lunes, 27 de abril de 2026

Soberanía cubana

Marcelo Ramírez Ramírez A las cubanas y cubanos de espíritu libre dentro y fuera de Cuba. En una mesa de análisis ampliamente difundida por los medios estadounidenses en el 2024, un grupo de cubanos coincidía en el desenlace inevitable de la crisis cubana con la caída del régimen y el inminente retorno a la democracia. Lo decían con una euforia como si se tratara de una recuperación del paraíso de los años previos a la revolución socialista. El argumento que esgrimían, sin calar realmente en la complejidad de la situación, se limitaba a enfatizar la desesperación del pueblo cubano ante la incapacidad del gobierno para gestionar el bienestar material y la certeza de un futuro de oportunidades para una juventud frustrada. La desesperación había llegado al punto en el que la única salida posible era el rechazo violento a la incompetencia burocrática, la corrupción y la inercia de las políticas públicas, vaciadas desde hace muchos años de la mística revolucionaria presente en la primera etapa del gobierno bajo la guía de Fidel Castro. Gran parte de esto es verdad, pero la certeza de la liberación anunciada descansaba en una premisa más simple: Los objetivos del bloqueo impuesto a Cuba por Washington, se han cumplido y la caída del gobierno representa simplemente el anuncio de una hipótesis que se autoconfirma. El gobierno iba a caer porque se había venido trabajando para ese propósito durante más de seis décadas. La presencia de un régimen no consentido por Washington es una anomalía que desafía la convicción supremacista del destino manifiesto. Los analistas cubanos esperaban y, con ellos muchos siguen esperando que el bloqueo ha terminado por quebrar el espíritu del pueblo cubano, al privarlo de su dignidad y reducirlo a una forma de existencia dominada por el instinto de supervivencia; en esa condición, la única salida es la violencia contra los símbolos de la opresión. Las fallas del gobierno pueden ser en gran parte verdaderas: que el ideal socialista haya naufragado y sólo quede la inercia de una burocracia, condicionada para obedecer, no para interpretar y encausar los deseos populares; que el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, sea más burócrata que estadista, capaz de guiar la nave del Estado en aguas turbulentas con recursos escasos; que el pueblo, en fin, tenga derecho a esperar una nueva conducción política que reestructure el caos en el que se debate el pueblo cubano. Es cierto también que la solución no radica en mantener una retórica revolucionaria desfasada del ritmo de la historia, que avanza hacia un orden multipolar, donde los problemas podrán replantearse más allá del paradigma unipolar con sus dicotomías irreductibles. Pero este derecho pertenece exclusivamente al pueblo cubano y a sus guías políticos, intelectuales y morales. El ejercicio de este derecho es la virtud más relevante de la soberanía, que garantiza a cada pueblo ser dueño de su destino.

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