miércoles, 12 de junio de 2019

El recorrido del libro


Gilberto Nieto Aguilar
Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos. Sir Francis Bacon.
Para Umberto Eco, prestigiado intelectual de la Unión Europea, “Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida: ¡Su propia vida y nada más! Quien lee, vive cinco mil años: habrá estado ahí cuando Caín asesinó a Abel, cuando Renzo se casó con Lucía, cuando Leopardi admiraba el infinito... porque la lectura es una inmortalidad al revés”.
Leer por leer, sin presiones académicas ni obligaciones externas, es el mayor placer en la literatura. Es un ejercicio cognitivo, un mover las neuronas y, si la lectura es debidamente seleccionada, una gran aventura para el espíritu y el intelecto. Gracias a la escritura y a las formas modernas de reproducción o copia de ejemplares, el porvenir de la lectura está asegurado, entendido como una actividad cultural, informativa o de deleite para el ser humano alfabetizado, sin importar la proporción que cada país o región alcance.
Actualmente se produce, con funciones muy diferentes, una cantidad de textos mucho mayor de cuanto se haya producido jamás en los siglos pasados, incluyendo el siglo XX, abarcando gustos, preferencias, necesidades, asesorías, orientaciones, divertimentos, y cualquier otra cosa que tenga que ver con la naturaleza y las actividades humanas. Es una ocupación esencial para el desarrollo de importantes campos en los mundos de la burocracia, empresarial, ciencia, tecnología, educación, producción y, desde luego, para el equilibrio de la salud humana y el esparcimiento.
Según Robert Pattison, “La literacidad de la época de los faraones en adelante no ha padecido estragos, sino solamente cambios” (Cavallo y Chartier, Coord., “Historia de la lectura en el mundo occidental”, Taurus-Aguilar, México, 2006, p. 522). A decir de Romano Luperini, con los procesos de lectura diversificado y con tan buenas traducciones, a los intelectuales más rigurosos o sólo a los más honestos, no les será suficiente dar cuenta del privilegio accidental, o peor, al de su propio país, “sino que deberán medirse con el otro, con alguien diferente al que no siempre será posible exorcizar invocando la barbarie del atraso” (Op. Cit., p. 523).
Al concluir el siglo pasado, los niños veían televisión antes de aprender a leer. Hoy manejan el celular y la Tablet antes de aprender a leer. En ambos casos oyen y miran en su idioma expresiones, ideas y costumbres de todas partes del mundo, sin el filtro mental que impone la cultura familiar y de su entorno inmediato, lo que implica una complicación en el desarrollo posterior del niño. Percibir, sentir y ponerse de acuerdo consigo mismo a tan tierna edad, puede dar la impresión de que la estimulación del cerebro se paraliza. Los niños digitales estarán superando esto sin la ayuda de los adultos.
Ver el pasado del libro es un amplio recorrido. Pero si preguntamos en qué momento concluyó la Edad Media y comenzó el Renacimiento, al menos nos aproximamos a la concepción “moderna” del libro. En Europa hubo vestigios medievales incluso hasta el siglo XVIII, pero desde el siglo XI hombres como Abelardo y Roger Bacon eran ya modernos por sus ideas. El fin del medievo se debió producir en algún momento entre estos dos puntos y para ello es útil recordar a Dante Alighieri y su “Divina Comedia”, escrita a principio del siglo XIV.
A mediados del siglo XV se da la invención de la imprenta y, con ello, la expansión del saber y la cultura. Al principio lentamente, los descubrimientos, las investigaciones y los aprendizajes comienzan a impulsar el desarrollo de la humanidad. Crece el número de escritores y exponencialmente el de lectores. Las ideas de los grandes hombres se expanden cada vez con mayor amplitud.
En nuestros tiempos, desde la última década del siglo pasado, comenzaron a aparecer los libros electrónicos. Al arrancar la primera década del siglo XXI algunas empresas transnacionales lo vieron como negocio y comenzaron la carrera para que toda una biblioteca de varios miles de libro pueda guardarse en un pequeño disco duro o traer cientos de obras en una USB, la Ipad o una tablet sin ocupar el volumen de los libros impresos.
Quienes acostumbran leer libros, jamás olvidarán sus manos pasando por las páginas, el olor especial que emanan cuando son nuevos, los diversos tonos del papel, los tipos de letras, hojear y pasar la vista por sus líneas como para adelantar las expectativas que esperan, en tiempos propios de cada quién.
Los jóvenes actuales, expertos en el manejo digital, en un alto porcentaje sólo leen mensajes, los contestan, copian frases, las comentan y cuentan chucherías de su vida común y personal, en ocasiones realmente intrascendentes. Si este es el hábito de varios de ellos, cuando quieran expresar pensamientos complejos e ideas amplias muchos tendrán dificultades.
En esta década, palabras como e-book, PDF, Kindle, han cobrado importancia. Los diarios digitales están desplazando a los diarios impresos, los cuales se ven obligados a acompañar sus ediciones en papel con una edición digital. El libro lucha por no ser desplazado, en un ambiente de expresión de las ideas en donde la libertad electrónica se desborda sin límites. Los efectos sociales son múltiples y variados. Los derechos de autor se diluyen en el anonimato y en el uso casero. El derecho internacional y los derechos nacionales deben actualizar los preceptos y normar las acciones y los efectos. 
Ante el avance avasallador de la tecnología, alguien planteó que peligra la empresa editorial, tal como la conocemos. Tal vez sí…o tal vez no, pero hoy en una Ipad se pueden llevar decenas de libros digitales. La mutación desencadenada por las redes sociales ha significado un cambio de paradigma cultural ineludible, donde el intercambio breve prevalece. Se escribe y se lee fragmentariamente, y entre los gustos y preferencias de lectura, puede también cambiar la cultura de un pueblo.
gilnieto2012@gmail.com

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