo, básquetbol, natación, baile y Carlos Palmeros Rivera  es experto en fotografía y se dedica a hacer piezas de joyería.

Más adelante la maestra Alicia Soto Palomino leyó el poema titulado Adolfo el cual les proporcionamos a continuación:

ADOLFO

de Esperanza Pino Méndez

 

Un día de verano

nació un bello niño

Down.

Nunca tuvo lo que

todos.

Inició una vida

difícil:

con su salud

un poco quebradiza,

con una sociedad

injusta;

más, no le tuvo miedo

a su tarea.

Dio su mejor sonrisa

y amor

para brillar como

un solecito.

Él luchó, cayó y se levantó

y lleno de pureza noble

nos dio su amor

y su compañía…

Seguramente se aguantó

                                                            muchas de sus penas

 

¡Ay mamá!

Fueron sus últimas

palabras;

sin pensar yo…

que precisamente eran

las últimas.

 

Después… en la barca que

el destino le donó…

tomó su vuelo.

 

 

Y por último la Lic. En Educación especial Esmeralda Juárez Toledo hizo una reflexión y trató de concientizar a los asistentes para respetar, valorar y apoyar en la medida de nuestras posibilidades a personas con este síndrome.

Fue un evento muy emotivo, del cual todos salimos muy energizados, motivados para colaborar con personas que tienen este síndrome.

 

 

 

martes, 22 de marzo de 2022

EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA.

 

 Por Rafael Mario Islas Ojeda (Academia Mexicana de Educación A.C.) 

La riqueza de una sociedad está en su educación y fortalece la cultura, los valores y todo lo que nos caracteriza como seres humanos. Es pues necesaria en todos sentidos, no solo en la formación del niño, el joven y el adulto. Sino en el crecimiento de la sociedad. Por ello del modelo y los valores elegidos para trasmitir dependerá el entorno socio-político y cultural de la sociedad del momento. El papel de la escuela debe encaminarse a democratizar el saber, así como, educar en y para la democracia, congruente con el desarrollo científico y tecnológico propio y universal, garantizando recursos para mantener el patrimonio cultural de los pueblos, creando un modelo de gestión en el que la sociedad pueda participar, por tanto, fomentar la participación activa de la sociedad al proceso educativo contribuye indudablemente a tener una sociedad democrática.  La reciente presentación del libro “Democracia y rumbo” de José Miguel Guevara Torres en el Instituto Electoral de la Ciudad de México, ha motivado que de entre todos los temas de gran interés que aborda el libro, y que van desde el largo camino de la antigüedad para alcanzar la actual concepción que tenemos hoy día sobre la democracia; hasta la precaria construcción reciente de la misma en nuestro País. Resalte entre el apartado dedicado a Democracia y Cultura la afirmación de que con la creación del “sistema político mexicano” en 1929, y la consecuente creación del “sistema” se formó una cultura antidemocrática.  Nos dice Guevara Torres “El partido oficial fue organizado por sectores, campesino, obrero y más tarde el popular. El sector obrero quedó integrado por sindicatos cuyo control en manos de líderes afines respaldó al gobierno y éste les pagó con su protección, permitiendo el control de los trabajadores afiliados de manera corporativa. Los líderes consecuentemente pusieron en práctica en forma por demás clara y escandalosa la no democracia; esto ha sido parte de lo que vengo llamando la educación antidemocrática.”  “lo importante para esta reflexión es la enseñanza práctica de una forma de vida sindical no democrática. Esto hoy sigue igual, de una forma vergonzosa en ciertos ámbitos.” Es decir, el México del partido único (PRI) fomentó una educación para la NO democracia. Y así se fueron creando y manteniendo estructuras para mantener la educación NO democrática. En México al carecer de esa educación democrática previa, hubo alternancia el año 2000, pero los dos regímenes provenientes del Partido Acción Nacional no abonaron todo lo que podían haber hecho a favor de una educación en la democracia. Tampoco se ve actualmente ninguna acción o tendencia en ese sentido. Las relaciones entre la democracia y la educación son indisolubles. Una no puede separarse de la otra. Así pues, el proyecto democrático, entendido como una apuesta socio-política que requiere cimentar la formación de ciudadanos conscientes, críticos, éticos y participativos en el reconocimiento de valores de convivencia, respeto y búsqueda permanente del equilibrio y desarrollo social, supone una revisión permanente de los modelos organizativos que estructuran las instituciones educativas. La educación, dice Gilberto Guevara Niebla, “no puede, por sí sola, hacer democrático a un país, pero es probable que inhiba prácticas no democráticas.” En el libro Democracia y rumbo, también se advierte qué no hay una sola fórmula de democracia, por eso es importante caracterizar la forma que nos conviene, una democracia con responsabilidad ética, soportada en la Ley Natural, si no es así la democracia deviene en demagogia (Democracia sin rumbo) y ello ha contribuido en forma extensa a desprestigiar a las democracias actuales en muchas partes del mundo. La educación para la democracia deviene así en un imperativo. 

Los tesoros ocultos en el libro “Simbiosis (poesía animalizada) de Luz H. Olvera

 


Por: Alberto R. León Ramos

“La poesía no es de quien la escribe,

Sino del que la necesita”

Massimo Troisi.

 

 

Es un placer encontrarse en esta vida con personas con quien se comparten gozos afines, y más si estos son: leer y escribir. La poesía es “pan de los elegidos”, ya que estos manjares nacen de aquellos seres humanos sensibles ante el mundo que les acontece, es así que hoy estamos aquí para presentar un “pan recién hecho”, Simbiosis, poesía animalizada; de la escritora Luz H. Olvera.

 

En este libro se pueden encontrar diversos tópicos: el más obvio es el literario, ya que se presenta poesía en referencia a animales realmente fantásticos como la Piriña, el Nuborrego o el Graznizo. La poesía presentada en este novedoso libro es una ventana al pensamiento, sentimiento y forma de captar la realidad que nos acontece, y es pues que la autora nos expone un mirador el cual se disfruta de sobremanera.

 

También se podrá encontrar al sumergirse en sus páginas contenido visual  a primera vista muy sencillo, ¡llegados hasta aquí es momento de hacer un alto!, ya que es menester analizar, y así lo recomiendo, con lupa cada parte del animal presentado, es así que se encontrarán con gratas sorpresas, puesto que cada trazo, punto, detalle, sombra y línea configura la génesis de estos seres en nuestro mundo triste digitalizado; “la paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos dulces”.

 

Otro contenido muy a la vista, son los neologismos. Se invita a leer con mucho cuidado cada hoja de este libro, pues se podrá encontrar sentidos nuevos a palabras, animales y cosas de uso tan común. Deseo mencionar que la poesía toma cualquier objeto, situación, sentimiento o animal para hacer de ello su fuente de inspiración, y es conocido que desde los anales de la historia los poetas han forjado textos a punto de pesuña, rumiando palabras, maullando sentidos, rasgando las entrañas de la sintaxis y ahora “animalizando la poesía”. ¡Déjense sorprender con esta forma de hacer poesía!

 

Y también existe, a mi parecer, contenido filosófico en este sucinto y sustancioso texto poético de la autora. El libro se divide en cuatro partes donde se evoca a los elementos primordiales de la naturaleza: agua, aire, fuego  y tierra; ¿casualidad o causalidad? A mi parecer, es causa, ya que la mente de Luz H. Olvera nos presenta los principios básicos por los cuales el hombre empezó a filosofar en la Grecia Antigua, y que hoy en la historia de la filosofía se les denomina filósofos de la naturaleza; estos pensaban que el origen o arjé de las cosas se debían a principios simples como el aire, el fuego, los números o los átomos.

En ese sentido, se puede recordar a Tales de Mileto quien afirmaba al agua como ese origen u arjé de las cosas, mientras Anaxímenes tomaba al aire como el arjé u origen de todo el mundo, en ese mismo filosofar estaba Anaximandro quien habla de un “apeirón” que se puede traducir como lo indefinido y Pitágoras sentenciaba que los números eran el principio de todas las cosas conocidas. Es por tanto, que en mi lectura de este libro de poesía encuentro estas referencias al filosofar de aquellos griegos. Y por analogía, Luz H. Olvera también está poetizando y filosofando con estos elementos.

A parecer, sentir y reflexionar en su libro se encuentran estos y otros tesoros ocultos. La tarea que le será encomendada al lector será descubrir estos otros tantos, porque estoy seguro del raudal de tópicos en espera de ser encontrados y disfrutados por los amantes de los libros. Quiero terminar con palabras de la autora: “con este cuerpo nuborregado / me desplazo lento…/ perderá la cabeza inequívocamente/ para entrar en la meditación/ en las entrañas del vasto universo/ no digo nada / no soy juez/ soy solo un observador/ (e este break obligado)/” (Olvera:2021)

Historias que beben agua

 


 



Han transcurrido varios años de lectura de libros de distintos sabores y olores que lo trasladan del Cerro Quebrado a la capital del país, regresando a la Atenas Veracruzana. Sus vivencias experienciales y el contacto con las letras le han despertado la curiosidad epistemológica al maestro Manuel Gámez Fernández. Transita de la poesía a la prosa, y viceversa. Sumergirse a una posa de un río es similar a sumergirse a los ensayos del escritor Gámez Fernández. Tienes que aguantar la respiración y abrir los ojos bajo el agua. Ahí descubrirás a la doradilla, al macaquín, la acamaya, el guapote, la trucha y uno que otro pez.

En “Historias que beben agua”, Manuel Gámez nos invita a navegar y a recorrer diferentes escenarios, que por sí mismo traen consigo una gran riqueza multicultural. En la diversidad cultural de la naturaleza, “tú notarás que en cada una de nuestras palabras, se encerraba un mundo de horizontes inmensos y que cada vocablo podía tener muchísimos significados y que nosotros escogíamos aquellos que nos convenían para seguir forjando nuestra existencia de misterios y en ese instante exacto te miraríamos a los ojos y dejarías de ser un extraño a la palabra y entenderías nuestro lenguaje…” (Los magos)

Gámez Fernández tiene un estilo propio. En cada ensayo por corto o amplio que sea, transmite una enseñanza. No se le escaparon a sus oídos, a su vista y su memoria, esas imágenes del ayer. El lector puede degustar cada palabra, cada párrafo de una manera muy agradable. Las historias provocan risas. Los insectos son geniales cuando interactúas con ellos, desde su hábitat. Hay instantes de delirios, éxtasis, fantasía y ficción. Cuenta historias sin final feliz, así como divinas.

Volverse explorador del hombre. Reinventarse y enamorarse. Convivir con los amigos del ayer en la playa o en las altas montañas. Transitar de lo sobrenatural al sindicalismo magisterial. El libro “Historias que beben agua” del maestro Manuel Gámez, es un proyecto editorial que merece estar en las manos de las nuevas generaciones de jóvenes y de aquellas personas que deseen beber de esas aguas cristalinas y transparentes, de las cuales brotan hermosas narraciones de un profesional de la educación.

 

Fernando Hernández Flores / Tepetototl

martes, 8 de marzo de 2022

Renacimiento, Ilustración y educación

 


Gilberto Nieto Aguilar

En los primeros siglos del segundo milenio van surgiendo los maestros libres y las universidades en un marco social y económico en que aparecen las corporaciones de artes y oficios y el principio de una burguesía urbana. Desde esas épocas llegan métodos didácticos y prácticas comunes que, superando los avances del pensamiento pedagógico, el progreso científico y los siglos, han logrado quedarse como costumbres escolares para sobrevivir hasta hace unas cuantas décadas, en pleno siglo XX.

Alighieri cita a San Buenaventura, 1272: “los niños aprenden en primer lugar el alfabeto y después a pronunciar las sílabas, luego a leer y aprender el significado de lo leído”. “Repetir cien veces una consigna, cantando un estribillo”, me recuerda cuando se enseñaban (setecientos años después) las tablas de multiplicar. La tonadita no se olvidaba pero los números buscaban cómo borrarse de la mente de los niños. De igual manera sobreviven algunas enseñanzas dogmáticas y repetitivas que no se han podido desterrar del ámbito pedagógico.

En 1199 Alejandro de Villadei escribía en El Doctrinal que, para las faltas como para las deficiencias en el estudio, el maestro “corrige ya sea con palabras ya con la fusta sus errores”. A mediados del siglo pasado, era una práctica que había sobrevivido en las aulas. El pensamiento pedagógico evoluciona lentamente y sólo en los grupos selectos o de élite se logran grandes avances que permiten a la sociedad continuar su desarrollo intelectual.

En el Renacimiento, florece la educación junto con la difusión de los nuevos valores emanados de la tradición grecolatina. La nueva visión del papel del ser humano, el humanismo naciente, el conocimiento matemático, filosófico, científico, la conciencia del hombre en la historia, el discurso político, el arte en sus diversas manifestaciones, no le impiden seguir cultivando la educación física para ayudar al desarrollo armónico de la mente y el cuerpo.

La invención de la imprenta facilitó la propagación de las concepciones de vida más racionales, más libres, más humanistas, lo que influyó notablemente en las ideas pedagógicas y en que grandes sectores de la población se vieran estimulados para aprender a leer y escribir, a pesar del predominio del latín. También ayudó el descubrimiento de América por los europeos, aun cuando en las universidades continuaba la división del trívium (retórica, gramática y dialéctica) y del quadrivium (aritmética, astronomía, geometría y música).

Hacia finales del siglo XVII, Europa habría de sacudirse los últimos polvos medievales que sobrevivían, con la transformación en la manera de ver, pensar, concebir y sentir al mundo, a partir de las ideas del liberalismo y de la Ilustración, del enciclopedismo y la influencia de la burguesía en expansión. Este movimiento intelectual surgido en Francia consideraba a la razón como medio de acceder al conocimiento.

Entre los postulados de los pensadores ilustrados estaban la república como forma de gobierno, una sociedad más justa con derechos y garantías individuales para que las personas dejaran de ser súbditos y se convirtieran en ciudadanos libres. Las grandes manifestaciones fueron la Revolución Francesa, La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica.

gnietoa@hotmail.com

LA GUERRA DE FERNANDO

 


Para Fernando

Que sueña con la Tercera Guerra Mundial

¡Esto es la guerra!

Juanita Pérez a los tres años de matrimonio

         De cuando en cuando llega a gobernar a un país fuerte o importante un hombre que puede poner “en jaque” al mundo entero y literariamente por “sus pistolas” iniciar la “Tercera Guerra Mundial”

         Así Vladimir Putín en una decisión unilateral y sin haber una razón de peso o tan siquiera un pretexto real:

         Invadió Ucrania

         Fernando Rafael Martínez Mendoza originario de la Ciudad de México; era Licenciado en Comunicación y en el 2020 le llegó una oportunidad de estudiar en la:

         Universidad Estatal de Moscú

que era s la mayor y más antigua universidad de la actual Federación de Rusia, fundada en 1755; para hacer una maestría en: Comunicación Política que no había en ninguna institución de nivel superior en México.

         Cuando estaba en la preparatoria tomo un raro, pero efectivo curso para aprender hablar en ruso y dos años después; podía entender lo más básico y hablarlo con cierta soltura.

         Por tal motivo por lo menos el idioma no sería un factor en contra que tendría como estudiante extranjero, en la hoy llamada y conocida como la “Federación Rusa”

         Cuando el Presidente de Rusia tomó la decisión de declararle la guerra a Rusia; la mamá de Fernando con la que vivía en Cuernavaca y tenía comunicación constante; pensó que se regresaría de inmediato.

         Para la sorpresa de su progenitora, le informó que se quedaría allá a terminar la Maestría; porque él era apolítico y no le interesaba lo que hiciera Vladimir Putín con los demás países.

         Entonces a dos semanas de empezar el conflicto armado; Fernando trató de seguir haciendo su vida diaria y cotidiana en Moscú; hasta que este suceso se lo permitiera.

Como era de esperarse y ante el rechazo de la Comunidad Internacional y para continuar con su guerra particular; el hombre fuerte de “Todas las Rusias” empezó a tomar medidas internas; que de alguna forma perjudicaban a todos sus habitantes nacionales o extranjeros.

         Así de repente cuando escuchó las últimas imposiciones o restricciones que imponía el Gobierno Ruso para las personas que vivieran en su territorio; decidió regresar a México.

         Corrió con la suerte que todavía “Aeroflot” la compañía de aviación rusa; todavía estaba haciendo viajes al “Aeropuerto Internacional Benito Juárez” de la Ciudad de México.

         Su mamá feliz lo fue a recibir para regresarse en autobús con él a Cuernavaca. Después de abrazarlo y darle el beso de bienvenida; le preguntó:

         -¿No que tú eras apolítico y no te interesaba la guerra con Ucrania?

         Su hijo

         Tranquilo por estar de nuevo en su y con ella; le respondió

         -Sigo pensando lo mismo

         Su mamá realmente extrañada le volvió a cuestionar:

         -Entonces ¿Por qué te regresaste?

         Fernando Rafael Martínez Mendoza contestó:

         -Vladimir Putín canceló Twitter y Facebook en toda Rusia y:

         Yo sin Twitter no puedo vivir.

La Casa de Las Lunas

22:00 – 23:00 p.m.

5/III/2022

La montaña rusa literaria de “Historias que beben agua”

 

Alberto Rafael León Ramos

“Historias que beben agua” es un libro que se disfruta bebiendo café, té o cualquier otra bebida espirituosa; al menos así me pasó. En cada parte del texto asoman vivencias, pensamientos, ocurrencias y la propia cosmovisión  del autor, el cual lejos de repetir viejas fórmulas aplica al lector una montaña rusa literaria, puesto que de pronto te sube hasta  las nubes con relatos largos, llenos de imaginación, descripciones fantásticas o situaciones oníricas para después bajar de súbito con sucintos textos, entre la ficción, lo jocoso o la irreverencia.  Y nuevamente subirte la presión literaria con relatos largos en donde esbozas una sonrisa. Aunque esta forma de proseguir tiene sus deleites, ya que se te ofrece un respiro, tanto para la mente como para rellenar tu bebida.

Cuando nace un hijo la alegría que aparece es inmensa, y de igual forma cuando un libro es publicado. Es así, que un libro es como un hijo, aunque al libro se le podría denominar un “hijo textual”, si se me permite  la expresión.  Hoy, estamos aquí para presentar y comentar el  hijo textual del autor Manuel Gámez Fernández, quien tiene el gran placer de ver plasmada en su obra numerosos días, noches, tardes, minutos y horas dando como resultado  un texto el cual es deleite para la mente lectora.

Este “hijo textual” nos presenta diferentes relatos, como ya se dijo, unos cortos y otros largos, pero todos llenos de ingenio.   Para no arruinar el momento a los curiosos, que como nosotros, ya quieren tener en sus manos el libro, solamente daré unas pistas de lo que podrán encontrar. Es así, que si un día van caminando por la calle y se encuentran a un “niño que se creía Dios” no se asusten, y abran bien los ojos porque en ese momento se pondrá a prueba su verdadera fe o quizás su cordura.   De igual forma, recomiendo si un día tienes un libro, folleto, periódico o cualquier texto en la mano, se tenga  paciencia para descifrar y comprender su  contenido, para no tener los malos entendidos como con “la mantarraya estaba pariendo”. 

Y si un día, entras en modo filosófico tendrás que poner atención a tus pensamientos o quizás la verdad esté más cerca de lo que imaginas, porque “todas las cosas necesitan de su opuesto para poder revelarse” cuando “la verdad vino con la lluvia”. O si otro día te pones algo esquizofrénico  ten cuidado de no echar a volar mucho tu “imaginación” y si por razones no comprendidas te llega el “rompimiento” con ese amor de juventud, no te pongas triste ni mucho menos te pongas en modo “suicida fracasado”.

Si llegados hasta aquí, todavía tienes curiosidad por seguir en esta montaña rusa literaria que nos presenta Gámez  Fernández, tendrás oportunidad de encontrarte con esas “microhistorias” entre la “lucha de egos”,  “la bruma” o aquella “mariposa enferma de amarillo”, a unos minutos para  llegar al final del libro se presentan “historias para esbozar una sonrisa”, textos largos que te van enseñando el camino al precipicio de la última hoja, en donde no hay retorno, aunque en este caso, si lo hay, pues para volver a subirse a esta montaña rusa literaria solamente  se necesita una cosa: rellenar el café, té o bebida espirituosa, sentarse cómodamente y abrir el libro en la primera hoja nuevamente.

A todos los que nos escuchan, tengan en cuenta que este libro si es para cardiacos, porque al ingresar a esta montaña rusa literaria encontraran de todo como en botica, y estoy seguro que les pasará. Invitados a leer “Historias que beben agua.”