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lunes, 21 de septiembre de 2026
Café Chelina
Juan Francisco Gaspar Velazco
CONCLUSIÓN
Nota: lo que sigue lo puso por escrito, años después, el hijo de Francisco —aquel niño que esa tarde perseguía gaviotas que no se dejaban alcanzar—, a partir de lo que recordaba de niño y de lo que después le fueron contando, con calma, los que estuvieron ahí. Cualquier error de fecha o de detalle es suyo, no de la historia misma.
10.1 Primera reunión: el café Chelina
ESCENA 1 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — MAÑANA
El Chelina no es un café grande. Tiene seis mesas, una barra con banquitos altos donde nunca se sienta nadie porque prefieren las mesas, un ventilador de techo que hace más ruido que aire, y una pared llena de fotografías viejas que Chelina ha ido pegando con cinta a lo largo de los años: ahí está Lucio con menos canas, ahí está una foto borrosa de una posada de diciembre, ahí está, en una esquina, una foto de Javier Ortiz que nadie descuelga aunque ya no venga. Huele a café de olla y a pan quemado a propósito, porque a Chelina le gusta así el pan, tantito quemado.
Conviene decir, antes de que empiece nada, quién es Chelina, porque nombrarla nada más como anfitriona sería quedarse corto. Chelina no reparte café desde la distancia: se sienta, opina, interrumpe, corrige fechas, se acuerda de qué pidió cada quien la última vez. Es, de toda esta gente, la más activa en el ambiente. La conocen casi todos los que están por llegar —menos los alumnos que se sumarán después, esos no—, porque casi todos, en su época de estudiantes de Humanidades, desayunaron y comieron en este café.
Y conviene decir también, antes de que nadie lo dé por sabido, que esta gente no es nada más un grupo de amigos que coincide seguido: hace años formaron, entre broma y broma, un colectivo al que decidieron ponerle nombre: la República de Vulgaria. Se llama así por la Vulgata, esa vieja traducción latina de la Biblia hecha para que la gente común, no solo los doctos, pudiera leerla en su lengua; y algo de eso hay en esta gente, que agarra los temas más serios y los vuelve broma, y de broma en broma la historia se les asoma, y terminan teniendo, sin proponérselo, discusiones mejores que las de cualquier congreso formal. La República de Vulgaria no le rinde cuentas a ninguna institución que investigue por sueldo: estudia por el puro gusto de estudiar, e investiga por el placer, casi deportivo, de desbaratar mitos.
Y conviene aclarar, de una vez, quién hace qué dentro de esa república sin territorio. No todos escriben fascículos: los que arman fascículos, los que de verdad se sientan a investigar y a redactar, son siete: el profesor Juan, el profesor Gaspar, el profesor Velazco, Francisco, Paquito, Júfragave y Acción Pacomán. Esos siete son, además, los que más seguido se juntan aquí mismo, en el Chelina, a repartirse temas o a tomar notas de lo que se dice en la propia mesa, porque más de un fascículo nació, literalmente, de una servilleta con apuntes de una tarde como esta. Los demás —Lucio, Mario, Hugo, Alma, Emmanuel, Silverio, Yorhendi, y la propia Chelina— no escriben fascículos, pero eso no los vuelve menos parte del asunto: aportan ideas, unas veces por pura inquietud, otras porque venían leyendo algo y se les ocurrió algo, y esas ideas terminan, más seguido de lo que cualquiera admitiría, coladas entre las líneas de lo que después firman los siete. Y hay que sumar a Víctor Vázquez Gándara, que no escribe fascículos tampoco, pero que desde hace años los va publicando, junto con fragmentos de los ensayos conforme se van terminando, de modo que los nueve textos no son, para quien ha seguido de cerca ese goteo, una sorpresa total: hay quien, a fuerza de encontrarse seguido con el profesor Juan Francisco Gaspar Velazco, ya los ha leído completos, aunque la mayoría solo conozca pedazos sueltos.
Chelina, con una comanda vieja convertida en lista de invitados, va tachando nombres mientras acomoda las sillas. Suena la campanita de la puerta. Entra Paquito con su carpeta manchada de café bajo el brazo.
PAQUITO
(sin preámbulos, con esa labia suya de quien conoce a medio café en cinco minutos)
Chelina, te vengo a pedir un favor que no es favor, es encargo: convócalos a todos. Es por los ensayos. Y ya sé, no me preguntes cómo, que el profesor Juan Francisco Gaspar Velazco los acaba de terminar. Me lo dijeron por ahí. A mí siempre me llegan las cosas antes que a nadie.
CHELINA
(sin sorprenderse demasiado, porque ya conoce a Paquito)
Contigo nunca sé si te enteras primero o si lo inventas primero y después resulta cierto. Pero está bien, yo les hablo.
Chelina no tiene que pensarlo mucho: a esta gente la conoce de memoria. Le habla a Lucio primero, porque Lucio siempre contesta al primer timbrazo. Le avisa a Mario y a Hugo, que aunque viven cada uno en su rumbo, ni tan cerca ni tan lejos uno del otro, llegan juntos de todos modos, porque desde hace años guardan sus tiliches —herramienta, cajas, cosas que no caben en ningún departamento chico— en una misma bodega rentada a medias, a medio camino entre las dos casas, y de ahí ya nomás es un brinco hasta el Chelina. Le avisa a Alma y a Emmanuel por separado —los dos tienen la maña de llegar tarde si se enteran juntos—. Le avisa a Silverio, que llega con dos libros bajo el brazo porque no sale sin mercancía ni para tomar café, y a Yorhendi, con quien habla más formal solo porque a él le gusta que le hablen así aunque después se ría de que le hablen así.
PAQUITO
(que sigue ahí, sin irse, viendo a Chelina hacer llamada tras llamada)
Oye, no te dejo todo el trabajo a ti. Yo le hablo a Raúl, que anda siempre enterado de todo aunque nadie le avise, y que de paso es de los pocos que sabe algo más que nosotros.
Paquito marca desde su propio teléfono, con la carpeta todavía bajo el brazo, apoyada contra la barra.
PAQUITO
(al teléfono)
Raúl, quihubo. Es por los ensayos del profesor, ya los terminó. Nos juntamos en el Chelina.
RAÚL CABRERA
(al teléfono, del otro lado)
Cuenta conmigo. Y oye, ya que estamos: alguien tiene que avisarle a Francisco, y ese alguien siempre termino siendo yo, porque soy el único que sabe dónde anda. Yo lo busco. De hecho me cae bien, porque mañana paso por el puerto rumbo para allá.
Y así queda resuelto, sin que nadie tenga que insistirle a nadie, el asunto de Francisco. Queda, entonces, el otro cauce de la convocatoria, el que no pasa por Chelina sino por Paquito: a Júfragave le basta una nota con la palabra "conclusión"; a Acción Pacomán, la misma nota, aunque llega con su libreta nueva y su desconfianza de siempre; al profesor Juan lo saca Paquito a media clase sobre Nietzsche, casi jalándolo del saco; al profesor Gaspar y al profesor Velazco los avisa también él, uno por uno, porque esos dos, aunque se aprecian, prefieren que no los avisen juntos. A Víctor Vázquez Gándara le manda un recado escrito con Hugo, porque Víctor sigue sin contestar el teléfono y prefiere las cosas dichas en papel.
Falta una llamada, y esa la hace Chelina en persona, con el teléfono fijo del café.
CHELINA
(marcando, con el teléfono entre el hombro y la oreja mientras sigue acomodando tazas)
Bueno, ¿profesor? Le hablo para invitarlo a una reunión aquí, en el Chelina.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(al teléfono, con un alivio que no disimula)
Oye, qué bueno que me hablas, porque justo acabo de terminar los nueve ensayos. Ya nomás me faltaba con quién festejarlo.
CHELINA
(sonriendo, aunque él no la vea)
Eso ya me lo había dicho el bueno de Paquito, antes de que tú me hablaras. Aquí nadie se entera de nada antes que él.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(riendo)
Ese Paquito. Bueno, entonces ya sabes a qué te hablo: yo con gusto voy, pero ya sabes que no manejo, y de Ixtaczoquitlán a Xalapa en camión se me hace largo para llegar con la calma que esto merece. ¿Y si mejor me conectan por videollamada? Ustedes reúnanse allá, yo participo desde acá, desde el CBTis.
CHELINA Hecho. Yo te aviso la hora y te marco cuando estén todos.
No es cosa de un solo día: entre llamadas, recados y agendas que no siempre coinciden, pasan varias jornadas antes de que todos puedan juntarse de verdad. Chelina va anotando, en la misma comanda, quién ya confirmó y quién sigue pendiente, hasta que por fin encuentra una mañana que le sirve a la mayoría.
10.1.1 Lo de Francisco: el recado, el faro y el camino desde el puerto
ESCENA 2 — EXT. MALECÓN, TORRE DEL EXBANCO DE MÉXICO, PUERTO DE VERACRUZ — LA TARDE ANTERIOR
Francisco radica en el puerto de Veracruz desde que dejó la escuela y el juicio laboral se lo llevó todo entre las manos. Desde entonces ya casi no viaja a Xalapa —de vez en cuando, y casi a escondidas, cuando algo lo obliga— y hace su vida ahí, en el puerto, donde coincide con Raúl porque Raúl trabaja en la Región Naval del Golfo, con sede en esa misma ciudad. Por eso tienen trato seguido: Raúl lo visita cuando puede, y otras veces, sin buscarlo siquiera, se lo topa caminando por el malecón con el niño de la mano. De este círculo, solo Raúl sabe, con certeza, dónde encontrarlo, y no porque Francisco se esconda, sino porque el puerto es grande y Francisco, en sus tardes libres, prefiere la calma con su hijo antes que las visitas.
RAÚL CABRERA
(mensaje de WhatsApp, leído en pantalla)
Francisco: mañana paso por el puerto rumbo a Xalapa. Te busco en tu casa, y si no, por el malecón, cerca de la torre del que fue Banco de México y después fue torre de Pemex, que ahí te he encontrado otras veces caminando con tu hijo. Es por los ensayos del profesor. Y de paso llevo el gusto de que, al fin, algo de lo que me diste en aquel fascículo tuyo terminó sirviendo para lo que la República de Vulgaria ha estado armando. Espérame.
El malecón de Veracruz ya no es de tierra en casi ningún tramo: es concreto, adoquín, banca de cemento. Pero justo al pie de esa torre vieja —que fue banco, que después fue oficina de Pemex, y que ahora es nomás un edificio que la gente sigue nombrando por lo que fue y no por lo que es— crece un árbol enorme, de esos que llevan ahí más años que la torre misma, y alrededor de su tronco se abre un terreno amplio de tierra suelta, con raíces que asoman como escalones y sombra de sobra para toda una tarde. Ahí, agachado, con una cubeta de plástico medio rota, el niño corre de raíz en raíz escarbando piedritas de colores que la misma tierra suelta esconde entre las hojas caídas. Ahí lo encuentra Raúl, con Francisco sentado cerca, en la banca de siempre, la que tiene una placa medio borrada que ya nadie lee.
NIÑO
(levantando una piedra, muy serio)
Papá, esta es azul. Las otras son cafés nomás.
FRANCISCO
(agachándose a verla, con paciencia de sobra)
Guárdala. Las de color se guardan aparte.
Raúl los alcanza, saluda al niño primero, como es debido, y se sienta junto a Francisco. El niño se aleja otra vez, esta vez detrás de una gaviota que ronda cerca del malecón y que no piensa dejarse alcanzar, y Raúl deja que se aleje un poco antes de entrar al tema.
RAÚL CABRERA
(mirando el mar, no a Francisco)
¿Te acuerdas de Guadalajara?
FRANCISCO
(con una sonrisa que le cuesta trabajo, como si esa pregunta le tocara un lugar que prefiere no visitar seguido)
Cómo no me voy a acordar. Ahí hablé de la Reforma, sin saber que ese día iba a terminar ayudándome más de lo que entonces me imaginaba.
RAÚL CABRERA Cuéntame otra vez cómo estuvo, que yo nomás lo sé de oídas.
FRANCISCO
(mirando también al mar, como si ahí estuviera la escena que describe)
Fue un foro, de esos que organizan las facultades cada tanto para justificar el presupuesto. Yo sí llevaba ponencia, escrita y todo, revisada como tres veces la noche anterior. Pero en la mesa de preguntas se levantó un profesor de Guerrero, uno que se llamaba Álvaro, y no me preguntó por mi ponencia: me preguntó, directamente, señalándome entre el público, qué pensaba yo de la Reforma liberal, si de verdad había sido lo que los libros de texto contaban o si había sido, más bien, una promesa que el país todavía estaba esperando que se cumpliera. Y ahí, contestándole a él, se me salió una disertación que no tenía escrita en ningún lado, y que además, para qué te voy a mentir, me quedó mejor que la ponencia que sí había preparado, y mejor, creo yo, que la mayoría de lo que se había dicho esa tarde en el foro. A veces uno prepara el discurso equivocado y el bueno se le sale nomás porque alguien hizo la pregunta correcta.
RAÚL CABRERA
Pues Paquito sí se acuerda, porque lo grabó completo. Traía una de esas grabadoras viejas, de las del dos mil siete, de las que todavía usaban casete o memoria chiquita, ya ni me acuerdo bien cuál. Y no nomás lo grabó: años después lo fue publicando, poco a poco, en pedazos, en ese periódico de ellos, el Tlanesli, sin decirte nada, capaz que ni pensando que algún día ibas a enterarte.
FRANCISCO
(asintiendo despacio)
Y me enteré, sí, aunque a medias: un día, de pura casualidad, alguien me mandó un enlace de una nota del Tlanesli, sin decirme quién la había escrito, y ahí, leyéndome a mí mismo citado por otro, entendí que aquella tarde en Guadalajara no se había perdido del todo. Fue justo eso, más que ninguna otra cosa, lo que me fue sanando la herida de ya no seguir en la escuela donde yo pensaba llegar viejo dando clases: saber que algo mío seguía circulando, aunque yo ya no estuviera parado frente a ningún grupo. Por eso, cuando volví a escribir, el primer fascículo que armé no fue nomás sobre la Reforma liberal mexicana: fue sobre la Reforma vista en su contexto internacional, comparada con lo que en esos mismos años ocurría en otros países que también intentaban separar la Iglesia del Estado. Me pareció justo que si mis palabras habían viajado sin que yo lo supiera, mi primer regreso también tuviera que mirar hacia afuera.
Francisco se queda callado un momento, sorprendido de una manera que no es del todo cómoda.
FRANCISCO Nunca me dijiste eso, así, completo.
RAÚL CABRERA
No había para qué, en ese entonces. Tú ya andabas lejos, con lo tuyo, con el juicio, con todo. Pero después, cuando ya llevabas un rato más tranquilo, me buscaste tú, ¿te acuerdas?, y me diste aquel fascículo, el que escribiste casi a escondidas, sin firmarlo con bombos ni platillos, y me pediste que se lo hiciera llegar a quien lo pudiera aprovechar. Y como tú ya sabías que yo ando en la Región Naval de aquí del puerto, y que por trabajo viajo seguido a Xalapa, pensaste bien a quién pedírselo. En uno de esos viajes se lo dejé a Víctor Vázquez Gándara, porque a él sí lo encuentro fácil y porque sabía que él sabría qué hacer con un fascículo suelto. Víctor se lo mandó, ya después, al profesor. Así ha sido siempre, Francisco: los fascículos no llegan todos por el mismo camino. Unos los entregan en mano en el Chelina, otros viajan de ciudad en ciudad, de bolsillo en bolsillo, hasta que por fin encuentran su lugar.
El niño vuelve corriendo, sin haber alcanzado a la gaviota, y se cuelga del brazo de su papá, con la cubeta de piedras chocando contra su propia pierna.
NIÑO
(sin aliento)
Casi la agarro.
FRANCISCO
(despeinándolo)
Casi siempre cuenta, aunque no lo parezca.
Francisco lo levanta un momento, lo vuelve a bajar, y mira a Raúl con algo parecido al alivio.
FRANCISCO
Entonces no fui tan fantasma como yo mismo creía.
RAÚL CABRERA
(poniéndose de pie)
Nunca lo fuiste del todo. Ándale, prepárate, que mañana paso por el puerto rumbo a Xalapa y no pienso hacer esa carretera solo.
El niño, que ha estado oyendo más de lo que los dos adultos suponían, suelta la cubeta un momento y se cuelga ahora del brazo de Raúl.
NIÑO
(con esa firmeza repentina que solo tienen los niños chicos cuando deciden algo)
Yo también quiero ir. No me quiero quedar con mi mamá. Bueno, o que también venga ella.
FRANCISCO
(riendo, sin corregirlo del todo)
A ver qué dice tu mamá. Pero por lo pronto vete despidiendo de tus piedras, que esas si acaso se quedan en la cubeta.
Raúl lo encuentra, pues, al día siguiente, donde ya sabía que lo iba a encontrar, y como iba de paso rumbo a Xalapa, se lo lleva con él. El niño, que la noche anterior no se durmió hasta convencer a su mamá de que lo dejara ir, sube al coche con su cubeta llena, no de las piedras cafés que descartó, sino de las de colores que fue apartando una por una, "para compartirlas", dijo, "con alguien a quien también le gusten las piedras de colores", sin que nadie le preguntara a quién tenía en mente. No hace falta mucha explicación por el camino: Raúl dice que es en el Chelina, que es por los ensayos, y que conviene que vaya. Francisco conoce a Raúl de más años de los que cualquiera de los dos admitiría en público, y sabe que si Raúl maneja hasta el puerto nada más para avisarle algo en persona, es porque de verdad conviene ir. En el camino, entre curva y curva de la carretera que sube desde la costa hacia el altiplano, Francisco va pensando menos en la reunión que en Guadalajara, en esa tarde que creía perdida y que resulta que nunca lo estuvo del todo. El niño, atrás, en el asiento, se queda dormido con la cubeta de piedras entre las piernas, sin saber todavía que un día, ya grande, iba a ser él quien pusiera todo esto por escrito.
10.1.2 La teoría entre tazas de café
ESCENA 3 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — UNOS DÍAS DESPUÉS, POR LA MAÑANA
Ha pasado ya casi una semana desde que Paquito entró con su carpeta manchada de café. Se han sentado sin protocolo, como se sientan las reuniones entre gente que se conoce de años. Hay café, hay pan quemado a propósito, y hay, antes que nada, un buen rato en que nadie quiere hablar de trabajo. Ese rato, como siempre entre esta gente, se llena de historia y de filosofía, sin solemnidad, como quien pelea por el último pan dulce.
PROFESOR JUAN
(mojando una concha, con la boca todavía medio llena)
Yo sigo pensando que a este siglo diecinueve no se le entiende si no se le hace cargar con el dieciocho. Le echamos encima toda la Ilustración y luego nos hacemos los sorprendidos de que ande con el genio raro.
ACCIÓN PACOMÁN
(burlón)
Ahí vas otra vez con Hegel de buena mañana. Yo prefiero los archivos. La filosofía te dice cómo debió pensarse el siglo; el archivo te dice cómo efectivamente se vivió, que no es lo mismo, y casi nunca coincide.
JÚFRAGAVE
(sin poder quedarse callado, como siempre que huele a debate)
Los dos tienen parte de razón y ninguno la tiene completa. Ustedes hablan del siglo como si México lo hubiera vivido solo. Yo insisto: no hay archivo mexicano ni idea mexicana del diecinueve que no esté amarrada al sistema-mundo.
Silverio, sin levantar la vista del libro que trae a medio hojear, deja caer la frase que le conocen todos.
SILVERIO
Ahí está Wallerstein otra vez, temprano y sin que se lo pidan. A ver, Júfragave: si todo se explica desde el centro, ¿por qué a mí en el puesto se me venden más rápido los libros de historia regional que los de teoría mundial?
Y aquí conviene decir algo de Silverio, porque quien no lo conoce se equivoca fácil con él: parece un hombre sencillo, de esos que uno ve nada más vendiendo libros viejos en su puesto de la calle Victoria, en esa esquina que todo Xalapa conoce como "la última de Victoria" —la llaman así porque ahí la calle, antes de perder el nombre y volverse otra cosa, hace su último tramo recto, y ahí, en ese último tramo, Silverio lleva años tendiendo sus libros sobre una lona—, pero entre venta y venta lee de todo, y lee bien.
JÚFRAGAVE
(sonriendo, porque estas peleas le gustan)
Porque tu gente todavía no sabe que su pueblo es parte del sistema-mundo.
SILVERIO
(rematando, entre carcajada general)
O porque el sistema-mundo, sin el pueblo, es puro cuento de teóricos.
La carcajada de Paquito es la más ruidosa de todas. Cerca de ahí, apoyada contra la barra, una tableta muestra la imagen algo congelada del profesor Juan Francisco Gaspar Velazco, conectado desde su cubículo en el CBTis 192, en Ixtaczoquitlán. Chelina la acomoda cada vez que la señal se resbala.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(por la videollamada, con un poco de eco)
Desde acá también se escucha, para que sepan. Sigan, sigan, que esto está bueno.
CHELINA
(hablándole a la tableta como quien le habla a un invitado más)
Espérate, que aquí Paquito quiere hablar y todavía no le toca.
PAQUITO
(riendo, sin ofenderse)
Yo lo que digo es que el sistema-mundo no vende periódicos, y la gente en mil ochocientos algo sí compraba periódicos. Eso ya lo sabemos, porque para eso me pusieron a mí a hurgar en las hemerotecas.
CHELINA
(desde su silla, señalándolo con la cuchara)
Vas a tener tu turno, Paquito, no te adelantes.
10.1.3 Los fascículos, los ensayos, y lo que falta
ESCENA 4 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — CONTINÚA
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(desde la tableta, mirando su propia taza allá en Ixtaczoquitlán, no a nadie en particular)
Tengo los nueve ensayos terminados. Del siglo diecinueve entero a la guerra de independencia, de ahí a los años tiránicos del primer cuarto de siglo, de ahí a la crisis interna de los años treinta y cuarenta, de ahí a la década que nadie quiere recordar, del sesenta y siete al setenta y seis, de ahí al Porfiriato, de ahí a la Revolución, y de la Revolución hasta el treinta y ocho, el treinta y nueve, el cuarenta. Nueve textos. Casi siglo y medio de historia. Y aun así me falta la conclusión.
LUCIO
(que hasta entonces ha estado más callado que de costumbre)
Pues cómo no te va a faltar, si esos nueve ensayos no los escribiste tú solo de la nada. Los escribiste con fascículos que fueron llegando de aquí y de allá, algunos hasta de lugares que ni te imaginas. Y aquí lo que hay que decir en voz alta es que casi nadie conoce ese material completo, ni siquiera los fascículos: cada quien conoce el suyo, o el pedazo que le tocó leer de pasada, pero muy pocos, contados con una mano, se han sentado a leer los nueve fascículos y los nueve ensayos de corrido. Yo he leído tres ensayos. Alma, ¿tú cuántos llevas?
ALMA
(un poco apenada)
Dos y medio. El de la Revolución lo tengo a medias porque se me perdió el archivo. Y de fascículos, para qué te digo que sí si no: nomás he visto el que escribió Francisco.
LUCIO
(con media sonrisa, sin reproche)
Pues ahí está tu primer pendiente, y el de todos, en realidad. Antes de repartirnos nada, hay que organizarnos para que, más adelante, cuando esto se vuelva a juntar de la manera que sea, ya casi todos hayamos leído la mayoría de los ensayos, y de perdida una buena parte de los fascículos que les dieron origen. No se vale opinar del siglo diecinueve si uno solo conoce el fascículo que le tocó y nunca vio en qué se convirtió después, ni tampoco los que escribieron los demás.
Hay un murmullo de acuerdo. Chelina se ofrece a imprimir lo que haga falta, y queda dicho que en los días siguientes correrán los archivos de mano en mano, de correo en correo, hasta que los nueve ensayos —y buena parte de los fascículos que les dieron origen— hayan pasado por todos los ojos presentes, o al menos por los que todavía les falten.
10.1.4 La propuesta de Lucio
ESCENA 5 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — CONTINÚA LUCIO
Ahora sí: yo no creo que la conclusión deba ser un décimo ensayo. Eso sería repetir el gesto que ya hicieron nueve veces. Lo que propongo es otra cosa: que el profesor Juan, el profesor Gaspar, el profesor Velazco, Acción Pacomán y Júfragave —y tú también, Francisco, en cuanto te toque hablar— hagan, en forma de nuevos fascículos, un repaso de los autores que han escrito sobre el siglo diecinueve.
MARIO
(con esa costumbre suya de preguntar lo obvio, y por eso mismo hacer las mejores preguntas)
¿Y por qué habría de repartirse por oficios, y no simplemente por quien tenga tiempo esa semana?
LUCIO
Porque si lo repartimos por tiempo libre, nos va a tocar hablar de teoría del sistemamundo al que no sabe ni quién es Wallerstein. Aquí cada quien ya tiene un oficio dentro de este grupo. El profesor Juan lleva años dándole vueltas a la filosofía. Acción Pacomán desconfía de todo lo que no esté en un archivo. Júfragave no sabe hablar de nada sin meter estructuras y sistemas. El profesor Gaspar se ha pasado media vida estudiando instituciones y reformas fallidas. El profesor Velazco es el único que se acuerda de que la historia también la hicieron los que no salen en los libros de texto. Y Francisco...
Lucio se detiene un momento, y mira a Francisco antes de seguir, como pidiendo permiso sin pedirlo.
LUCIO
(más despacio)
A Francisco le toca lo que él sabe mejor que nadie en esta mesa: la historia que se hace desde afuera de las instituciones. Y a Paquito le toca la prensa: lo que el siglo dijo de sí mismo mientras estaba ocurriendo.
ACCIÓN PACOMÁN
(medio en broma medio en serio)
Osea que nos repartes como si fuéramos piezas de dominó.
LUCIO
(corrigiéndolo)
Como piezas de dominó que ya se conocen las jugadas del otro. Eso es lo que somos, ¿no? Por eso funciona.
10.1.5 Víctor toma cartas en el asunto
ESCENA 6 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — CONTINÚA
Es entonces cuando Víctor Vázquez Gándara, que ha escuchado todo con esa calma suya de hombre que fue periodista antes de ser lo que sea ahora, pide la palabra sin levantar mucho la voz. Es la primera vez, en toda la mañana, que se pronuncia la palabra que le dará nombre a lo que sigue.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
Me parece bien lo que propone Lucio, pero una conclusión que se queda entre nueve o diez personas de esta mesa es una conclusión a medias. Yo, que en mis tiempos edité periódico, propongo lo siguiente: que volvamos a juntarnos aquí, pero que ya no sea una plática de café, sino algo con forma de conferencia. Yo la modero, si me lo permiten. Y ya que estamos, Yorhendi, Hugo: ustedes dos les entienden a las cámaras. Les toca filmarla.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(desde la tableta)
Esa sí que no me la pierdo, pero ya saben que yo no manejo.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
(sin dejarlo terminar de preocuparse)
Eso ya lo tenía pensado. Yo paso por ti a Ixtaczoquitlán el día de la conferencia. Al fin y al cabo llevo años yendo y viniendo con tus fascículos bajo el brazo; una vuelta más, contigo adentro del coche en vez de tus papeles, no se me va a hacer pesada.
Yorhendi y Hugo se miran y sonríen, y ya desde esa misma tarde empiezan a hablar de cuántas baterías, de qué micrófono, de si consiguen un trípode.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
Y el público, que sean ustedes: Lucio, Hugo, Mario, Alma, Yorhendi, Silverio, Emmanuel. Y Chelina, que además de prestarnos el café, tiene tanto derecho como cualquiera a hacer preguntas.
10.1.6 Lo que por fin contó Francisco
ESCENA 7 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — CONTINÚA
Queda, sin embargo, algo pendiente, y esta vez es el propio Francisco quien no lo deja pendiente. Pide la palabra con una torpeza rara en él, recién llegado del puerto, todavía con la chamarra puesta, un rompevientos descolorido que delata más viajes de los que Francisco reconocería, como quien no termina de sentirse instalado.
FRANCISCO
(empezando y deteniéndose, como quien busca la frase exacta)
No fue que dejara de quererlos. Fue que durante ocho años yo fui profesor en una escuela donde de verdad pensaba quedarme. Y durante esos ocho años hice amigos ahí, buenos amigos, de los que uno cree que le van a durar toda la vida.
ALMA
(en voz baja)
¿Y qué pasó?
FRANCISCO
Pasaron cosas laborales. Baste decir que tuve que meter un juicio laboral. Y un juicio laboral no es limpio, aunque uno tenga toda la razón del mundo: te separa de la escuela, sí, pero también te separa de la gente.
LUCIO
(con cuidado, como quien no quiere abrir más de lo que Francisco está dispuesto a mostrar)
¿Y cómo tomó la gente de ahí que metieras el juicio?
FRANCISCO
(tomándose su tiempo)
Se dividieron, como se dividen siempre estas cosas. Hubo un grupo que se puso de mi lado desde el primer día, sin pensarlo dos veces: firmaron cartas, atestiguaron cuando les tocó, algunos hasta se arriesgaron a que la dirección los viera de mala manera nomás por acompañarme a la audiencia. A esos los quiero más que antes, y con algunos, como Lina, como José Luis, como Luis Contreras, la amistad no se debilitó: se hizo más fuerte, de esas amistades que ya no necesitan probarse nada.
FRANCISCO
Pero hubo otro grupo, más grande de lo que a mí me hubiera gustado, que prefirió no meterse. No es que estuvieran en mi contra, ojo: es que el miedo a que la dirección los viera de mi lado les ganó la partida, y el silencio, cuando se repite todos los días, termina pesando igual que una traición aunque nadie lo haya dicho así. Y hubo un tercer grupo, chico pero ruidoso, que sí se puso abiertamente del otro lado: gente que hasta entonces yo hubiera llamado amigo, y que de repente empezó a repetir, en los pasillos, la versión de la dirección, casi palabra por palabra, como si el puesto que ellos mismos querían cuidar dependiera de que yo quedara mal parado. A esos no los perdí de golpe, como quien pierde un objeto: los fui perdiendo despacio, en silencios cada vez más largos, hasta que un día ya no nos hablábamos y ni siquiera podría decirles en qué fecha exacta dejamos de hacerlo.
ALMA
(en voz baja)
¿Y con esos nunca hiciste las paces?
FRANCISCO
Con uno o dos, a medias, con el tiempo. Con los demás, no. Y aprendí algo ahí que no me gusta pero que ya no puedo desaprender: que en un conflicto laboral casi nadie se queda neutral de verdad, aunque lo jure. La neutralidad, cuando dura meses, es una postura, no una ausencia de postura.
El profesor Gaspar, que hasta entonces ha escuchado sin decir palabra, rompe el silencio que sigue.
PROFESOR GASPAR
(despacio, con el ceño fruncido de siempre, pero sin dureza)
Lo que a ti te pasó, Francisco, no es solo tu historia. Yo llevo años estudiando cómo nunca terminaron de cuajar las instituciones de este país: un poder que se reforma en el papel pero que en la práctica sigue sin rendirle cuentas a nadie. La Reforma liberal del siglo diecinueve prometió ponerle límites al que manda, pero se quedó a medias. Y esa mitad que no se resolvió entonces se fue guardando, de década en década, hasta llegar, sin que lo parezca, hasta un juicio laboral en una escuela de hoy. Tu herida, Francisco, tiene un abuelo en el siglo diecinueve.
FRANCISCO
(por fin)
Eso es justo de lo que debería hablar en la conferencia. No solo de mi caso. De lo que mi caso repite.
FRANCISCO
Ahora vengo con la herida ya cicatrizada, no abierta. Ustedes, sin saberlo, me hicieron ver que la historia no se me había ido con la escuela ni con el juicio: seguía conmigo, nada más que ya no la iba a hacer desde una licenciatura ni desde un puesto formal. La iba a hacer desde el margen, desde la memoria, desde estas mesas.
ACCIÓN PACOMÁN
(que rara vez se pone tierno)
Entonces ya sabes tu tema. Habla de los que hicieron historia desde afuera, como tú.
Hay risas, la tensión se afloja, y Francisco, por primera vez en la tarde, sonríe sin esfuerzo.
CORTE A NEGRO
Se despiden sin fijar fecha exacta —eso lo arreglará Chelina, llamada por llamada— pero con el nombre de la conferencia ya puesto: se llamará Voces, silencios, quejidos y gritos del siglo XIX.
10.2 Los días previos
ESCENA 8 — EXT. PUESTO DE LIBROS, LA ÚLTIMA DE VICTORIA — TARDE
No todo se decide esa mañana en el Chelina. En los días que siguen, mientras los archivos de los nueve ensayos —y de los fascículos que los precedieron— circulan de correo en correo, hay otras conversaciones más pequeñas que también van dándole forma a la conferencia.
EMMANUEL
¿Y a ti qué te tocó exponer en la conferencia?
SILVERIO
(sin dejar de acomodar los lomos por tamaño)
A mí no me tocó exponer nada. Ese reparto fue para los de siempre. Pero decidí, por mi cuenta, ponerme a revisar prensa vieja para apoyar a Paquito, que va a andar solo con el tema. Aquí en el puesto me topo con periódicos originales, con folletos que ya nadie más guarda, y me pareció un desperdicio no compartirlos.
ESCENA 9 — INT. CASA DE HUGO — DOS TARDES DISTINTAS
YORHENDI Grabemos de los dos modos. Por si acaso.
HUGO
(ya cargando la cámara al hombro)
Yo de todos modos voy a filmar de mano. Así se ve más real.
ESCENA 10 — EXT. BANCA DE UN PARQUE, XALAPA — ATARDECER
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
No hace falta que expliques todo lo del juicio en la conferencia. En la conferencia lo que hace falta es que hables de los historiadores que, como tú, hicieron su oficio desde afuera de las instituciones, y que le des a tu historia el lugar de ejemplo, no de queja.
10.3 La conferencia: Voces, silencios, quejidos y gritos del siglo XIX
10.3.1 La antesala
ESCENA 11 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, DÍAS DESPUÉS
Llegan temprano, como siempre, pero esta vez el Chelina no alcanza para todos. Diciembre ayuda: son días de vacaciones, y eso explica por qué, además de la gente de siempre, empiezan a llegar caras que nadie esperaba del todo.
Primero llegan Mauricio, Octavio y Cid Gaspar —ella, de diecisiete años, la más callada y la más seria de los tres—, alumnos del profesor Juan Francisco Gaspar Velazco en el curso de Conciencia Histórica dos. Después llega, en grupo, gente de otra época de Francisco: Tefani, Tlacaelel, Gilberto, un muchacho llamado Emmanuel —distinto del Emmanuel de siempre— y Ana Karen, que es de las primeras en abrazar a Francisco al verlo. Detrás de ellos, cuatro que fueron compañeros de trabajo de Francisco en aquella escuela: José Luis, matemático; Luis Contreras, normalista con cierto gusto por la psicología; Lina, filósofa; y José Luis Rangel padre, licenciado en derecho pero maestro de oficio, que dio clases de derecho y de historia de México, en distintos semestres, en la misma academia que Francisco —y que resulta ser, aunque nadie lo aclare en voz alta esa tarde, el papá de aquel José Luis Rangel que ganó lugares en la olimpiada.
Llega también, aparte, un grupo más formal en su manera de saludar: Óscar Pérez, Esther, José Luis Rangel y Maximiliano, cuatro exalumnos a los que Francisco asesoró años atrás para la olimpiada de historia.
Y llegan, porque el café queda cerca del plantel y porque en diciembre los muchachos andan sueltos, varios alumnos y exalumnos del CBTis 192. El profesor Juan Francisco Gaspar Velazco —esta vez sí presente en persona, porque Víctor pasó por él en coche hasta Ixtaczoquitlán, como había quedado— se levanta a saludarlos y los presenta al resto, uno por uno, con la mano en el hombro de cada quien.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(presentándolos, con la mano en el hombro de cada uno)
Miren, este es Alexandro, que en mi clase siempre pregunta lo que nadie más se atreve. Este es Julio. Este, Cristian. Y esta es Heidi, que un día me corrigió una fecha enfrente de todo el salón y tenía razón.
Hay risas, y los cuatro se van acomodando donde pueden, de pie casi todos, porque las sillas ya no alcanzan.
Entre tanta gente nueva, hay alguien que no se anuncia, ni se deja presentar, ni pide lugar. Se acomoda en el suelo, junto a la pared de las fotografías viejas, con una libreta de pastas gastadas sobre las rodillas, y desde ahí empieza a trazar líneas que nadie más ve. Es compañera de curso de Mauricio, de Octavio y de Cid Gaspar. En toda la tarde, casi nadie repara en ella. Eso, quizá, es justo lo que busca.
Casi nadie, menos uno. Francisco llegó con su hijo, porque no tuvo con quién dejarlo esa tarde, y el niño anda dando vueltas por el café con su cubeta de piedras de colores, la misma que trajo desde el puerto con la idea fija de compartirlas con alguien. No es que el tema lo aburra —a su manera, entiende más de lo que los grandes suponen—: es que es inquieto por naturaleza, de esos niños que no pueden quedarse quietos ni cuando están interesados, y que necesitan las manos ocupadas para que la cabeza les rinda. Es él quien descubre primero a la muchacha del cuaderno, agachado junto a la pared, y se queda mirándola dibujar sin decir nada, con esa falta de pudor que solo tienen los niños chicos para quedarse viendo a un desconocido.
NIÑO
(en voz baja, casi para sí mismo)
Está dibujando a todos.
La muchacha lo mira de reojo, le sonríe apenas, y sigue con el trazo sin decir palabra. El niño, satisfecho con eso, se sienta a su lado, no muy cerca, y por un rato los dos se quedan ahí, en su propio rincón, cada uno a su manera ajeno al resto del café: ella dibujando, él viendo dibujar. Al rato, sin decir por qué, el niño mete la mano en la cubeta, saca la piedra más azul de todas —la que había apartado como la mejor— y la deja, sin ceremonia, junto a la libreta de la muchacha. Ella la mira, la toma, la gira entre los dedos un momento, y por primera vez en toda la tarde deja de dibujar el café para dibujar, nomás para él, la piedra.
El niño, viéndola trabajar tan cerca, decide que él también necesita un cuaderno. Se levanta, va con Chelina, y sin pena le pide una libreta de las que usa para las cuentas, de esas con cuadritos. Chelina, que no le niega nada a nadie ese día, le arranca la mitad de las hojas usadas y le da el resto. El niño vuelve a su rincón y empieza, muy serio, a rayonear algo que él llama dibujo y que nadie más reconocería como tal, sin saber todavía que esas hojas, guardadas por años en un cajón, serían de las pocas notas propias con las que, mucho después, reconstruiría esta misma tarde.
10.3.2 La apertura de Víctor
ESCENA 12 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
(con la voz de quien ha presentado cien números de un periódico)
Buenas tardes a todos. Yo voy a moderar esta tarde. Vamos a escuchar a seis personas hablar de quienes han escrito sobre el siglo diecinueve mexicano, a un séptimo hablar de lo que el propio siglo escribió de sí mismo en sus periódicos, y al final, a quien tejió con todo eso los nueve ensayos que hoy nos reúnen. No hablamos solo del siglo diecinueve: hablamos de sus ecos en el dieciocho que lo antecede, y sobre todo de sus repercusiones en el veinte que lo hereda.
10.3.3 El profesor Juan: la filosofía que interrogó al siglo
ESCENA 13 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
PROFESOR JUAN
El fascículo que le entregué al profesor Juan Francisco Gaspar Velazco partía de una pregunta que después se volvió columna vertebral del primer ensayo: ¿tiene la historia una dirección, o somos nosotros los que se la inventamos después de que ya pasó? La respuesta clásica es la de Hegel, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia, dictadas en Berlín entre 1822 y 1830. Esa idea, puesta de cabeza por Marx en el prefacio de 1859 a su Contribución a la crítica de la economía política, es la que convierte al siglo diecinueve en el siglo en que la historia deja de ser el cuento de las ideas y se vuelve el cuento de quién produce qué, para quién, y a costa de quién.
PROFESOR JUAN
Nietzsche escribió, en 1874, en su segunda Intempestiva, una advertencia que a mí me parece más vigente que nunca: que un exceso de memoria puede paralizar la vida. Y Wilhelm Dilthey, en su Introducción a las ciencias del espíritu, de 1883, intentó fundar una comprensión propiamente histórica. Ahí nace la hermenéutica que después Gadamer heredaría.
PROFESOR JUAN
(caminando un poco, como hace siempre que se emociona con un tema)
Pero hay un tercer nombre que casi nunca se cita junto a estos dos, y que a mí me parece indispensable: Walter Benjamin, que ya en el siglo veinte, mirando hacia atrás, escribió sus Tesis sobre el concepto de historia, en 1940, poco antes de morir huyendo del fascismo. Ahí está esa imagen que a mí se me quedó grabada desde que la leí de estudiante: el ángel de la historia, empujado hacia el futuro de espaldas, mirando siempre hacia el pasado, viendo un solo cataclismo que amontona ruina sobre ruina a sus pies, sin poder detenerse a recoger nada. Benjamin no hablaba de México, pero cuando uno lee el siglo diecinueve mexicano con esa imagen en la cabeza, deja de parecer una línea de progreso ordenado y empieza a parecer, más bien, ese amontonamiento de ruinas que el ángel no alcanza a reparar.
ALEXANDRO ¿Y eso qué tiene que ver con México?
PROFESOR JUAN
Todo, Alexandro. Cada vez que un historiador mexicano del siglo diecinueve decidió que había que "progresar" de cierta manera, estaba escogiendo un bando entre Hegel y Nietzsche, entre la fe en que la historia va para algún lado y el miedo de que esa fe nos vuelva prisioneros del pasado. Y cada vez que alguien, ya en nuestros días, mira hacia atrás y solo ve una ruina tras otra sin poder detenerse a repararlas, está, sin saberlo, mirando con los ojos del ángel de Benjamin.
10.3.4 Acción Pacomán: los archivos y sus guardianes
ESCENA 14 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
Víctor cede la palabra con una seña breve, la misma que usará toda la tarde: no anuncia con bombos, apenas señala a quien sigue, como quien pasa un micrófono invisible.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA Sigue Acción Pacomán, que ya se está impacientando con la libreta.
ACCIÓN PACOMÁN
(de pie, con la libreta nueva, que por fin abre)
Mi fascículo fue el más terco de todos, el que se negaba a avanzar un renglón sin antes preguntar de dónde salió el dato. Ahí uno se topa primero con Leopold von Ranke y su ambición de contar el pasado "tal como efectivamente ocurrió", fórmula de 1824. Detrás de esa ambición está Auguste Comte, con su Curso de filosofía positiva, de 1830 a 1842, que soñaba con una ciencia de la sociedad tan exacta como la física, y que en México encontró discípulos más entusiastas que en cualquier otra parte del continente.
ACCIÓN PACOMÁN
Tuve que leer la Historia de México de Lucas Alamán, de 1849 a 1852, y ponerla a discutir con Justo Sierra. Pero también con otros que casi nunca se mencionan juntos: Carlos María de Bustamante, cronista terco donde los haya, capaz de llenar volúmenes enteros con lo que él mismo vio pasar frente a su ventana; Vicente Riva Palacio, que coordinó México a través de los siglos, publicado entre 1884 y 1889, cinco tomos que todavía hoy son punto de partida obligado para cualquiera que quiera saber qué pensaba el siglo diecinueve de sí mismo; y Manuel Payno, que además de novelista escribió crónica económica y aduanal del país, algo que casi nadie recuerda de él porque se quedó opacado por Los bandidos de Río Frío.
ACCIÓN PACOMÁN
(pasando una hoja de la libreta, ahora sí consultándola)
Y no puedo dejar fuera a un par de viajeros que, sin ser mexicanos, hicieron trabajo de archivo con sus propios ojos: Fanny Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español, que en La vida en México, de 1843, describió con una mezcla de asombro y desdén colonial las costumbres del país recién independizado, y que a pesar de ese desdén nos dejó detalles que ningún archivo oficial se hubiera molestado en guardar. Y Manuel Orozco y Berra, el archivista por excelencia, que organizó buena parte de lo que hoy es el Archivo General de la Nación y que sin ese trabajo silencioso, de catalogar y ordenar, ninguno de los demás autores que aquí se ha mencionado esta tarde hubiera tenido dónde ir a buscar sus pruebas.
ACCIÓN PACOMÁN
(cerrando la libreta)
Alamán desconfiaba del futuro; Sierra, del pasado colonial; los científicos, de que México pudiera gobernarse solo; y Orozco y Berra, más discreto que todos ellos, desconfiaba nada más de que algo se perdiera sin que alguien antes lo hubiera copiado. Leer sus archivos es leer sus miedos, y leer sus miedos es entender mejor por qué escribieron lo que escribieron.
10.3.5 Júfragave: el siglo desde las estructuras, y una deuda pendiente
ESCENA 15 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA Le toca a Júfragave, que ya trae esa cara de que se le va a hacer corto el tiempo.
JÚFRAGAVE
(de pie, con las manos moviéndose más de lo normal)
Mi fascículo fue, como siempre, el más terco en corregirles el orden a todos: antes de hablar de individuos hay que hablar de sistemas. Con Immanuel Wallerstein y su primer tomo de El moderno sistema mundial, de 1974, y con Eric Hobsbawm y su trilogía sobre el siglo largo, llevamos años insistiendo en que no hay siglo diecinueve mexicano sin siglo diecinueve mundial. Y no puedo dejar fuera a Karl Polanyi, cuya Gran transformación, de 1944, explica cómo la tierra, el trabajo y el dinero se convirtieron en mercancías.
JÚFRAGAVE
Pero esta vez, para que no crean que solo repito lo mismo de siempre, quiero traer a alguien que discute con Wallerstein más de lo que lo confirma: André Gunder Frank, con su teoría de la dependencia, publicada primero como artículos a mediados de los sesenta y después reunida en El desarrollo del subdesarrollo, que insistía en que la periferia no es un accidente de la historia sino una condición producida activamente por el centro, generación tras generación. Y en México, quien mejor tradujo esa discusión a nuestros propios archivos fue Enrique Semo, con su Historia mexicana: economía y lucha de clases, de 1978, que se atrevió a leer todo el siglo diecinueve mexicano como una larga transición, nunca terminada del todo, de un modo de producción a otro.
JÚFRAGAVE
(el tono se hace más lento)
Pero antes de cerrar quiero mencionar algo que no está en ningún fascículo. Cuando yo era más joven, leí a Francisco Javier Clavijero y a Francisco Javier Alegre junto con Javier Ortiz, que ya no está con nosotros. Fue él quien me enseñó a leerlos no como curiosidades coloniales, sino como los primeros que intentaron pensar a México como sujeto histórico propio. Se lo debo a él, y hoy se lo debo también a ustedes.
Chelina, desde su lugar entre el público, levanta su taza en un gesto callado, casi un brindis, y varios lo imitan.
10.3.6 El profesor Gaspar: el orden que no llegó a cuajar
ESCENA 16 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
A ver ahora si el profesor Gaspar nos convence de que alguna vez hubo orden en este país.
PROFESOR GASPAR
(con el ceño fruncido de siempre)
Mi fascículo reunió a los historiadores de las crisis internas, los de después de la Independencia, cuando el país ensayó de todo: imperio, república federal, república central, dictadura, restauración. Ahí me topé con François-Xavier Guerra y su Modernidad e independencias, de 1992, y con Josefina Zoraida Vázquez. Pero también con Edmundo O'Gorman, cuya Invención de América, de 1958, nos enseñó que hasta el continente donde ocurre todo esto fue, antes que nada, una idea inventada por quien lo nombró.
PROFESOR GASPAR
Y hay que sumar a dos que casi nunca se citan en la misma frase: Jesús Reyes Heroles, que en El liberalismo mexicano, publicado en tres tomos entre 1957 y 1961, rastreó cómo la palabra "liberal" cambió de significado tantas veces en el siglo diecinueve que a veces dos liberales del mismo partido no estaban hablando de lo mismo; y Marcello Carmagnani, historiador italiano que se dedicó a estudiar las finanzas y la fiscalidad del México decimonónico, un terreno que casi nadie quiere pisar porque suena aburrido, pero que explica mejor que cualquier discurso por qué un gobierno podía prometer instituciones sólidas y no tener, literalmente, con qué pagarlas.
JULIO
¿Y entonces el orden nunca cuajó?
PROFESOR GASPAR
No del todo, Julio. Los últimos fascículos de esta serie, los que llegan hasta 1938, 1939, 1940, muestran por fin un país que logra, a fuerza de ensayo y error, algo parecido a instituciones que aguantan. Pero eso tardó más de un siglo entero en cuajar.
PROFESOR GASPAR
(sin esperar otra pregunta, porque este tramo se lo sabe de memoria)
Y quiero insistir en algo que a veces se nos escapa: ese fracaso repetido no fue por falta de textos legales. México tuvo, en apenas medio siglo, más constituciones y planes políticos que casi cualquier otro país de la región: la de 1824, la Central de 1836, las Bases Orgánicas de 1843, la de 1857, y detrás de cada una, decenas de pronunciamientos, planes y actas que se creían a sí mismos el documento definitivo. El problema nunca fue la falta de papel. Fue la falta de algo que Max Weber, ya en el siglo veinte, en Economía y sociedad, publicada de forma póstuma en 1922, llamó dominación legal-racional: la costumbre de obedecer una regla porque es regla, no porque la respalde un ejército o un caudillo en turno. Esa costumbre, en México, tardó generación tras generación en asentarse, y no porque a la gente le faltara inteligencia, sino porque cada nueva constitución llegaba desacreditando a la anterior, y así es difícil que cualquiera aprenda a obedecer al papel en vez de a quien tiene las armas.
10.3.7 El profesor Velazco: las mentalidades y lo cotidiano
ESCENA 17 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
Sigue el profesor Velazco, que siempre habla más quedito, así que les voy a pedir que hagan silencio de verdad.
PROFESOR VELAZCO
(en voz más baja que los demás, por lo que el café entero se queda más quieto para oírlo)
A mí me tocó el fascículo de la década olvidada, la del sesenta y siete al setenta y seis, y ahí aprendí que hay tiempos históricos distintos: el corto del acontecimiento y el largo de las estructuras mentales, que cambian tan despacio que casi no se notan mientras ocurren. Eso lo enseñaron Marc Bloch y Fernand Braudel, y también Moisés González Navarro, historiador mexicano que dedicó buena parte de su obra al estudio de la población y las clases sociales en ese mismo tramo del siglo, y que se atrevió a contar la historia demográfica como quien cuenta una historia de sentimientos: cuánta gente nació, cuánta murió, y qué se sintió mientras tanto.
PROFESOR VELAZCO
Y quiero sumar a alguien que casi nadie recuerda ya: Guillermo Prieto, que además de político y poeta dejó, en sus Memorias de mis tiempos, un retrato de la vida cotidiana de este país que ningún archivo oficial hubiera podido redactar, porque un archivo no anota el olor de las calles, ni cómo se vestía la gente para ir al mercado, ni qué chistes se contaban en una cantina la noche antes de una batalla.
CID GASPAR
(que hasta entonces no había hablado, más seria que Mauricio y Octavio)
Profesor, disculpe, pero siempre me ha quedado la duda: ¿por qué ese ensayo se llama precisamente "la década olvidada"? Diez años son diez años, en cualquier siglo.
PROFESOR VELAZCO
(sonriendo, como quien esperaba esa pregunta)
Porque esos diez años, Cid, no le convenían a nadie. No le convenían a los liberales que ya querían presumir la Restauración como triunfo cerrado, ni le convenían después a los porfiristas, que preferían contar la historia como si el orden hubiera llegado de un salto directo del caos a la paz porfiriana. Una década que no le sirve de trofeo a nadie es una década que se deja de contar, y lo que se deja de contar, con el tiempo, se nos olvida de verdad. Por eso se llama así: no porque no haya pasado nada, sino porque a nadie le convino que se recordara.
PROFESOR VELAZCO
(retomando, ya sin que nadie se lo pida)
Y hay algo más que quiero dejar dicho, porque se conecta con esa misma idea del olvido conveniente. Pierre Nora, historiador francés, acuñó en los años ochenta la noción de "lugares de memoria": monumentos, fechas, nombres de calles, que una sociedad construye no para recordarlo todo, sino precisamente para poder olvidar el resto con tranquilidad, delegando el recuerdo a ese monumento y liberándose de tener que cargar con él todos los días. México está lleno de lugares de memoria para el Grito de Independencia, para la Reforma, para la Revolución. Casi no hay ninguno para 1867 a 1876. No hay estatua para la década olvidada, y ahora ya saben por qué: porque un país, como una persona, también decide, sin decirlo en voz alta, qué le conviene recordar en una plaza y qué prefiere dejar nomás en los archivos, donde casi nadie va a buscarlo.
10.3.8 Francisco: la historia desde los márgenes
ESCENA 18 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
(con un cambio de tono, más despacio que las presentaciones anteriores)
Y ahora le toca a Francisco. Antes de que empiece, quiero decir solamente esto: lo que van a oír no nació esta semana. Tiene raíces más viejas de las que la mayoría de ustedes se imagina.
FRANCISCO
(acomodándose los lentes y luego la gorra, como quien necesita las manos ocupadas antes de empezar a hablar)
Víctor tiene razón. Este fascículo no lo empecé hace un mes. Lo empecé, sin saberlo, hace años, en un foro en Guadalajara, donde llevaba una ponencia escrita, pero terminé respondiendo algo mejor, sin papel de por medio, a una pregunta que me lanzó un profesor de Guerrero. En ese entonces yo ni siquiera sabía que Paquito andaba entre el público, grabando. Esa grabación se perdió para mí durante años, en los mismos años en que yo me perdí de este grupo. Y resulta que no se perdió del todo: la fue publicando, poco a poco, en el Tlanesli, y un día, de pura casualidad, me topé con mis propias palabras citadas por otro. Por eso, cuando por fin volví a escribir, mi primer fascículo no fue nomás sobre la Reforma liberal mexicana, sino sobre la Reforma puesta en su contexto internacional, comparada con procesos parecidos en otros países. Así que si me preguntan de cuándo es este fascículo, la respuesta honesta es: de antes de que yo mismo supiera que todavía tenía algo que decir.
FRANCISCO
(con la voz un poco más baja, como si esta parte le costara más que la anterior)
Y ya que estamos siendo honestos: mientras armaba precisamente ese fascículo de la Revolución, la tarea inconclusa, hubo una tarde en que pasé por aquí, por afuera del Chelina, y los vi a todos, a través del vidrio, riéndose de algo que no alcancé a oír. Y no entré. Me quedé un rato en la banqueta, como quien mira una fiesta a la que sí lo invitaron pero a la que no se siente con derecho de llegar, y me fui sin que nadie se diera cuenta. Supongo que la herida todavía sangraba esa tarde, o dolía lo suficiente como para que entrar me pareciera más de lo que podía cargar. Se los cuento ahora porque ya no duele igual, pero durante mucho tiempo esa fue mi manera de estar cerca de ustedes sin estar: mirando por un vidrio, sin cruzar la puerta.
FRANCISCO
Mi fascículo reunió, pues, a los historiadores de la Revolución, la tarea inconclusa: E. P. Thompson, con su historia desde abajo, y Carlo Ginzburg, con su paradigma indiciario. Pero el tema de fondo, el que vengo arrastrando desde Guadalajara, es más amplio: cómo se escribe la historia de quienes viven en la periferia de la periferia. Ahí entra Florencia Mallon, historiadora que estudió el campesinado mexicano y peruano del siglo diecinueve en Peasant and Nation, de 1995, mostrando que los pueblos no eran actores pasivos de las guerras de esa centuria, sino que negociaban, pactaban y a veces manipulaban a los bandos en pugna para sus propios fines locales. Ahí entra también
Peter Guardino, con Peasants, Politics, and the Formation of Mexico's National State, de 1996, que documentó cómo en Guerrero y Oaxaca los pueblos entendían la política liberal a su manera, no siempre como la entendían los letrados de la capital. Y ahí entra Guy P. C. Thomson, que estudió la Sierra de Puebla y a la Guardia Nacional como un espacio donde el liberalismo se volvió, contra todo pronóstico, una causa popular de verdad, no solo de las élites.
FRANCISCO
(con más calma de la que él mismo esperaba)
Pero no quiero que crean que ese fascículo se quedó solo en la teoría académica. En más de una entrega tuve que meterme con lo que casi nunca se cuenta: el mundo indígena que la Reforma liberal desamortizó sin preguntarle nada a nadie, apoyándome en el trabajo de Leticia Reina sobre las rebeliones campesinas del siglo diecinueve; las mujeres que aparecen en las actas de los pueblos solo cuando enviudan o cuando pleitean una herencia, que es casi la única manera en que el archivo decimonónico se dignaba a nombrarlas; y las consecuencias, las de veras, de decisiones que en su momento parecieron simples trámites legislativos y que a la vuelta de dos generaciones habían despojado a comunidades enteras de la tierra que trabajaban desde antes de que hubiera República.
FRANCISCO
Durante años pensé que la historia solo se podía hacer desde adentro de una institución. Lo que tardé en entender, y Guadalajara me lo demostró sin que yo lo supiera hasta ayer, es que uno puede desaparecer del mapa institucional y sus palabras seguir trabajando de todos modos, en silencio, esperando su turno. Mi caso no era una excepción triste, sino un capítulo más de algo viejo. De las notas al margen vengo yo también, con todo y las amistades que se quedaron en el camino y las que siguen aquí, sentadas hoy en este café.
Se queda callado un instante, y entonces, sin que nadie lo haya anunciado, Lina se pone de pie desde su lugar junto a la puerta.
LINA
(con la voz firme de quien lleva años pensando lo que va a decir)
Yo no vine a hacer preguntas. Vine a decir algo que llevo años debiendo decir en público. Lo que yo entiendo por comprender —y entender es, a fin de cuentas, mi oficio de filósofa— se lo debo casi entero a Francisco. Él nunca explicó la historia como una lista de causas y efectos: la explicaba como quien reconstruye una conversación interrumpida, dándole siempre la posibilidad de que el pasado nos siga hablando si uno sabe hacer las preguntas correctas.
LINA
Yo llegué a la filosofía por Gadamer, por la hermenéutica, por esa idea de que comprender no es meterse en la cabeza del otro sino fundir el horizonte propio con el horizonte ajeno. Y durante años pensé que eso era pura teoría de seminario, hasta que vi a Francisco hacerlo, sin nombrarlo así, todos los días frente a un grupo de adolescentes que no tenían la menor idea de quién era Gadamer. Él no les explicaba la Reforma liberal: los ponía a discutir con la Reforma liberal, como si el siglo diecinueve estuviera sentado ahí, en el salón, esperando que alguien le hiciera una pregunta incómoda. Ese método no se aprende en un posgrado. Se aprende viéndolo enseñar, año tras año, sin buscar caernos bien, pero ganándose, sin proponérselo, que lo respetáramos y que, más tarde, sin darnos cuenta, lo imitáramos.
José Luis, el matemático, habla después, con esa precisión seca de quien está acostumbrado a que cada paso de un razonamiento se sostenga solo.
JOSÉ LUIS (MATEMÁTICO)
A mí me tocó ser el compañero raro, el de números, en una sala de maestros de historia y literatura. Y sin embargo Francisco fue el único que entendió que una demostración matemática y un argumento histórico se parecen más de lo que la gente cree: los dos se derrumban si les sobra un paso no justificado, si uno da un salto donde debía haber un puente. Él me enseñó a desconfiar de la conclusión fácil, la que salta del dato a la opinión sin mostrar el camino completo.
JOSÉ LUIS (MATEMÁTICO)
Yo les decía a mis propios alumnos, después, en mis clases de cálculo, algo que sonaba raro viniendo de un profesor de números: que Francisco no era un maestro de historia, era un sujeto que se comía la historia. Le preguntaras lo que le preguntaras, aunque fuera algo tan ajeno como el clima o el marcador de un partido, siempre le salía, sin proponérselo, un aderezo de historia en la respuesta. Yo lo tomé como método: si un matemático puede ver ecuaciones hasta en la forma de las nubes, un historiador de verdad puede ver siglo diecinueve hasta en una fila del supermercado. Eso, aunque no lo crean, también es rigor. Es la misma disciplina que exige una demostración, aplicada a otra materia.
Y Luis Contreras, normalista, con ese acercamiento suyo a la psicología que se le nota en la manera pausada de hablar, cierra ese turno.
LUIS CONTRERAS (NORMALISTA)
(pausado)
Yo quiero dejar algo claro, porque a Francisco se le ha etiquetado fácil y mal muchas veces: no era nada más un ideólogo de izquierda, de esos que repiten consigna sin poder sostenerla más de dos frases. Era un pensador de izquierda, que es distinto, porque su pensamiento siempre venía acompañado de teoría, de lectura, de argumento verificable. Por eso era exquisito escucharlo discutir: nunca debatía desde la emoción, aunque la emoción le sobrara, se le notaba en la voz, en las manos. Debatía desde la razón, y eso, en un país donde la izquierda y la derecha casi siempre gritan más de lo que argumentan, era un privilegio raro de presenciar.
LUIS CONTRERAS (NORMALISTA)
Yo aprendí de él algo que la pedagogía no siempre se atreve a decir: que un salón de clases es también un espacio de duelo, no solo de aprendizaje. Duelo por lo que no sabíamos, duelo por las certezas que perdíamos cada vez que nos hacía una pregunta que no teníamos forma de contestar todavía. Francisco nunca buscó que sus alumnos lo quisieran. Buscó que aprendieran a soportar la incomodidad de no saber, que es, creo yo, el primer paso de cualquier aprendizaje verdadero. Eso no se enseña en ninguna normal. Se aprende viéndolo a él hacerlo, año tras año, sin variar el método ni cuando el año era difícil, ni cuando él mismo, por dentro, estaba pasando por lo que después nos contó que estaba pasando.
Y entonces, con la parsimonia de quien ha pasado media vida escogiendo con cuidado cada palabra que dice en público, se levanta José Luis Rangel padre, licenciado en derecho de formación pero maestro de oficio: dio clases de derecho y de historia de México, en prepa y en universidad, en distintos semestres, en esa misma academia que Francisco, y solo de vez en cuando, entre semestre y semestre, ejerció algo de su profesión en los tribunales, más por no perder la práctica que por vocación de litigante.
JOSÉ LUIS RANGEL PADRE
(con la cadencia de quien ha dado clase toda la vida y solo de vez en cuando se ha parado en un tribunal)
Yo llevo años lamentando lo que pasó, y lo digo así, en esos términos, porque algo de derecho sé, aunque mi oficio de verdad haya sido siempre el aula y no el juzgado. Sé bien lo que significa que un procedimiento, por más justo que sea en el fondo, termine costándole a alguien el lugar donde debía estar. Un juicio laboral, aunque se gane, casi nunca repara del todo lo que se pierde: repara el salario, repara a veces hasta la antigüedad, pero no repara la costumbre de entrar todas las mañanas al mismo salón, no repara las bromas de pasillo, no repara los años que uno pensaba que todavía le quedaban ahí.
JOSÉ LUIS RANGEL PADRE
A mí me tocó ver el expediente, no como litigante de Francisco, sino como colega que se enteraba de las cosas por los pasillos, y les puedo decir, desde lo poco que practiqué el derecho entre semestre y semestre, que la razón le sobraba. Pero la razón, en un litigio laboral, casi nunca alcanza para lo único que de verdad se perdió, que no estaba en ningún documento: la posibilidad de que Francisco siguiera siendo, para generaciones enteras de estudiantes que ya nunca lo van a conocer, el profesor que fue para nosotros. Eso no lo repara ningún laudo, por favorable que sea. Y se los digo con la autoridad de quien ha visto, en tantos años de dar clase, que las instituciones son buenísimas para calcular indemnizaciones y pésimas para calcular pérdidas de verdad.
Desde el fondo, alguien más pide la palabra, y no es de los que ya han hablado.
TEFANI
(de pie, con la voz de quien ahora pasa el día entero con niños pequeños y ha aprendido a hacerse oír sin gritar)
Yo ahora soy maestra de primaria, y a veces la gente se sorprende de que una maestra de primaria tenga algo que decir en una conferencia de historia. Pero yo acompañé a varios de mis compañeros a la olimpiada que preparaba Francisco, y quiero que quede claro algo que él nunca dijo en público, porque no era de los que presumen: en todos los años que organizó esas olimpiadas, nunca hubo un primer lugar que saliera por operación, por arreglo, por palanca. Cada quien que ganó, ganó porque se lo propuso solo, porque estudió por su cuenta más de lo que el programa pedía.
TEFANI
Y jamás, óiganme bien, jamás dio un punto por el simple hecho de participar. Me acuerdo de una vez, yo no competía, nomás acompañaba, que un compañero se le acercó después de un examen y le reclamó que por qué no le había puesto ni medio punto de más, si al final de cuentas se había esforzado. Y Francisco le contestó, tranquilo, sin subir la voz, que esforzarse era el piso, no el techo, y que confundir esas dos cosas era la manera más fácil de criar gente conformista. Eso, en una época en que hasta a los niños de primaria ya se les regalan diplomas por respirar, es una lección que yo sigo usando en mi salón, todos los días, aunque mis alumnos todavía no sepan ni deletrear la palabra "historia".
TEFANI
(con una sonrisa que se le escapa)
Y hay algo más que quiero decir, aunque me dé un poco de pena: de todos los maestros que tuve, Francisco es el único cuyo nombre mis exalumnos de primaria reconocen sin conocerlo, porque yo, sin darme cuenta, terminé repitiendo sus mismas frases, con la misma pausa, con el mismo silencio antes de la pregunta difícil. Uno cree que va a ser distinto a sus maestros. Y luego un día se escucha a sí mismo y resulta que no.
Del otro lado del café, casi al mismo tiempo, como si llevaran ensayada la frase sin haberla ensayado nunca, Óscar Pérez, Esther, José Luis Rangel y Maximiliano dicen, cada quien completando al otro, algo parecido.
ÓSCAR PÉREZ, ESTHER, JOSÉ LUIS RANGEL Y MAXIMILIANO
(casi a coro)
Nosotros no llegamos a la olimpiada por cariño al maestro, porque cariño, al principio, casi no le teníamos. Llegamos porque algo en su manera de exigirnos nos convenció de que valía la pena entender la historia de verdad y no solo de memoria. Ganamos no porque nos cayera bien, sino porque le creímos que la historia importaba.
Y entonces, desde el fondo, se levanta Tlacaelel, uno de los que llegaron con el grupo de Tefani y Gilberto, aunque su historia con Francisco es más vieja y más honda que la de casi todos los presentes.
TLACAELEL
(con una sonrisa que le tiembla un poco)
Yo fui alumno de Francisco antes de que casi ninguno de ustedes lo conociera. Y lo que empezó como una relación de maestro y alumno, con los años se volvió otra cosa: una amistad que ya lleva más tiempo existiendo que el que duró la escuela misma. Seguimos hablando, seguimos discutiendo de historia por teléfono, y lo sigo queriendo hoy, tantos años después, con la misma terquedad con que él enseñaba historia.
Francisco escucha todo eso —a Lina, a José Luis, a Luis Contreras, a Tefani, al coro de la olimpiada, a Tlacaelel— sin decir nada, con los ojos más brillantes de lo que hubiera querido admitir frente a un público. Cuando por fin vuelve a hablar, ya no lo hace para defenderse ni para agradecer: lo hace para cerrar, él mismo, el tema que abrió.
FRANCISCO
(despacio, mirando ya no a nadie en particular, sino a la mesa entera)
Una historia, cuando se cuenta, no siempre es la misma historia. A veces se cuenta a gritos, como se contó la guerra del cuarenta y siete o la intervención francesa. A veces se cuenta con gemidos, casi en voz baja, como se cuenta lo que le pasó a un pueblo desamortizado que nadie fue a defender. A veces se cuenta con voces claras, seguras de sí mismas, como se cuentan las leyes que sí se cumplieron. Y muchas veces, las más, hay que hacer hablar a los silencios, porque el archivo no anota lo que la gente calló por miedo, ni lo que se calló porque ni siquiera tenía a quién contárselo. Yo aprendí, entre mis propios silencios y los de este país, que la historia nunca ha sido, ni será, una buena consejera para la paz. Nos recuerda demasiado bien quién le debe a quién, y eso, más que reconciliar, casi siempre reabre. Pero aun así hay que contarla, porque la alternativa, el silencio completo, es peor: ahí sí que no queda ni la posibilidad de perdonar, porque no queda ni memoria de qué fue lo que habría que perdonar.
10.3.9 Paquito: lo que dijo la prensa mientras el siglo ocurría
ESCENA 19 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
Víctor deja que el momento con Francisco se asiente un poco más antes de retomar el orden de la tarde.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
(con calma, sin apurar a nadie)
Vamos a darle un respiro a esto y a pasar a algo distinto: lo que decía el siglo de sí mismo en el momento, no lo que dijeron después los que ya sabían cómo terminaba todo. Paquito, es tuyo.
PAQUITO
(de pie, sin atril, moviéndose de un lado a otro como quien no puede contar algo sentado)
A mí, ya lo saben, no me tocó leer teóricos: me tocó leer papel viejo, hemeroteca, tinta corrida. Ahí está El Siglo Diez y Nueve, fundado en 1841 por Ignacio Cumplido, que se volvió la tribuna liberal más terca del país, la que discutía leyes casi al mismo tiempo que se votaban. Ahí está El Monitor Republicano, fundado en 1844, que sobrevivió censuras, cierres y hasta destierros de sus propios editores, y que volvía a salir apenas se le permitía, como si no supiera hacer otra cosa más que insistir.
PAQUITO
Ahí está La Orquesta, entre 1861 y 1877, con sus caricaturas feroces contra el Segundo Imperio, dibujadas por Constantino Escalante, que se burlaba de Maximiliano con una crueldad que hoy nos parecería temeraria, porque en ese entonces burlarse del imperio en papel podía costarte la libertad y a veces algo peor. Y del otro lado del espectro, La Voz de México, órgano de la prensa católica y conservadora, que veía en cada ley de Reforma un atentado más contra Dios y la patria, y que leída junto a El Siglo Diez y Nueve deja bien claro que el país no discutía una sola historia, sino dos historias enfrentadas, cada una convencida de ser la única verdadera.
PAQUITO
(cada vez más animado)
Y no puedo dejar fuera al periodismo obrero, que ya para el último cuarto del siglo empezó a aparecer con nombres como El Hijo del Trabajo, hablando de huelgas, de jornadas de catorce horas, de accidentes en las minas que ningún periódico de la capital se molestaba en reportar. Y ya para el final del siglo, el trazo de José Guadalupe Posada, que empezó caricaturizando el poder porfirista y terminó inventando una manera de dibujar la muerte que México nunca ha dejado de usar. Todo esto, muchachos, no es literatura: es el país discutiendo consigo mismo, en voz alta, todos los días, mientras los historiadores de después se tomaban su tiempo para ponerse de acuerdo.
PAQUITO
(señalando hacia Silverio, que asiente desde su lugar)
Y esta vez no vine solo. Silverio, sin que nadie se lo pidiera, se puso a rastrear en su puesto, ahí en la última de Victoria, folletos que yo ni sabía que existían. Lo que les traigo hoy no es nomás mi trabajo: es el de los dos.
Chelina es la primera en aplaudir, y esta vez el aplauso se extiende, más largo que el de la reunión anterior, porque ahora hay más gente, y porque Paquito, con todo su desorden, se lo ha ganado.
10.3.10 El profesor Juan Francisco Gaspar Velazco: de los fascículos al libro, y de la historia a la docencia
ESCENA 20 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
Víctor cede la palabra, por último, al propio profesor Juan Francisco Gaspar Velazco, que se pone de pie con las manos vacías, sin cuaderno, porque lo que va a decir no lo tiene escrito en ninguna parte, sino trabajado a lo largo de nueve ensayos.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
Y para cerrar el bloque de exposiciones, quien más debería explicarse esta tarde: el que se quedó con todos estos fascículos y decidió qué hacer con ellos.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
Todos los que hablaron antes que yo esta tarde me entregaron fascículos. Nada más. Y quiero corregir algo: esos fascículos no eran breves. Hay fascículos de este grupo que pasan las treinta páginas. A veces un ensayo nació de un solo fascículo, escrito de principio a fin por una sola persona. Pero otras veces, para un mismo tema, se me acumularon hasta ocho fascículos distintos, escritos desde miradas complementarias entre sí, a veces por una sola persona insistiendo desde ángulos diferentes, y a veces repartidos entre varios de nosotros, con Paquito coordinando esa elaboración colectiva más de una vez. Mi trabajo, con todo eso, no fue inventar: fue tejer.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
Y buena parte de estos fascículos me llegaron, precisamente, por conducto de Paquito: el profesor Juan, el profesor Gaspar, el profesor Velazco, el mismo Francisco, Júfragave, Acción Pacomán, cada quien se los hacía llegar a él, y Paquito me los traía, a veces uno por uno, a veces en montones que tardaba semanas en entregarme completos. Otros los leí directamente en el Tlanesli, ya publicados, antes incluso de que sus propios autores supieran que yo los había leído ahí. Quiero que les quede claro el peso de eso: cada fascículo salió de una trinchera distinta, de una manera distinta de leer el siglo, y algunos de esos fascículos, además, no los escribió una sola persona de un tirón, sino que fueron series enteras, armadas a lo largo de varias reuniones, con cada entrega retomando lo que la anterior había dejado pendiente.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(más despacio, como quien quiere que esto se entienda bien)
Y aquí quiero aclarar algo, porque en las últimas semanas he oído, sin querer, que se dice por ahí que muchos fascículos "no sirvieron". Eso no es cierto, o no es cierto del todo. Todos los fascículos sirvieron para estos nueve ensayos, en mayor o menor medida. Pero estos nueve ensayos son apenas una conclusión posible de todo ese material, no la única. Queda, en los archivos que todos ustedes ya conocen, un mundo entero de información que yo no alcancé a usar, porque un editor tiene que decidir, y decidir es también dejar cosas fuera. Alguien, desde otra trinchera, con otra lectura, con otras preguntas, podría sacar de esos mismos fascículos más de nueve ensayos, quizás más de nueve fascículos nuevos. Yo hice mi lectura. No es la única posible, y espero de veras que no sea la última.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(buscando con la mirada a Mauricio, a Octavio y a Cid Gaspar)
Cuando yo enseño historia, no la enseño desde un solo lugar. La enseño desde las trincheras de quienes me han ayudado a escribirla. Dar clase, para mí, nunca ha sido pararme solo frente a un pizarrón. Es prestarles, a los que están sentados frente a mí, todas estas voces a la vez.
10.3.11 Preguntas, debate y cierre
ESCENA 21 — INT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — TARDE, CONTINÚA
LUCIO
¿Esta distribución de temas serviría también para pensar los siglos siguientes, o es propia solo de este proyecto?
JÚFRAGAVE Es un método, no una receta. Sirve mientras ayude a ver.
PROFESOR GASPAR
(interviniendo sin que se lo pidan)
Yo no estoy tan seguro. Un método que sirve para todo termina por no explicar nada en particular.
JÚFRAGAVE
(divertido, sin ceder del todo)
No te discuto eso. Digo que el gesto de dividir por oficios, no por cronología, es lo que vale la pena conservar.
PROFESOR VELAZCO
(sumándose, en voz baja pero firme)
Yo me pongo del lado de Gaspar, aunque sea nomás por llevarle la contra a Júfragave de vez en cuando. Las mentalidades no se dividen por oficios: se filtran por todos lados a la vez. Si algún día hacemos el fascículo del siglo veinte, yo pediría que no se repita este mismo reparto sin pensarlo de nuevo.
JÚFRAGAVE
(levantando las manos, entre risas)
Está bien, está bien. Lo dejamos para discutirlo en la próxima, que para eso está la próxima.
SILVERIO
(desde su lugar, sin levantarse, con el libro todavía entre las manos)
Yo tengo una pregunta más de fondo, para el profesor Juan. Si, como dijo Nietzsche, la historia en exceso paraliza, ¿no es un poco contradictorio que ustedes lleven años escribiendo cada vez más sobre el mismo siglo? ¿No corren el riesgo de paralizarse a sí mismos?
PROFESOR JUAN
(sonriendo, como quien esperaba que alguien por fin le hiciera esa pregunta)
Es una objeción justa, Silverio, y te la voy a contestar con el propio Nietzsche: él no decía que había que dejar de historiar, decía que había tres maneras de hacerlo, y que solo una de ellas paraliza. Está la historia monumental, la que solo junta héroes para admirarlos sin aprender nada de ellos. Está la historia anticuaria, la que junta datos por juntarlos, sin preguntarse para qué sirven. Y está la historia crítica, la que se atreve a juzgar el pasado, a decir que algo estuvo mal, y a usar ese juicio para vivir mejor el presente. Nosotros no escribimos historia monumental: no estamos admirando héroes, estamos discutiendo entre nosotros, en un café, a veces peleándonos. Esa discusión es, precisamente, lo que Nietzsche llamaría historia crítica, y esa es la única que no paraliza. Paraliza la que se venera sin discutir.
ACCIÓN PACOMÁN
(sin poder aguantarse)
Y yo agregaría, desde mi lado más terco: paraliza también la que se inventa sin archivo. Que la historia crítica no se convierta en excusa para opinar sin pruebas, porque de esas ya hay demasiadas en este país.
PROFESOR JUAN
(asintiendo, sin pelea)
En eso estamos de acuerdo, para variar.
HEIDI
(sin rodeos, como es su costumbre)
Francisco mencionó a las mujeres apenas de pasada. ¿No merecen algo más que una mención de pasada?
FRANCISCO
(asintiendo, sin ponerse a la defensiva)
Tienes toda la razón, Heidi. Falta un fascículo entero, si no es que varios, dedicado nada más a eso.
ACCIÓN PACOMÁN
(interviniendo, con su desconfianza de siempre)
Y yo agregaría que ese fascículo no lo debería escribir nomás uno de nosotros. Si de veras queremos hacerlo bien, que lo escriban entre Lina, Heidi y alguna otra que se anime, porque a los siete que llevamos años haciendo esto se nos nota el punto ciego.
Nadie contradice eso. Heidi sonríe, sorprendida de que alguien le esté, sin más, encargando un fascículo entero ahí mismo, en público.
MAURICIO
(dirigiéndose directamente al profesor Juan Francisco Gaspar Velazco)
A mí me gustaría saber otra cosa. Si cada quien le mandó fascículos sueltos, a veces varios sobre lo mismo, ¿cómo le hizo usted para consensuar todo eso en solamente nueve ensayos?
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
(pensándolo un momento, como si nunca se lo hubieran preguntado tan directamente)
No me puse de acuerdo conmigo mismo, Mauricio, porque no había dos versiones mías discutiendo. Lo que hice fue leer cada fascículo hasta encontrarle su lugar exacto. No hubo consenso, en el sentido de que nadie votó. Hubo edición, que es una manera más solitaria y más terca de ponerse de acuerdo con muchas voces a la vez.
Desde el suelo, junto a la pared de las fotografías, se oye una voz chiquita que nadie esperaba que interviniera.
NIÑO
(de pie, con su propio cuaderno en la mano —uno que sacó a medias de imitar a la muchacha del rincón, a medias porque ya no sabía qué otra cosa hacer con las manos mientras los grandes hablaban—)
Yo sé que hubo un Niño Héroe que no se murió.
Se hace un silencio raro, entre divertido y conmovido, y varios voltean a ver a Francisco, que se encoge de hombros como diciendo "yo no le enseñé eso, o no exactamente así".
NIÑO
(muy seguro de sí mismo)
A mí no me gusta que los héroes siempre se tengan que morir. Yo sé que hubo uno que no murió, nomás que después se cambió de bando, y eso ya no me gusta tanto. Pero igual pienso que estaría bueno que a veces uno pudiera soñar que sus héroes no se mueren. Como mi papá y sus amigos. Para mí ellos son los héroes de esta historia, y ninguno se murió, y espero que no se mueran nunca.
NIÑO
(que ya no quiere sentarse, animado por haber logrado que todos lo escucharan)
Y también sé otra cosa, que me la enseñó mi papá: que los mismos que al principio estuvieron en contra de la independencia, después, cuando ya les convenía más, fueron los que la hicieron. Dice mi papá que en la historia la gente cambia de opinión todo el tiempo, y que no siempre es por buenas razones, a veces nomás es porque les conviene más cambiarse justo a tiempo.
El profesor Gaspar, desde su lugar, no puede evitar una sonrisa amplia, del tipo que un profesor solo le regala a un alumno que superó, sin saberlo, la expectativa.
PROFESOR GASPAR
(a media voz, casi para sí)
Ese niño acaba de resumir en dos frases lo que a mí me tomó un fascículo entero explicar sobre 1821.
Nadie sabe bien qué contestarle a eso, y por primera vez en toda la tarde es Chelina quien se queda sin palabras, con la mano en el pecho. Francisco carga al niño, lo sienta en sus piernas, y no dice nada, porque no hace falta.
Alexandro y Alma preguntan, casi encimando las palabras, si va a haber una décima entrega. El profesor Juan Francisco Gaspar Velazco es quien responde primero.
PROFESOR JUAN FRANCISCO GASPAR VELAZCO
Todavía no lo sé. Lo que sí sé es que lo que sigue es lo que siempre ha seguido: leer, dudar, corregir. Estos nueve ensayos no son la última palabra sobre el siglo diecinueve; son nueve maneras de empezar a conversar con él, y con el veinte que le siguió sin soltarlo del todo.
Víctor, que ha moderado toda la tarde sin quitarse nunca el papel de editor, pide la última palabra antes de cerrar formalmente la sesión.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
(dirigiéndose ya no a los ponentes, sino a todo el café)
Yo quiero cerrar esto con algo que quizá no se ha dicho tan claro esta tarde. Todo esto —los fascículos, las tardes de café, esta conferencia misma— no se hizo nomás para que el profesor tuviera nueve ensayos que enseñar. Se hizo, también, para colaborar con algo más concreto: la Academia Local de Conciencia Histórica del CBTis 192, ahí en Ixtaczoquitlán, que es, a fin de cuentas, donde todo este trabajo termina aterrizando en un salón de clases de verdad.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
Y quiero decir algo un poco incómodo, ya que estamos. La mayoría de los institutos de investigación de este país, en casi cualquier disciplina, producen conocimiento que se queda entre ellos mismos: se citan unos a otros, se leen unos a otros, publican en revistas que solo otros investigadores van a abrir. Y mientras tanto, la educación media, la de bachillerato, la de los CBTis y las prepas, ha quedado arrojada a los márgenes: casi ningún instituto piensa en ella, casi nadie hace trabajo de campo pensando en lo que de verdad necesita un maestro de bachillerato para dar mejor su clase el lunes por la mañana. La República de Vulgaria, y aquí sí que el nombre nos queda como anillo al dedo, existe justamente para eso: para llevar información, discusión, temas y andamiaje teórico a ese margen que las instituciones serias prefieren no visitar. No somos un instituto de investigación. Somos, si acaso, lo contrario: gente que discute por gusto y que después regala esa discusión a quien de verdad la va a usar frente a un grupo de adolescentes.
VÍCTOR VÁZQUEZ GÁNDARA
La República de Vulgaria no tiene oficina ni horario: es virtual en el sentido más viejo de la palabra, existe en potencia, y cada vez que haga falta, aparecerá, en este café o en el que sea, a generar discusiones. Esas discusiones, tarde o temprano, se vuelven fascículos. Esos fascículos, con paciencia, se vuelven ensayos. Y esos ensayos, más tarde, se vuelven clases: de historia, o de lo que haga falta, porque el método no es exclusivo de esta materia. Mientras haya gente dispuesta a discutir por el puro gusto de discutir, va a seguir habiendo algo que enseñar, y va a seguir habiendo alguien, en algún margen, que lo necesite.
Y ahora que lo escucharon también ustedes, muchachos, ya no es solo nuestro. Ya es también de todos los que hoy llenaron este café hasta no caber.
10.3.12 Las despedidas
ESCENA 22 — INT. Y EXT. CAFÉ CHELINA, XALAPA — YA CASI DE NOCHE
El café se vacía despacio, no de golpe, como si nadie quisiera ser el primero en romper lo que se armó esa tarde. Se forman corrillos junto a la puerta, abrazos que se alargan más de lo normal, promesas de mandarse fotos de los fascículos que todavía faltan por leer. Chelina empieza a levantar tazas, pero sin apuro, dejando que la gente se despida a su propio ritmo, sin apresurar a nadie hacia la calle.
Junto a la puerta, Heidi se acerca a Acción Pacomán antes de que se vaya.
HEIDI
(con una timidez que no tenía hace un rato, cuando preguntaba sin rodeos)
¿De veras hablaba en serio con lo del fascículo de las mujeres? Porque yo sí me animaría a intentarlo.
ACCIÓN PACOMÁN
(sacando de la carpeta una tarjeta arrugada, con un teléfono anotado a mano)
Hablaba muy en serio. Mándame un mensaje cuando quieras empezar. Y no te preocupes si al principio no te sale: a mí tampoco me salió a la primera, y ya ves, todavía ando aquí, terco.
Del otro lado del café, Tlacaelel se despide de Francisco con un abrazo que dura más de lo que un abrazo entre hombres suele durar en público, y ninguno de los dos parece incómodo por eso.
TLACAELEL
(sin soltarlo todavía del todo)
La próxima vez no esperes a que te busque Raúl. Búscame tú, aunque sea para decirme que sigues vivo.
FRANCISCO
(con la voz apenas firme)
Te lo prometo. Ya no tengo pretexto: ya hasta hablé en público. Lo demás es más fácil.
Cerca de la barra, José Luis Rangel padre se acerca también a Francisco, más ceremonioso que Tlacaelel, y le tiende la mano como quien cierra, por fin, un asunto pendiente.
JOSÉ LUIS RANGEL PADRE
Espero que sepas que nunca dejamos de extrañarte en la academia. El puesto no lo volvieron a llenar como debían, y la academia de la Oficial —así, con esa mayúscula que todavía le ponemos los que la conocimos en sus buenos años— tampoco volvió a ser la misma. Se quedó ahí, funcionando, pero sin ese algo que tú le dabas, como si le hubieran quitado la columna sin que el edificio se cayera del todo.
FRANCISCO
(apretándole la mano, sin soltar del todo la emoción)
Eso vale más de lo que usted se imagina, licenciado.
Chelina, mientras tanto, no ha dejado de ver, desde la barra, algo que nadie más nota: en el rincón de las fotografías viejas, la muchacha del cuaderno y el niño se están pasando papeles entre las manos, ella dándole una hoja doblada, él dándole a cambio, con solemnidad de quien entrega un tesoro, algo pequeño que Chelina no alcanza a distinguir desde donde está. Sonríe, sin acercarse, sin preguntar, como quien decide que hay escenas que se disfrutan mejor de lejos y sin testigos declarados.
Y no es la única entrega de esa tarde. José Luis Rangel, el de la olimpiada, se acerca también a ese mismo rincón antes de irse, y les deja a los dos, al niño y a la muchacha, unas hojas dobladas de su propio cuaderno. Hoy en día José Luis Rangel escribe libros de fantasía, es licenciado en derecho como su papá, aunque terminó decantándose por las letras, y tiene ya una maestría en Letras Españolas; algo de esa costumbre suya de imaginar mundos se le nota en cómo se agacha a hablarles a los dos, en voz baja, como quien comparte un secreto de oficio con quien todavía está empezando a descubrir el suyo.
Afuera, ya en la calle, el niño camina entre Francisco y Raúl con el cuaderno nuevo, todavía casi en blanco salvo por unas cuantas hojas, apretado contra el pecho. La cubeta, ya sin la piedra azul, le pesa menos.
10.3.13 El camino de vuelta
ESCENA 23 — INT. COCHE DE RAÚL, CARRETERA XALAPA-VERACRUZ — NOCHE
Raúl maneja, como siempre, con las dos manos en el volante y la radio apagada, porque dice que la carretera de noche se respeta en silencio. Francisco va de copiloto, y el niño, atrás, pelea contra el sueño sin querer perderse la plática de los grandes.
RAÚL CABRERA
(sin quitar la vista del camino)
¿Qué tal te fue? Y no me contestes con evasivas, que para eso te traje.
FRANCISCO
(mirando por la ventana, la carretera oscura, algún camión de carga pasando en sentido contrario)
Me fue como no me había ido en años. Cansado de una manera buena. Como cuando uno termina de cargar algo pesado y aunque le duela la espalda, se siente más ligero.
RAÚL CABRERA
Pues qué bueno, porque no pienso volver a manejar hasta el puerto nomás para convencerte de ir a una reunión. La próxima te vienes tú solo, o te alcanzo a medio camino, pero ya no te voy a ir a buscar hasta la puerta de tu casa como si fueras adolescente.
FRANCISCO
(riendo, de verdad, sin el peso de antes)
Trato hecho. Y gracias, Raúl. En serio.
Raúl no contesta nada, porque no hace falta, y sigue manejando. Atrás, el niño por fin pierde la batalla contra el sueño, con el cuaderno todavía apretado contra el pecho y una sonrisa que ni el sueño le quita del todo.
En el Chelina, ya vacío salvo por Chelina misma, queda apenas una hoja suelta en el suelo, junto a la pared de las fotografías viejas, con el trazo apenas empezado de un café lleno de gente hablando a la vez. La muchacha del cuaderno ya se ha ido, sin que nadie, salvo Chelina, alcanzara a preguntarle qué había estado dibujando toda la tarde.
FUNDIDO A NEGRO
El pasado se ve desde el presente y, como el presente siempre va a existir, por ello el pasado siempre tendrá que ser revisado.
sábado, 1 de agosto de 2026
Premio Bellas artes a Carlos Converso
> El INBAL entregó la Medalla Bellas Artes Teatro 2026 a Carlos Converso, en reconocimiento a más de cinco décadas de contribuciones al desarrollo del teatro de títeres y las artes escénicas en México. Creador, director, dramaturgo, actor, docente y promotor cultural, su trayectoria ha dejado una huella profunda en la formación de generaciones de artistas y en la vida teatral del país.
>
> Durante la ceremonia, realizada en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, la directora general del INBAL, Alejandra de la Paz, destacó que la trayectoria de Carlos Converso ha contribuido a consolidar el teatro de títeres como una de las expresiones más complejas y poderosas de las artes escénicas. Asimismo, reconoció su labor como investigador, docente y fundador del Centro de Estudios en el Arte de los Títeres, así como su compromiso con la formación de nuevas generaciones de creadoras y creadores. Al recibir la distinción, Converso afirmó que la medalla también reconoce el trabajo de la comunidad titiritera y reivindica un lenguaje escénico capaz de dialogar con la memoria, la imaginación y la condición humana.
>
> A la ceremonia asistieron Luis Mario Moncada, coordinador nacional de Teatro del INBAL; Raquel Bárcena, quien compartió una semblanza sobre la trayectoria del homenajeado; y Berta Hiriart, integrante del jurado que otorgó la Medalla Bellas Artes Teatro 2026.
jueves, 30 de julio de 2026
QUINTO CENTENARIO
Revista cultural dirigida por Rafael Armas Rios, ejemplar I Año I, una revista
sobria, colorida, ilustrada con imagenes. La información es breve acorde al tipo
de lector actual poco habitual a leer ensayos salvo algunas excepciones que
disfrutan del ensayo o literatura de largo aliento como son las novelas. A
través de quinto centenario se realiza un periplo partiendo desde la fundación
de Perote en junio de 1525, hasta la actualidad. Adquirir la revista es una
forma de apoyar el proyecto , Hiperyon es un lugar de distribución de la
revista, aquí en la ciudad Xalapa. Conocedores del esfuerzo que representa esta
Aventura editorial es deseable y se espera tener en manos el ejemplar número II.
A continuación se transcribe uno de los textos el cual evidentemente constituye
también un reconocimiento y felicitación. ARQUIDIÓCESIS DE XALAPA Dichosa tú,
tierra de Perote, que el Señor te ha mirado con benevolencia a lo largo de los
siglos. Con profunda alegría en el Señor y en nombre de la Iglesia que peregrina
en esta porción del pueblo de Dios, la Arquidiócesis de Xalapa, nos unimos
espiritualmente a la ciudad de Perote, Veracruz, con motivo de la celebración de
sus 500 años de fundación. Este acontecimiento no solo representa una
conmemoración histórica, sino también una ocasión propicia para dar gracias a
Dios por los dones derramados sobre esta tierra bendita, rica en cultura, fe y
tradiciones. La historia de Perote es también la historia de hombres y mujeres
que, iluminados por el Evangelio, han edificado con su trabajo, su esperanza y
su fe un testimonio vivo del amor de Cristo. Muchos de sus hijos consagrados al
sacerdocio y a la vida religiosa que han sido protagonistas en la renovación de
la fe de los fieles veracruzanos y del país entero. La presencia del mensaje
cristiano, anunciado desde los albores de la evangelización en estas tierras, ha
contribuido a formar los valores que han sostenido a generaciones de peroteños.
En esta ocasión jubilar, invitamos a todos sus habitantes a mirar con gratitud
su pasado, a vivir con responsabilidad el presente y a proyectarse con esperanza
hacia el porvenir. Que esta efeméride sea un motivo de renovación espiritual, de
unidad fraterna y de compromiso cristiano, especialmente en favor de los más
necesitados. Pedimos la intercesión de San Miguel Arcángel, celestial patrono de
Perote, para que continúe guiando y protegiendo a esta noble ciudad y a todas
sus familias. Encomendamos esta celebración a la maternal protección de Santa
María de Guadalupe, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, para
que en el corazón de cada peroteño siga brillando la luz de la fe y del amor.
Con afecto pastoral y en comunión con Cristo, nuestro Señor resucitado, imparto
de corazón la BENDICIÓN APOSTÓLICA a todos los fieles de Perote y a quienes
participan en esta celebración que honra y celebra la memoria viva de su
historia. Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo. Parroquia de San
Miguel Arcángel, Perote, Veracruz, 02 de junio de 2025. Jorge Carlos Patrón Wong
Mons. Jorge Carlos Patrón Wong V Arzobispo de Xalapa
jueves, 25 de junio de 2026
Vecinos inseparables
Fernando Hernández Flores
Los conocí, allá en el pueblo. Él, hablaba mucho de fútbol y hasta tenía fotos de los jugadores, claro jugo con la pelota. Cada vez que tenía oportunidad, me recordaba a los Delfines y a Los Tigres, donde su hermano participó y él había jugado en Xalapa. Siempre quise conocer a su hermano, que por cierto vive en Monterrey. Yo no tenía noción de dónde quedaba esa ciudad, solo conocía mi pueblo y la cabecera municipal de Misantla.
Ella, siempre fue muy cercana a la iglesia católica. Sus familiares eran de la Congregación de "El Chorro", historia mítica de un pueblo donde abundaba el agua, que brotaba desde lo más profundo de la tierra.
Ambos se unieron y tuvieron 3 hijas. Él quiso tener un hombrecito, pero el destino no se los dió. Ambos llegaron a vivir cerca de mi casa. A mí me llamaba mucho el estudio, cosa que dejé de hacerlo en las instituciones, pero leo tal vez por inercia... Tuve amistad con ellos dos. Hubo tiempo que los ayudaba a limpiar los chiqueros, otros momentos a cuidar las gallinas y pollos, y hasta bajamos a su terreno a cortar capulines entre abril y mayo.
Cuando di mi servicio docente participé en la primaria, en la educación de adultos y en la telesecundaria del pueblo. A su hija menor le dio clases de química en la telesecundaria y a su esposa de mi vecino, la educación de adultos, ya que su maestra me pidió que les enseñara un poco de los números. En fin también atendí un grupo de segundo grado de primaria. En eso, conviví muy de cerca con esta hermosa familia. Ella aprendió a hacer pasteles y de vez en cuando comía pasteles en su casa o en una fiesta. Siempre que regresaba al pueblo, trataba de visitarlos.
Ella se dedicó a su hogar y a dar catecismo. Él trabajo en el municipio en varios periodos. Le gustaba la política, leía periódicos y veía las noticias en la televisión.
Hace unos días, el emprendió el viaje a dónde los seres humanos trascienden, y casi a los nueve días, ella también, lo hizo.
Descansen en paz, Adan UP y Maria Luisa Sarmientos. Buen regreso a casa. #TEPETOTOTL
martes, 2 de junio de 2026
Carlos Balandra
Comentario a ¿Hacia una refundación civilizatoria?
Carlos Balandra Larre
I
El libro que presentamos hoy gira en torno a dos problemas. El primero, más específico, se pregunta acerca del sentido de la educación ¿qué significa formar, más allá de la lógica de la capacitación, la técnica y el desarrollo económico inscrita en el modelo neoliberal? El segundo problema, mucho más amplio y ambicioso, está recogido en el título mismo del libro ¿Hacia una refundación civilizatoria? Aquí, los autores se colocan de lleno en una problemática que va más allá de la mera descripción del contenido del texto, para situarnos en un síntoma de época. La sola idea de una “refundación” presupone ya un diagnóstico: algo en nuestra civilización parece haber perdido su centro, su orientación o incluso su horizonte de sentido. El libro parte, creo, del reconocimiento de ese estado de cosas: vivimos una crisis que no es únicamente económica, política o educativa, sino profundamente antropológica… civilizatoria.
En este sentido, uno de los mayores aciertos del texto consiste en reconocer que la crisis contemporánea no puede reducirse a un problema técnico. No se trata simplemente de mejorar sistemas educativos, perfeccionar instituciones o actualizar metodologías pedagógicas. Lo que está en cuestión es una determinada imagen del ser humano y, con ella, la posibilidad misma de sostener un horizonte compartido de sentido.
En este contexto, los autores nos invitan a repensar una pregunta fundacional: ¿cómo concebimos el horizonte a partir del cual la educación cobra sentido? Esta obra parte de la premisa de que la formación no es meramente un instrumento de preparación laboral, sino una práctica humanizadora que responde a las preguntas más esenciales de nuestra condición. ¿Qué podemos saber? ¿Cómo debemos vivir? ¿Cómo debemos actuar? En el centro de su planteamiento está la idea de un humanismo que pretende ir más allá de la lógica de la racionalidad instrumental, para buscar una refundación espiritual, intelectual y civilizatoria. Es esta apertura al núcleo esencial de la cultura, lo que permite a los autores recuperar la fuerza del humanismo en un momento de crisis. Así, la educación se vuelve un horizonte que conecta con los problemas perenes del pensamiento
occidental, planteando las condiciones de posibilidad para la libertad humana en el contexto de la educación.
II
Tal vez por eso el libro puede leerse también a la luz de una de las grandes narraciones filosóficas de la modernidad: el progresivo descentramiento del hombre occidental. Una narración que suele representarse mediante las llamadas “heridas narcisistas” de la modernidad europea.
La primera de esas heridas fue cosmológica. Con Copérnico, la Tierra dejó de ocupar el centro del universo. El hombre perdió así su posición privilegiada en el orden cósmico. La segunda herida fue biológica. Con Darwin, la humanidad dejó de concebirse como una creación separada y superior al resto de la vida animal. Y la tercera fue psicológica: Freud mostró que la conciencia no es soberana de sí misma, que el sujeto no es plenamente transparente a sus propios deseos y motivaciones.
Más allá de las diferencias entre estos autores, las tres rupturas tienen algo en común: cada una erosiona una forma de centralidad humana. El hombre deja de ser el centro del cosmos, la corona de la creación y el dueño absoluto de su propia conciencia. A partir de ahí, buena parte del pensamiento contemporáneo radicalizará todavía más este descentramiento. En Marx, la conciencia deja de aparecer como una instancia autónoma y transparente a sí misma para entenderse, más bien, como el producto histórico de relaciones materiales, económicas e ideológicas. Las ideas, las creencias e incluso los valores morales ya no pueden separarse de las condiciones sociales que las producen. Nietzsche lleva esta sospecha más lejos al cuestionar los fundamentos metafísicos de la verdad y la moral occidentales. Bajo aquello que la tradición había presentado como universal, racional o eterno, se descubren relaciones de fuerza, impulsos vitales y construcciones históricas contingentes. Con ambos pensadores, la modernidad crítica deja de desconfiar únicamente del mundo exterior y comienza a sospechar también de las estructuras más íntimas mediante las cuales el hombre se comprende a sí mismo.
Este proceso de descentramiento es descrito, ya en el siglo XX en términos de la crisis de los grandes metarrelatos legitimadores. Como señaló Lyotard, la condición posmoderna se caracteriza precisamente por una creciente desconfianza hacia aquellas narraciones capaces de otorgar unidad,
dirección y sentido global a la experiencia histórica. Ya no sólo se debilitan las certezas religiosas tradicionales, sino también las grandes promesas seculares de emancipación: el progreso indefinido de la razón, la redención política de la historia, la reconciliación entre conocimiento y libertad. Incluso la ciencia, vía la hipótesis de la inconmensurabilidad entre paradigmas, deja de estar inscrita en la idea de un progreso indefinido. La razón moderna termina por fagocitarse a sí misma. El resultado es una cultura marcada por la fragmentación, la pluralidad de lenguajes y la dificultad de sostener horizontes universales compartidos. En ese escenario, la crisis educativa aparece también como una crisis de transmisión: tal parece que hemos perdido claridad respecto a qué mundo heredamos y bajo qué principios podría todavía justificarse su continuidad.
III
A estas transformaciones filosóficas e históricas se suman además una serie de corrientes contemporáneas que han radicalizado todavía más la crítica al antropocentrismo moderno. Entre ellas destacan particularmente ciertos desarrollos del ecologismo contemporáneo y los movimientos antiespecistas, ambos articulados alrededor de una sospecha común: la idea de que la civilización occidental habría construido su dominio sobre una separación artificial y jerárquica entre hombre y naturaleza. Desde esta perspectiva, la centralidad otorgada históricamente al ser humano no constituiría simplemente una descripción metafísica del mundo, sino también el fundamento simbólico de múltiples formas de explotación: explotación de los animales, de los ecosistemas e incluso de otros seres humanos reducidos a recursos dentro de una lógica técnica y productiva.
El antiespecismo, por ejemplo, cuestiona la legitimidad moral de establecer una diferencia radical entre la vida humana y la vida animal. Así como en otros momentos históricos se impugnaron jerarquías fundadas en la raza, el sexo o la clase, el antiespecismo considera que la pertenencia a una especie no basta para justificar privilegios éticos absolutos. Más allá de las diversas posiciones internas de este movimiento, lo importante aquí es que vuelve problemático uno de los supuestos fundamentales del humanismo clásico: la idea de una excepcionalidad humana evidente e incuestionable. De manera paralela, ciertas corrientes ecologistas contemporáneas han criticado la concepción moderna de la naturaleza como mera fuente de recursos disponible para la voluntad humana. La crisis climática, el agotamiento de materias primas energéticas (gas, carbón, petróleo), así como la devastación ambiental han contribuido a debilitar todavía más la imagen del hombre
como soberano del mundo natural, favoreciendo en cambio visiones relacionales e interdependientes de la existencia humana con su entorno.
Todo esto configura un horizonte intelectual muy distinto al que dio origen a las formas clásicas del humanismo europeo. Los retos contemporáneos parecen plantear una problemática que va más allá de la mera afirmación de la dignidad del hombre, y que hacen necesario pensar esa dignidad sin reinstalar automáticamente estructuras de dominación sobre aquello que queda fuera de lo humano.
IV
A este panorama debe añadirse todavía otro elemento decisivo: la emergencia del transhumanismo y del posthumanismo como algunas de las expresiones más radicales de la crisis contemporánea de la idea clásica de hombre. Aunque ambos términos suelen confundirse, designan horizontes distintos. El transhumanismo conserva todavía, en cierto sentido, una confianza moderna en el progreso técnico y en la capacidad humana de intervenir racionalmente sobre sí misma. Su objetivo ya no es simplemente transformar el mundo, sino transformar la propia condición biológica del ser humano mediante biotecnologías, inteligencia artificial, ingeniería genética o interfaces hombre- máquina. Enfermedad, envejecimiento e incluso muerte aparecen así no como límites constitutivos de la existencia humana, sino como problemas técnicos susceptibles de ser corregidos. En esta perspectiva, la educación misma corre el riesgo de dejar de entenderse como formación espiritual o cultural para convertirse progresivamente en optimización funcional de capacidades cognitivas y adaptativas.
El posthumanismo, en cambio, suele adoptar un tono más filosófico y crítico. Más que exaltar ingenuamente el progreso tecnológico, cuestiona la propia categoría de “lo humano” como centro estable de la experiencia y del sentido. Influido por corrientes posestructuralistas, estudios ecológicos y teorías de la técnica, el posthumanismo considera que la figura moderna del sujeto autónomo, racional y soberano constituye una construcción histórica específica, hoy en proceso de disolución. La conciencia deja de concebirse como una interioridad aislada y pasa a entenderse como algo distribuido entre redes biológicas, técnicas, lingüísticas y sociales. Desde esta perspectiva, la distinción clásica entre naturaleza y artificio, cuerpo y máquina, humano y no humano, pierde progresivamente nitidez. El resultado es una profunda mutación antropológica: ya no se trata simplemente de redefinir al hombre, sino de pensar más allá de él.
En este sentido, tanto el transhumanismo como el posthumanismo pueden interpretarse como prolongaciones extremas del largo proceso de descentramiento iniciado por la modernidad. Después de haber perdido el centro del cosmos, de la creación y de la conciencia, el ser humano parece perder ahora incluso la estabilidad respecto a sus propios límites ontológicos. La técnica ya no aparece únicamente como instrumento al servicio del hombre, sino como una fuerza capaz de reconfigurar aquello que entendemos por humanidad. Y quizá ahí radica uno de los trasfondos más significativos del debate contemporáneo sobre educación y civilización: ¿cómo pensar la formación humana cuando la propia idea de “humano” ha dejado de ser evidente?
V
Creo que el libro de alguna manera emerge en el interior de la larga crisis que aquí he descrito. Y quizá ahí reside una de sus dimensiones más interesantes. Porque el llamado a una “refundación civilizatoria” puede entenderse también como el intento de recuperar una imagen fuerte de lo humano en una época que parece haber debilitado sistemáticamente todos sus fundamentos tradicionales.
Y es precisamente en medio de este escenario —marcado por la crisis ecológica, la crítica al excepcionalismo humano, la fragmentación de los antiguos fundamentos metafísicos y la progresiva disolución de los límites ontológicos de lo humano— donde propuestas como la del libro que aquí estamos presentando, adquieren su particular relevancia. Los autores parecen responder, en el fondo, a una sensación ampliamente compartida: la intuición de que una civilización no puede sostenerse indefinidamente sin alguna imagen orientadora de lo humano – y acaso también de lo divino – aun cuando las condiciones históricas para reconstruir esa imagen resulten hoy profundamente inciertas.
Es en medio de este clima generalizado donde el llamado del libro a recuperar una educación humanista adquiere toda su densidad histórica. Más allá de acuerdos o desacuerdos, el texto parece surgir como una tentativa de resistencia frente a una época en la que no sólo se han debilitado ciertas instituciones o valores, sino también la propia inteligibilidad del hombre como sujeto espiritual y moral. Sin embargo, la dificultad permanece abierta: no está claro si las categorías tradicionales del humanismo conservan todavía la fuerza suficiente para reorganizar un mundo atravesado por transformaciones tecnológicas, ecológicas y culturales que parecen exceder ampliamente el horizonte en el que aquellas categorías fueron concebidas.
En ese contexto, la apelación a una formación espiritual y dialógica adquiere un significado que excede el ámbito estrictamente religioso. No aparece solamente como una doctrina moral o confesional, sino como una respuesta posible al vacío antropológico producido por la modernidad tardía: frente a la fragmentación técnica, la lógica instrumental y la reducción de la educación a mera capacitación funcional, el libro reivindica nuevamente ideas como libertad, persona, trascendencia y formación espiritual.
Sin embargo, quizá una de las preguntas más interesantes que el texto suscita —y esto constituye parte de su valor filosófico— es si una restauración humanista resulta todavía plenamente pensable después de las fracturas introducidas por la propia modernidad. No creo que el libro eluda esa tensión. Más bien se sitúa en su corazón. Y tal vez por eso su lectura resulta especialmente significativa hoy.
En este sentido, el interés del libro, más allá de la solución que propone, radica en el síntoma histórico que refleja: la necesidad contemporánea de volver a formular una imagen fuerte de lo humano precisamente en una época que ha erosionado los fundamentos metafísicos tradicionales de esa imagen. Tal parece que uno de los rasgos más significativos de nuestro presente es que incluso los proyectos orientados hacia el futuro adoptan cada vez más la forma de una recuperación: recuperación de la comunidad, de la espiritualidad, de la tradición, de la persona, etc. El libro participa de ese clima espiritual contemporáneo. De ahí la relevancia de la pregunta que late en su fondo: ¿es todavía pensable una restauración humanista después de la crisis moderna del sujeto?
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