martes, 11 de noviembre de 2014

Nuevos Jalapeños Ilustres.


Rafael Mario Islas Ojeda

Profesor, investigador y diplomático Mario Ojeda Gómez, (Xalapa, 1927 - México D.F, 2013)  fue un hombre comprometido con su vocación de formador de diversas generaciones de analistas, investigadores y funcionarios públicos. Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad de Harvard  fue Profesor emérito de El Colegio de México, fue también Presidente del propio Colegio, de 1985 a 1995. Institución en la que fue miembro fundador del Centro de Estudios Internacionales. Catedrático y profesor visitante en instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México, la Brookings Institution, el Royal Institute of International Affairs y el Instituto Ortega y Gasset. Reconocido internacionalista y académico fue honrado como Representante Permanente de México ante la UNESCO de 1995 a 1998.Su obra ha sido calificada por diversos analistas e instituciones como fundamental en el análisis y la valoración de la política exterior y la historia de las relaciones internacionales de México. Destacando su libro: Alcances y Límites de la Política Exterior de México en 1976, reeditado en cinco ocasiones. Destacan, entre otros de sus trabajos clave: Las relaciones de México con los países de América Central (1985), México: el surgimiento de una política exterior activa (1986), México antes y después de la alternancia política; un testimonio (2004), Retrospección de Contadora: los esfuerzos de México para la paz en Centroamérica, 1983-1985 (2007), y México y Cuba revolucionaria/Cincuenta años de relación (2008).
Lorenzo Meyer en un brillante artículo que le dedicó a Mario Ojeda a raíz de su fallecimiento destaca lo que se ha llamado la "tesis Ojeda" como resultado de un examen detallado de la política exterior mexicana frente a la gran potencia hegemónica -Estados Unidos- en los tres decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuyo enunciado dice Meyer no era necesario repetir pues en las aulas del Colegio de México todos sabían de qué se trataba: "Estados Unidos reconoce y acepta la necesidad de México a disentir de la política norteamericana en todo aquello que le resulte fundamental a México, aunque para los Estados Unidos sea importante, mas no fundamental. A cambio de ello México brinda su cooperación en todo aquello que siendo fundamental o aun importante para los Estados Unidos, no lo es para el país". Una especie de gaullismo “à la mexicaine” dijo Soledad Loaeza y según explica Meyer. La "tesis Ojeda" sostuvo que la estabilidad interna del sistema mexicano de la época requería mostrar que México podía disentir de Estados Unidos en áreas que en la práctica le eran importantes pero no fundamentales, pero que, en los asuntos realmente importantes para el vecino del norte, todos los gobiernos mexicanos le "brindarían su cooperación" y colaborarían con sus agencias de inteligencia, acomodo informal pero funcional tanto para Washington como para los propósitos del régimen mexicano. Como fue el caso de no romper relaciones con el régimen cubano. Señala también que Ojeda encontró que el Talón de Aquiles de la independencia relativa de México era la creciente debilidad de su economía. Lo que llevo a que los gobiernos del PRI y del PAN  abandonaron el nacionalismo como fuente interna de legitimidad y con ello debilitaron los supuestos en que descansaba la "tesis Ojeda" y los esfuerzos del gobierno mexicano por sostener una independencia relativa frente a Estados Unidos. Lo que, indica Meyer, así lo reconoció el propio Mario Ojeda en una de sus últimas obras: México antes y después de la alternancia política: un testimonio (México: El Colegio de México, 2004).
Fernando Serrano Migallón actual Subsecretario de Educación Superior e Investigación Científica de la SEP; mencionó en el emotivo artículo que le dedicó, que si bien los diarios dieron cuenta del hecho, nadie esperaría que la noticia se volviera una tendencia en redes sociales pues “Ojeda era un hombre dedicado a su trabajo académico, el que cultivaba con el amor de un profesor de escuela y con la pasión de un intelectual; sereno e inteligente” haciendo hincapié en  su labor como formador de muchas generaciones de lo que hoy, nos dice, “constituye lo más selecto de nuestra diplomacia, de nuestra crítica política y de nuestro análisis social. De su cátedra salieron académicos y embajadores, hombres de Estado y autores, de su gabinete de investigador obras fundamentales para comprender el desarrollo internacional de nuestro pueblo y su trayectoria en la familia de las naciones” Serrano Migallón lo califica como, “un hombre de montaña con vistas al mar; un hombre de altísimos vuelos intelectuales, acostumbrado a ver el mundo desde la perspectiva privilegiada al que su formación e inteligencia le proporcionaban y, al mismo tiempo, era un hombre para el que las fronteras no eran sino líneas imaginarias construidas por la historia y la conveniencia; apenas nada para quien sabía desempeñarse con soltura y comodidad entre todas las culturas.”
Para Soledad Loaeza su legado es diverso: como maestro, investigador y miembro de una institución en la que ocupó diferentes posiciones de autoridad, destacando su comportamiento ejemplar, y con eso lo que quiere decir es que Mario Ojeda fijó estándares; sus hechos y sus dichos han sido una referencia en la vida de El Colegio de México. Como lo mencionó también en el Homenaje que le brindó el Colegio de México el martes 26 de noviembre de 2013, recordando anécdotas de su vida.
Para el actual Presidente Javier Garciadiego, Ojeda fue uno de los dos constructores del actual Colegio, junto con Víctor Urquidi.  Por su parte Olga Pellicer recuerda al Mario Ojeda íntimo de sus “Memorias” que le permitieron recordar vivamente a toda una generación y momentos de la historia reciente de México de los que ella misma ha formado parte. Recuerda igualmente su papel en la concepción y creación de El Colegio de la Frontera Norte, que descentralizó las actividades académicas y es hoy un referente en el estudio de la relación fronteriza. Pero también destaca Pellicer que la desaparición de Mario Ojeda suscita reflexiones e interrogantes muy variadas. Como son: ¿Cuánto se ha desarrollado aquí la teoría de la política exterior desde aquel clásico de 1976? ¿Dónde se encuentra ahora el impulso para dar a los estudiantes instrumentos para analizar con criterios independientes lo que ocurre con la acción de México en el exterior? ¿Quién dedica tanta pasión a construir instituciones? ¿Cuál es ahora el compromiso del gobierno con las instituciones académicas? Y concluye: “Evocar con motivo de su muerte las contribuciones de Mario Ojeda es, también, un llamado a responder tales preguntas.”
También le rindió homenaje la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM de donde egresó, calificándolo de “Orgullo y Ejemplo de la Facultad” Fernando Castañeda, director del plantel, reconoció entre las cualidades académicas de Mario Ojeda que: no sólo destacó por sus calificaciones sino también por su participación activa en la política estudiantil. “Pablo González Casanova presidió el jurado de su tesis y José López Portillo fue el director de la misma. Su trayectoria académica es un orgullo para la Facultad y un ejemplo de lo que esperamos de las nuevas generaciones”, precisó en el evento celebrado en abril de este año 2014. Donde también participaron Javier Garciadiego, titular de El Colegio de México, que destacó la honradez y sabiduría de quien lo antecediera en el cargo. José Luis Orozco, del Centro de Relaciones Internacionales (CRI), resaltó algunas obras emblemáticas de Ojeda. Graciela Arroyo, también del CRI, hizo un llamado a que este reconocimiento a quien fungió como representante de México ante la UNESCO vaya más allá: sea el inicio de una reflexión sobre el rumbo del país y el mundo, sobre todo en un momento crucial de la humanidad donde campea la desigualdad. Asimismo, Jorge Bustamante, del Colegio de la Frontera Norte, aseguró que los estudios de Ojeda sobre la migración de los braceros mexicanos y el vergonzoso trato hacia éstos “nos exigen trabajar por nuestros compatriotas.”
En su momento, Porfirio Muñoz Ledo, se refirió a la fructífera vida intelectual de Ojeda, un hombre “con apego al deber académico, rigor en la investigación y calidez en la amistad; un ser con jovialidad, humor y picaresca jarocha, pero además con una aguda visión crítica y realista. Ricardo Valero, Francisco Gil Villegas, Hermilo López Bassols y Gerardo Estrada, figuras del ámbito académico y cultural nacional, se sumaron a este reconocimiento, agradeciendo a Ojeda por su “ética, lealtad y compromiso con las causas nacionales”. Como relató Leticia Martínez.
La Universidad de California en San Diego, Cal. (USCD) le dedicó un evento conmemorativo en marzo de 2014 con la participación de Jorge Bustamante, David R. Mares de la USCD y Manuel García y Griego  de la Universidad de Nuevo México bajo el título de Académico, Mentor, Estadista y constructor de instituciones.**  a quien ya han honrado en otros lugares como el propio Colegio de México que a través de su Centro de Estudios Internacionales instituyó la cátedra  Mario Ojeda. Cuya primera conferencia magistral la dictó Jorge Domínguez de la U. de Harvard en octubre de 2014.
En sus memorias Mario relata sus primeros estudios en la ciudad de Xalapa con las señoritas Ramos y posteriormente en la Escuela Primaria Práctica anexa Escuela Normal Veracruzana E. Rebsamen, la cual quedaba justo enfrente de su casa pues sus padres vivían en la Calle de G. Zamora 40.**
Gustaba Mario de visitar esta ciudad y particularmente Coatepec, a donde en alguna ocasión pensó en vivir su retiro. El fallecimiento de Mario Ojeda Gómez, él uno de noviembre de 2013,en la ciudad de México y destacado por la prensa nacional de esa, me ha llevado a considerar el hecho de que la ciudad de Xalapa, debe reconocer en él a un Nuevo Jalapeño Ilustre
* “Scholar, Mentor, Statesman and Institution Builder”

** La Academia Mexicana de la Educación A.C. Secc. Veracruz ha propuesto se coloque una placa conmemorativa en la casa en que nació en esta ciudad de Xalapa. Mario Ojeda Gómez falleció hace un año el día 1 de noviembre de 2013.

Labor editorial universitaria


Raúl Hernández Viveros

Salvador Valencia Carmona propuso que la revista La Palabra y el Hombre, volviera a salir con el formato original de su Primer Época que se basó en el tamaño media oficio. Fue un reconocimiento al periodo notable de cuando se logró prestigio internacional académico hacia el órgano más importante de la Universidad Veracruzana. Aunque desde un principio, Salvador Valencia Carmona sostuvo que debería, de nuevo, abrir sus páginas, esencialmente, a la divulgación de los resultados en las investigaciones del personal académico universitario.
            Hay que insistir sobre este respaldo a los productos de investigación, porque durante esta etapa, en La Palabra y el Hombre se  ofrecieron números monográficos. Por ejemplo, el que fue coordinado por José Velasco Toro sobre Religión popular, identidad y etnociencia. En algunas entregas, constantemente Feliz Báez Jorge, ofrecía sus adelantos que formaban parte de capítulos de sus obras entonces  de próxima aparición en diversas editoriales.
            Además participaron con sus colaboraciones Gonzalo Aguirre Beltrán, José Luis Melgarejo Vivanco, Roberto Williams García, Carlo Antonio Castro, Francisco Beverido Pereau, Carmen Blázquez Domínguez, Soledad García Morales, Sergio Florescano Mayet, Abel Juárez Martínez, entre otros académicos que dieron a la luz pública la difusión de parte de sus investigaciones.
            Por fortuna, Gonzalo Aguirre Beltrán estuvo presente en las reuniones del Consejo Editorial, acompañado de Roberto Bravo Garzón, Carlo Antonio Castro, Fernando Salmerón Roiz, Francisco Beverido Perau, Emilio Carballido, Mario Muñoz y Jorge Ruffinelli. Cada fin de mes se realizaban estos encuentros académicos para dictaminar los trabajos a publicar en La Palabra y el Hombre.
            Mi amistad con Gonzalo Aguirre Beltrán se desbordaba en el respeto y admiración a esta figura de la antropología mexicana, que siempre compartía, modestamente, aquellos instantes valiosos con su experiencia magistral de investigador. Recuerdo la primera de edición en 1986 de su libro Zongolica; encuentro de Dioses y Santos Patronos, incluido en la colección Biblioteca, con una foto de Fernando Salmerón C., en la portada.
            A veces permanecía un rato más, Gonzalo Aguirre Beltrán, y continuaba el diálogo sobre diversos temas culturales y hasta políticos. Como un intelectual institucional se apegaba a la integración del sistema político mexicano, y aceptaba mis comentarios críticos sobre el derrumbe del partido de Estado. Constantemente destacaba por sus intervenciones en eventos nacionales al lado del presidente en turno de la república.
            Durante este periodo de empatía e interacción, Aureliano Hernández Palacios ofreció la edición de sus libros: Testimonios de la Universidad Veracruzana y Las voces de los rectores. Por su parte, Salvador Valencia Carmona publicó su Manual de derecho constitucional general y comparado. José Luis Melgarejo dio a conocer Raíces del municipio mexicano. Gilberto Bermúdez Gorrochotegui ofreció su investigación El mayorazgo de la Higuera. Se hizo un homenaje para Alfonso Medellón Zenil, al aparecer su investigación Nopiloa, entre decenas de libros.
            Conviene recapacitar en el hecho de que algunos rectores permanezcan en el olvido, debido a que no fueron capaces de publicar si quiera una obra, y menos integrar un grupo de intelectuales, académicos y escritores quienes  los hubieran asesorado en sus proyectos académicos. Es suficiente con destacar el modelo de Aureliano Hernández Palacios, quien era un apasionado lector, autor de varias obras y quién estuvo al frente de la investigación acerca de la Historia de la Universidad Veracruzana.
            Aureliano Hernández Palacios fue miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, de la Academia Nacional de Geografía, Historia y Estadística, del Seminario de Cultura, de la Sociedad Mexicana de Criminología y del Ateneo Veracruzano. Pronunció su  discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, el 14 de octubre de 1966, con motivo de los cien años de Cayetano Rodríguez Beltrán, quien nació el 24 de septiembre de 1866, 16 de junio de 1939.
El cual fue publicado en La Palabra y el Hombre, No 41, 1967. En 1989 dio a conocer su novela “Guarino”; en la cual demostró su entrega y dedicación a la narrativa que reflejaba la inspiración y la fuerza expresiva para ubicar el paisaje del centro del estado de Veracruz. En sus líneas ofreció fragmentos de sus orígenes y un verdadero amor por su tierra natal.
º           Durante algunas administraciones universitarias se acostumbraba que el rector en turno, designara a su secretario académico como un posible sucesor. Por ejemplo, Gonzalo Aguirre Beltrán tuvo en dicho puesto a Fernando Salmerón Roiz; Rafael Velasco Fernández, quien en 1972 apoyó la Nueva Época de La Palabra y el Hombre e impulsó las colecciones Ficción y Biblioteca; colocó a Salvador Valencia Carmona a cargo del segundo nombramiento en la estructura universitaria. Después ocupó la rectoría y respaldó por completo la labor editorial universitaria,
            En el número conmemorativo 64, de La Palabra y el Hombre, Salvador Valencia Carmina reconoció: “El compromiso que adquirimos es mantener el prestigio de nuestras publicaciones. Aspiramos a que, a través de ellas, la Universidad Veracruzana siga presente con un esfuerzo vigoroso en lo mejor de nuestra cultura nacional”. Además en dicho rectorado se fundaron otras colecciones de libros como Estudios Jurídicos y Políticos,  Divulgación, Textos Universitarios, y principalmente se debe reconocer la fundación de la revista La Ciencia y el Hombre.
            Desde el principio se tuvo que colocar a Marco Tulio Aguilera Garramuño, en la dirección de la mencionada publicación científica, quien formaba parte del consejo de Redacción, al lado de Juan Vicente Melo y Luis Arturo Ramos, de La Palabra y el Hombre. Hay que subrayar  el rescate de la Colección Ficción con la publicación de obras importantes como Amor Eterno de Enrique López Aguilar, Las luces del mundo de Jesús Gardea, o La eterna noche del desconsuelo, de Jaime Turrent, entre otros títulos de los nuevos escritores mexicanos.
            Luis Arturo Ramos advirtió sobre esta novela de Jaime Turrent: “Es una larga secuencia de imágenes escenas, diálogos, aterradores encuentros cuadros de miseria y drogadicción que terminan por explicar el desamparo del personaje y, lo que resulta peor que el delirium tremens que creía producto del alcohol se convierte en la metáfora ideal para describir a la ciudad de México”.
            Resulta transcendental reconocer  la edición facsimilar de la revista El Caracol marino, que fundó y dirigió Librado Basilio. En 1988, se integraron 3 tomos para recoger cada una de las entregas de esta valiosa publicación que abrió sus puertas a los escritores  mexicanos, de America Latina  y España. Además de ofrecer muestras narrativas y poéticas de la literatura italiana, a cargo de las traducciones de Librado Basilio.
            Fue un verdadero reconocimiento al fundador del Departamento Editorial de la Universidad Veracruzana. Esta hermosa edición estuvo presentada con sus índices correspondientes por Manuel Sol Tlachi, y salió a la luz pública en coedición con la Secretaria de Educación y Cultura del Estado de Veracruz, cuando fue su secretario Guillermo H. Zuñiga Martínez. Mientras en nuestra Máxima Casa de Estudios el secretario académico era Rafael Hernández Villalpando.
            Vale la pena asomarse a las páginas de El Caracol Marino, porque Librado Basilio logró integrar el consejo editorial con Aristeo Rivas, Jorge Isaac Saldaña, Carlos Juan Islas, Leobardo Chávez Zenteno, quien cuando permaneció al frente de la Editora de Gobierno del Estado de Veracruz promovió la publicación en dichos talleres de las hojas que formaban estas páginas literarias. El asesor de arte fue Ramón Alva de la Canal.
También pueden ubicarse algunos breves cuentos de José Benigno Zilli, los primeros poemas de Miguel Molina, algunos textos de Juan Cervera. Versos de Manuel Maples Arce, Alejandro Gómez C, Carlos Juan Islas, Enriqueta Ochoa, Joaquín Antonio Peñaloza, César Rodríguez Chicharro, y Fermín Estrella Gutiérrez, entre otros autores. 
Enriqueta Ochoa ofreció: “Su destino”; “Recorrió el verano /  brincando en un solo pie / y su verano fue una estrecha hilera / de ladrillos /  en la boca inacabable de un desfiladero.” Aparecen los primeros versos de Marian Tousaint, y se recogen ilustraciones de Ramón Alva de la Canal.
Se dieron a conocer los primeros acercamientos a la poesía de Salvador Díaz Mirón, realizados por Manuel Sol Tlachi. En un lugar sobresaliente se distinguen los  tres poemas de Efraín Huerta, de quien el presente año celebramos el centenario de su nacimiento. Son versos dedicados a sus hijos y a una amiga. Es imprescindible la lectura en voz alta de su “Breve canto”: “vendrás como un silencio nacido de mi cuerpo / hijo mío de suspiros / y lágrimas corriendo; / vendrás como sollozos, / temblando, / deletreando / el rumor de la sangre /  fugitiva de rosas; / vendrás, estoy queriéndolo, / rodando suavemente / como ruedan los astros / sobre la seda o cielo”. Y a su hija, Efraín Huerta le escribió; “Danza el poema en ti. Danzas tú en el poema, / en el primer poema”.
Julio Cortázar escribió que: “Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo”. Por lo cual las personas pueden a cada instante recobrar imágenes o buscar informaciones del pasado, o en todo caso imaginar lo que fue el inicio de ciertos personajes. En el número 2, abril-junio de 1952 de la revista Universidad Veracruzana, se encuentran las raíces culturales de Jorge Isaac Saldaña Hernández. Vale la pena admirar las cinco fotografías y discursos de su participación en el segundo concurso estatal de oratoria, en donde obtuvo el primer lugar. Además de la disertación con que alcanzó el tercer sitio a nivel nacional, que tuvo efecto el 17 de junio de 1952, en San Luis Potosí, en el imponente Teatro de la Paz.
Jenaro Vázquez Colmenares,  de Colima resultó entonces campeón del Quinto Concurso nacional de Oratoria;  el segundo lugar correspondió a Porfirio Muñoz Ledo, en representación del Distrito Federal.  Jorge Isaac Saldaña destacó que: “Si nuestro Veracruz ha dado a la literatura musical páginas de belleza hondamente popular con Agustín Lara, San Luis ha heredado al mundo un tesoro de insospechadas, joyas melódicas con el Sonido 13 de Julián Carrillo. Si hemos tenido a Manuel Carpio, bardo  enamorado del paisaje cálido de las costas, ustedes han aumentado el prestigio de la literatura americana con el bucólico por excelencia, el José Othón de los paisajes”.
Sin embargo, Jorge Isaac Saldaña dio a conocer su “Elogio a Xalapa”, en donde  describió su inspiración literaria: “Todas las calles xalapeñas, señores, comienzan y tienen en su principio, la poesía sencilla, espiritual y transparente de María Enriqueta, continúan siguiendo los contornos sencillos. También de Núñez y Domínguez, encumbran con el caleidoscópico capricho de Maples Arce y culminan siempre en las excelsitudes del  tres veces heroico Salvador Díaz Mirón”. Las calles, avenidas, parques y rincones de la capital veracruzana,  que acompañaron los pasos de  Jorge Isaac Saldaña hasta las aulas del Colegio Preparatorio y a un lado hacia la Facultad Jurídica de antaño en pleno centro xalapeño.
Al poco tiempo, Librado Basilio le abrió las páginas de El Caracol Marino. Desde 1954 participó con sus versos y notas literarias; fue miembro de su consejo Editorial. Años más tarde, Leonardo Pasquel rescató  su poema “Xalapa”, dedicado a la Escuela Preparatoria.  Jorge Isaac Saldaña la reconoció como fuente principal de la educación  y el recuerdo de aquellos años juveniles. “¡Óyeme tú, jaula donde se encierran/ en revuelto vaivén, sin cortapisas/y desbocadas por el pesado devenir de la mañana,/ millares de sonrisas,/ confiesa tu secreto,/ ¿Qué oculta magia tienes!/ ¿Por qué  no me la vendes…?/ Yo quiero que en mi pecho,/ anide la algazara/ de tu chiquillería. / Yo vengo a reclamarte/ con toda altanería/ que tú te has apropiado/ de la única cuantiosa fortuna que tenía. / Cuando salí de ti/ llevaba a mi memoria tu recuerdo,/ en la  mano el papel con mi retrato,/ y un buen tercio de libros bajo el brazo,/ y en mí mismo de orgullo no cabía,/ pero algo había olvidado que ya no encontraría,/ en tus aulas prendida…quedaba mi alegría”. Versos seleccionados  en el libro Cantos a Xalapa, 1972. 

Esta nostalgia de Jorge Isaac Saldaña que siempre mantuvo sobre sus orígenes en Banderilla, y la adolescencia en el Colegio Preparatorio,  resultó fundamental en el transcurso de su vida llena de proyectos culturales, como animador de medios de comunicación. Experto conocedor de la música popular, sobre todo adorador del bolero; mantuvo esta pasión hasta sus últimos años instantes en que públicamente celebró el 114 aniversario del nacimiento de otro valioso veracruzano: Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, conocido como Agustín Lara,  quien le inspiró a ocupar como un himno, a la entrada y salida  de uno de sus programas televisivos el tema de la canción: “Azul”…” “cuando yo sentí de cerca tu mirar…”. En base al epígrafe  de Víctor Hugo: "L'art c'est l'azur", concluyo estas líneas en recuerdo a Jorge Isaac Saldaña Hernández, como parte de la cultura de Veracruz.

Maestros de Veracruz*


Wilfrido Sánchez Márquez

Ángel J. Hermida Ruiz

Wilfrido Sánchez Márquez es de esos maestros que aunque no nacidos en Veracruz se han entregado a servirle con entusiasmo. Dentro de pocos meses cumplirá cuarenta años de haber llegado a la Entidad y, a excepción de uno, en que las autoridades federales lo castigaron por su lucha al lado del pueblo y, de cuando fue llamado por la Secretaria de Educación Pública, ha laborado en nuestro Estado.
Nació el 2 de Septiembre de 1922 en Tehuantepec, Oax., de padres modestos, él Wilfrido Sánchez Márquez Cartas, artesano –hacia velas, flores y otros artículos semejantes-, habiendo trabajado también como peluquero y cartero; y ella Ángela Márquez de Sánchez, quien vendía en el mercado los productos que el padre, preparaba. La familia tenía, además, un pequeño expendio en la casa y una reducida parcela con árboles frutales.
Don Wilfrido atendía también, en su hogar, niños vecinos a semejanza de las escuelas amigas. Utilizaba el método Rébsamen. El pequeños hijo estaba pendiente a las clases del papá y ni cuenta se dio cuando aprendió a leer y varias de las poesías del libro, a la edad de 5 años.
Entró a primer año a una escuela de monjas. Pero cursando el segundo, desertó. Aunque había maestras buenas y cariñosas, tenía otras que parecían ogros. Les ponían orejas de burro en las esquinas del salón y les aterrorizaban por cualquier cosa. El martirio mayor era la enseñanza de la aritmética.
Por fin, ingresó a segundo año a la Escuela Oficial “Juana C Romero”. Se formó disciplinado y respetuoso, con muy buen recuerdo de sus maestros, entre ellos, Rosendo Santorné, quienes le empezaron a abrir los ojos en las luchas sociales. Palpó a veces, la falta de pago al profesorado y las protestas de éste. Un tío suyo, Juan Márquez, perseguido por su militancia sindical contra las compañías petroleras, que había llegado a Tehuantepec, le platicaba de las injusticias sufridas por los trabajadores, ampliando lo que sus maestros le decían en clase.
En la escuela destacó en los últimos grados, especialmente en matemáticas, que le agradaba mucho. Cuando estaba en sexto, aprendió también fotografía y mecanografía, la segunda él solo, con un método que su padre le compró.
No había secundaria en su pueblo, por lo cual repitió el sexto grado y al mismo tiempo ayudaba a su padre.
Sus deseos de continuar estudiando se realizaron cuando unos paisanos radicados en México ofrecieron a don Wilfrido, tener al niño como pupilo. Así radicó en dos casas en la capital de la Republica con señores de apellido Revuelta. Fue matriculado en la secundaria No. 2 –hoy anexa en la Normal Superior- en la cual había muy buenos maestros. Se le quedó grabado que en ella una ocasión, pronunció una conferencia el gran poeta Nicolás Guillén. En esta escuela curso 1° y 2° años, pues el tercero de secundaria lo llevó en la Nacional de Maestros. Aquí participó en luchas estudiantiles y le tocó la expropiación petrolera y con maestros de la calidad de Agustín Cué Cánovas y León Díaz Cárdenas, asistiendo a conferencias de Vicente Lombardo Toledano y José Mancisidor entre otros intelectuales de izquierda, y leyendo literatura de avanzada, acabó de formar su ideología revolucionaria.
Obtuvo su título a fines de 1942, y en Abril de 1943 empezó a trabajar en las Choapas, Ver., en la Escuela Artículo 123 de Petróleos Mexicanos, donde estuvo hasta 1951, con interrupción de un año en que por haber criticado la política reaccionaria del presidente Miguel Alemán un 1° de mayo fue calumniado ante el Gobierno y trasladado a Catalina, Pue. Las luchas de los maestros lograron su regreso a Las Choapas.
Tanto en este último punto como en Huauchinango –cerca de Catalina- trabajó honorariamente en escuelas secundarias. En Catalina se inscribió en un curso de electrónica, por correspondencia, en la Hemphil Schools.
En 1951 pasó a la Escuela Articulo 123 de Petróleos en Coatzacoalcos. Al año siguiente ocupó la Secretaria General de la Delegación sindical y de 1953 a 1955 fue representante general de los maestros petroleros en México, y como tal, auxiliar de la Secretaría del Trabajo y Conflictos del SNTE.
Parte de 1955 fue Director interino de la escuela del campo de petróleos de Francita. En 1959 volvió a su plaza a Coatzacoalcos. Salubridad lo becó para un curso de promotor higiénico y luego lo designó Jefe de Educación Higiénica y Promoción Social del Centro de Salud “Agustín Hernández Mejía”, en el mismo Coatzacoalcos. Cuando don Taurino Camaño fue presidente Municipal, el profesor Sánchez estuvo al frente de la comisión de Cultura y Educación Cívica.
También en el puerto citado fue catedrático de la Escuela Secundaria y de Bachilleres.
Se distinguió el profesor Sánchez por su inteligencia, preparación y responsabilidad. En los centros de –Cooperación Pedagógica de la zona actuaba en diversos campos, pero en donde se desenvolvía con más vigor era en “Técnica de la Enseñanza” y particularmente en la enseñanza de la lectura y escritura. Frente a grupos de niños hacía demostraciones que revelaban su gran capacidad. Es de los maestros que dominan a la vez, la teoría y la práctica.
De enero a de 1963 a noviembre de 1968 fue llamado a ocupar la Subdirección Técnica de la Dirección General de Educación Popular. Se preocupó hondamente entre otras cosas, por proporcionar al magisterio eficaces herramientas de trabajo, es decir, material didáctico, lo más abundante posible, con el fin de facilitar las tareas y elevar la calidad de la enseñanza. En reuniones con los maestros continuaba realizando demostraciones prácticas con grupos de alumnos.
“En la Escuela Normal Veracruzana impartió por primera vez la cátedra de Técnica de la Enseñanza, de 1964 a 1970. Por poco tiempo fue igualmente catedrático en la escuela de bachilleres “Articulo 3º Constitucional”.
En 1971 la Secretaria de Educación lo designó Subdirector de Alfabetización y Educación de Adultos de la Dirección General de Educación Fundamental, y un año después, Subdirector Técnico de la misma dependencia. Se llevó a cabo importante reforma en los internados de Primera Enseñanza, con una primaria intensiva aplicándose enseñanza individualiza.
En 1974 y parte de 1975 dirigió el Plan Nacional de Castellanización, tras de asistir a un curso intensivo de Técnica de Castellanización para niños indígenas monolingües, impartido por el Instituto de Investigación e Integración social del Estado de Oaxaca.
La Secretaria de Educación Pública lo nombro en 1973 al frente de la Dirección General de Educación Fundamental. Al reestructurarse la Secretaria en 1977 y desaparecer la Dirección de Educación Fundamental, pasó con la plaza de Director General, como asesor de la recién fundada Dirección General de Educación por Zonas Deprimidas y Grupos Marginados.
Volvió a Veracruz en 1978, invitado por el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán, Delegado de la Secretaria de Educación Pública, a laborar en las delicadas funciones de establecer y organizar la Delegación en el Estado.
El 1° de enero de 1979 se jubiló en el ramo federal, reintegrándose como catedrático a la Escuela Normal Veracruzana.
Dos años después fue designado por segunda vez, Subdirector Técnico de la Dirección General de Educación Popular, cargo que dejó en Agosto de 1983 al ocupar la Subdirección de Educación Básica de la USED en el Estado. En esta misma dependencia fue nombrado Subdirector General el 1° de enero de 1984, que dejó al renunciar el Director de la USED que lo llevó a colaborar, el 30 de Abril del mismo año.
En mayo de 1987 fue designado Presidente del “Movimiento Mexicano por la Paz, el Anti-imperialismo y la Solidaridad entre los Pueblos” (MOMPAS), en el estado de Veracruz.
Sánchez Márquez ha sido objeto de honrosas distinciones en su larga carrera profesional. La última de ellas, el que por empeño de alumnos de IV Grado de la escuela Normal –no discípulo directos de el- se le pusiera su nombre a una de las aulas.
La Secretaria de Educación le otorgo la medalla “Rafael Ramírez”.
Junio de 1989
Datos curriculares
FORMACIÓN PROFESIONAL
Profesor de educación primaria egresado de la B. Escuela Nacional de Maestros.
Diplomado en Técnica de Enseñanza Audiovisual por la SEP
Curso de Educación Higiénica en la Secretaria de Salubridad y Asistencia
Asistente al Seminario Operacional de Educación de Adultos organizado por el CREFAL
Diplomado en Técnicas de Castellización de niños indígenas monolingües
DESEMPEÑO DOCENTE:
Ejerció la docencia en los niveles de primaria, secundaria, bachillerato y profesional. En este último nivel durante 20 años en la B. Escuela Norma Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”
CARGOS TÉCNICOS Y ADMINISTRATIVOS
Director de Escuela primaria
Subdirector Técnico de la Dirección General de Educación Popular del Estado de Veracruz surante dos periodos gubernamentales.
Subdirector Técnico de Educación Fundamental de la SEP
Director General de Educación Fundamental de la SEP
Director del Plan Nacional de Castellización de la SEP
Miembro del Concejo Nacional Técnico de Educación (seis años).
OBRA ESCRITA:
Artículos periodísticos sobre temas pedagógicos
Coautor de 10 libros y autor del libro “MILITANCIA MAGISTERIAL”
MEMBRESIAS:
Presidente de la Sección Veracruz del movimiento Mexicano por la Paz.
Cofundador y actual Presidente del Instituto de Relaciones Culturales Mexicanas Cubanas “Flores Magón Mella” de esta ciudad.
Cofundador de la Asociación de Educadores de América Latina y del Caribe.
Miembro de Número y Ex Presidente de la Academia Mexicana de la Educación. Sección Veracruz.
DISTINCIONES:
Medalla “Rafael Ramírez” por 35 años de servicios.
Medalla “Ignacio Manuel Altamirano” por 50 años de trabajos docentes.
Premio Nacional “Benito Juárez García”. Al mérito ciudadano. (nivel estatal)
Xalapa, Ver, enero del 2011


*Tomado de: Alfabetización Funcional, Adragogía y Educación Permanente.

Wilfrido Sánchez Márquez: Amigo solidario.


Víctor Manuel Vásquez Gándara

El 18 de julio del 2009 asistí a un desayuno organizado por la Academia Mexicana de la Educación, Sección Veracruz, presidida ese trienio por el profesor Mariano Ortiz Galván. En El Itacate nos dimos cita: Jesús Jiménez Castillo, Javier Ortiz Aguilar, Gregorio Castañeda Orozco, Raúl Romero Ramírez, Dinora Lucien Blásquez, Alfredo Villa Báez, Reynaldo Ceballos Hernández, Carlos Jorge Aguilar Aguilar, Lisardo Enríquez Luna, Wilfrido Sánchez Márquez, todos miembros de número de esa organización y como invitado especial el periodista Juan Tosca encargado de la Sección Opinión de Diario de Xalapa. Fue mi primera participación oficial en la AMEAC, con pretensiones de ser aceptado.
A partir de esa ocasión fui cultivando la amistad de ellos y de los demás integrantes de la asociación fundada en 1983 por el maestro Marcelo Ramírez Ramírez y un grupo de intelectuales vinculados con la Educación.
La gestión de Mariano culminó, asumiendo la presidencia de la nueva Mesa directiva el profesor Sánchez Márquez eligiéndome la Asamblea de socios con la responsabilidad de Secretario de Comunicación Social. Así inició un mayor acercamiento con el maestro Willy convirtiéndose en amistad por la solidaridad frente a la problemática inherente a nuestra gestión.  Las experiencias vividas juntos son tema a tratar en otro espacio.
En septiembre de 2010 con el profesor Lisardo empezamos el proyecto editorial Tlanestli. La entrega mensual del ejemplar, práctica que aún continuo haciendo después de cuatro años, abrió  la posibilidad de conocer más al maestro Willy, afianzándose la amistad, ahora por su apoyo incondicional hacia la edición literaria, educativa, cultural, sobre todo por la sinceridad de su trato.
Durante cincuenta meses he visitado al maestro quien no únicamente me abrió las puertas de su hogar y a miembros de mi familia, también desbordó su sensibilidad compartiéndome en sus charlas parte de la historia de su vida profesional y lucha social.
Su personalidad destaca en principio por el humanismo demostrado en sus acciones sociales, políticas y literarias. Su participación activa en la AMEAC ha dejado huella como lo hizo en su tiempo dentro del Sistema Educativo Nacional. De la misma manera es respetado por múltiples colaboraciones en la preservación de tradiciones de la cultura nacional a través de la Fraternidad Istmeña. El Instituto de Relaciones Culturales Mexicano-Cubanas “Flores Magón-Mella”, le reconoce su labor y esta publicación ha recibido apoyo de él no sólo con sus textos sino apoyo financiero.

En dos recientes reuniones muy significativas tuve la fortuna de ser uno de sus invitados: conmemoración del su nonagésimo cumpleaños de existencia y el festejo de la festividad de Todos Santos. Sendas reuniones celebradas en su domicilio particular en las que afloró generosidad, sinceridad y el reconocimiento hacia él y su familia. 

A la orilla del río los cocodrilos ciegos


Miguel Roldán Tovar

Sonó el teléfono
Javier limpia la herida del ojo que le queda a un cocodrilo. No olvides la imagen: el cocodrilo tuerto sobre la plancha metálica dormido por la anestesia, Javier con las manos cubiertas por guantes de látex y su asistente a lado.
            A sus cincuenta y siete años el veterinario ha variado la rutina. Todas las mañanas corre cinco kilómetros, come más vegetales y menos alimentos con grasa. No era así antes. Pesaba más de ciento veinte kilos y mide apenas un metro setenta y dos. Consecuencia personal: ignorado por Raquel. Consecuencia profesional: torpeza de movimientos. Luego del divorcio la imagen de Raquel se postró en sus ojos, en el intento por desplazarla devoraba lo que pasara por enfrente: pastelillos, chuletas de cerdo, papas a la francesa. El corazón le reventó al fin.  La operación salió bien, el cuerpo resistió el embate. Decidió abandonar su país y radica en Luama desde hace tiempo. Dos años atrás lo invitaron a participar en el programa de atención a los cocodrilos del río Nublado, el nombre se debe a la gran cantidad de cocodrilos ciegos que lo habitan.
            Los cocodrilos machos pelean entre sí para decidir cuál se apareará con la hembra. El orden de dos hembras por cada macho está invertido en el río Nublado.
            Apenas arribó a Luama visitó el río. Vio una pelea: dos reptiles de más de tres metros despedazándose, lanzando mordidas de una tonelada de fuerza en contra de sus cuerpos y sus cabezas. Los movimientos violentos, las heridas profundas, la sangre regada. La hembra esperando. Javier dejó de mirar.
            Ahora Javier tiene un cocodrilo sobre la plancha metálica, si pierde ese ojo queda ciego por completo. No podrá cazar a sus presas. Morirá.
            Concluye la sutura: nervios intactos. El cocodrilo mantendrá sano el ojo que le resta, Javier  mira satisfecho al animal. Al momento de arrojar los guantes a la basura timbra el teléfono. Su asistente atiende la llamada, le da el auricular al veterinario: Para usted. Javier toma el auricular; asiente. Cuelga. Sin dar explicaciones sale de la clínica y no repara en la bata sucia que lleva puesta. Sube al auto, golpea el volante, enciende un cigarro y gira el switch. Conduce hasta el aeropuerto.

Querer la muerte
Durante el vuelo los recuerdos: paredes repletas de fotos de Raquel y Lulú: en el quirófano al nacer Lulú y luego de ella sola en la incubadora; de los primeros viajes de Lulú al mar, desnuda y pequeña rodeada por las olas; de Raquel y él, y Lulú en medio, separándolos. La plática con Lulú previa a su salida del país luego del divorcio. El obsequio de recuerdo: obsesión profesional: un cocodrilo de peluche.
            Javier ha tenido que volar en avión con frecuencia. Su destacada pericia quirúrgica lo ha vuelto indispensable en intervenciones riesgosas. Aun cuando algunos de sus viajes son cercanos a Luama los prefiere en avión antes de conducir por carretera. La razón es simple: el porcentaje de accidentes aéreos es el más bajo del mundo en relación con los que involucran a otros medios de transporte. Este día, arriba del avión, sobrevolando el agua vasta, desea ser parte de ese bajo porcentaje y que su avión caiga o el piloto cometa un error grave que estrelle al gigantesco aparato en contra de alguna montaña.

Descenso y confesión
Javier sale del aeropuerto y mira Péramo. Quince años sin visitarlo. Se dirige a la central de taxis más cercana. Se detiene. Y aunque debe llegar pronto al ministerio público federal pasea un poco por las calles que pensaba olvidadas, pero que en ese instante arremetieron contra él: vio a su esposa y a Lulú caminando por la acera, a Raquel probándose el vestido en la tienda de ropa, a Raquel alejarse de él por serle insoportable lo obeso que estaba. Enciende un cigarrillo al pasar frente a la vitrina de una repostería, se aleja, mira el reloj: siete de la noche. Toma un taxi y llega en pocos minutos a su destino.
            El edificio es viejo, la pintura se cae a pedazos. Atraviesa la puerta de entrada, las manos en los bolsillos del pantalón. El interior mal iluminado, dos escritorios y un sujeto flaco de lentes, a traje negro y corbata roja detrás.
            —¿Lourdes Fragoso?
            —¿Es usted familiar o abogado?
            —Su papá ¿en dónde está?
            —Identificación señor.
            —Tome, necesito verla ¿ella está bien?
            —Su hija está acusada de homicidio agravado en contra de quien parece era su novio. Sígame… ¡Lourdes, te buscan!
            El cuarto húmedo y sucio. La silueta se acerca con lentitud. El funcionario revisa el candado. Se aleja.
            —Ahora sí apareces.
            —Tú llamaste.
            —¿A quién más? Raquel murió hace tres años.
            —¿Murió? Debiste avisarme.
            —Ya no importa…
            —¿Qué ocurre Lulú?
            —Maté a alguien, a quien amaba y por eso estoy aquí… ¿Qué?, ¿te sorprende?, no debería, no me conoces, en veinticinco años han pasado muchas cosas que ignoras… Tú eres quien decidió largarse.
            —…
            —Él merece estar muerto, los vi coger en el sillón que compartíamos, no se dieron cuenta de que los vi, por eso sin hacer ruido salí del departamento y regresé después. Ella ya no estaba, Diego me saludó como cualquier día, me besó la boca, maldito cínico… Debajo del colchón Diego guardaba un arma, fui por ella…él estaba de espaldas, volteó al escucharme y le disparé.
            —No tienes por qué decir esto a la policía.
            —Merece estar muerto ¿es que no entiendes nada?
            —Entiendo que estás confundida y no sabes cuánto puedes lamentarte esto.
            Se aleja de la celda. Camina sin voltear más, sin despedirse. Lulú en silencio lo ve desaparecer. El hombre flaco de lentes y en traje negro alza los ojos. Javier cruza unas palabras con él. La remitirán al reclusorio a eso de las nueve de la noche, luego tomarán su declaración, aunque no se sabe la hora…Javier lo interrumpe y pregunta por la dirección de su hija y por alguna llave. Sí, aquí tengo a la mano los datos de dónde vivía su hija… No puedo darle las llaves… El veterinario saca un billete del bolsillo y lo pone en la mano del hombre.

Cómo sacar a Lulú
Atraviesa la puerta del restaurante poco antes de la hora acordada. El abogado ya espera en una mesa del fondo. Javier lo reconoce, se sienta y ordena ron con agua mineral. Conversa, asiente, luego escucha al abogado, quien a su vez asiente y escucha también y pregunta. El abogado se pone de pie, intercambian tarjetas personales. Se comunicará en veinticuatro horas. Javier lo mira salir, paga al mesero y sale del lugar, le duele el pecho, respira con trabajos, seca el sudor que recién advierte. Se recompone y pide un taxi. Va al domicilio en donde vivía su hija.
            Baja del taxi frente a un edificio viejo, ingresa y sube las escaleras, llega hasta el departamento que suponía asegurado con alguna cinta de plástico: nada. Las llaves gritan en el bolsillo, las saca, abre la puerta. Olor a podrido, olor de alfombra mojada, repleta de polvo. Avanza adentro del departamento, da cada paso con temor y al poco quiere desandarlo. Al fin llega al comedor: una mancha de sangre en la alfombra. Sigue caminando hasta la única habitación que hay. Sobre la cama las sábanas en desorden y entre ellas el cocodrilo de peluche. Lo abraza y retiene contra su pecho. Se recuesta sobre la cama que su hija compartió con una persona ahora muerta. Piensa que habría podido visitarla antes, que debió estar a su lado en el entierro de su madre, que debió impedir el disparo del arma que accionó. Se queda dormido. Lo despierta la llamada al teléfono, Lo espero en dos horas en el mismo restaurante.
            Luego de las investigaciones el abogado informa que hay una sola posibilidad de librar a su hija del asunto: se necesita mucho dinero. Javier escucha. Llama a su asistente que tiene acceso a sus números de cuenta. La instruye para que haga varios depósitos de cantidades considerables, en diferentes bancos y a diferentes horas. Javier para de hablar y respira, los labios le sangran, están resecos.
            Se montará una escena: el abogado solicitará el cambio de Lourdes a otro reclusorio para que ahí le tomen su declaración. En el tránsito de un reclusorio a otro, la camioneta que traslade a Lulú será interceptada por un comando armado, bajarán a Lulú y la subirán a otro auto para llevarla a una pista privada de aviones desde donde volará a Luama.
            Es muy importante que se mantenga alejado y espere hasta recibir mi llamada para saber que todo ha salido bien, fue lo último que dijo el abogado.

Una camioneta más
El abogado espera afuera del reclusorio. Mira su reloj. Vuelve la vista a la puerta por la que saldrá Lulú. El calor es intenso y enturbia las imágenes. Se quita los lentes para quitar el sudor y luego los repone en su sitio.
            Lulú atraviesa la puerta de salida, mira a todas partes. Los agentes apresuran a empujones a Lulú para subir a la camioneta.
            Detrás de la camioneta que transporta a Lulú arranca otra. El abogado sube a su auto y llama al comando para advertirles de esta segunda camioneta llena de policías.
            El abogado se mantiene cerca. Avanzan hasta el punto de intercepción. Aparece el comando armado en un auto que le cierra el paso a las camionetas de la policía. Del auto descienden cinco hombres con cuernos de chivo, detonan sus armas en contra de los policías de la primera camioneta, ellos disparan también. La parte trasera de la segunda camioneta se abre, salen cinco agentes que se colocan rápidamente en posición: disparan. El comando armado resiste el ataque pero sus hombres disminuyen, los policías son muchos.
            Se escucha el rechinar de llantas. El abogado busca a su alrededor y encuentra a Javier que se acerca a toda velocidad en un Chevrolet azul. Estrella el auto contra la parte posterior de la segunda camioneta de policías, pone reversa, arranca, se aleja pocos metros y enviste de nuevo, golpea a los policías que más puede, al fin un disparo en el pecho: desacelera el corazón, el auto se apaga. Mientras Javier sangra Lulú sube al auto que se pierde en la carretera. Javier sonríe. Luego, una bala le cierra los ojos.

La partida

Lourdes pidió al taxista que se detuviera en el puente que atraviesa el río Nublado. Bajó. Asomó la cabeza: los cocodrilos nadaban bajo sus pies. Notó a un cocodrilo golpeándose constantemente en contra de los otros. Está ciego, uno de tantos que Javier no pudo curar, pensó. Regresó al taxi para seguir su camino. Detrás, se hacía cada vez más pequeño el hospital en donde trabajaba su padre.

Ni un día más ni uno menos


Víctor Manuel Vásquez Gándara

Placer por la gastronomía, vino, pasión por la lectura, desafíos en la creación literaria, gusto por plantas y flores, generosidad, hospitalidad, sensibilidad, muestras de amistad, vitalidad en la longevidad, intelectualidad. Todo encerrado entre una envidiable biblioteca, sala cómoda, comedor instalado provisionalmente con mantel colorido, formó el ambiente para celebrar el nonagésimo segundo aniversario de Aurora Vásquez Ruiz, escritora, poeta, editora, madre de siete hijos y profesora jubilada.

            La cita: Once de septiembre, diecinueve horas 2014, exactamente 92 años después de su nacimiento. Ni un día más ni uno menos. El lugar, su residencia por varias décadas, literalmente  encima de las faldas del Cerro de Macuiltepetl (el quinto cerro en Náhuatl). Mesa dispuesta, adornada con mantel colorido, al parecer moreliano. Vajilla de barro similar a las fabricadas en Capula, Michoacán.

            Las selectas amistades paulatinamente llegaron rodeando a la maestra ubicada en su lugar predilecto: detrás de la computadora enmarcada por cientos de libros. Saramago, Borges, Paz, Huerta, Papini... Ahí recibió a los puntuales. Posteriormente sentada ya en el comedor improvisado para el ágape.

            Libro tras libro fue recibiendo en obsequio por los acompañantes en tan singular fecha. Un hermoso arreglo floral completó los regalos sin faltar la Sangre de Cristo Todos los regalos de verdadero agrado de la festejada. Conocen sus gustos.

            Atrás del telón, estuvo la organización y el proceso gastronómico, sin duda bajo la batuta de la maestra Yoya. Incansable y con la paciencia del Santo de Asís: la maestra Lety, ejecutó el plan resultando una cena opípara. Deliciosos frijoles charros abrieron la andanada de platillos. Carne asada, ensalada verde, agua de Jamaica, Coronitas, copas de vino y un exquisito pay de queso, cremoso, dulce y hojaldre recién horneado. Los tradicionales nopales y cebollines dejaron satisfechos los paladares de escritoras, académicos, comunicadores unidos por esa convergencia amistosa, la cumpleañera.

            La música de fondo, suave, desapercibida, disfrutada, sin distraer la charla. Charla de amigas, anecdóticas, de buen gusto apropiadas al perfil de los allí reunidos.

            Lo destacado, esa evidencia de tenacidad, de pasión por vivir. Vivir siendo participe del mundo. No ajena, menos apática o desilusionada. Aurora, quien además de considerarme su amigo con muestras de amistad, solidaridad, me llama su amigo en sus comunicados electrónicos. Es la colaboradora de mayor constancia de Tlanestli, edición literaria, educativa. Cultural. Mes a mes envía oportunamente, sea un cuento, reseña de algún libro o poemínimos. Lectora de oficio, la profesora se constituye en ejemplo de vida en su entorno. Adquiere libros a través de la web. Y lo sorprendente: toma cursos de creación literaria por internet. ¡Participa en concursos!

            En su plática, sentada, como debe ser, en la cabecera de la mesa, frente a escasa docena de amigas y amigos, compartió el tema central de su última tarea literaria, vía electrónica hasta España. Debía narrar una historia en la que se diese un conflicto surgiendo un triunfador.

Antes de los años cuarenta de la centuria pasada, en Xalapa celebraban bailes que con el transitar del tiempo se fueron haciendo tradicionales. El Centro Recreativo Xalapeño fue el recinto de una de esas tradiciones. Con anticipación la gente confeccionaba su ropa, elegía su atuendo. Las mujeres se distinguen por esos detalles y la espera es ansiada. Llegada la fecha -escribió Aurora en su texto- la joven quinceañera, estaba lista. Maquillada, pintada, vestida, sólo en espera de su vecina, quien le prometiera pasar a traerle e irse juntas al baile esperado. Los minutos transcurrieron y la desesperación comenzó. La niña pidió a su madre le acompañara negándose una y otra vez. Su madre se  opuso a persuadir al padre de la joven para que aquel la llevase. Insistente al escuchar al sereno, propuso -que me lleve Don Sabino. ¡Cómo comprendes! Respondió la madre, escandalizada. La historia concluyó cumpliendo el objetivo solicitado por el profesor o profesora de su curso. La joven perdió aquella noche pero al cabo del tiempo ganó: se casó con el galán que involuntariamente plantó.

            Por supuesto hablar de creación literaria, sus vicisitudes, sólo pudo ocurrir en el cumpleaños de Aurora pues vive para leer, escribir y publicar.


            La despedida de los invitados, más por cortesía y consideración que voluntaria, se dio. Una muñeca, manualidad propia de la creatividad docente y unos pequeños jarros conteniendo bombones y gomitas constituyeron los recuerdos. El convivió llegaba a su fin dejando un recuerdo para muchos años...

viernes, 17 de octubre de 2014

Editorial


Tres obras
Recordar la obra de José Revueltas, más allá de una discusión sobre la leyenda o el mito del personaje, sometemos su obra a la crítica de lectores actuales y descubran, con motivo del centenario de su natalicio. ¿Quién fue él, o para el que se reencuentra con aquellos ya conocedores de Revueltas. Recordar un  grupo folclórico surgido en la Benemérita Escuela Normal Veracruzana, representante de una de las tradiciones nacionales, viajando por medio siglo con visión artística, también educativa. Recordar al amigo periodista Ernesto Rizzo, maestro de una generación de comunicadores, incluyendo a sus hijos informando a través de El Mundo. Recordarles, es más que eso, es mantener vivos sus esfuerzos, sueños, ideales.
Estas tres ventanas invitan a la reflexión por la honda huella impresa en la vida de infinidad de personas producto de su consagración, consagración al servicio de una sociedad ávida de arte musical, literatura e información de reclamo social.
Unidos al agradecimiento hacia ellos las páginas de Tlanestli, a manera de homenaje, se unen a las diferentes voces levantadas y deja una evidencia más ante las generaciones presentes y futuras de su existencia y la obra que les ha hecho trascender.


DORMIR EN TIERRA


José Revueltas 

(1914-1976).

Pesado, con su lento y reptante cansancio bajo el denso calor de la mañana tropical, el río se arrastraba lleno de paz y monotonía en medio de las dos riberas cargadas de vegetación. Era un deslizarse como de aceite tibio, la superficie tersa, pulida, en una atmósfera sin movimiento, que sobre la piel se sentía igual que una sábana gigantesca a la que terminaran de pasar por encima una plancha caliente.

                Las casitas de madera del puerto, montadas en zancos sobre la orilla del río para quedar a salvo de las crecientes, parecían temblar, con ligeras y cambiantes distorsiones, vistas a través del vaho abrumador, quieto, de un aire que no se movía, de un aire que estaba ahí, empezando, muerto como el agua de un estanque. De las casitas se elevaba trabajosamente, vertical y despacioso, trazando sobre el agresivo azul del cielo una apenas ondulada línea blanca de gis, un humo concreto, corporal, macizo, que no terminaría de salir nunca de las pequeñas chimeneas de lámina que se veían encima de los techos. Aquellas casas formaban, paralelas al Coatzacoalcos, la primera fila de un conjunto de callejuelas miserables, en la proximidad del muelle.

                La calle, tendida al borde del río con sus tabernas, sus burdeles, sus barracas para comer, tenía una quietud extraña, un ruido, una delirante inmovilidad ruidosa, con aquella música de la sinfonola, en absoluto una música no humana, que no cesaba jamás, como si la ejecutaran por sí solos los instrumentos que se hubieran vuelto locos. Eso hacía que las propias gentes—también los perros y los cerdos, irreales hasta casi no existir—parecieran más bien cosas que gentes, materia inanimada desprovista totalmente de pensamiento, en medio del calor absurdo que lo impregnaba todo.

                Nadie abrigaba el menor propósito, ni lo abrigaría en éste mundo, de que la música se dejase de oír un  solo instante, pero lo que era más extraordinario todavía, que dejara de ser la misma canción inexorablemente repetida y, sin embargo, ya tan soberana y autónoma como una ley de la naturaleza.

La tortuguita se fue a pasear…

                Los obreros sin trabajo, despedidos de la refinería de petróleo unos meses antes, escuchaban como muertos, sentados a la sombra de las casas, casi sin hablar, hartos los unos de los otros, con una indiferencia pesada y triste de esclavos. Parecían tener una cierta convicción sorda, instintiva, de que ya no podrían abandonar esta calle, este refugio desamparado, igual que si estuvieran sujetos por un cepo, unidos por la indolente esperanza de un barco que descargar o cualquier otra ocupación improbable, inconcreta, que pudiese serles remunerativa, pero de la que les resultaba imposible precisar nada. Allá en sus hogares, entretanto, sus mujeres acumularían lentamente hacia ellos ese rencor herido, resignado, de darles algo de comer, en cualquier forma —“rajándose el alma”—, a su horrible, a su vil regreso cada día, puntuales como si salieran de la fábrica. Esa calle. Esa calle.

La tortuguita se fue a pasear…

                La calle de los sin trabajo y de las prostitutas baratas, sin zapatos, de las prostitutas que no tenían zapatos.

                Ahí estaban algunas de ellas en lo alto de sus casas, a horcajadas sobre el pasamanos en la parte superior de la escalera, o apoyadas sobre un hombro en el marco de las puertas, con los vestidos de tela corriente que les ceñían los cuerpos desnudos en absoluto por el sudor, jadeantes extrañas vacas sagradas y sucias, lentas, ociosas, todas con la misma expresión de desesperanzado aburrimiento, húmedas.

                Miraban sin moverse, con atenta y anhelante estupidez, hacía el río, donde El Tritón, un viejo remolcador, maniobraba para sujetar una gran barcaza averiada que había traído desde Puerto México. Una mirada entendida, sabia, que deducía con precisión, del estado de la maniobra, cuándo terminaría la faena, en espera de que después vinieran algunos de los diez o doce tripulantes, antes de zarpar nuevamente El Tritón, a poseerlas, apresurados y sumisos, a cambio de las toscas monedas de cobre y los pegajosos billetes que llevarían encima.

                —¡Les faltaban como seis horas! —comentó alguna, la entonación vacía, lenta, llena de paciencia desesperada.

                Nadie añadió una palabra más; no había por qué hacerlo. La cosa era segura, de cualquier modo. Vendrían. Los tripulantes de El Tritón vendrían antes de zarpar. Ellas miraban, solamente. Eso era lo único que les quedaba en la vida por ahora: no apartar los ojos de aquel remolcador negro, ese feo barco ancho, y como mutilado. Ahí estaba y no podían hacer otra cosa que mirarlo, mirar ese destino que se aproxima, 14 quedarse quietas ahí, como a mitad de la vía por donde viene la locomotora que no podrá salirse nunca de sus rieles.

                Entre las prostitutas y los tripulantes del barco existía aquella prerrelación íntima, concreta, casi doméstica y familiar, que existe entre el astrónomo y el cuerpo cósmico que inevitablemente entrará en la órbita de la tierra y que entonces se volverá de inmediato un sujeto palpitante y real —largamente destinado a que el hombre lo posea— bajo la primera mirada terrestre. Los hombres del remolcador, sin conocerlas, las habían pensado, establecido, elaborado en todos sus detalles, desde el momento mismo que supieron que El Tritón se dirigiría a Minatitlán, y ellas por su parte los aguardaban, todo esto de un modo tan específico y determinado, que el encuentro era ya, desde ahora, el acto único, particular y amoroso de dos sentenciados a muerte. Entonces miraban hacia el remolcador. No podían hacer otra cosa; estaban condenadas a mirarlo, como en el infierno.

La tortuguita se fue a pasear…

                La última de seis monedas hacía girar por sexta vez el disco de la sinfonola cuya canción estaba por terminarse. Ninguna de las mujeres hubiera comprendido esa libertad de que la música se dejara oír. Era una de esas cosas imposibles que hay en la vida. Entre las mujeres hubo algo parecido a una lejana y perezosa animación, esa animación de bestias sonámbulas que tienen los animales dentro de una jaula. —¿Y ora a quién le toca ser la pendeja…?—se escuchó que alguna preguntaba.

                Ese calificativo merecía, por convención tranquilamente aceptada, aquella a quien le correspondiera el turno de recoger las monedas para alimentar a la sinfonola hasta el fin de los siglos. Los rostros casi giraron hacia una mujer de toscas proporciones y baja estatura que tenía ese horrorizante atractivo de ciertas piezas arqueológicas, la piel llena de gruesos poros y unos muslos breves bajo el cerámico vientre atroz.

                —¡Le toca a La Chunca !—gritaron.

                No, no le correspondía el turno a La Chunca, pero como era tan fea, la maliciosa injusticia regocijaba a todas.

                —¡A La Chunca, a La Chunca!

                Era curioso verlas a cada una, sucias palomas impuras, en aquellos palomares sórdidos, no todos con escaleras sino muchos de ellos tan sólo con unos travesaños clavados en los horcones sobre los que descansaba la casa, quietas y opacas, pero con algo que no era del todo lo que corresponde a una prostituta, cierta cosa no envilecida por completo, tal vez la actitud infantil de jugar como si fuesen chiquillas, o por el contrario, como si se tratara de chiquillas que se habían entregado a la prostitución y aún no estaban seguras, todavía no dominaban de un modo absoluto los secretos del oficio.

                —¡A La Chunca, a La Chunca!—en las expresiones disimuladas de su rostro había ese aire malo y satisfecho que proporciona la alegre impunidad de los delitos cometidos en común.

                —¿Y luego? —replicó La Chunca, indiferente desde el vacío mental donde se encontraba—.  ¿Por qué no había yo dir…?

                Con todo, se trataba de moverse, de romper aquella inercia increíble, nadar en esa atmósfera de fuego hasta la cantina, bajo el espantoso sol.

                La Chunca bajó por cada uno de los travesaños de su casa con la pausada lentitud y la melancólica obediencia de un chimpancé enfermo que se somete a las órdenes del domador. En seguida, con el aire de una limosnera ciega, fue recogiendo las monedas que le arrojaban desde lo alto cada una de las prostitutas y luego se alejó hacia la taberna en la esquina de la calle, donde estaba la sinfonola.

                Un griterío soez y entusiasta se elevó entre los sin trabajo al paso de la prostituta, mientras algunas manos, detenidas en el aire, fingían para asustarla, el intento de una nalgada procaz sobre sus animales e impúdicas posaderas empapadas de sudor. Con los ojos bajos, la mirada fija en el suelo, La Chunca soslayaba el cuerpo, ajena y sin ver, exactamente una ciega que se defendía tan sólo con el oído, torpe y concentrada.

                Al extremo de la fila de los sin trabajo uno de ellos se deslizó a espaldas de la prostituta, perversamente alegre, agazapado, en tanto pedía silencio con el índice sobre los labios, dispuesto a ejecutar alguna divertida broma que los demás aguardaban ya, con un brillo cómplice en los ojos y cierta sonrisa llena de envidiosa admiración.

                Se aproximaba con una cautela maligna, anhelante, las comisuras de la boca distendidas hacia abajo y la actitud de quien contiene la respiración, sucio y cómico, sin que La Chunca pudiese advertirlo. Aquello sucedió con una desenvuelta rapidez, jubilosa y brutal, en medio de los aullidos frenéticos, casi dolientes de gozo, que lanzaban los sin trabajo. El hombre había logrado levantar la falda de La Chunca y hacerle una prolongada caricia obscena, entre la carne desnuda, pero con una suerte de tal maestría, que el espectáculo resultó para todos algo de lo más extraordinario que habían visto nunca en su vida. Una espesa felicidad les resbalaba por dentro, una dicha llena de rencor que salía de sus gargantas en esos alaridos agrios y sexuales, como en un velorio, en igual forma que si al mismo tiempo estuviera ahí, de cuerpo presente, algún difunto muy triste y suyo, y ellos debieran llorar con una furia misericordiosa y arrebatadora, despojados para siempre por el amor de Dios. Igual que en la Iglesia, igual que cuando se arrodillaban en la Iglesia.

                La Chunca no se pudo defender, inerme y atontada, idéntica a las iguanas que no, aciertan a discernir de dónde proviene el peligro cuando se les arroja una piedra, y permanecen inmóviles, pétreas, poseídas de una antigua angustia telúrica, con el desamparo de los primeros tiempos zoológicos, el rostro estúpido de impotencia, borracha perdida, es decir, no que lo estuviera, sino igual que una borracha imbecilizada hasta lo último por el alcohol, hasta donde ya no se puede más.

                No comprendía, evidentemente aquello estaba más allá de lo que podía comprender en esta tierra y en esta existencia. Clavó sobre los hombres una mirada remota, una mirada loca y turbia de dulzura a causa de la estremecida piedad, de la compasión sin límites que la embargaba hacia su propio ser. Se había replegado contra uno de los horcones y por sus mejillas de piedra rodaban unas lágrimas extrañas, sin sentido, no suyas, no pertenecientes de modo alguno a su sagrado cuerpo de infame prostituta.

La tortuguita se fue a pasear…

                Otra de las prostitutas apareció ahí de pronto junto a La Chunca, después de lanzarse de un salto desde el palomar. Respiraba con una agitación galopante, la morena piel del rostro muy pálida, amenazando a los hombres con una navaja, pero sin que se alterase una voz queda, precisa y llena de agravio, que parecía subirle desde la planta de los pies hasta los labios.

                —¿Qué hijoputas quieren con ella, malditos? ¡Digan! ¿Quién fue ése que ofendió a La Chunca?

                Los sintrabajo se volvieron de espaldas, con el aire del que no escucha, la mirada muy atenta, como si algo muy importante y complicado solicitase de ellos una concentrada reflexión en el punto opuesto. La Chunca, entretanto, había desaparecido en el interior de la cantina, y ahora estaría ya ante la sinfonola, con las monedas.

                ¡Todo lo quieren de balde! ¿Eh? —continuaba su imprecación la prostituta, sin abandonar la navaja— Se pasan el día oyendo música que nosotras pagamos con nuestro dinero, que nuestro dinero nos cuesta, y todavía quieren maloriarnos… ¿Muy fácil no? ¿Qué dijeron?

                Un hondo sentido de justicia y de ira hacía fulgurar las pupilas de la hembra, pero al mismo tiempo se notaba cierta inseguridad en su actitud, como si le fuese imposible encontrar razones incontestables, de un valor absoluto, para su protesta. No podía remitir el agravio, la baja ofensa sufrida por La Chunca, sino al dinero, a que aquello se hizo de un modo gratuito, cuando lo que justificaría cualquier cosa, puesto que ellas eran tan sólo unas simples prostitutas, “mujeres de la calle” y nada más, habría sido el pago correspondiente. De este modo la mujer tuvo entonces una transición súbita, en la cual lo primero que hizo fue guardarse la navaja en el refajo. Hablaba ahora con un extraño tono persuasivo.

                —El que traiga con qué, ya sabe… —la voz aquí se volvió afectuosa del todo, con un leve toque de amargura humilde—, …pues para eso somos lo que somos, pero siempre que se nos brille “la de acá”—y al decir “la de acá” flexionaba el pulgar y el índice en círculo para indicar la forma de las monedas—. Pero así a la brava, ¡niguas! ¡No hay que ser! ¡Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa! —concluyó por fin a tiempo que giraba hacia la dirección por donde ya venía hacia ella La Chunca, el paso miedoso y apresurado.

                Con una solapada sonrisa los hombres permanecían en su misma actitud, atentos a fingir esa divertida indiferencia que los relevaba de sentirse blanco individual de cualquier acusación.

                La mujer echó un brazo en derredor del cuello de La Chunca.

                —¡Cuenta siempre conmigo, manita! —dijo con bronca y ríspida dulzura—. ¡No hagas aprecio de estos pinches güeyes! Entonces, ambas subieron, una después de la otra, al palomar de La Chunca, pero no sin antes recoger la parte posterior de sus faldas, a través de las piernas, para sujetarlas por delante con una mano, mientras subían, y de este modo no dar pie a nuevas procacidades de los sintrabajo.

—¡No sé para qué me lo trujeron! —exclamó La Chunca al entrar la primera en aquella especie de mísero tapanco a que se reducía toda su casa. Era un único cuarto de madera con las paredes tapizadas de papel periódico donde se veían los titulares, fotografías, anuncios y noticias de las más diversas publicaciones del país y del mundo. Hasta un periódico de Shangai, con unos extraños caracteres, sin duda proveniente de los chinos propietarios de comercios y cafés en la localidad, que eran numerosos. En un rincón estaba la cama de tablas, cubierta tan sólo por una raída colcha de algodón, y plegada junto a su cabecera, pendiente de un alambre sujeto entre el ángulo de las dos paredes, una mugrosa manta, quién sabe para qué, servía de cortina, acaso nada más como un símbolo de cierto misterioso pudor. El resto de los muebles lo formaban una mesa de ocote, un brasero de lámina, algunos cajones y dos sillas. Esto era todo.

                Fija a mitad del cuarto, con un aire de obstinada incredulidad, sin atreverse a dar un paso  adelante, La Chunca meneaba la cabeza con bruscos sacudimientos intermitentes, arrítmicos.

                —¡No sé pa qué me lo trujeron!—repitió doliente.

                Se refería al niño. Ahí estaba el muchachito, como de siete años, quieto, los negrísimos ojos agrandados por una incertidumbre atenta, sin aventurarse a decir una sola palabra, dispuesto a recibir con silenciosa sorpresa todo cuanto pudiera ocurrirle de inesperado y desconocido, en este suceder de hechos incomprensible que él no podía sino aceptar. Era el hijo de La Chunca.

                Apenas unos días antes, después de que dio sepultura a su pobrecita madre muerta, con la que el niño viviera allá en el pueblo. La Chunca había encomendado al muchacho con unos vecinos, bajo la promesa demandarles algunos centavos, y ahora resultaba que estas buenas gentes se lo devolvieron ayer sin explicar nada, nomás porque sí.

                Ni La Chunca ni su hijo podían comprenderlo.

                La otra prostituta se acordó de que anoche, cuando supo esta desgracia de La Chunca, no había tenido oportunidad de preguntarle cómo se llamaba el niño.

                —¡Ulalio! —respondió La Chunca—, se nombra así porque lo tuve el mero día de San Ulalio.

                Miró a la criatura un instante más, con un rencor tierno y amoroso, pues toda la enervante tristeza suya de las últimas horas tenía su origen en la infeliz presencia de aquel niño.

                —¡Escuincle de porra! —añadió, para rematar luego con una voz sumisa y desgarrada—. ¡Ya estaría de Dios, ora sí como quien dice, que hijo de puta bías de ser aunque yo no lo quisiera!

2

A bordo de El Tritón el contramaestre descargaba toda la furia de su negra cólera sobre los fatigados tripulantes, que hacían lo imposible por trabajar más de prisa.

                —¡Cárguenle calor, güevones! —gritaba, ronco, torvo—. ¡A l’hora del rancho sí que son buenos … ! ¿Pero qué tal pa trabajar, jijos de un chingao…? ¡Cárguenle!

                Se hubiera podido trabajar a un ritmo menos febril, pero el capitán había decidido que zarparan hoy mismo para atracar al día siguiente en Veracruz. Ésa era la causa de la cólera del contramaestre, y como las gallinas de arriba siempre cagan a las de abajo, pensaba, no, había más remedio que fastidiar a los “boludos” aquellos. También él había sido boludo, esto es, marinero raso, en tiempos de don Porfirio, y la cosa no era mejor entonces en la Armada, sino todo lo contrario, bajo la salvaje disciplina que reinaba en cada barco. Aquello no era ninguna broma; no era ninguna baba de perico.

                Pero éstos qué iban a saber de aquellos sufrimientos, ni tantito así, comparados con las blanduras de hoy, donde hasta un simple grumete puede levantarle acta a todo un oficial si éste le pega.  Antes uno se aguantaba y si llovían los golpes era de ley mantenerse firmes, con la mano en posición de saludo, hasta no caer hecho un guiñapo. Por no hablar del pañol de cadenas, donde lo encerraban a uno con cualquier pretexto o sin pretexto. Una fiesta de los cien mil carajos, durante noches y días enteros, dentro de un pedazo de medio metro. Lo rodeaba a uno el montón de eslabones, como serpientes enroscadas unas con otras, sin dejarlo moverse, sin permitirle el más insignificante cambio de postura. Luego había que añadir la peste; ese olor que no se da en ninguna otra parte, que se desprende de las vegetaciones nacidas sobre las cadenas en el fondo del mar. Un olor de pescado descompuesto, de hierro podrido, que lo hacía a uno deshacerse de náuseas. Cuando sacaban al prisionero de ahí, era para que se portara en adelante muy derechito, muy comedido, con un miedo horrible, un pavor espantoso, que hasta los más machos hacía llorar, de que lo pudieran devolver a ese infierno. Bueno, descontando las veces, que no fueron pocas, en que se les olvidaba que ahí estaba un hombre dentro del pañol, en los momentos de soltar las anclas, cuando el barco se fondeaba. Desde la cubierta, por la parte de proa, veíamos subir entonces, de abajo del mar, una nube roja, que se extendía poco a poco hasta llegar a la superficie como un gran manchón. Era la sangre del cristiano. Así todos nos dábamos cuenta de que las cadenas, al salir disparadas como de rayo, habían arrastrado al que estaba metido dentro no dejándole ni madre. No; esos “boludos ”de hoy no podían quejarse.



—¡Cárguenle calor, jijos de su pelona!

                El contramaestre resoplaba de un lado para otro, también aturdido por la fatiga. Era un animal lleno de pelos por todas partes, en la frente, en los pómulos, un oso hirsuto cuyos ojos apenas eran visibles entre las semicanosas cejas enmarañadas. Sentía una cólera enorme, capaz de cualquier cosa, pero que distaba mucho de satisfacerse con los insultos y gritos que lanzaba. Ese capitán de todos los diablos; los viejos güinches mal engrasados del remolcador, que se atoraban en el momento más preciso; el maldito sol que parecía tener enfrente un cristal de aumento del tamaño de todo el cielo para calentar más, hasta que hirvieran los malditos sesos; la orden de zarpar este mismo día; zarpar hoy, no dormir en tierra, seguir navegando.

                Hubiese querido romper algo, destrozar algún objeto, alguna materia eterna, resistente hasta la eternidad, pero que él podría convertir en polvo a puñetazos, a dentelladas; la embarcación misma. Se detuvo, jadeante, del lado de la banda de estribor y volvió la vista hacia el muelle.

                Algo como una fascinación aplastante le hizo sentir que todos los músculos del cuerpo se le aflojaban con una especie de frío repulsivo, lleno, de precisión fisiológica. Ahí estaba el infeliz, ahí estaba el desgraciado. Ahí estaba, en el muelle, aquel niño inverosímil y espantoso, quieto como desde un principio, como desde hacía tres o cuatro horas, igual que una estatua, sin apartar la mirada muda que salía de sus dos grandes ojos atónitos de la figura del contramaestre, fijos sobre él como los de un pájaro disecado que lo persiguiera completamente sin expresión. Estaban separados apenas por unos tres metros de distancia, el viejo oso colérico en la cubierta del remolcador y el niño allá abajo, sobrenatural como un ángel castigado.

                —¡Lárgate de una vez al carajo! —gritó con un odio extraño el contramaestre—. ¡Ya te dije que a bordo no hay lugar para nadie más. Este barco no es asilo. ¡Cabrón escuincle tan necio! ¡Lárgate te digo!

                A pesar suyo el contramaestre temblaba. Eso, eso y no otra cosa era el origen de la rabia que sentía desde que se encontró con el chiquillo en el muelle, al venir de la Capitanía hacia el remolcador, cuatro o cinco horas antes. Ahí lo estaba esperando el niño.

                —Mi mamá dice que por el amor de Dios me lleve en el barco—le había dicho el niño—.No quiere tenerme porque soy hijo de puta.

                Lo dijo así, simplemente, como algo superior, fatal y divino, que no estaba obligado a comprender.

                El contramaestre se había estremecido con una especie de ahogo blando, y ahora se daba cuenta de que ahí fue donde comenzó a nacer en él esa cólera, esa rabia, ese odio que sentía hacia su piedad, la cólera de que algo le hiciera sentir dolor por otro, por un semejante, por otro perro podrido como él. El niño era hijo de eso, pero había dicho las inocentes y malditas palabras separándolas de su madre; su madre era una cosa y él era hijo de otra muy distinta.

                Una ira desgarradora cegaba al contramaestre. El niño permanecía inmóvil, ahí estaba en el muelle desde hacía muchos años, desde antes de nacer, desde antes de ser un hijo de puta.

                —¿No entiendes? ¿Qué ganas con estar ahí parado, terco como una mula? ¿Estás sordo? ¡Orita verás si no entiendes!

                En esos momentos el contramaestre había visto salir de la cocina al galopín, quien llevaba en una mano el balde de los desperdicios, lleno de agua gris, de escamas, de tripas, de sangre sonrosada, que debía arrojar por la borda.

                —¡Daca!— ordenó al tiempo que le arrebataba el balde.

                Con el balde en las manos hizo un extravagante movimiento de vaivén hacia atrás, que se antojaba lentísimo, escultórico, como el del atleta, que dispara el disco, y luego un rápido contramovimiento en un corto espacio hacia adelante, que detuvo de pronto, y entonces los desperdicios se proyectaron en el aire cayendo sobre el cuerpo del chiquillo.

                “¡Quihubo! ¿No que no?”, iba a exclamar con aire de triunfo, pero desde lo alto del puente la voz del capitán lo hizo girar de golpe como si alguien hubiese tirado de una palanca invisible. Por encima de la cubierta inclinada del balde vacío de los desperdicios rodó, al modo que el cuerpo vivo que tuviera impulso propio, hasta detenerse a los pies del galopín como por efecto de una cierta estupefacción súbita.

                —¡Venga usted!— ordenó el capitán al contramaestre, quién se apresuró a trepar la escalerilla. Entraron en la cámara de radiotelegrafía.

                El capitán llevaba la gorra caída hacia atrás y hacia la oreja, sonriente, semialcoholizado, conforme a su costumbre. Era prieto, la cara mofletuda, indígena y de expresión feliz. El total estrabismo de ojo, condenado en definitiva en mantenerse en un rincón de su cuenca, tirando hacia la sien, cosa que en otras personas da a sus fisonomías un aire de asustada severidad, en él por el contrario, expresaba una malicia cínica y juguetona, cierto sarcasmo alegre.

                Hasta ese momento el contramaestre no se dio cuenta de que el capitán tenía —lo habría tenido desde antes de que entraran en la cámara— un papel en la mano. El capitán se lo tendió.

                El radiotelegrafista, con sus dos negras ventosas auditivas que le succionaban las orejas, atento a las sagradas voces interiores que le venían del más allá, los miraba con una mirada distante, pura, de faquir, una mirada sin ojos.

                —Mire— el capitán sonreía con su parte estrábica—: es el “meteorológico” de hace unos minutos —explicó respecto al papel—, de apenas unos minutos antes de que usted bañara en mierda al muchacho— era la forma efusiva, mañosa de reprenderlo.

                El contramaestre juntó los talones y se llevó la mano a la gorra, sin tomar el boletín meteorológico que se le ofrecía.

                —A su disposición, mi capitán; me doy por arrestado —repuso. Era en verdad un oso de circo, con la mano en alto, torpe y aturdido.

                El capitán insistió aproximándole el boletín al rostro con leve intención provocadora, mientras el ojo se burlaba.

                —¡Léalo! Veracruz reporta viento moderado del norte. Tendremos una navegación cómoda. ¿Estará listo para que zarpemos a las seis de la tarde?

                Después de tomar el boletín, el contramaestre lo había mirado concentradamente por unos segundos, sin leerlo, y ahora clavaba la vista en el capitán en la actitud de quien acepta un reto.

                —Mucho mejor—dijo—. La maniobra terminará a las cinco en punto.

                —De no cumplir su promesa, entonces sí habrá arresto, y de ese modo pagará usted por lo del chamaco también.

                La mirada diagonal del ojo torcido irradiaba ahora una especie de inocencia triste. Tal vez este hombre habría tenido un hijo así, como el muchacho del muelle.

                Abajo se escuchó el silbato del cabo de turno que llamaba para la comida del mediodía.

                —Si quiere comer en tierra, contramaestre—propuso el capitán—, ahí lo alcanzo en el Gato Negro y nos echamos un dominó. Puede retirarse.

                El oso peludo dio las gracias. Después descendió las escalerillas del puente. En cubierta, al girar hacia el punto de la banda donde los marineros ya tendían una pasarela de madera encima del muelle, se detuvo con un asombro amargo.

                Era imposible creerlo, pero el espantoso niño permanecía en el mismo lugar, un niño de madera, un niño preorgánico no perteneciente al reino.

                Atrás, a unos cuantos pasos, ahora también se encontraba La Chunca, el rostro inclinado sobre el pecho, la mirada tonta y sin luz hundida en el suelo con la obstinación homicida de un cuchillo terrible, la hoja de pedernal con la que los antiguos mexicanos arrancaban a sus hijos el corazón.

                El contramaestre dudó unos instantes. Hubiera querido no cruzar junto a ese niño de pesadilla, junto a esa mujer. La blusa de manta del chiquillo estaba llena de porquería, manchas amarillentas y despojos orgánicos, como si alguien hubiese vomitado sobre él. No se había limpiado siquiera; no se había movido.

                El contramaestre procuraba dominarse, ocultar una rara turbación que lo sacudía por dentro. ¿Esa mujer, esa dolorosa bestia idiotizada, sería madre del niño?

                Precisamente fue la mujer quien le salió al paso con una escalofriante humildad, sin levantar los ojos. Sabía, dijo La Chunca, que el barco zarpaba para Veracruz. En la mano extendida la mujer mostraba unas monedas de cobre y dos o tres arrugados billetes de a peso.

                —¡Llévese al muchacho en el barco, mi jefe! En Veracruz lo deja con una amiga mía que allá vive. El muchacho lleva la dirección. ¿Qué tanto perjuicio puede causarle hacerme esta caridá? Le doy estos poquitos centavos, aparte si tiene gusto en pasarla conmigo sin que nada le cueste.

                Hablaba con una entonación dulce, susurrante y tibia, llena de amor. Su ofrecimiento de “pasarla” con aquel hombre, de entregársele, era casto, sin mácula. Lo que ella no quería era tener ese hijo infortunado, que ese hijo fuese suyo; lo que anhelaba era despojarse de él como en una especie de aborto tardío, después de siete años.

                Sentía el contramaestre que una piedad atroz se le untaba en le garganta, nauseabunda y dolorosa, haciéndole nacer otra vez en el alma esta ira insensata que lo movía a golpear, a destrozar el rostro de aquella hembra envilecida y sucia.

                —¡Hazte a un lado!—exclamó apartándola de un empellón—. Por causa de tu mugroso escuincle por nada y me plantan un arresto. ¡Ya estuvo! ¡A volar!

                Lo dijo con un aire seguro, firme y autoritario, para enseguida encaminarse hacia El Gato Negro.

                La Chunca y su hijo Eulalio no se volvieron para mirarlo alejarse. Ya para qué; la cosa no tenía remedio. Sus ojos estaban puestos nuevamente sobre la turbia masa del remolcador.

                De pronto, por primera vez en su vida La Chunca escuchó que su hijo sollozaba. Una negra ola de soledad le abrasó el corazón con su lumbre inmisericorde.

                —¡No llore, papacito santo…! —balbuceó junto al niño a modo de consuelo.

                Papacito santo. Sin darse cuenta la Chunca se valía, para con su hijo, de la misma expresión de cariño mercenario con que trataba a los clientes, allá en su palomar.

                Desde la terraza de madera de El Gato Negro, el contramaestre, sentado en una mesa en espera del capitán, miró en dirección del muelle. Ya no estaba ahí ni la mujer ni el niño. Un hondo suspiro lo hizo descansar con satisfecha y tranquila plenitud.

3

Esbeltas y marineras, La Gaviota y La Azucena, embarcaciones de pescadores, seguían la misma derrota de El Tritón, a corta distancia, después de que éste hubo traspuesto la desembocadura del Coatzacoalcos.

                La cinta del río, de un color tan diferente a las aguas del mar, formaba un largo camino sobre el Golfo, hundiéndose en su seno cual una espada luminosa que hubiese desgarrado, con una herida de ámbar, aquella profunda piel sombría.

                El contramaestre había cumplido su ofrecimiento de terminar anticipadamente la maniobra y en estos instantes, un poco más de hora y media después de haber zarpado de Minatitlán a las cinco en punto, El Tritón navegaba en pleno mar abierto.

                El segundo “meteorológico”—que recibiera el radiotelegrafista en los momentos mismos de zarpar— anunciaba que el viento había arreciado allá, en Veracruz, a esa hora precisa, a las cinco.

                “Tardaremos todavía en encontrarnos con él”, pensó el contramaestre. Con él. Cobraba corporeidad, como si se tratase de un ser humano, alguien que vendría, una persona esperada, conocida, que llegará a la casa. —¿Dónde estás ahora? —masculló—. ¿Dónde estás, viejo perro, viento maldito?

                Antes de que llegara, apenas al presentirlo, le inspiraba un miedo embriagante, un miedo con sopor, un abandono, esa aterrorizada laxitud que provoca el vaho del coyote sobre sus víctimas para que ya no ofrezcan resistencia. Quería verlo, sin embargo. Encontrarse con él, pelear en su contra a brazo partido, igual que con un toro, retarlo, incitarlo, ver su impotente rabia enloquecida de otro furioso, derribarlo y oír sus bramidos de bestia sangrante y el retumbar de su cuerpo rodando hacia el abismo, en la negrura del hemisferio, al otro lado de mar. El segundo boletín no dejaba dudas: Viento fuerte del norte, con rachas huracanadas.

                Vendría. Se encontrarían.

                El contramaestre se aproximó a la bitácora para apreciar el rumbo. Trescientos ochenta grados. Esto quería decir que iban enfilados hacia el nor-noroeste. Después debían tomar norte franco.

                Miró al mar con una expresión seria, grave, interrogándolo en silencio como si aguardara una respuesta honrada, veraz, que no podía negársele a él de ningún modo. Las gruesas olas se desplazaban en masas profundas, empujadas desde abajo por los hombros de un gigante ciego, algún dios condenado a castigo para siempre.

                “Dime algo, mar”, pidió de pronto extrañamente, en silencio, con un raro sosiego y una tensa unción, que resultaban sorprendentes y conmovedoras en un oso peludo como él, en un oso que casi podía llorar.

                —Otra vez el infierno —dijo en seguida en voz muy queda y misteriosa. Estaba solo en el puente y hablaba con el mar. La tierra había desaparecido. La tierra—. Dime cualquier cosa, lo que se te antoje— volvió a pedir, la vista clavada en las olas, en esos torsos, en esos pedazos de cíclope que inútilmente querían recobrar otra vez su forma completa, enlazados, desesperados. Debía sufrir; el mar también debía sufrir, grande y esclavo, sin reposo, insomne desde el principio de los siglos. Debía sufrir de eternidad—. Acuérdate. Ella salió de noche. Acuérdate, mar. Dime algo. En esa ocasión quiso dormir en tierra. Dormimos. Después salió. Dime, mar.

                Se entregaba a este recuerdo con una ferocidad suicida, libre, sin trabas, una ciega ferocidad de toxicómano vencido. Era una siniestra perturbación de su alma, un fascinante morbo que iba y venía en el tiempo para aparecer cuando menos lo esperaba, sin evocarlo, igual que un planeta del martirio que repitiese su órbita de vez en vez.

                Ella había insistido en dormir en tierra, cuando menos esa noche de aniversario, después de tres años de vivir con él a bordo del balandro. El balandro era su casa, una patria única, una posesión inalienable.

                Fue por los tiempos en que él estuvo fuera de la Armada, cuando lo dieron de baja por haber participado en la sedición de una fragata que había secundado a ciertos locos generales de tierra adentro, sublevados contra el régimen. Se hizo patrón del balandro, entonces, y así vivió.

                Se habían mirado larga y osadamente en el muelle, sin decirse una palabra y luego ella subió a bordo para quedarse ahí en el barco a vivir. Casi no iba vestida, descalza, la ropa en jirones, bella y escalofriante como una tempestad. El caso es que durante esos tres años nunca habían dormido juntos en tierra.

                Era hermosa como un relámpago y amaba como si matara, como una criminal que ya no tiene nada en el mundo sino ese amor, suyo hasta el exterminio y la ceniza.

                Quería que durmieran en tierra esa única vez. Había en ella algo maduro y terrible, una profundidad hermética, de bestia melancólica, rodeada de silencios. Durante las largas travesías lo acompañaba junto a la caña del timón, echada boca abajo sobre la cubierta, con los ojos inyectados y abiertos y los labios pegados contra el piso, como si lo besara o lamiera, igual que un perro enyerbado.

                Salió de noche. Al día siguiente el balandro ya no estaba en el puerto. El timonel había olvidado su gorra junto a la bita donde atracaban. Era un muchacho bello y sombrío, que tenía una bárbara mirada negra, de pedernal.

                El contramaestre entrecerró los párpados temblorosos. Ella estaba hecha para amar con esa inclemencia homicida de náufrago, con esa lumbre sin límites, con esa voracidad invasora. Estaba hecha para amar como nunca lo había amado a él.

                Fue entonces cuando comprendió lo que significaba ese perro enyerbado con los labios abiertos contra el suelo y la mirada fija como un hachazo, esa mujer que permanecía horas enteras sin moverse, avasallada al pie de la caña del timón junto al hermoso mancebo sombrío.

                “Dime algo mar…, cualquier cosa, lo que sea, aunque no venga a cuento…”La había sentido deslizarse fuera de la cama con un aire predeterminado, alucinante, de helada hipnosis. Luego la miró salir del cuarto, cerrar la puerta a sus espaldas, perderse, en fin. Iba con los pies desnudos, desnuda toda bajo el solo corpiño de gasa. Esperó a que sus pasos se alejaran. Si no se hubiera ido la habría estrangulado al amanecer, antes de que volvieran al balandro, pasada esa noche en que dormían juntos en tierra por vez primera. El cuarto de la posada estaba vacío y a cada instante con menos paredes, sin paredes ya, sin aliento, un cuarto como el mar, solitario como el mar. Miró largamente por la ventana, inmóvil hasta deshumanizarse, hasta que se hubo desangrado por completo. La blanca figura de gasa caminaba por el muro del rompeolas en dirección al muelle. La sombra recia del timonel se desprendió del balandro, donde la aguardaba, para salir a su encuentro. Los vio unirse y zarpar.

                Era cosa de salir de este recuerdo venenoso. Hacía esfuerzos por evadirse de aquel cuarto sin paredes, en la posada del puerto, desde donde los vio embarcar. Pero ese cuarto era lo mismo que el puente del remolcador donde ahora se encontraba, ceñido por las aguas, abandonado, solo, con la mirada fija sobre los dos jóvenes amantes que iban a entregarse en alta mar.

                El balandro no volvió a aparecer ni nunca se tuvieron noticias de su destino. Quizá mar adentro ellos mismos habrían hundido la nave, para no volver jamás después de haberse amado. Ella se lo habría propuesto al timonel en alguno de esos pardos crepúsculos en que se quedaba con los labios abiertos contra el suelo, muerta de amor. Ella misma se lo habría pedido. “Tú debes saberlo, mar…”

                Sintió de súbito que el barco cabeceaba muy hondo. Esto debía haber comenzado algunos minutos antes de que él se hubiera dado cuenta. Escuchaba el zumbar angustioso de la propela que giraba fuera del agua mientras la proa se hundía. Luego el movimiento inverso silenciaba este zumbar, la proa en alto y la cubierta barrida por las gruesas olas.

                Al abrir los párpados pudo darse cuenta, como entre sueños, que La Gaviota y La Azucena viraban al sur, enfilando hacia tierra, en la derrota opuesta a El Tritón, como si huyeran. “Algo han de haber venteado estos pescadores —se dijo—; saben más que uno, pertenecen más al mar…” No obstante, este cabeceo de El Tritón pudiera significar tan sólo que ya habían tomado norte franco y que el mar los golpeaba de frente. Pudiera ser. Miró la bitácora para cerciorarse. Trescientos sesenta grados, en efecto; con todo, no acertaba a sentirse tranquilo. El aire se veía ceniciento y rebotado como el agua sucia, un aire que comenzaba a perder la luz, ciego y con harapos, igual que un viejo mendigo implorante, a punto de romper en largos sollozos, después en alaridos.

                El contramaestre se encaminó a la cámara del radiotelegrafista. Abrió la puerta.

                —¿Qué dice Veracruz…?

                El operador se volvió hacia él con ese rostro siempre cansado e irreal de las personas que no hablan sino consigo mismas, que sólo dialogan por dentro, como los buzos. Se quitó los audífonos con una sonrisa triste. Iba a decir algo pero se puso en pie, súbitamente alerta, sorprendido.

                ¡Mire!—señalaba hacia fuera de la cámara, con el mentón. El contramaestre giró de soslayo.

                Eran unas nubes bajas, trozos desgarrados de nube que corrían, que pasaban huyendo con siniestra rapidez, como un hato de ovejas perseguido por los lobos.

                Los dos hombres se leían los pensamientos uno al otro con una precisión enfermiza. La cita era  para después, para dos horas más tarde, según los cálculos, de acuerdo con la velocidad que llevaba el viento al pasar por Veracruz a las cinco. Pero ahí estaba ya; ahí estaban los aullidos sin garganta del ciclón.

                El radiotelegrafista se inclinó con suavidad hacia el aparato. Su voz se hizo de pronto monótona, profesional.

                —Veracruz. Veracruz. Veracruz. ¡Cambio!

                Respondieron, de quién sabe qué rincón del cosmos, unos gritos inhumanos, gargantas degolladas, el taladro eléctrico de un dentista, perros con hidrofobia, roncos, alguien que raspaba un vidrio con arena. El operador empujó la palanca. Silencio.

                —Hay mucha estática. No me oyen —dijo con aire tranquilo. Se secó sobre las piernas las manos que chorreaban sudor.

—¿Tienes miedo? —preguntó el contramaestre sin saber por qué hacía esta pregunta. Acaso por las manos empapadas en sudor. El telegrafista sonrió.

                —Sí—repuso con la misma tranquilidad.

                Volvió a inclinarse sobre el aparato:

                —¡Veracruz! ¡Veracruz! ¡Veracruz!

                Se acordó de Genaro, su amigo, el radiotelegrafista de Veracruz. Debía estar de servicio a estas horas.

                —¡Veracruz! ¡Veracruz! ¿Genaro? ¿Genaro? Veracruz. Veracruz, conteste Veracruz. ¿Me oyes, Genaro? Llamando a Veracruz. Conteste. ¡Cambio!

                Otra vez un cacareo de gallinas encolerizadas, el ruido de alguna trepanación, silbidos. Los dos hombres esperaban tensos, sin parpadear, a que aquello terminará algún día. El barco ahora daba bruscos bandazos.

                —¿Morales? ¿Morales? —el aparato había respondido por fin. Los dos hombres se cambiaron una mirada rápida, sin comentar—. ¡Aquí, Veracruz! ¡Habla Genaro!

                De pronto la voz del aparato pareció sorprenderse bajo el efecto de una duda inconcebible.

                —¿De dónde me estás hablando, Morales? ¡Cambio!

                Exigía una respuesta perentoria con ese tono aprensivo, casi maternal. El telegrafista Morales imaginó a Genaro en la oficina de Veracruz, inclinando sobre los aparatos, la expresión llena de asombro. Obedeció al requerimiento de Genaro y empujó la palanquita de cambio para que lo escucharan allá, a quién sabe cuántas millas de distancia.

                —¡Aquí!, El Tritón! Habló desde El Tritón, Genaro. Está aquí el contramaestre Galindo, que te saluda… —en seguida quiso bromear—: —¿Qué tal se nos irá a poner con esta brisita que se ha soltado…? ¡Cambio!

                Veracruz repuso con una maldición: —¡Den máquina atrás! —gritó— ¡Puede que todavía tengan tiempo! El ciclón no tarda en alcanzarlos —aquí la voz se hizo afectuosa, a pesar de las circunstancias— ¡Muy buenas, contramaestre Galindo!

                El contramaestre clavó una intensa mirada cariñosa, fraternal, sobre Morales.

                —Sigue reportándonos—dijo con súbito afecto—. Voy con el capitán.

                Al salir, la puerta de la cámara se cerró con gran estrépito por la fuerza del viento. Apenas se podía caminar sobre cubierta. El barco bailaba. Las altas paredes del mar subían, ora a babor, ora a estribor, para hundirse en seguida y volver a subir, vertiginosas.

                Con grandes trabajos el contramaestre llegó hasta el capitán, que maniobraba con la caña del timón. Lo recibió a gritos, como un condenado.

                —¡Vamos a intentar la ciaboga! ¡Póngase su chaleco salvavidas! ¡Se lo ordeno! ¡Y ahora lárguese pa que regrese en seguida!

                La ciaboga, es decir, una máquina avante y otra atrás, que los haría girar sobre su propio eje ciento ochenta grados. Una maniobra audaz, que significaba ganar un tiempo precioso.

                Era lo único que podía salvarlos. El ciclón casi los alcanzaba ya. La atmósfera se había vuelto líquida, empañada y golpeaba en derredor móvil y ondulante, con la agilidad cruel de un látigo. Un viraje simple se llevaría mucho tiempo; en cambio la ciaboga era rápida.

                Bajó de un salto a su camarote y entró como una racha. Lo dominaba una excitación animal, mezcla de miedo y alegría, ante la lucha venidera. Algo de odio—un deseo rabioso de matar al adversario, de tenerlo en un puño y apretar hasta que se ahogase—. El camarote estaba en tinieblas, negro, sin límites. Tiró del interruptor de la luz. Nada. Alguna avería en las instalaciones, se dijo. Bien; esto podía implicar muchas cosas—graves todas ella—pero ya no quiso detenerse a juzgarlas. Lo más idiota de todo era que se le hubiese olvidado en donde demonios podía estar el chaleco salvavidas. Echó mano de la linterna que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y en seguida arrojó sobre la pared del camarote un círculo de luz que fue a detenerse encima de la percha vacía. El círculo giraba en todas direcciones, como el ojo de un Polifemo impaciente. Se detuvo sobre la litera y en seguida avanzó como para precisar mejor aquello que miraba y que hacía temblar su luz con leves vibraciones de espanto. Era un extraño animal, un bulto encogido sobre sí mismo, una especie de mico aterrorizado, con dos ojos redondos y salvajes que no se movían, que no acertaban siquiera a parpadear.

                —¡No me haga nada, señor! —suplicó de pronto el mico replegándose todavía más en la litera—. ¡Me metí a escondidas! ¡Déjeme ir a Veracruz, no me vaya a echar al mar!

                Era al hijo de La Chunca. El contramaestre no podía articular una sola palabra. Sintió que sobre sus peludas mejillas resbalaban unas lágrimas gruesas. Tenía una necesidad atroz de arrodillarse.

                —¿Y de dónde diantres sacas que quiero echarte al mar?—acertó a decir por fin, con una patética entonación de payaso a causa de que al mismo tiempo sollozaba.

                Se aproximó al muchacho para sentarse junto a él en la litera, con la actitud más tranquilizadora que pudo adoptar.

—Mira. Te llevaré a Veracruz, no faltaba más, ya que te colaste a bordo. ¡Yo no quería embarcarte pero ya estás aquí, qué diablos!

                El niño rebuscó entre sus ropas y luego tendió un papel al contramaestre.

                —En Veracruz tengo gente que me tenga. Mire.

                Pasaban los minutos. Pronto tendría encima al ciclón. El contramaestre desdobló el papelito las tres veces que era necesario para extenderlo por completo. Era un papelito santo, un papel sagrado. Lo examinó a la luz de la lámpara:

                Señora Felipa Martínez. Puerto de Veracruz, Ver. Cuida mucho a mi hijo. Felipa.

                Esto era todo.

                —¡Malhaya tu madre! —estalló el contramaestre—. ¿A qué casa, a qué dirección, con qué gente vas a llegar? ¡Se necesita ser animales, indios cerreros, bestias!

                El muchacho volvió a replegarse contra el rincón, poseído de un miedo horrible. Temblaba castañeteando los dientes, encogiendo el cuerpo con toda su alma a fin de librarse de aquel hombre inclemente, lleno de odio, que volvía a maldecir a su madre, que volvía a insultarla como todos los demás. Bajo el cuerpo del niño, al replegarse hacia el rincón, quedó al descubierto el chaleco salvavidas que había venido a buscar el contramaestre.

                Los alaridos del viento llegaban hasta el camarote, ululantes, desatados, atormentadores como en una visión de fiebre. Un golpe de mar hizo caer al hombretón sobre el chiquillo. Pensó entonces el contramaestre que todo aquello era haber perdido mucho tiempo, ahí dentro del camarote.

                Tomó el chaleco salvavidas y violentamente, con brusca energía, zarandeando al niño sin consideración, lo hizo introducir los brazos y luego ató en torno de su cuerpo aquella vestidura. El niño parecía haber enloquecido, pateaba, mordía, arañaba con una desesperación delirante. Con el muchachito en  brazos el contramaestre salió a cubierta.

                El barco comenzaba a escorar. Aquello no tenía remedio y entonces el contramaestre se aproximó a la borda con el niño a cuestas. Éste le clavaba los dientes en una oreja, sin desprenderse de ella, rabioso, feroz, atado a la vida con una fuerza milenaria. Se la arrancaría, claro está. Con un fuerte impulso el hombre tiró del niño y lo arrojó al mar. Acaso se salvara. El desgarrón de la oreja fue como el ruido de un árbol gigantesco al caer derribado, unos círculos concéntricos de dolor, que se abrían, que se extendían como luces fosforescentes dentro de la negra noche del cráneo.

El Tritón dejó de responder durante un lapso muy prolongado a los requerimientos de la estación radiotelegráfica de Veracruz. Después se escuchó la voz del telegrafista Morales.

                —¿Genaro? Perdona. No te contesté porque trataba de abrir la puerta. El viento no me deja. Estoy herméticamente encerrado en la cámara de radiotelegrafía, sin poder salir. Parece que en estos momentos comenzamos a hundirnos. Despídeme de mi mujer. Saludos a todos los muchachos.

                Al amanecer y en compañía de un grupo de infantes de marina, Genaro recorría las playas de Antón Lizardo en espera de que pudiese aparecer alguno de los náufragos de El Tritón. No apareció nadie, no encontraron a nadie, aunque El Tritón se había hundido a esas alturas y apenas a escasas tres millas de la costa. Por cuanto al niño que habían descubierto en la playa, su presencia era inexplicable porque nadie había reportado que fuese a bordo de El Tritón; era, en cierto modo, un niño inexistente, del cual resultaba imposible informar a las autoridades superiores que había sido el único ser humano que se salvara de la catástrofe. Sin embargo, en el chaleco salvavidas del niño se veían impresas con toda claridad las letras de El Tritón.

                Genaro tomó en brazos a la criatura, interrogándola con suavidad, con afecto.

                —¡Me tiró al mar!—exclamó el niño con odio—. El hombre me tiró al mar. No quería que yo fuera en el barco. Era un hombre lleno de pelos, que me daba miedo. Quiso que me ahogara en el mar…


                Genaro estrechó al niño contra su pecho. “Un hombre peludo y que daba miedo”, pensó. “Era él, era él. Era el contramaestre Galindo, el mejor hombre que he conocido en la tierra.”