miércoles, 16 de abril de 2014

Noche sin luna


 

David Nepomuceno Limón

Era casi de madrugada. La temperatura había bajado considerablemente. Ernesto continuaba festejando su primer año de casado, en muestra del alto valor estimativo que brindaba a sus amigos, un valor de anecdótico abolengo.

   Todos sonreían al calor de las copas. Unos cuantos trataban de bailar al son de una canción que se escuchaba atrás de las conversaciones. Algunos hacían lo posible por hablar con claridad, a pesar de la lengua embotada, sin que nadie les prestara atención, mientras otros, vencidos por el efecto de las bebidas, intentaban levantarse, sin lograrlo del todo. Mientras, la alegría del grupo reunido continuaba sin nubes en el horizonte.

   Ernesto cada vez decía que era la última ocasión que tomaba, pero sus promesas estaban muy lejos de sus verdaderas intenciones. Sus amigos lo buscaban por las tardes para iniciar el éxodo de bar en bar.

   Esa noche la alegría campeaba entre quienes se conocían desde la infancia. Brindaban con tequila, entre pláticas que siempre quedaban incompletas por la diversidad de temas sin control y las celebraciones de los chistes de ocasión.

   El último lugar visitado cerró ajustándose estrictamente a su horario establecido. Los amigos se despidieron con la promesa de un nuevo encuentro.

   Mientras Ernesto avanzaba por la desierta calle estaba invadido por preguntas con anhelo apagado y leves recuerdos, como si estuvieran siguiendo el ritmo marcado por unos dedos invisibles que solamente él percibía, hundiéndose en una satisfacción intranquila que flotaba en los vapores de lo ingerido. A la vez, se sentía como traicionado por su propio organismo por no responder como a él le hubiera gustado.

   Caminaba hacia su hogar por inercia. Lo castigaba el frío del ambiente. Se guiaba por la brújula de su memoria, y así ingresó a la callecita privada, siempre oscura, de su barrio. Le faltaban pocos metros para llegar. Su ropa seguía mojada por haber caído a un caño que él nunca había notado que existiera.

   Entre la oscuridad y un poco de luz repentina de la luna, llegó a su destino. Las luces del interior estaban apagadas y, curiosamente, esta vez sus perros no salieron a recibirlo. Ahí nada había cambiado por el hecho de que él estuviera en casa.

   Daba pasos cortos hablando consigo mismo acerca de hazañas lejanas que solamente recordaba por efectos del alcohol. Algo acerca de hechos pasados que involucraban a sus suegros.

   Con dificultad subió el primer escalón para tocar la puerta de madera. Fueron tres golpes, sin ganas, pero pensó que eso era suficiente. Por las condiciones en que se encontraba daba pasos hacia los lados mientras seguía esperando. No hubo respuesta a su llamado. Se acercó nuevamente para tocar con mayor energía, y después esperó pacientemente el tiempo que creyó prudente. Volvió a llamar, sin resultados. Sólo el silencio y la oscuridad lo acompañaban. Comenzó a hablar, con el propósito de que lo escuchara su esposa.

―Ábreme, viejita, ¿no ves que hace frío? Ábreme. ¿O es que estás enojada? Ya no tomé igual que ayer. Sólo fueron unos tequilitas. Ábreme, ¿sí?

   La soledad de la noche seguía rodeándolo. Se mantenía al amparo de sus propias expresiones faciales, sonriendo mientras recordaba a sus amigos, quienes siempre lo animaban hacia la farra. Permaneció callado unos minutos. De pronto sintió que empezaba a caer de espaldas. Rápidamente recobró el equilibrio y decidió tocar de nueva cuenta, ahora con un sentimiento de enojo. Lo hizo, con la palma de la mano.

―¡Ábreme, vieja, que hace frío! Reconozco que no te he dado el gasto, pero el sábado te doy toda mi raya, si es que no me corren de la chamba.

   Algunos perros de las casas vecinas empezaron a ladrar. La casa del fondo de la privada encendió la luz mientras se escuchó una breve sentencia:

―¡Cállate, borracho, o voy a callarte!

   Ernesto volvió la cabeza para ver quién le hablaba, pero la luz ya se había apagado. Dentro de su letargo trataba de identificar a quien le había gritado, pero también debía atender la cercanía de los perros, esos eternos perseguidores nocturnos. Tuvo el propósito de dar un puntapié al primer animal que se le acercaba, pero la seguridad de su propia extremidad lo hizo detenerse.

―¡Ábreme, vieja, que ya se están enojando y los perros me quieren morder! ¡Ábreme! Te juro que ya no voy a salir con tu prima. Imagínate que todo el barrio se entere… Tus padres me matarían. ¡Ábreme! Ya sé que lo sabes, pero no me dices nada. ―Guardó silencio por un momento. Los perros continuaban su concierto nocturno.

―Si sigues en ese plan soy capaz de cambiarte por ella. No me importa enfrentarme a tu papá. No le tengo miedo.

   La parte superior de la puerta se abrió. Dentro y fuera estaba oscuro.

―¿Deveras quieres entrar a tu casa?

―¡Claro! Hasta la borrachera se me está quitando por el frío.

   La puerta se abrió por completo y salió su amigo Eugenio.

―Tu casa está en la otra privada. Estás en el lugar equivocado.

―¿Desde cuándo vivo ahí?

―Desde siempre. ―Ernesto comenzaba a caminar tras su amigo cuando una voz masculina con fuerte acento los detuvo.

―¡Quédate en tu casa, Eugenio! Yo encamino a mi yerno. En su casa voy a platicar con él.

   Los humos del alcohol empezaron a disiparse con pasos más firmes. Ernesto siguió a su suegro con la expresión de una humildad que pugnaba por parecer carismática.

   En efecto, se había equivocado de privada, confundiendo la vivienda de sus suegros con la suya. En ese instante Ernesto deseaba el término de su existencia. Se sentía como alguien que va rumbo al cadalso. Ya en su casa, la justicia esgrimida por el padre de su esposa daría su firme veredicto.

   En el firmamento, la luna permanecía oculta tras las nubes.

 

El sabor de un hombre, entrando al reloj de arena


 

José Luis Rangel Gasperín

Se dice que no se debe juzgar a un libro por su portada. La magia de la literatura –como bien lo puede saber cualquier lector- se encuentra dentro del cuerpo de aquel objeto extraño; en lo que esconde, como diría Fernando Vallejo, aquella “caja negra cerrada que uno no sabe qué tiene”. Curiosamente, muchas veces nos vemos más influidos al comprar un libro por la faz externa o su sello editorial que por lo que finalmente propone. Aunque, cómo saberlo, cómo sospechar sin haber antes caído en el engaño. La sabiduría popular también dice que una imagen vale más que mil palabras, y con esto digo casi todo.

Si bien este primer párrafo podría parecer alguna especie de consejo para el consumidor en general de cualquier producto, mi intención es más bien hacer una reflexión en el innecesario riesgo que pude correr tras haber visto aquel libro que de portada tenía un marco azul tenue, enmarcando un esbozo de Picasso que generaba una armonía más que sugerente con el título ya de por sí escrito con malicia: El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic.

Dirigirnos a Nueva York a través de la lectura es siempre un nuevo descubrimiento. Es en esta ciudad de enormes rascacielos donde Tereza, una poetisa polaca que estudia literatura inglesa, acaba conociendo a un antropólogo interesado en canibalismo llamado José. Enamorándose de manera obsesiva, consiguen vivir juntos en un apartamento donde el placer culinario mezclado con la pasión nocturna hace de sus vidas un verdadero torbellino que no parece tener destino ni final.

Como bien hubiese escrito Pessoa, viajar es como perder países. Sin embargo, el encuentro de estos dos personajes extranjeros que deben comunicarse entre sí con un idioma tan distante como puede ser para ellos el inglés, no acaba siendo una mera casualidad: las bases de la novela se provocan tras la terrible soledad que ambos sufren: ella, al hallarse acompañada solamente de la literatura, amiga que en ocasiones traiciona; él, tras dejar a su familia en Sao Paulo y añorar un pasado que a la vez no quiere revivir. Alejándose de sus tierras, acercándose a una nación que tampoco parece recibirlos con los brazos abiertos, no les queda más que una inicial resignación.

Tras volverse amantes es notoria la emoción por parte de Tereza, que no deja de parecerme una mujer terriblemente cegada por su enamoramiento. Tomando como prioridad su relación con José, hace a un lado sus estudios, da la espalda a su poesía y prefiere mirar con otros ojos la nueva vida que se le va acercando. No sospechabas entonces que estarías a punto de entrar en el reloj de arena y observar la fugacidad del tiempo, Tereza, porque cuando lo notaste ya era demasiado tarde. Fue en aquel viaje que José tuvo que hacer a San Francisco, reencontrándose con su familia, cuando en verdad sentiste los pasos sobre la azotea, cuando en verdad llegaste a sentirte más sola que nunca. Debías tomar aquella decisión, y lo sabías.

Entre los comentarios críticos que muestra la contraportada del libro se encuentra el de un célebre diario inglés que compara la prosa de Drakulic con la de Marguerite Duras. Como lector intuyo que lo que cuenta El sabor de un hombre está provisto de una pasión desenfrenada. Sin embargo, parte del elogio que merece esta autora es la tranquilidad con la que va contando los horrores y las mieles de esta historia. No es sencillo para un escritor tener la templanza suficiente para narrar algo que fácilmente podría salirse de sus manos, como en muchos otros casos ha ocurrido. Sin embargo, al respecto de la estructura, encuentro más una influencia de Ernesto Sabato, al notar que como en El túnel desde el principio se sabe lo que Juan Pablo Castel hizo a María Iribarne, en la novela de Drakulic se sospecha siempre lo que planea Tereza hacer con José. Como dije antes, el título es más que sugerente.        

 Puedo ya alardear que la intuición no me falló al comprarlo. Encuentro en esta novela de Slavenka Drakulic, escritora croata nacida en 1949, una fascinante metáfora sobre aquel drama de todos los días: el amor como una lucha bilateral, como una batalla diaria escondida por ver quién aguanta más y quién devora al otro paulatinamente. Y quién acaba dándole vuelta al reloj de arena, para acercarse al principio del fin o al perpetuo sentimiento mutuo.

Tereza y José. El destino que les aguarda a ambos. El ritual que les permitirá volverse un solo cuerpo y amarse hasta el final. Quizás y las palabras de Confucio sean correctas: “nuestra suerte no está en mano de los dioses, sino en manos de quien prepara nuestro alimento”. Quien lea El sabor de un hombre entenderá el sentido de mis palabras y la razón por la que escribo.    

 

 

 

 

 

    

Octavio Paz en Xalapa, a cien años de su natalicio: 30 de marzo de 1914


 

Ángel Rafael Martínez Alarcón.

El único premio nobel de literatura de nacionalidad mexicana, le correspondió recibirlo  al poeta, ensayista, escritor, y diplomático: Octavio Paz, en diciembre de 1990. En la misma ceremonia Mijaíl Seerguievich Gorbachov también recibía el nobel de la Paz. Para Octavio Paz recibir el nobel de literatura fue incluir una serie de premios recibidos desde el año de 1957, cuando recibió el premio “Xavier Villaurrutia” de poesía, 9 años antes recibía de manos del Rey Juan Carlos I del Reino de España, el premio Cervantes. Tres años más tarde en 1993, recibió el Premio Príncipe de Asturias. Es muy larga la lista de todos los reconocimientos que recibió  Octavio Paz, en su vida. Como poeta casi ningún mexicano nos hemos memorizado algunos de sus poetas, su producción poética fue extensa a lo largo de su vida. Su primeros poemas fueron publicados el domingo 2 de agosto de 1931, en las páginas del periódico El Nacional dominical; a los 17 años de edad. La obra más leída de Octavio Paz, se  afirma que ha sido el  ensayo “ El laberinto de la soledad” publicado en 1950; su primera edición en Cuadernos americanos. Donde nos presenta una radiografía del mexicano y todos los mitos. Para muchos críticos ha sido el mejor ensayo escrito en lengua castellana. Siendo el propio José Vasconcelos, uno de los primeros en reseñar dicha publicación. Vasconcelos fundador de la Secretaria de Educación Publica en 1921.

Octavio Paz Lozano, nace en la ciudad de México, en Mixtoac. El 31 de marzo de 1914, en  pleno conflicto revolucionario; el gobierno federal era encabezado por el último dictador que haya existido en nuestro país, el General Victoriano Huerta, quien un año antes por medio de un golpe de estado en contra de la presidencia democrática de Francisco I Madero, quien gobernó al país por espacio de 15 meses. Fueron sus padres: Octavio Paz Solórzano, abogado (1883-1936) y  Josefina Lozano de origen andaluz. La importancia del abuelo paterno el intelectual Ireneo Paz Flores (1836-1924). Militar, político liberal del siglo XIX, y escritor. Autor de la biografía novelada del xalapeño Antonio López de Santa Anna, (1794-1876) Libertador de Veracruz y once veces presidente de México;  Su Alteza Serenísima.

El recorrido de la obra de Octavio Paz, es más que interesante, sobre todo sus ensayos sobre la historia de México; como lo es  Sor Juanes Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.  El mejor estudio sobre la vida cultural del virreinato novohispano, publicado, en 1982. Ocho años más tarde publica: Pequeña crónica de grandes días, bajo el sello editorial de Fondo de Cultura Económica, Octavio Paz magistralmente expone sobre los acontecimiento de la geopolítica de finales del siglo XX, ese mundo bipolar entre  los Estados Unidos y la antigua Unión de Republicas Socialista Soviética. Sin olvidar el Ogro Filantrópico, un excelente ensayo sobre el sistema político mexicano, bajo el Partido Revolucionario Institucional, publicado en la Revista Vuelta, el 21 de agosto de 1978.

Al finalizar el rectorado en la Universidad Veracruzana del Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996). Quién fortaleció a las Humanidades así como la fundación de la casa editorial universitaria, para impulsar a la literatura latinoamericana, publicando a los jóvenes escritores como Gabriel García Márquez, Sergio Galindo, Helena Garro, por citar. Octavio Paz tuvo un gran acercamiento con la nuestra universidad, así como sus múltiples visitas a la ciudad de Xalapa, antes de su designación como Embajador Plenipotencido del Gobierno de México, ante la recién fundada nación de la India; por espacio de 25 años fue funcionario del Servicio Exterior Mexicano, desde secretario, ministro y embajador. Escribiendo el prólogo del libro sobre las caritas sonrientes del tototnacapan, investigación del antropólogo Alfonso Medellín Zenil, en magia de la risa. Prólogo de Octavio Paz. Ello confirma la vocación cultural de Xalapa.

 El diputado federal,  Eduardo de la Torre Jaramillo, en la LX legislatura 2006-2009. Propuso el 25 de junio de 2008, ante el Congreso de la Unión, que el hombre de Octavio Paz, fuera colocado en el muro con letra de oro. Siendo de las pocas propuestas tuvo la unanimidad por los integrantes de dicha cámara. Cfr:http://www.youtube.com/watch?v=B13r3nYEujQ

 El pasado 3 de octubre del 2013, se instaló la comisión del Congreso de la Unión para la celebración del centenario del natalicio de Octavio Paz. El 27 de febrero del presente año, el Congreso de la Unión, decreto que el año 2014, sea “Año  de  Octavio Paz”. Como un homenaje al destacado intelectual.

Octavio Paz, como embajador en la India, tuvo un cercano colaborador, también diplomático de menor rango; el oaxaqueño Eusebio Rojas  Guzmán, quién se convirtió en su secretario particular por espacio de varios años. Ante los acontecimientos del 2 de octubre de 1968, de la matanza de los estudiantes en la Plaza de Tlatelolco; en una aptitud de congruencia del embajador Paz en renunciar a seguir presentando al gobierno criminal de Gustavo Díaz Ordaz, en el sexenio (1964-1970). Eusebio Rojas Guzmán  siguió  atendiendo la correspondencia particular. Años más tarde ambos personajes se vuelven a reunir en la ciudad de México, para seguir trabajando por las letras y la cultura de nuestro país. Eusebio Rojas Guzmán, desde los años 50 del siglo XX; eligió vivir en su vejez en la ciudad de Xalapa. Luego de una larga carrera en el Servicio Exterior, al jubiliarse reside en Xalapa, y con él su archivo personal. El cuál tuve la oportunidad de trabajar.

 

 

Crisis paradigmática:


rezagos, hegemonías y emergencias en las formas del pensamiento y el cambio cultural del siglo XXI


Mario Jesús Hernández Pérez

Establecer el concepto de paradigma como una base filosófica y epistemológica, nos lleva en un recorrido complejo y profundo de la sociedad posmoderna, que va encontrada con los principios que el positivismo legó al mundo y que formó parte del pensamiento que el liberalismo clásico desarrollo con atingencia durante la época moderna, desde el siglo XVII hasta la actualidad.

Pero hay que reconocer, que aunque actualmente subsisten muchos conceptos de ese modelo positivista, y que al hablar del concepto de paradigma seguimos utilizando como parte de nuestro análisis estos conceptos, debemos también reconocer  que hemos entrado en una etapa de transición ideológica, en el que fenece lentamente un paradigma y está en proceso de formación otro; por ello, deben surgir los elementos necesarios para que el pensamiento y la construcción de un nuevo modelo o modo distinto para producir el conocimiento, pueda ser aplicado y entendido en todos los sectores y ámbitos de la sociedad.

Así, estás premisas tan sencillas se convierten en un modo nuevo de producir el pensamiento en el mundo, una manera distinta de concebir a las ciencias, pero no solo las ciencias exactas y naturales, sino todas las ciencias en su conjunto. Con un dejo de romanticismo, ven como cada día el conocimiento ha entrado en un proceso de cambio rápido y acelerado que poco a poco va siendo entendido, no sin antes ir encontrando las herramientas necesarias para poder acceder a él, como parte de un estilo de vida y de actuar de la sociedad y sus individuos.

Es así que observamos como la educación, se convierte en un instrumento que poco a poco busca cruzar el umbral tras del cual, se deberá dejar atrás, todo el pensamiento positivista de los liberales surgidos en la Ilustración, para que ahora, se busque una nueva explicación que convenza, de que el mundo ha cambiado y que estamos inmersos en estos procesos.

Hoy establecer la diferencia entre esas dos corrientes, nos lleva a realizar una distinción, entre el positivismo y el estructuralismo, como parte del mundo moderno en el cual estamos inmersos.

Por ello, los conceptos educativos tienen un cambio interesante, pasan de fundarse en el conductismo para sustentarse en el constructivismo, como una tendencia nueva que le permitirá a los estudiantes y docentes al interior de las aulas generar un nuevo esquema, capaz de adecuarse a los contextos donde el ser humano coexiste con otros seres diferentes al género humano.

Y es que al pasar de un modelo lineal y hegemónico, a un modelo flexible, democrático y sustentado, además de complejo y simple, paradójico y antagónico, se abren las puertas de lo nuevo, de lo sustantivo y esencial, aunque en muchos sentidos parecen antagonismos, son capaces de convivir dentro de un mismo contexto y entre ambos, son capaces de buscar un equilibrio sustentador.

Así el surgimiento de un nuevo paradigma, lleva a buscar entender los procesos, los ¿por qué? Estos son temas de mucha controversia, pero que poco a poco transitan con paso firme y seguro hacia la construcción de un nuevo esquema universal dentro de las tendencias de la pedagogía actual.

Todos estos asuntos merecen una atención nueva y decidida, que nos permita rescatar a la educación, por ser ésta la que enlaza al positivismo y al estructuralismo, y que permite transitar en medio de estas dos corrientes del pensamiento humano. Por ello, en la construcción de dos procesos encontrados y antagónicos, la educación debe ser la que transforme a los seres humanos de la presente época.

Si el paradigma es una concepción global del mundo o de la ciencia que se encuadra en una época histórica, los discursos que busquen consolidar a estos, deberían ser concebidos de una manera distinta a las formas en que se hacen hasta nuestros días, porque todas estas concepciones son resultado de la política más que de los expertos, es decir el discurso es elaborado por políticos y no por educadores.

Y es entonces que se genera un abismo entre la realidad y las políticas públicas, entre la educación y la escuela, entre maestro y alumno, entre padres de familia y la escuela, y entre la escuela y su contexto social.

A pesar que los paradigmas pueden tener diferentes matices por su fundamentación teórica o filosófica, estos no pueden ir separados de las estructuras sociales en donde el paradigma se aplica o reconoce. Así un paradigma general produce paradigmas particulares, y de estos derivan conceptos específicos como el de sociedad, individuo y aprendizaje.

Asimismo, el paradigma penetra muchas veces sin toma de conciencia; genera crisis cuando se da el inicio de un nuevo paradigma; genera resistencias institucionales o políticas, la personal y la individual, que conducen siempre a producir cambios de pensamiento de las estructuras lógicas de los que se encuentran inmersos en estos procesos. 

El paradigma se heterorregula, después se regula, hasta llegar a la autorregulación, siendo ésta una forma de diferenciarse de otros seres vivos, sobre todo porque toma en cuenta a la ética como una parte importante de ese quehacer; pero además, tiene un mecanismo que se sustenta en objetivos, programa de acción y retroalimentación;  que lo convierten en un mecanismo complejo e innovante.

Pero se debe destacar como el paradigma de la complejidad aparece para tratar de encontrar una explicación al mundo posmoderno, en donde el materialismo es visto como parte de la existencia de un mundo material, donde subsiste con el idealismo, en donde la subjetividad crea parte de la realidad.

En esta relación aparentemente antagónica subsisten ambas; el individuo es complejo, pues es un ser biológico, psicológico y social; además que el sistema se caracteriza en cada una de sus partes; es holográfica y recursiva, esto es, ve las cosas globalmente y tiene un doble efecto, los efectos influyen en las causas y las causas en los efectos; lo que lleva a que lo que antes parecía antagónico se complementa y así lo simple sustenta a lo complejo y viceversa.

Por esto, la complejidad es dialógica, diversa, con diversos niveles de realidad que llevan al sujeto a interactuar con el ambiente y circular entre lo individual y lo social, puesto que se debe reconocer que existen varios niveles de realidades, lo que crea diversos niveles de opiniones.

Es necesario entender que el discurso del pensamiento complejo está basado en el materialismo dialéctico y sus principios lo hacen una posibilidad de actuar con un concepto del mundo distinto al modelo anterior.

Y en este sentido, destacar a Edgar Morín como portavoz de la complejidad, nos da los elementos necesarios para encontrar la sustentabilidad de este tipo de pensamiento, puesto que una vez que se logran romper las barreras mentales, podemos entonces caracterizar en el contexto, en lo global, en lo multidimensional y lo complejo, aspectos como el de la inteligencia, la correlación, la antinomia, la reducción y la disyunción; elementos todos, que nos deberán conducir hacia un pensamiento que distinga y religa en contraposición de uno que separa y reduce, pero que además a través de la misma complejidad y la transdiciplinariedad transforma el actuar de los seres humanos como ente sociales.

Comentarios y sugerencias: mariojesushp@gmail.com

 

 

 

Tratado sobre la indiferencia En tiempos de la indiferencia


 

 

 

Juan Francisco Gaspar Velazco

 

Desasociados, desintegrados, despedazados, fragmentados, mutilados, así estamos  en este tiempo  en el que la muerte, la angustia y la desolación  están  constantemente  mostrándonos su rostro bastante  macabro   y perverso. Ante esta situación  estos seres extraños  se han presentado en la época  en la cual el  hombre ha desaparecido,  esas constantes que hoy rondan nuestros rumbos  se encuentran con vendedores, compradores, pobres, ricos, hombres, mujeres, hay estudiantes y trabajadores , existen obreros  y campesinos, se han encontrado con profesores, abogados, choferes, han encontrado  una lista infinita de categorías  diferenciadoras, un mundo partido, escenario propicio   para que estos fantasmas  exterminen al mundo;  hay de todo, pero no hay un todo, no hay hombre, el que existía   ya hace mucho tiempo  que se ha ausentado, ha sido diseminado  por aquí y por todas partes,  esto sucedió  previo a la llegada   de las bestias   que hoy lo acechan a los grupos.

La indiferencia   no se si llego antes  que las fieras, quizá llegó después, pero ya está  en el corazón del mundo, hoy cada quien se preocupa  por su gremio, por su tribu   y su familia.  En aquellos tiempos en donde el hombre reinaba  todos los humanos peleaban por defender un concepto de familia el que colectivizaba, el hombre era consciente de sí mismo, de su futuro que es la muerte y de su pequeñez, de su importancia, se entendía la existencia del otro, por tal motivo  su obra  estaba dedicada a construir  categorías integradoras,  en plantear un escenario idóneo para morir; con el advenimiento de la indiferencia   el hombre se fue separando en hombres, se crearon reinos distintos, en algunos casos o en algunos reinos imperó la riqueza, a otros reinos se les reservó la pobreza. En otros tantos   la justicia, la libertad y la correcta distribución  de los bienes  fueron avasalladas  y enclaustradas  por los que detentaron   los poderes terrenos, a partir de entonces  los hombres  no han podido superar el sentimiento de separación por lo tanto, la antipatía por el otro   o la exaltación del muchos antes que la comunidad  han  dirigido nuestras vidas.

Se ha  soñado que  algún día aparezca un mesías que venga a poner las cosas en su justo lugar, los judíos lo esperan, los cristianos juran  ya haberlo visto, pero también fue secuestrado por la indiferencia, a ese hombre de los cristianos fue puesto en una cruz, lo clavaron  de pies y manos, lo flecharon, lo injuriaron, pero a pesar de eso seguía siendo un hombre.  A pesar de esto,  a ese que debería ser ejemplo del hombre consciente, libre, soberano y autentico  lo estamparon en imágenes, lo colgaron en los templos  y se dictó  como deberíamos dirigírnosle;   esto llego  a la enajenación del hombre, y aquel   que cuya idea central era  la  unidad de la comunidad   fue divulgado   como fundador  de una nueva religión y eso lo convierte   en uno más, en una partícula  de esta materia desintegrada. Con lo señalado  el Cristo  ha sido negado por los cristianos, fue despedazado en advocaciones.

En nuestros días,  enterados de que la muerte ha tocado a un hombre o a una mujer  solo es interés  del grupo al que pertenecía, esto significa   que en las actuales parcelas exista un narcisismo, se nota una falta de interés por el exterior, por tal motivo cada quien ha de llorarle a sus muertos.  En los tiempos en que el hombre   entero imperó,  la muerte era problema de todos, pero a su vez   la muerte no era a lo que había que combatir; el hombre se reconocía como un mortal, luego entonces  lo que había que  atacar eran las causas de la muerte, por lo tanto  la ciencia y la tecnología   se preocupaban  por generar  cuerpos fuertes,   capaces de enfrentarse a las cepas   que podrían  matar al cuerpo, no buscaban hombres eternos, se sostenía la idea  de que el hombre mientras viviera  tuviera vida con plenitud y sano y así poder combatir al demonismo que se presenta cuando los cuerpos están dañados.    Con la presencia de la indiferencia, la salud queda reservada  para el que pueda pagarla,  aunque  este se salvará   de las enfermedades correspondientes al cuerpo,  probablemente le ataquen las patologías de una sociedad descompuesta cuyas expresiones son el secuestro, el robo y la mutilación.

El escenario que ahora vivimos   donde la bestialidad se impone siempre ha existido, no es nuevo, su existencia data desde el origen de la humanidad.   El mal siempre ha  estado presente  y el hombre integro   por mucho tiempo lo enfrentó; el amor fue  una orientación  para luchar, su enfrentamiento contra la maldad  se veía como un cumplimiento de una responsabilidad, la cual   le generaría frutos a futuro. El hombre entendió que el acto de amar   era pertinente a los humanos   y así amor y hombres juntos   combatieron  a las  bestias que desde hace ya mucho  tiempo  querían arrebatarle al hombre su libertad;  entendiéndose por liberad    la voz del corazón y la conciencia y así enfrentarse a las voces de las pasiones irracionales, ahora  en nuestro presente   la libertad y sus voces han sido  enmudecidas y las voces demoniacas  son hoy las que más resuenan.

Un ejemplo de la inconsciencia y de la frecuente escucha de esas voces desintegradoras se encuentra en el hecho de que  se cree, se vive, se profesa, se sostiene que el mal y la desgracia  es solo de los otros  y ellos son  los que tienen que resolverlos.  Para escenificar esto es pertinente describir  que en nuestro tiempo hay  quien ve   que un gigante   golpea a un enano   y no se mete  y el dice con todo el cinismo del hombre mutilado  tengo la libertad de  no meterme, esto rompe  con la esencia  humana de libertad. La libertad  se entiende  como la búsqueda de    virtudes y valores comunes, la libertad de elección solo existe para el hombre de degeraciones contrapuestas dado a que su elección  siempre está estrechamente condicionada por deseos inconscientes y por justificaciones tranquilizadoras.

La fraternidad  que se entendía  como el amor al semejante   no existe;  no obstante se queda en las palabras huecas dado a que se han eliminado todos los lazos del reconocimiento del yo con el otro; esto nos conduce a una tendencia incestuosa de la sociedad, es decir,   se quiere seguir dependiendo  egoístamente  de la madre, dígase dinero, status quo, poder político, prestigio  académico, etcétera. Esto lleva a que los miembros   de esta descompuesta sociedad  asienten con firmeza, los ideales no me darán de comer, el hombre está afanado a su control, por mínimo que esto sea, se ha olvidado del principio cristiano que advierte “el que quiera salvar su vida la perderá”, muchos entes han querido salvar su vida  y a causa de esto   han destrozado  el hábitat   en el cual la vida se realiza y se fecunda la misma.

Hoy debemos emprender un combate contra la indiferencia,  hay que recuperar la esencia del otro,  este quehacer nos exige  una  mirada humanista, de no hacerlo la sociedad seguirá paralizada. El pelar contra la indiferencia significa la recuperación de la dignidad, en su   sentido estrictamente social    no debe reducirse  este término  a una religión o alguna ONG, debe universalizarse; el amor estrictamente universal   debe invocársele,   este debe ser  el guía. El amor permitirá   la igualdad entre los hombres, esta comprende el evitar  que unos sean instrumentos de otros;  de esta manera una vez que se han recuperado al hombre  podemos hablar de salvación y empezar a trabajar por ella acusando de que la salvación no es particular, esta no se podrá dar   mientras exista un ser humano al que no se le hayan hecho vigentes sus derechos fundamentales, una vez que se cumpla este requisito  podemos esperar   una sociedad coherente   que fomente la capacidad del hombre de amar a sus semejantes, de trabajar y de crear  y desarrollar su razón  y un sentido real de sí mismos, basados en la experiencia de su energía positiva, la que le ayudó  a combatir  el demonio mayor  de la indiferencia.  

Francisco de Asís: El sendero del Místico


 

 

Marcelo Ramírez Ramírez

 

“Si el ojo no fuera solar, como podría ver el sol. Si no estuviera en nosotros la fuerza de Dios, ¿cómo podríamos ser arrebatados por lo divino?” Goethe.

 

Mi primer acercamiento a la figura de Francisco de Asís ocurrió gracias a la poesía. Fue un contacto afortunado, porque entre los dones de la poesía se cuenta, precisamente, el de llegar ahí donde el discurso racional se vuelve inútil y, en el peor de los casos un obstáculo, pues al no poder explicar en sus términos el misterio, lo declara inexistente; una mera proyección de nuestros deseos y anhelos. En Los Motivos del Lobo, Rubén Darío dibuja con palabras la entera personalidad del santo; su sensibilidad le permite elegir los términos apropiados para entregarnos la imagen corporal y el alma del místico: “el varón que tiene corazón de lis, / alma de querube, lengua celestial; / el mínimo y dulce Francisco de Asís, / está con un rudo y torvo animal. / Bestia pavorosa de sangre y de robo, / los ojos de furia las fauces de mal, / el lobo de Gubbia, el terrible lobo”. El contraste no puede ser más dramático, es una forma de presentar el bien y el mal encarnados en el mundo. El poema relata cómo Francisco convence a la fiera causante del pavor de los aldeanos y cómo, después de un tiempo en que ha convivido pacíficamente con aquellos que le daban “algo de comer”, vuelve a su primera condición: “Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar, como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar”. Los motivos del lobo expuestos a Francisco en forma de alegato irrebatible, lo justifican plenamente: fue agredido y maltratado cuando ya no se defendía y así, conoció la maldad humana y decidió retornar a su antigua vida.

 

Al margen del tema central del poema que nos cuenta el fracaso del santo, la impresión más poderosa en mi ánimo la causó vislumbrar, en ese hombre extraordinario del siglo XIII, una capacidad desconocida de la que yo no tenía noticia en esa época, para captar los lazos invisibles y poderosos que vinculan a los seres en una totalidad, ocupando cada uno su lugar propio y cooperando, a su modo, a la armonía general. En esa totalidad, se da también el conflicto y la separación, descubriéndose, inclusive en lo que consideramos materia inerte, un principio de atracción y rechazo que permite la unión de ciertas moléculas diferentes para formar nuevas sustancias, así como la incapacidad de algunas para juntarse con otras, según se ve claramente con el agua y el aceite. La observación de esta ley y su vigencia en las relaciones humanas permitió a Goethe, estudioso de la alquimia, escribir esa novela magistral titulada “Las afinidades electivas”. Vuelvo a Rubén Darío. Su poema da como cosa sabida e incuestionable la visión mística de Francisco y eso me ayudó a plantearme posteriormente la pregunta respecto a la posibilidad de acceder, por un camino diferente al de la experiencia, en el sentido al que nos ha acostumbrado el positivismo, a las realidades de orden espiritual. Hoy esta epistemología reductora, para la cual la metafísica es imposible, puede y debe ser revisada mediante una discusión amplia de los presupuestos ideológicos que llevaron a enclaustrar el pensamiento en un inmanentismo radical de cuyo fracaso para orientar la existencia humana da testimonio el nihilismo, es decir, el estar suspendido el hombre sobre el abismo de la nada, sin otra salida que el refugio en el mito, cualquiera que este sea y la reinvención de símbolos sin que ello le alcance para encontrar su rumbo. Fuera de esta tarea de recuperación del poder de la inteligencia como potencia espiritual, sigue en pie la pregunta de si existe la vía del conocimiento intuitivo, según enseñan los maestros dedicados a la realización espiritual. La pregunta seguramente conduce a una opción radical y no a la respuesta que justificaría unilateralmente a una de las partes. Plantearla nos sirve, a pesar de ello, para conocer las implicaciones contenidas en ambas opciones. Los místicos no ofrecen argumentos, nos platican su experiencia y nos invitan a repetirla en nosotros mismos. Cada cual puede considerarla  viable, inviable e incluso absurda.

 

La sociedad moderna permeada de racionalismo, aunque propensa a la idolatría de las cosas mundanas, sin duda por la misma razón de que sólo mira al ras del suelo, resulta interpelada por la película de Franco Zeffirelli. Que esta película la haya hecho un director europeo, rescatando uno de los motivos que alguna vez inspiraron la vida espiritual de la “vieja Europa”, no deja de ser motivo de esperanza respecto a la vitalidad de lo que en la tradición es verdaderamente valioso y digno de preservarse. Hermano Sol Hermana Luna, rescata una perspectiva de la existencia completamente extraña para el hombre moderno. Lo material, en la multiplicidad de sus facetas, con su presencia implacable en los diferentes ámbitos de nuestra vida, determina el horizonte entero de nuestros afanes y expectativas. Lo seguro es esto, lo visible, lo que vemos y tocamos, lo que podemos utilizar y disfrutar. La misma idea de nuestra finitud cuando se la considera, sirve de acicate par apurar al máximo el momento presente; es el Carpe Diem de los modernos. El espíritu es intangible, invisible, no se puede constatar su existencia con la certeza exigida por la prueba empírica; por tanto, no existe. Así se razona hoy en día aunque el silogismo no sea explicito, lo cual es más grave, porque nos indica la aceptación generalizada del materialismo. Para el hedonismo difundido con aire festivo por los medios, no cuenta la guía de la razón ordenada al Bien y que, por esto mismo, lo persigue implícitamente en los bienes del mundo según enseñó Aristóteles. Ni siquiera responde a la exigencia epicúrea de buscar el placer con mesura y equilibrio, procurando alcanzar la sabiduría del arte de vivir, a fin de justificarla antes de nuestra partida definitiva.

 

La época en que vivió Francisco toda vía era propicia al misterio; la credulidad favorecía la aceptación de lo insólito, de lo milagroso. La línea entre lo visible y lo invisible no era del todo clara, pues no existía aún la idea de leyes naturales que, bajo ningún concepto pueden suspenderse o violarse. Esa mentalidad crédula desciende con facilidad al fanatismo,  a la superchería y se presta fácilmente a la  manipulación; se entiende así que se la condene a la luz del criterio racional, viendo en ella simplemente la manifestación de la ignorancia. La Ilustración es, en efecto, la confianza en sacar a los individuos de la oscuridad, transformándolos, por el conocimiento de las leyes objetivas de la naturaleza y la historia en dueños de su destino. La Ilustración acierta en su evaluación del pasado, pero se excede dando impulso, una vez más, al movimiento pendular característico del acontecer histórico: la reacción contra los errores del pasado la lleva al extremo opuesto acentuando sus propios errores, no por diferentes menos perniciosos. La apertura al misterio conlleva el riesgo de la milagrería y la superstición, pero estos fenómenos que larvan la vida religiosa del pueblo, no invalidan la legitimidad de la experiencia mística genuina y tampoco autoriza a suponer la inexistencia de un don que, como en el caso de Francisco de Asís, lo marcó como un ser excepcional. Para Francisco es evidente la divinidad del mundo; todos los seres son criaturas de Dios y amadas por Él. La creación es santa por su origen y no puede obedecer otra ley que la del amor. Este credo simple es totalitario porque lo explica todo, coincidiendo en lo esencial con la prédica cristiana y coincidiendo, así mismo, con la intuición de todo misticismo. Ello explicaría porqué en la actualidad ha podido establecerse un diálogo fecundo personas dedicadas a la vida contemplativa. La voz del silencio editado por Susan Walker, recoge los comentarios de budistas y cristianos acerca de su experiencia, que es la misma a pesar de las diferencias de las tradiciones culturales de los participantes. Francisco, el místico, no conoce la distancia entre razón y fe; el suyo es un saber superior, supremo, en el cual, razón y fe, resultan meras palabras ante una plenitud que las desborda. La vida de Francisco es de congruencia absoluta; es una vida acabada según los principios o mejor, el principio de unidad universal predicado por el santo. Esa unidad que subyace a toda diversidad, a todo cambio, a todo devenir, es fruto de la intuición, no del descubrimiento de la ciencia. Como saber no verificable, el saber místico seguirá planteando la duda de su posibilidad efectiva. Nunca podrá responder al ideal cartesiano del saber claro e indubitable y tampoco podrá justificarse como saber útil, según el pragmatismo en boga.  El saber místico se entiende, hasta donde puede entenderse, a través de la metáfora de la nube del no saber. Al místico lo habita la llama de amor viva y por ella se ve impulsado a la comunión con la divinidad; el corazón, no el cerebro, es el vehículo para alcanzar a Dios. El no poder comunicar la experiencia mística se debe a la limitación del lenguaje humano que ha sido forjado para tratar con los objetos y que cada vez se ha ido volviendo más vehículo de necesidades materiales. Por eso en el caso del místico, el lenguaje sólo puede ofrecer una pálida idea de la intensa vivencia que lo anonada y exalta a estados de conciencia donde el yo individual se pierde completamente. Queda la opción de intentar por cuenta propia esa experiencia y es a lo que invitaba Rama Krishna a su discípulo Vivekananda, cuando éste, racionalista al extremo, se mostraba desdeñoso y reputaba de locuras sin sentido la supuesta experiencia de aquel cuyas enseñanzas, haría suyas después de realizarlas personalmente. Aquí la experiencia, entendida en otro nivel, es el criterio de la verdad. Vivekananda sería, en los últimos años del siglo XIX, el gran promotor y difusor en occidente, de la doctrina del Vedanta  Advaita. De cualquier manera, intentar la experiencia mística no cuenta, en nuestro medio, con los presupuestos culturales que la hagan interesante y menos todavía, necesaria. Esto sin tomar en cuenta que las necesidades espirituales de los individuos varían y son pocos aquellos para los que la búsqueda de dicha experiencia podría resultar estimulante por si misma. Es lamentable constatar que, por ejemplo la práctica del yoga se ofrezca para prolongar la juventud del cuerpo y potenciar la capacidad de disfrutar más intensamente los deleites de la carne. Aquí, lo que tiene sentido en un contexto espiritual y cultural mas amplio se ha perdido por completo.

 

En la película de Franco Zeffirelli, es reveladora la escena en la cual, el clérigo ahíto de carne y vino, se ve obligado a salir de su casa para observar, pasmado, la conducta del joven Francisco que, en un arrebato de éxtasis, se desnuda ante la vista del pueblo. La imagen tiene un mensaje evidente: expresa simbólicamente la inocencia originaria de la creación. Al mismo tiempo representa la traición al espíritu por la entrega del hombre a la vanidad del mundo. Zeffirelli, tal vez por simpatía a cierta ideología,  realza en el clérigo, como representante del cristianismo institucional, el olvido del compromiso con la verdad del cristianismo enseñada por Cristo. La película de Zeffirelli admite, desde luego, lecturas diversas, pero es indudable que, entre ellas, es válido insistir en que el hombre dispondrá siempre de su corazón para buscar la ayuda y la respuesta de Aquel a quién la ciencia positivista ha alejado, declarándolo definitivamente ausente. La experiencia mística presente en todas las culturas, muestra la verdad de un dios disponible para quien lo busca; en realidad es dios el que llama y el hombre quien sale a su encuentro. La vena mística recorre la historia del cristianismo, empezando por los éxtasis de Jesús y su invitación a orar en silencio. El Pseudo Dionisio, Agustín de Tagaste, el maestro Eckhart, Bernardo de Claraval, el mismo Tomás de Aquino, Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y, en nuestra época Thomas Merton, son algunos nombres insignes de una tradición que ha alimentado la teología negativa, para la cual Dios ha de amarse más que comprenderse. La enconada disputa entre Pedro Abelardo y Bernardo de Claraval en el siglo XII, representantes respectivamente del racionalismo que ambiciona entenderlo todo dentro de la rígida exigencia de lo demostrable y la mística que renuncia a toda comprensión, ejemplifica el conflicto de planteamientos irreductibles. Esa disputa continuará indefinidamente mientras se plantee en los mismos términos: ¿aprehensión amorosa de Dios o comprensión racional del misterio de la fe? En nuestro días, para la mayoría, la disyuntiva se ha vuelto irrelevante, herencia de un pasado que la modernidad relegó en nombre de la visión técnica y utilitaria. Sin embargo, desde otra perspectiva no puede negarse su permanente actualidad, porque atañe a la condición misma del hombre; es una cuestión viva porque, aún cuando el hombre pertenece al mundo, presiente que éste es cifra y misterio en donde puede leer los signos de lo Absoluto. La pregunta anterior nos lleva a otra, donde, tal vez, -digo tal vez- podamos encontrar el principio de la respuesta al dilema: ¿Hay realmente un conflicto entre razón y fe o se trata de dos planos en los que el hombre se mueve debido a su naturaleza dual? Es el hombre entero con sus instintos y necesidades materiales y con sus profundos anhelos de trascendencia, quien debe conciliar razón y fe, en la unidad de una vida finita en tensión al infinito. San Juan de la Cruz, el místico español del siglo XV, nos dejó un poema en el cual las palabras son llevadas al límite para que puedan revelarnos algo de la “nube del no saber” tras la cual habita el misterio. Transcribo algunos versos del poema para concluir estas breves consideraciones, sobre  Francisco de Asís y la vía mística:  

 

…  En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz ni guía / sino la que en el corazón ardía. / Aquésta me guïaba / más cierta que la luz del mediodía, / adonde me esperaba / quien yo bien me sabía, / en parte donde nadie parecía. / ¡Oh noche que me guiaste!, / ¡oh noche amable más que el alborada!, / ¡oh noche que juntaste / amado con amada, / amada en el amado transformada! …          

 

 

Posmodernidad y religión


 

 

Adriana Menassé.

 

 

¿Cuál es hoy, desde el punto de vista de la filosofía, la relevancia de una reflexión sobre lo religioso? ¿Podemos aún pedirle algo a la religión en esta era posmoderna y postmetafísica, algo que no sea tan sólo una mirada curiosa y sorprendida frente a las prácticas y ritos de los antiguos?  Por “posmoderno” me refiero aquí a lo que se ha dado en llamar “el agotamiento de la idea de Dios” –junto con la idea de progreso y de felicidad al final de los tiempos- y por “antiguos” a los millones de creyentes en todas partes del mundo que depositan su fe en alguna forma de esperanza o de sentido trascendente. ¿Qué puede ofrecernos la religión ahora, después de dos Guerras Mundiales y su paroxismo de crueldad, de la ferocidad de las guerras civiles o interétnicas, y de la franca impudicia del crimen cotidiano? Si la modernidad apostó por la razón frente a la superstición religiosa, y hoy vivimos en la evidencia de la sinrazón, ¿cómo haremos para zanjar el abismo que se abre ante nosotros?

            Desde cierta perspectiva, hablar de religión en general tal vez pueda resultar engañoso, pues cada una de ellas articula una visión del mundo que le es propia y, a veces, radicalmente opuesta a las demás. Sin embargo todas tejen fidelidades y anhelos que parecen conferirle a la existencia un peso y un sentido que ninguna ideología ha podido suplir de manera continuada. Para tratar de responder entonces a la pregunta de qué nos puede aportar hoy el pensamiento religioso, quisiera esbozar la idea de lo que en mi opinión  se revela como un llamado ineludible: la necesidad de devolverse a nuestros valores comunes y a nuestras respuestas vitales al presentimiento del espesor, del significado y dignidad que hacen de la vida un lugar merecedor de nuestro esfuerzo y de nuestro regocijo.

            Con la crisis de lo que constituyó la última y fallida promesa de la modernidad (y me refiero aquí a la promesa de la utopía socialista), el horizonte en el que comprendíamos nuestras vidas se desvanece aceleradamente, mientras el conjunto de las significaciones que nos servían como asidero parece disiparse en la más completa trivialidad. El honorable “bien supremo” de la felicidad aristotélica se degrada hasta significar una mediana satisfacción en el consumo, y hay poco en nuestra noción de “vida buena” que aún constituya una orientación para el futuro. Nuestros mitos colectivos están vacíos: no tenemos más proyecto de sociedad que el ensanchamiento del confort y el éxito personal en el mercado de nuestras capacidades y capacitaciones. De allí que por todos lados aparezca la añoranza de un sentido más abarcador, de algo que nos saque de la nimiedad de una vida personal a la deriva para ligarnos “a una causa más grande que nosotros mismos”, como dice Paul Ricoeur en su librito Amor y justicia. Y tal vez sea en ese marco en el que debamos entender el frenético surgimiento de toda clase de propuestas espirituales, nuevos paradigmas, infinitas técnicas de sanación—incluidas las curaciones mágicas del planeta—y, en general, toda clase de visiones y experiencias vagamente religiosas.

             Mucho se ha insistido en el agotamiento de la idea de Dios, de ese Dios creador, justo y bondadoso, cuando lo que constatamos cotidianamente a nuestro alrededor  es devastación, muerte y niveles de crueldad insospechados. Mucho se ha insistido en la muerte de Dios y esa denuncia conlleva la de todo el cúmulo de males que se le imputan a Occidente. Más allá, sin embargo, del Dios monoteísta, la evidencia del sufrimiento en la tierra ha confrontado a todas las culturas y todas han tenido que dar una respuesta en uno u otro sentido. ¿Qué significa en verdad el sufrimiento humano, y sobre todo el sufrimiento de los inocentes? Como dice Dostoievski en el famosísimo pasaje de Los hermanos Karamasov: si Dios es bondadoso por qué manda tales sufrimientos, y si a aquellos a quienes se los manda son culpables de pecados recónditos, por qué a los niños ¿Por qué sufren los niños, si son inocentes? La pregunta es siempre la misma: ¿estamos pagando un mal que atrajimos sobre nosotros previamente y que ahora cae sobre nuestras cabezas? ¿Si somos esencialmente “hombres de bien”, por qué hay tanto mal a nuestro alrededor? ¿Y si somos seres de razón, como quería Kant, cómo es que la razón no prevalece? Quisiera tratar de mostrar de manera muy somera, cómo las respuestas que las distintas culturas han ofrecido al canónico problema del sufrimiento de los inocentes conforma el núcleo (o uno de los núcleos) de sus distintivas cosmovisiones. Quisiera esbozar también la idea de que examinando este problema, digamos, teológico, acaso podamos encontrar alguna clave de retorno, una intuición que le devuelva a nuestro tránsito una significación profunda y que, al mismo tiempo, eluda los escollos de la superstición y el fanatismo.

            Hay dos o tres respuestas clásicas al problema del sufrimiento de los inocentes: la primera es negar que hay tal, que haya sufrimiento de inocentes, pues, considera que todo daño que recibimos en nuestras vida es producto de culpas anteriores –ya sea en esta vida o en otras- que ahora tenemos la oportunidad de expiar y de limpiar: es la idea del karma en sus distintos matices y acepciones: el sufrimiento como castigo y como oportunidad de elevación espiritual. En su forma más conocida es la respuesta del hinduismo y sus múltiples variaciones esotéricas hoy tan de moda, pero toma diferentes vestidos en las distintas tradiciones. Es la respuesta que da Orígenes en los albores del cristianismo cuando plantea que las diferencias e injusticias con las que llegamos al mundo (unos ricos, otros pobres, unos queridos, otros esclavos), se explica por las pruebas a las que estuvo sometida el alma en la región celeste antes de encarnar en el cuerpo humano. Por la manera en la que se comportó allá dicha alma, recibe en la tierra alguna forma de premio o de castigo. En todas sus versiones, el sufrimiento al que están sometidos aquéllos- hombres, mujeres o niños que nos parecen inocentes- se explica por la falta original que con seguridad cometieron y que los hace merecedores de tal destino.

            Como sabemos, ante esto se revela el Dios de Job cuando levanta la voz contra Elifaz y los amigos de Job por haberlo acusado de delitos inexistentes, y no haber reconocido que sufría siendo justo. Los amigos de Job lo acusan de crímenes potenciales porque no pueden aceptar que un sufrimiento así ocurra sin una causa. Pero Job sufre y es inocente y Dios lo confirma categórico. El Dios creador acepta que su siervo Job es justo y que sin embargo sufre males sin fin. En la cultura occidental, Job es el más claro ejemplo de la respuesta positiva al sufrimiento de los inocentes: el justo también sufre, luego el sufrimiento no puede ser reducido a la culpa. Cuando Job intenta pedir cuentas de sus males, Dios no le contesta, pero sí le responde: “¿Dónde estabas tú cuando yo creaba la tierra?”, le pregunta. “¿Quién ordenó sus medidas si lo sabes?” Entonces Job acierta a comprender cómo la grandeza divina supera infinitamente la subjetividad humana y aquella visión es suficiente para que su alma se abra de nuevo a la vida.

            Como en el ámbito moral, también en el metafísico hay sin duda espacio para distintas –y en ocasiones opuestas- intuiciones religiosas, y por lo tanto, para vislumbrar en una y en otras una parte del perdurable misterio. Así también para la reverente aceptación del santo Job, santo por ser capaz de asumir que aun sin culpa, es preciso aceptar el mal sin por eso negar el valor y la hermosura de la creación. Pero hay una respuesta más en la tradición judeo-cristiana que alcanza incluso a la modernidad y que ha constituido el hilo conductor de algunos de nuestros más elevados anhelos: Dios no desea el mal del mundo y particularmente el mal que unos seres humanos infligen a los otros. No lo desea y no lo infiere: el mal es abominación y atentado contra la ley de Dios. Pero Dios no puede por sí mismo reparar el daño que hay en el mundo, sino que necesita del ser humano para hacerlo: la tarea de ser humano es devolver a la luz las chispas caídas, atender el sufrimiento y restituir la solidaridad humana a través de la acción ética.[1] La ética se constituye de este modo en el acto reparador por excelencia, en el acto que le otorga al hombre su plena dignidad (como ya lo veía Kant), pero que al mismo tiempo recupera el vínculo que lo liga a un orden más amplio. En esta perspectiva, el mundo no es una creación perfecta y acabada, sino un espacio permanentemente abierto donde el gesto fraterno actualiza, en cada acto cotidiano, el sentido de la creación como orden de amor y de justicia.

            En algunos de sus textos, Emmanuel Levinas habla de esta condición inacabada del mundo y hace un análisis de la idea de la salvación o de la redención, que ha constituido la herencia de Occidente (es decir, la idea de que el mal en el mundo es en esencia inexcusable y que dicho mal ha de ser reparado a través de la acción ética de los seres humanos); este es el orden en el que estamos obligados a responder por nuestro hermano: a la pregunta de Caín, “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, la tradición responde “Sí”. Este ser responsable por el otro constituye el marco de pensamiento en el que arraiga nuestra preocupación por la pobreza y la opresión, nuestro compromiso social por remediarlo, nuestros afanes por hacer del mundo un sitio más feliz; este “sí” de la tradición es el que nos compromete a cada uno de nosotros con la pequeña o gran responsabilidad que adquirimos con nuestros semejantes, con el otro ser humano que se muestra ante nosotros desnudo en su vulnerabilidad.

            No hace falta creer en un señor de larga barba sentado en el trono celestial para asumir el legado espiritual/moral que todavía hoy puede servirnos para re-imaginar el orden deseable de lo posible. Pues ésta es también la herencia de occidente; al lado de la tecnología puesta al servicio de la muerte y la devastación, también es éste nuestro patrimonio: la confianza en que nuestros actos pueden procurar justicia o alivio, pueden ayudar a dilatar todo lo que es bello y digno de ser agradecido.

            Por eso aquí la ética no se refiere tan sólo a una cuestión de índole personal, sino también a un compromiso colectivo, político, con los otros, uno en el que reconocemos los valores que guían nuestra actividad social y nuestras decisiones individuales. No se trata por supuesto de suplantar  o usurpar la verdad del otro, ni tampoco de construir nuevas teocracias; se trata de mantener el oído atento, atareados como estamos en la creación colectiva de nuestra historia; de mantener el oído atento, digo, a aquello que, como sostiene Habermas, traza el horizonte todavía no rebasado de una apuesta por la justicia y la bondad; una apuesta sostenida en tiempos de penuria por un mundo más fraterno y menos cruel. De modo que incluso en tiempos de incredulidad y desencanto, tal vez nos sea posible hallar en las intuiciones religiosas ya no sólo la fascinación por los cultos ancestrales ni el impracticable retorno a una devoción ingenua, sino la fe viva en aquello que, contra toda evidencia, nos permite sostener las mejores posibilidades de los humano.



[1] Esta idea, emanada de la cábala luriánica apunta a un relato de la Creación según la cual Dios debía retraerse para que el universo tuviera  cabida: Cuando el Creador pensó en hacer el universo, tuvo primero que contraerse, esconderse o encerrarse en sí con el fin de hacer un espacio para el mundo; sin dicha retracción, sin dicho movimiento el universo no hubiera podido existir pues su lugar estaría ocupado por Su presencia infinita. Este movimiento hacia adentro, movimiento de auto-limitación y contracción se llama tzimtzum.  De manera paralela a su “retraimiento”, Dios crea los diez vasos o vasijas (sefirot) para contener la luz de su emanación creadora, vasos a través de las cuales los atributos divinos (justicia, misericordia ante todo) se manifestarían exteriormente permitiendo que lo creado tomara cuerpo y forma. La creación ocurriría por la mezcla feliz y armónica de esos atributos divinos. Esos “vasos” son las “esferas” del Árbol de la Vida por cuya mediación el universo vendría a su existencia, receptáculos gracias a los cuales la energía divina toma pie en el mundo. Pero las vasijas creadas para contener aquella luz, no pudieron soportar, no pudieron sostener la fuerza de la emanación creadora y se rompieron, de manera que la energía divina cayó en forma de chispas al abismo y se dispersó desordenadamente. Es la etapa conocida como “la ruptura de los vasos”. Es tarea del ser humano en tanto “socio de Dios” (puesto que es su semejanza) rescatar las chispas caídas de las corazas de dureza donde se encuentran apresadas para llevarlas de nuevo al lugar de su luz divina donde corresponden. Este movimiento que el ser humano está llamado a realizar es el acto de “restitución” o tikkun, y constituye el esfuerzo por traer armonía y paz al mundo a través de actos cotidianos de bondad y de justicia. Cf. Gershom Scholem. The Messianic  Idea in Judaism, pg. 45