lunes, 27 de abril de 2026
REFLEXIÓN NOSTÁLGICA DEL LIBRO IMPRESO
Marcelo Ramírez Ramírez
Desde el uso de papiros, cortezas de abedul y pieles de animales, los textos impresos han sido el vehículo para preservar el conocimiento y darle a los lectores el placer de compartir las más variadas experiencias humanas. Las aventuras del guerrero y del buscador espiritual trascendieron fronteras y fueron compartidas por pueblos diferentes gracias a obras que viajaron en las caravanas, tendiendo puentes invisibles entre individuos que, a pesar de todas las diferencias, tenían el elemento común de su humanidad. De esta manera el libro ha sido un pilar fundamental en la construcción de la civilización, vista como la suma de aportaciones de los seres humanos en su conjunto. El libro ha servido para darnos un sentimiento de unidad de origen y destino como especie. Ahora, estas tareas irremplazables, quedarán a cargo de los textos digitalizados a los que se puede acceder con inmediatez desde el lugar habilitado para el estudio y la investigación, con la ventaja de que el número de textos disponibles es ilimitado y el problema estriba en saber qué se busca. Parece un sueño hecho realidad: los grandes escritores y pensadores disponibles para ser convocados según sea necesario. El cambio es extraordinario, es la varita mágica del mago de la tecnología obsequiando deseos que ni siquiera se habían expresado. La mayoría lo celebra con buenas razones y anticipan logros y avances impensables antes de este don generoso de la tecnología digital, que nos acerca al acceso universal del conocimiento y de la experiencia literaria. ¿Por qué entonces la reticencia de los lectores del libro impreso a cambiar éste por la nueva versión del libro digital? Hablo de los lectores más tradicionales, aquellos que descubrieron a sus autores favoritos visitando librerías, compartiendo lecturas con amistades y, no pocas veces, por la casualidad. Para ellos, los libros no son herramientas escolares ni meros recursos para el entretenimiento en horas de soledad; son seres identificables, presencias vinculadas a la memoria, a los afectos vividos en tramos de nuestra existencia y que siguen siendo testigos de nuestra identidad más profunda. Quizá todo esto sólo sea nostalgia de cosas destinadas a desaparecer; quizá la próxima generación o la siguiente no sepa de qué hablamos, sonrían, como hasta ahora hacemos, la leer las cartas con que los enamorados y amigos de hace unas décadas se contaban confidencias que suenan triviales en la medida en que el destinatario se vuelve más público y menos personal. Si es así, tal vez la nostalgia remita a un único problema real: saber si será posible preservar en las relaciones entre las personas, aquella cualidad que las hacía únicas y que éramos capaces de extender incluso a las cosas, individualizándolas y tratándolas como algo más que objetos útiles, según vimos en el caso del libro impreso.
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