lunes, 30 de marzo de 2026

Concepciones antropológicas en la historia Parte 2

porque nada sabe del hombre, porque la posmodernidad dio la espalda a la tradición clausurando las vías de acceso a la trascendencia del ser Absoluto. Con los sofistas se torna evidente la existencia de problemas específicamente humanos. Fue mérito de ellos prestarles atención, asumiendo que podían resolverse mediante la enseñanza de la areté, término traducido como virtud, si bien con una riqueza de significados que desborda el contenido moral de dicha palabra. La areté para los griegos de ese tiempo significaba excelencia en múltiples sentidos del vocablo; abarcaba desde habilidades técnicas y manuales, hasta el dominio del arte de la dialéctica, útil para la discusión de los asuntos públicos en el ágora o la defensa de la propia causa ante los jueces, cuando se presentaba algún conflicto de interés. El desarrollo económico, social y político de Atenas, fue el marco propicio para la aparición de esos maestros que cobraban a los jóvenes de las clases acomodadas por sus enseñanzas. Con sus planteamientos, los sofistas sentaron las bases para la discusión acerca del significado de la vida humana, sobre qué es y cómo debe vivirse la vida y si hay o no deberes que conciernen a los hombres por encima de los intereses individuales. Con sus provocativas enseñanzas, dieron la alternativa a las respuestas de Sócrates en primer lugar y después de Platón, discípulo de aquél. En confrontación con los sofistas surgieron grandes tesis filosóficas en ética, en teoría del conocimiento, en la psicología racional, en teoría política. Utilizando la razón, la filosofía se impuso el doble cometido de destruir el error de las falsas doctrinas y descubrir el reino de las verdades necesarias. Ese descubrimiento fue la metafísica, la ciencia del ser o cómo también se le llamó, filosofía primera. Alcanzar el verdadero ser y las leyes que lo rigen constituye un saber fundamental y fundamentador, puesto que en él encuentran su base de sustentación las demás ramas del conocimiento. En la reflexión metafísica, el genio griego desplegó al máximo su potencia especulativa; en el breve plazo de aproximadamente dos siglos, de Parménides a Aristóteles, la metafísica llegó hasta donde la razón humana podía llegar por sí sola. Precisamente correspondió al estagirita resolver una serie de aporías en que habían desembocado soluciones unilaterales; así, por ejemplo para los seguidores de Heráclito, la realidad es un flujo constante; nada permanece, todo cambia; todo nace y todo perece incesantemente. El devenir es lo único real. Heráclito captó así uno de los aspectos de la realidad, cuya evidencia nadie podía negar. Por el lado contrario, los eléatas, con buenas razones, sostenían que el cambio es pura ilusión de los sentidos. La razón nos dice que el ente es único, eterno, inmutable, tal como lo presenta el racionalismo de Parménides. ¿Cuál bando tenía la razón? La respuesta aristotélica fue la doctrina del hylemorfismo (hyle: materia y morphe: forma). Los entes del mundo están en un equilibrio dinámico e inestable: son y no son; están en acto y en potencia. Un niño, por ejemplo, es niño en acto y hombre en potencia; la semilla del manzano es semilla en acto y manzano en potencia; y así sucesivamente. Con esta doctrina Aristóteles alcanzó la síntesis superadora de dos posiciones excluyentes dando prueba de su talento metafísico. Partiendo de la observación del mundo real, se elevó al orden de lo suprasensible y pudo hacer justicia a uno y a otro, pero su aportación sería impensable sin la filosofía platónica en la que abrevó durante muchos años en calidad de alumno de la Academia. Fue Platón quien por primera vez reunió los diversos hilos de la tradición filosófica griega, para construir un sistema complejo de doctrinas que se fueron enriqueciendo y afinando en el curso de su dilatada vida. El corpus de las doctrinas platónicas está integrado por diversas obras, en cada una de las cuales se tratan los problemas más diversos: epistemológicos, estéticos, políticos, psicológicos, etc. Como han subrayado los conocedores de la filosofía platónica, ésta tiene el encanto de haber sido transmitida a través de la expresión viva del diálogo, conservando así el carácter de la oralidad, en virtud del cual la discusión de los temas fluye con libertad y a menudo tiende a la dispersión; ésta, sin embargo, se controla gracias a la calidad de los interlocutores y, en especial de Sócrates que siempre está atento a reencauzar el diálogo. La aportación capital de Platón en lo tocante a la idea del hombre, es su concepción dualista. Esta nos interesa particularmente, porque introduce en la existencia del hombre la tensión provocada por el conflicto de la carne y el espíritu. Para el dualismo platónico, el hombre es un compuesto de cuerpo y alma, a semejanza de una mezcla en donde cada componente conserva sus características sin formar una unidad con el otro. El hombre es dos cosas: materia y alma y, de ambas, la segunda es con mucho, la más importante. La materia representa más bien un obstáculo, al mantener al hombre atado a los bienes terrenales y a las incitaciones de la sensualidad. De ahí la famosa imagen del cuerpo como cárcel del alma, de la que el hombre debe escapar mediante la práctica de la virtud. El ideal de la ética platónica nos lleva a la vida ascética, al dominio total de las pasiones. Cuatro son las virtudes fundamentales en Platón: la fortaleza, la valentía, la templanza y la justicia; posteriormente, dichas virtudes fueron adoptadas por la ética cristiana, añadiese la caridad. La naturaleza del alma es completamente espiritual y por tanto, es inmortal e incorruptible, pues carece de partes. Este concepto del alma lo heredó Platón de las doctrinas órficas y pitagóricas que fueron un importante eslabón entre las antiguas religiones orientales y la cultura griega, a través de su maestro Sócrates. Como lo hace notar Antonio Gómez Robledo, la especial disposición de Platón para intuir las verdades más profundas, le permitió elaborar una psicología que culmina en su concepto de alma espiritual, despojado ya de los elementos de la psicología empírica. En efecto, la psicología empírica sólo puede acceder a un tipo de conocimiento del psiquismo humano, pero no puede ir más allá, por refinados que sean sus métodos de observación, como sucede con la psicología moderna. Platón entendía la tarea de la filosofía como aleteia, desvelamiento, o sea quitar los velos de la apariencia tras los cuales se encuentra la verdad. Por el análisis filosófico captamos la naturaleza íntima del alma que, de acuerdo con Platón, consiste en su inclinación amorosa hacia la sabiduría. Esta inclinación del alma prueba “su parentesco con lo divino, inmortal y eterno”, explica Antonio Gómez Robledo comentando al filósofo ateniense. La oposición platónica de cuerpo y alma es irreductible. El cuerpo está propenso a caer bajo el dominio de las pasiones si el alma no toma el control, como ya hemos señalado, mediante el cultivo de las virtudes. Con Platón la ética socrática se desarrolló y profundizó bajo supuestos metafísicos y antropológicos elaborados en arduo e ingente esfuerzo de reflexión filosófica. Tal es el caso del dualismo cuerpo – alma que polariza los fines humanos, haciendo difícil su conciliación en la unidad de una vida equilibrada. La opción por la virtud significa la completa negación de los apetitos de la carne, una actitud que se prolongará en la vertiente platonizante de la ética cristiana. ¿Cómo puede el hombre satisfacer su aspiración a la sabiduría? Elevándose, nos dice Platón, desde el mundo de las apariencias sensibles al reino de las Ideas. El conocimiento consiste, por tanto, en la aprehensión de las ideas o esencias, pero no La transcripción de la página es la siguiente: estando éstas disponibles en el mundo de la experiencia, el problema consiste en saber cómo es posible acceder a ellas. La respuesta para Platón es que conocer es recordar (anámnesis). El alma recuerda los modelos ideales que vio antes de su “caída” en el mundo material, cuando era espíritu puro. El recordar puede ser estimulado si se emplea el método correcto y este método es la mayéutica, tal como lo practicó Sócrates. Consiste en llevar al interlocutor, mediante preguntas hábilmente formuladas al descubrimiento de la verdad. La mayéutica es semejante, afirmaba Sócrates, al arte de la partera que ayuda a la mujer embarazada a dar a luz. Así también, guiada por un maestro hábil, el alma da a luz la verdad. La riqueza de la filosofía platónica es un filón inagotable que ha provisto de materiales a la construcción de doctrinas filosóficas a lo largo de los siglos. Su relevancia en la metafísica y en la filosofía práctica difícilmente podría ser evaluada. En cuanto a la primera, es fácil de detectar en los padres de la iglesia y, enseguida veremos, en Agustín de Tagaste; su influencia se prolonga a lo largo de los siglos hasta nuestros días. En cuanto a la

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