domingo, 5 de abril de 2026
Concepciones antropológicas en la historia Parte 3
la segunda, esta presente en la teoría política y en
la ética, remitiendo a ciertas formas de pensamiento afines y
sirviendo como contrapunto para muchas citas que
se presentan como alternativas a los grandes
problemas del individuo y la sociedad.
En Agustín es relativamente fácil dimensionar el cambio operado en el mundo antiguo por la presencia de la nueva religión, el cristianismo, que vino a trastocar los fundamentos culturales del Imperio Romano. La ofensiva evangelizadora a gran escala la inició Pablo de Tarso, con el cual el mensaje cristiano se dirigió a judíos y gentiles por igual acatando la orden de Cristo, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16:15 Edición totalmente renovada 1983). La irrupción del Evangelio creó un problema político, porque a diferencia de las religiones paganas, el monoteísmo cristiano no aceptaba la competencia de otros dioses. La vocación del cristianismo es, en cierto sentido, intolerante porque no consiente la adoración de otros dioses. La demanda de fidelidad absoluta hacia el Dios verdadero la vemos reiterarse constantemente en el antiguo testamento; Yahvé es celoso y castiga severamente la infidelidad del pueblo elegido. Al volverse general el mandato de la buena nueva, este rasgo hace de la nueva doctrina un factor potencialmente disruptor del orden establecido.
En términos de política imperial eso resultaba inadmisible, pues se oponía a la tolerancia romana, a cuyo amparo convivían en relativa armonía muchos pueblos, cada uno con sus propias creencias religiosas. Aquí nos interesa destacar la aportación de Agustín de Tagaste en la consolidación de la fe cristiana, que permite considerarlo una de las grandes personalidades intelectuales de la Edad Media. Para entender este papel de Agustín como guía y maestro de la cristiandad, en vías de convertirse en el poder espiritual dominante de Europa, es necesario entender primero la índole de su búsqueda de la
verdad. Esto nos llevará a identificar de qué verdad
se trata.
Agustín busca la verdad que de sentido a la vida, la
cual, una vez encontrada, nos hace sentir como el
viajero que llega a puerto seguro después de haber
atravesado las inclemencias del mar abierto.
¿Existe esa verdad? Aún en sus peores épocas de
confusión y dudas, Agustín la persigue; su
búsqueda es incentivada por la inquietud interior
que nunca lo abandona. En ningún momento pudo
entregarse plenamente a los vanos sueños del
éxito en el foro o a la complacencia de ser
reconocido y admirado por sus cualidades de
maestro de dialéctica. Lo dominó el afán de algo
absoluto, de instalarse por encima de las miserias
del mundo; y este afán alimentó cada paso y cada
logro de su itinerario intelectual.
La concepción agustiniana del hombre y su destino
trascendente, se hará sentir a lo largo de la Edad
Media y llega incluso a nuestros días, pese al
descrédito de la metafísica y al debilitamiento del
sentimiento religioso, concomitante al predominio de la razón técnica. La actualidad de un pensamiento como el de Agustín, de orientación tan marcadamente espiritual, incluso mística, no obstante su falta de correspondencia con los intereses predominantemente materiales de la sociedad moderna, podría considerarse una prueba de que los seres humanos poseen una esencia y, por ende, necesidades esenciales que nuestro filósofo y teólogo, supo expresar con hondura y claridad.
La verdad es algo muy grande para Agustín, algo sublime; una vez encontrada debe traemos la paz interior, la felicidad del sabio; aspiraba a esa verdad dejamos, desde muy joven, cuando se dio a una vida de complacencias carnales; aún entonces, el ideal lo acosaba envuelto en un vago y hondo sentimiento de insatisfacción.
Redescubrió esa verdad cuando a la edad de 19 años, siendo alumno de retórica en Cartago, leyó el Hortensius de Cicerón, obra hoy perdida, en la cual halló expresado con elocuencia el elevado ideal de la sabiduría. Esta culmina en la contemplación de Dios y en esa contemplación gloriosa estriba la felicidad, felicidad auténtica que otorga serenidad
al espíritu, no como sucede con las vanas alegrías
de la sensualidad. Bajo el estímulo de ese diálogo
ciceroniano, pero todavía dominado por el orgullo
racionalista y el amor a la elegancia en el decir,
que le impedía aceptar la diáfana sencillez de la
biblia, con sus flagrantes contradicciones, Agustín
quedó seducido por el maniqueísmo. Nueve años
quedó atrapado en el “cepo de Manes” nos cuenta
Agustín, esa mescolanza de doctrinas provenientes
del antiguo mazdeísmo persa, de doctrinas
hindúes, de gnosticismo y de la personal
interpretación de Manes de la misión de Cristo. La
secta prometía responder a las aspiraciones e
inquietudes de Agustín: las principales, llegar a la
fe por el camino de la razón, explicar el mundo de
la misma manera, explicar la existencia del mal
(Papini p.33) En el fondo todo se reducía a lo
mismo, a la vanidad racionalista que será superada
únicamente con el descubrimiento de la metafísica
de Plotino, filósofo neoplatónico, tal como la
conoció leyendo, precisa Gilson (1958), “una parte
de las Enéadas” (p.157).
Esa lectura fue el antídoto con el que combatió eficazmente el materialismo de Manes. Pudo entonces leer con provecho las epístolas de San Pablo, donde comprendió la futilidad de luchar contra las pasiones de la carne y los espejismos del mundo sin el auxilio de la gracia. Agustín entiende que por sí mismo el hombre no puede salvarse; necesita de la gracia que le permite hacer el mejor uso de su libertad, pues la libertad no consiste en que el hombre haga lo que desea, sino en querer lo que Dios espera de él. Así, el hombre es libre para querer el bien y ésta es la auténtica libertad. Hoy puede sonarnos extraña la doctrina agustiniana de la libertad, acostumbrados como estamos a considerarla como el poder hacer cualquier cosa, lo cual presupone una voluntad sin restricciones, justamente la voluntad de los modernos que alimenta el impulso fáustico de dominio.
Agustín hace frente a un problema muy vivo en su época: ¿El hombre debe acatar los mandatos de la fe o ceñirse a los dictados de la razón? Estamos ante el viejo dilema de escuchar la voz del sentimiento o la de la razón. Lo primero puede.
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