miércoles, 13 de noviembre de 2013

Algunos precursores culturales veracruzanos



 Raúl Hernández Viveros

Los más importantes precursores de la labor editorial en el Estado de Veracruz, incursionaron en el terreno de la escritura de historias, memorias y creaciones literarias. Entre ellos destaca Manuel Rivera Cambas, originario de Xalapa, en donde nació en 1840, y murió en la ciudad de México en 1917. Fue ingeniero de Minas e historiador. Estudió en el Colegio Nacional de Xalapa y en la Escuela de Minería. Colaboró en diarios y revistas. En 1860 dio a conocer su primer artículo “Ferrocarriles atmosféricos”; posteriormente, con ilustraciones “Los carros alegóricos”. Después publicó obras como las Historia Antigua y Moderna de Xalapa y de las Revoluciones del Estado de Veracruz, que consta de 5 volúmenes, los cuales fueron publicados por entregas.[1]
      Manuel Rivera Cambas, en 1873 ofreció la edición  “Cartilla de Historia de México”. Colaboró en “El minero mexicano”. Atlas y Catecismo de Geografía y Estadística de la República Mexicana, así como La Historia de la Reforma Religiosa, Política y Social de México. También fundó en la ciudad de  México el periódico “El combate”. Realizó la investigación profunda que lleva el título de México pintoresco, artístico y monumental, en tres tomos por entregas.
      Su labor de investigador lo llevó a ofrecer su testimonio sobre la  Historia de la Intervención Europea y Norteamericana en México. Resulta de vital importancia, además de la lectura de Los gobernantes de México, galerías de biografías y retratos de los virreyes, emperadores, presidentes y otros gobernantes que ha tenido México, desde Don Hernando Cortés hasta don Benito Juárez.
      Manuel Rivera y Cambas fue socio fundador de la Academia Mexicana de la Historia. Su devoción por la capital mexicana lo llevó a realizar un trabajo casi fotográfico, por la descripción de los edificios coloniales que se construyeron en la ciudad de México. Definió nuestra idiosincrasia: “Tierra de movimiento, tierra de catástrofes parecer ser la nuestra. Colocada entre las movedizas playas de dos océanos próximos y regados por lavas que los volcanes en medio de desastrosos estremecimientos arrojan, tienden a darnos la movilidad y las fluctuaciones como cualidad esencial a nuestro carácter.” Perteneció a la corriente de pensadores liberales y defendió con pasión y entrega la esencia del ser mexicano frente a las invasiones extranjeras.
      Esteban Puente Camacho definió que la obra México pintoresco, artístico y monumental, “es la más extensa que se conoce sobre este tema y da una idea muy precisa del México de ayer, con su fisonomía de país colonial en que están amalgamadas las características de la civilización y las costumbres de los conquistadores, con un indiscutible sello de personalidad indígena.”
      Aunque Manuel B. Trens en su Historia de Veracruz, Segunda parte, Libro 2do, sobre “La guerra de independencia 1808-1821, aclaró que “por más cariño que el señor Rivera Cambas halla sentido por su risueña cuna de la villa de Xalapa, ese cariño no lo autorizaba para tergiversar los hechos e interpretar libremente los documentos que él consultó sobre el particular y que son los mismos que yo he estudiado y doy ahora a la publicidad para aclarar, de una buena vez, lo que doy de respuesta a si fue o no precursor de la independencia en la  villa de Xalapa D. Diego Leño en la inteligencia que yo no estudiaré a Leño al personaje, sino que tan sólo me ocuparé en este estudio de los motivos que fundamentaron su actuación”.[2] 
      De todas maneras, las informaciones históricas de Manuel Rivera Cambas marcaron el rumbo de los datos y hechos de otros investigadores. Por ejemplo, Octavio Castro López definió que “Don  Manuel Rivera Cambas pertenece por completo al México moderno y al de la reforma. En medio de las turbulencias y de los ensayos incesantes, la concepción del mundo va cambiando. Cede el pensamiento conservador; se modifican las estructuras y  las instituciones adquieres carácter secular. Primero se deslindan las esferas de la Iglesia del Estado. Después adquiere plenitud  de presencia el segundo. Las formas anquilosadas de la educación del virreinato  pierden terreno en beneficio de la ciencia, cultivada ya sin trabas ideológicas.”[3]
     Otro veracruzano ilustre fue Carlos Díaz Dufóo, originario del puerto de Veracruz, 1861, quien murió en la ciudad de México en 1941. La Revista Azul fue publicada semanalmente en la Ciudad de México, fundada por Manuel Gutiérrez Nájera junto con Carlos Díaz Dufóo. El secretario de redacción de la revista correspondió a  Luis G. Urbina. Fue publicada como un suplemento dominical del periódico El Liberal, del 6 de mayo de 1894 al 11 de octubre de 1896, y su nombre pudo estar inspirado en el libro de cuentos y poemas Azul, de Rubén Darío, o tener coincidencia con la revista francesa Revue Bleu, que se editaba en París. Mientras que Gutiérrez Nájera utilizó el seudónimo "El Duque Job", Díaz Dufóo ocupó el seudónimo de "Petit Bleu" y Urbina el de "Daniel Eyssette". La revista dejó de publicarse en octubre de 1896[4].
      Carlos Díaz Dufóo fue uno de los impulsores durante los tres años de esta publicación, donde colaboraron cerca de 100 autores hispanoamericanos seguidores del modernismo, sin contar a los mexicanos. Entre ellos: Rubén Darío, Julián del Casal, José Santos Chocano, José Martí, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, Manuel José Othón, María Enriqueta Camarillo, Juan José Tablada, Luis Gonzaga Urbina, Enrique Fernández Granados, Juan Sánchez Azcona, Francisco M. de Olaguíbel, Juan B. Delgado y Francisco de Icaza.
      El movimiento del romanticismo promovió las luchas de independencia, y las enseñanzas del positivismo abarcaron un proyecto de nación. Después de la intervención norteamericana, donde se usurpó más de la mitad del territorio nacional, Santa Anna se autonombró  Alteza Serenísima, la última de las once veces que gobernó el país. Sin embargo, supo rodearse de algunos intelectuales como el venezolano Abigail Lozano (1821-1866), quien inició el movimiento romántico en su país, y murió en Nueva York, siendo secretario del general xalapeño.
      En letras de oro permanece la obra y la trayectoria del xalapeño José María Roa Bárcena, nació en la capital veracruzana, el 3 de septiembre de 1827, y murió el 21 de septiembre de 1908, en la ciudad de México. Hay que insistir en la lectura de las obras de este autor veracruzano, por sus valiosas aportaciones en la creación de cuentos, poemas, novelas breves, traducciones, y páginas dedicadas a recoger partes fundamentales de la historia nacional, como fue su importante obra Recuerdos de la invasión norteamericana (1846-1848), en donde expresó su verdadero amor, veneración y respeto por su patria.
     La Universidad Veracruzana lo dio a conocer en la colección Rescate, del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literario, con la edición cuyo prólogo es de Gastón García Cantú, en 1986. Anteriormente, Jorge Ruffinelli, quien fundó y tuvo la dirección de esta serie, escribió el prólogo al volumen Noche a raso, de José María Roa Bárcenas.
     Joaquín Ramírez Cabañas, quien nació en Coatepec, Ver., el 23 de agosto de 1886, y falleció el 2 de enero de 1945, participó como redactor de La Opinión, de Veracruz, en 1906, y un año después colaboró en El Diario. Tuvo a su cargo el Departamento de Publicaciones del Museo Nacional.  Poeta, historiador, escritor y periodista (con el seudónimo de J. Pérez Lugo). Director de la revista Tiempo. Fundó la librería Biblos en la ciudad de México. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autor de libros de historia y sociología, realizó importantes ensayos y notas de presentación  sobre diversas obras históricas.[5] Vale la pena destacar que Joaquín Ramírez Cabañas ofreció un panorama crítico de la narrativa en el libro Antología de cuentos mexicanos, publicada en la colección Austral, de Espasa-Calpe. Además, en 1944 coordinó la colección “Escritores mexicanos”, de la editorial Porrúa.
      Joaquín Ramírez Cabañas dio a conocer su valiosa compilación sobre algunos escritores mexicanos, entre ellos seleccionó a los veracruzanos José María Roa Barcena, Rafael Delgado, Carlos Días Dufóo y Cayetano Rodríguez Beltrán. Advirtió que “hemos procurado escoger nombres próceres por la calidad de la obra, por el sentimiento público que concedió la fama y celebridad en vida del elegido, o por el más juicioso y sereno dictado de la posteridad. Y de cada autor porque es preciso declarar, desde luego, que todos los incluidos en este pequeño volumen tuvieron obra extensa y varia,  hemos procurado elegir aquellas páginas más exentas de transacciones con la actualidad y con la efímera moda…”   
      Rafael de Zayas y Enríquez nació en el puerto de Veracruz, el 24 de julio de 1848. Colaboró en los periódicos El Eco del Comercio y el Ferrocarril, y publicó en 1869 la revista Las violetas. Fue amigo de Ricardo Palma y participó en la redacción de El heraldo y Grand Journal du Perú. Estreno su obra de teatro Paula, y reeditó El Progreso, y el Ferrocarril, que fueron clausurados en 1876. Después fundó el periódico El pueblo. Vivió en Europa, y murió en Nueva York el 9 de junio de 1932.
     Su obra literaria destacó por sus novelas Remordimiento, Oceánida,[6] apareció bajo el sello de su propia imprenta en el puerto de Veracruz en 1887, y El teniente de los gavilanes. Al cumplirse el centenario del nacimiento de Benito Juárez, en 1906, triunfó en el concurso nacional con su biografía sobre el Benemérito de las Américas. Rafael de Zayas y Enríquez escribió que: “Juárez predicó con la palabra y con el ejemplo. Fue el hombre más consecuente en sus actos con los principios que proclamaba. La muerte lo sorprendió a la hora del triunfo; cuando el edificio por él ideado y construido se elevaba desde los cimientos hasta la cúpula. Faltaban detalles, pero no  conjunto; faltaba ornamentación pero no solidez. Y cayó sereno, estoico; la muerte lo recibió no lo recogió. Fue grande hasta para morir.[7]
      Marius de Zayas Enríquez y Calmet nació en el puerto de Veracruz, México, 13 de marzo de 1880, y murió en Stamford, Connecticut, Estados Unidos, el 10 enero de 961. Su padre, Rafael de Zayas, lo  apoyó en las letras y el periodismo. En Nueva York trabajó como caricaturista y dibujante, fue amigo del Alfred Stieglitz. Viajó a París donde conoció el Cubismo, a Pablo Picasso, Gertrude Stein y Guillaume Apollinaire. Tuvo relación con el movimiento dadaísta, el arte negro y el arte moderno. Donó, en 1943, al Museo del Prado, una Cabeza de caballo, original griego del periodo arcaico, c. 515 a. 
     Por su parte, José de Jesús Núñez y Domínguez nació en Papantla, Veracruz, el 27 de abril de 1887, y murió en Santiago de Chile, el 31 de marzo de 1959, fue un periodista, poeta, político, diplomático y académico mexicano. Su producción poética fue de tendencia neorromántica, mientras que su prosa se centró en temas históricos y escribió importantes ensayos.
      Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal, después, se trasladó a la ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria. Comenzó a cursar la licenciatura en Derecho. Al poco tiempo se dedicó al periodismo. Con la ayuda de Luis G. Urbina, colaboró con El Mundo Ilustrado, la Revista Moderna y El Imparcial. Fue elegido diputado para representar a su Estado en el Congreso de la Unión, de 1913 a 1914.
      Fundó las revistas La Semana y El Mercurio Ilustrado, fue director de la Revista de Revistas durante veinte años. En 1917, colaboró con Rafael Alducin, siendo miembro fundador del periódico Excélsior, llegando a ser director del mismo —así como de El Universal Gráfico—, de 1940 a 1945. En 1944 dirigió del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía.
      Fue nombrado miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia en 1932, ocupó el sillón 3. El 26 de febrero de 1930 fue nombrado miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, y años más tarde fue elegido miembro de número, tomó posesión de la silla VIII el 25 de enero de 1946. En los últimos años de su vida se dedicó a la actividad diplomática, fue embajador de México en Bélgica de 1946 a 1949, de República Dominicana de 1949 a 1951, de Honduras, y de Chile. Entre sus obras publicadas, Holocaustos, 1915. La hora del Ticiano, 1917. Los poetas jóvenes de México, 1918. Música suave, en 1921. El inútil dolor, en 1923, y El dolor inútil, 1924. Cuentos mexicanos en 1927.
      En febrero de 1915, en Orizaba, se dieron a conocer algunos números de La vanguardia, que dirigía el Dr. Arl. Desde sus primeras páginas incluyeron dibujos y caricaturas de José Clemente Orozco.  Hay que mencionar que el Dr. Atl es el seudónimo del pintor y escritor mexicano cuyo nombre real fue Gerardo Murillo (Guadalajara, Jalisco; 3 de octubre de 1875 - Ciudad de México, 15 de agosto de 1964), fue un pintor, político, cuentista, vulcanólogo, ensayista, periodista, pero sobre todo, hombre enigmático que protagonizó una vida intensa y extravagante. Leopoldo Lugones bautizó a Murillo como el Dr. Atl.
     En la revista Universidad Veracruzana, se ofreció un homenaje a Rafael Delgado; fue una revelación hacia el amor por el autor de La Calandria, Los parientes ricos, Historia vulgar, y Angelina. En dicha monografía se recogieron excelentes ensayos que estudiaron la obra literaria, con motivo de la celebración del centenario de este autor, quien nació en Córdoba, 1853, y murió en Orizaba, 1914. Por lo cual se organizaron eventos culturales, y concursos literarios a nivel internacional. También la Universidad Veracruzana editó las Obras completas de Rafael Delgado,[8] con los volúmenes: “Poesías”, “Conversaciones literarias”, “Estudios literarios”, “Discursos”, y “Lecciones de literatura” (en dos tomos).
      Fue para mi trascendental la ubicación de las líneas de Federico Gamboa: “[…]un caballero de buen pergeño oscuro, de poblado mostacho de mirar hondo y expresivo, de voz opaca y tarda, parco en ademanes y sonrisas, armada la diestra de cigarrillo de papel cuya lumbre adquiría relieve y cuerpo en las crecientes y tercas agonías crepusculares[…]” Por su parte, Amado Nervo hizo la extraordinaria descripción: “Delgado era un hombre de mediana estatura, de regulares carnes, de inteligente cabeza, coronada por cabellos ligeramente rubios y en la cual se advertía insipiente calvicie, ojos de sincera mirada, correcta nariz y boca de expresión bondadosa”.
     En un rincón de la biblioteca, muy cerca de los libros de textos preparatorianos, con bastante asombro pude alcanzar el libro Lecciones de Literatura (Estilo y composición), obra editada por la imprenta del Gobierno del Estado de Veracruz, en 1904. Comencé el recorrido por el análisis y estudio del estilo y la composición, propuesto por el autor de La Calandria. Para mi representó una enciclopedia sobre el arte de la escritura, desde el punto de vista de un verdadero escritor, y un mentor que transmitía su experiencia literaria, mediante la lectura crítica de sus autores preferidos y admirados.
     La lectura de Lecciones de Literatura (Estilo y composición), me permitió aproximarme al arte de escribir, a buscar la técnica del estilo literario, que se puede aprender y perfeccionar. Mi encuentro con las obras de Rafael Delgado, lentamente abrió las posibilidades del recurso a la descripción; de cómo se puede escribir para rescatar infinidad de recuerdos o historias inolvidables, amores imposibles y derrotas sentimentales, como lo advirtió Rafael Delgado en estos versos: “ella empieza a vivir y nada sabe! / él sabe todo y a olvidarlo empieza!”.
     Rafael Delgado llegó a considerarse  como parte de una trilogía de novelistas realistas, al lado de Emilio Rabasa y José López Portillo y Rojas. Puede consultarse la nota crítica de Carlos González Peña, en su Historia de la literatura mexicana, Editorial Porrúa, 1928. Escribió poemas, cuentos, novelas y breves obras de teatro. Fue apreciado como un amante que describió el paisaje maravilloso y real de su lugar de origen, en el centro del estado de Veracruz.
      A su muerte, Salvador Díaz Mirón escribió: “El alto varón murió en la fuerza de la edad, consumido por su genio como un cirio por su llama”. Luego de realizar un recorrido en caballo de Jalapa a Orizaba, falleció al intentar imitar a su personaje Gabriel, quien “pretendía ser muy hábil en su oficio, y se preciaba de consumado jinete”, p.44, en La Calandria, cuarta edición, “Clásicos mexicanos agotados, 1931”. Pocas veces la palabra escritor se logró unificar con la de maestro. Un poeta por obra y gracia de la naturaleza. Un narrador con un misticismo persistente, pero alejado de los dogmas, y arraigado en el escenario provinciano, amor y respeto por el paisaje veracruzano.




[1] En 1959, la editorial Citlaltépetl publicó este trabajo histórico en varios tomos, con prólogo de Leonardo Pasquel.
[2] Talleres Linotipográficos, Gobierno del Estado de Veracruz, México, 1949.
[3] Manuel Rivera Cambas, el perfil del hombre, Serie Xallapan, México, 1996.
[4] Puede consultarse la edición de  Cuentos nerviosos, Padre Mercader colección rescate Universidad Veracruzana, principalmente el prólogo de Jorge Ruffinelli.
[5] Manuel Sol tuvo a su cargo la recopilación, prólogo y bibliografía del libro Ensayos históricos, de Joaquín Ramírez Cabañas, Colección Rescate, Universidad Veracruzana, 1988.
[6] Fue publicada con prólogo de Esther Hernández Palacios, en 1998 por la colección Rescate de la Universidad Veracruzana.
[7] Benito Juárez, su vida y su obra. Sepsetentas, México 1971.
[8] Librado Basilio (1918-1994) fundó las revistas Dédalo y El Caracol Marino y dirigió la revista Universidad Veracruzana, y tuvo a su cargo las primeras ediciones de este centro de estudios superiores.

Protomedicato y sus aplicaciones sanitarias en México (Siglos XVI-XIX)


De médicos, boticarios, flebotomianos, ensalmadores, algebristas, curanderos, yerberos y charlatanes al Merolico y sus actividades en la sociedad orizabeña del S. XIXPrimera parte


“Los barberos sangradores y los sangradores flebotomianos fueron quizá los profesionales más característicos de la práctica empírica de la medicina en la España Moderna. Su ejercicio estuvo asociado a la vigencia de una técnica delegada de la medicina, la sangría, que diera lugar a sesudos enfrentamientos entre partidarios y detractores de sus indicaciones y eficacia terapéutica. Los sangradores alcanzaron un cierto reconocimiento social, pero su práctica siempre estuvo condicionada por su posición ambigua entre los profesionales titulados (médicos y cirujanos latinos) y otros empíricos sin formación cuyos métodos traspasaban a menudo los límites de la superstición” (Manuel Amezcua).


La Historia
En el siglo XIX era común que los médicos, boticarios, flebotomianos1  y otros profesionales de las ciencias naturales –con o sin preparación académica- cambiaran continuamente de residencia por lo que era necesario tener autorización para ejercer la profesión, para ello existía desde el siglo XV, El Real Tribunal del Protomedicato que era un cuerpo técnico encargado de vigilar el ejercicio de las profesiones sanitarias, así como de ejercer una función docente y atender a la formación de estos profesionales. Creado en España en el siglo XV, en el siglo XVI se extendió a las colonias, fundándose los protomedicatos de la Nueva España y del Perú. Esta Institución fue el antecedente que ayudó a resguardar las técnicas, conocimientos y el ejercicio de la práctica médica y, por extensión, del sistema sanitario de España primero y después de sus colonias de Ultramar. La idea de la Corona Española era la de fiscalizar el quehacer de médicos, cirujanos y boticarios, entre otros, para evitar los falsos curadores y fraudes, así como a hechiceros, por lo que dio autoridad civil a los principales de los pueblos para la vigilancia y evitar excesos en la práctica de la medicina. Así, las Ordenanzas de 1477 otorgan potestad sobre los médicos, boticarios, flebotomianos, algebristas  y otros, diciendo:

“… Y mandamos y damos autoridad y licencia a los dichos nuestros Alcaldes y Examinadores Mayores, para que conozcan de los crímenes, y excesos y delitos de los tales Físicos y Cirujanos, y Ensalmadores2 y Boticarios, y Especieros, y las otras qualesquier(sic) personas que en todo, o en parte, usaren oficios a estos anexos o conexos”.

Y es precisamente esta última referencia la que hace que el Tribunal entienda en lo que se refiere a oficios como el de partera, barbero, flebotomiano, algebristas o hernistas, siendo estos otros menores en comparación con los oficios especificados en ley. Por lo que se decretó que se expidiera un documento real en el que se autentificaba el derecho a ejercer la profesión después de haber sido examinado en sus conocimientos el practicante de las ciencias médicas.

El documento más antiguo que se tiene conocimiento de su existencia,  es uno expedido a nombre de Juan de Castro, vecino de Allariz que en 1591 consiguió en Madrid la licencia que lo capacitaba para ejercer el oficio de barbero-sangrador (Flebotomiano). Por ello, después de haber demostrado sus capacidades, se le expidió un llamativo título orlado de rojo sangre que era la identidad de color por la cual era posible conocer el tipo de técnicas que practicaban estos oficiales. Éstas podían abarcar desde la extracción de muelas o de sangre con fines terapéuticos, hasta la realización de un simple afeitado. Menciona Manuel Martínez Amezcua en su libro:

“…En el Archivo Histórico de la ciudad de Granada, se conservan algunos títulos de sangradores flebotomianos, expedidos entre 1666 y 1720… Estos documentos se presentaron en el cabildo de la ciudad por sus titulares al tiempo de solicitar licencia para ejercer en ella, siendo en total siete los títulos que se conservan íntegros más otros tres de los que sólo se aportan algunos datos. En uno de los casos se inserta también el título de cirujano, lo que nos permite esclarecer las diferencias tanto formativas como funcionales respecto del sangrador...”.

El espíritu del control de actividades y su autorización por los Reyes de España, era principalmente: vigilar el ejercicio de médicos y cirujanos, así como realizar un control estricto  de la enseñanza médica. Esto no era novedoso para los practicantes ya que los orígenes de estos servicios traían una gran influencia napolitana y de los primeros estudios de medicina de la  Universidad de Montpelier, en Aragón, encontrándose también en las disposiciones en materia sanitaria del rey castellano Alfonso X el Sabio, a mediados del siglo XIII.

México Colonial
Ya en el México Colonial se encontraban algunos flebotomianos venidos de España y otros oriundos de América, unos autorizados y otros que no se sabe su circunstancia pero que ejercían acciones sanitarias como sacamuelas, comadronas, yerberos, curahuesos (Ensalmadores), boticarios y otras profesiones afines, que mezclaban los conocimientos europeos con las tradiciones del Nuevo Mundo para servir a la población, generalmente la más necesitada, unos con gran experiencia y conocimiento de la anatomía y la herbolaria, pero otros charlatanes y tramposos que aprovechaban la ignorancia e incredulidad de la gente para estafarlos con remedios prodigiosos que servían para todo pero que al paso de los días notaban que no curaban nada. Durante todo el virreinato fue constante la contraposición de los médicos hacia los curanderos, yerberos nativos y los que venían del viejo mundo. Las leyes expedidas por la Corona Española estaban dirigidas fundamentalmente a aquellos de origen español que ejercían como curadores y no a los indios que tenían sus hábitos, conocimientos y costumbres heredadas por sus ancestros desde antes de la conquista y principalmente un amplio conocimiento de la herbolaria mexicana y su aplicación. Podemos observar que en 1621 Felipe IV dentro la Ley que expidió en referencia a las ciencias médicas, establece:

“Mandamos, que no se consienta en las Indias a ningún género de personas curar de Medicina, ni Cirugía, si no tuvieren los grados y licencia de el (sic) Protomedicato, que disponen las leyes, de que ha de constar por recaudos legítimos. Y ordenamos a los fiscales de nuestras audiencias que sobre esto pidan lo que convenga: y que en las residencias se haga cargo a los ministros por la omisión en averiguar y ejecutar lo ordenado y así se guarde en cuanto a los lugares de españoles y no de indios…”. (Negrillas anotación del autor).

Por lo que se observa que la Ley era aplicable únicamente a los españoles y en sus lugares de asentamiento y no en los pueblos de indios.

El tribunal del Protomedicato fue creado por Decreto Real en 1628 extendiéndose posteriormente a la Nueva España y Perú durando hasta el México independiente durante diez años siendo suprimido en la Ciudad de México en 1831, diez años después de la Independencia de México. Habiendo sido durante esos doscientos años el máximo órgano de control y regulación de la salud y el ejercicio de la práctica médica en la antigua Iberia y la Nueva España. En México se encontraban muy atrasadas las leyes y reglamentaciones de los autorizados para ejercer la medicina como se nota en 1834, cuando se publicó un bando que conminaba a los médicos, boticarios y parteras reconocidos por la Junta que atendieran a los pacientes en la hora que fueran requeridos de manera inmediata, dicha ordenanza se basaba en las antiguas Leyes Novohispanas expedidas en el siglo XVIII por los virreyes Bucareli (1777) y Revillagigedo (1793). Lo peor era que no había una reglamentación del pago de sus servicios y a veces tenían que salir por la noche a atender a los enfermos y regresaban muy de madrugada con las manos vacías y si a ello, le aumentamos la competencia con los no profesionales, era terrible y mal pagado el ser médico titulado, partera o boticario. En la ciudad de México se empezó a establecer reglamentos para quienes ejercían la medicina por lo que el 4 de febrero de 1842, el Consejo Superior de Salubridad declaró a los curanderos como personas vagabundas que debían ser destinadas a ser llevadas obligatoriamente al servicio militar. Si lo anterior se llevó a efecto no encontramos indicios, pero al  menos existió la propuesta.

Desde esa época era muy importante la presencia en los tianguis y mercados de los pueblos de las vendedoras de las hierbas medicinales, aquí debemos aclarar que antiguamente, en los pueblos, el indio más anciano y por lo mismo con más autoridad, seleccionaba a varias niñas a las que al través del tiempo de crecimiento hacia la juventud y madurez, diariamente las llevaba a los bosques y al campo, donde les enseñaba a escoger hierbas secas y verdes para después de identificarlas les enseñaba a elaborar cocimientos, infusiones o ungüentos medicinas para sanar tanto a la gente como a los animales, muchos les llamaban brujas por su conocimiento y en algunos llegaban a inspirar temor, pero curaban… Ellas llevaron el saber curativo de las hierbas a las plazas, mercados y tianguis, siendo muy reconocidas en el México del s. XIX su ayuda a sanar principalmente a las clases bajas y menesterosas que poco podían pagar o nada a un médico.

Ya en el México independiente, se crea como órgano rector de la salud pública en el Distrito Federal, la Facultad Médica del Distrito Federal que dura 10 años (1831-1841), sustituyéndose por el Consejo Superior de Salubridad cuyas funciones continúan hasta después de iniciada la Revolución Mexicana (1917), uno de sus objetivos alcanzados fue desarrollar el primer código sanitario nacional (1891), cuyas acciones sanitarias marcadas en él, fueron iniciadas y difundidas por el presidente del Consejo Superior de Salubridad, Dr. Eduardo Liceaga. En el año de 1899 según el periodista y escritor Salvador Quevedo y Zubieta (1859-1935) ya existían en la ciudad de México aproximadamente cuatrocientos cincuenta médicos titulados, ciento cincuenta estudiantes de medicina y exestudiantes, más de cien farmacéuticos y ayudantes de botica, cincuenta homeópatas -10 titulados-, cincuenta parteras y comadronas, varios curanderos y charlatanes, treinta médicos –que se decían sin demostrarlo con documentos- y veinte médicos de origen extranjero. Estos cerca de novecientos personajes dedicados a la preservación de la salud, atendían a cerca de medio millón de habitantes del Distrito Federal, pero por las condiciones socio-económicas del pueblo, costumbres y la ignorancia, se deduce que la gran mayoría recurría a curanderos, yerberos, curahuesos y otros que emanaron del pueblo, así como a los charlatanes que de pueblo en pueblo y de plaza en plaza con una pasmosa verborrea inducían a los humildes pobladores y gente sencilla sin estudios principalmente a comprar sus “medicinas mágicas”, por lo que los médicos de profesión buscaban todos los medios legales para evitar el ejercicio de aquellos.

Así transcurrió el siglo decimonono en el que aparecieron varios de estos personajes trashumantes que de tiempo en tiempo llegaban a los pueblos y las ciudades en sus carretones ofreciendo sus servicios y algunos vendiendo pócimas milagrosas3 para cualesquiera de las enfermedades que les acongojaran, huyendo del lugar prácticamente a los pocos días antes que la población se diera cuenta del engaño.

México Siglo XIX
De aquí se deriva que en México en el siglo XIX, los charlatanes proliferarán por todas partes compitiendo con los médicos titulados, estudiantes de medicina,  los curanderos nativos y las comadronas existiendo estos dos últimos por experiencias propias y tradición transmitida de padres a hijos y que desde la niñez fueron aprendiendo el oficio convirtiéndose en los verdaderos transmisores de la herbolaria desde la época prehispánica a nuestros días. Los médicos titulados trataban de combatir en forma legal el ejercicio de todos aquellos que usurpaban su porfesión.

Antes de continuar debemos recordar que el México del siglo XIX fue caótico con tantos movimientos, alzamientos, pronunciamientos y guerras: 11 años de guerra de independencia; dos imperios –Iturbide y Maximiliano-; treinta gobiernos de diferentes tendencias: centralistas liberales, conservadores, etc.; tres guerras de intervención extranjera –la de los pasteles por los franceses, 1832; la Invasión Norteamericana, 1847 y la Intervención Francesa, 1862-; tres constituciones; una guerra de reforma o de los tres años; pérdida de la mitad del territorio por inoperancia de Santa Anna y una dictadura de treinta años y que rebasó los primeros 10 años del siglo XX. Por lo que todo el país se encontraba a la deriva y empobrecido en todos los aspectos sociales incluyendo los aspectos de salud. Lo que hizo que hasta que se estableció “La Pax Porfiriana” se fueran reglamentando los trabajos, las profesiones, la formación profesional y otras que por usos y costumbres se efectuaban sin orden, principalmente en el sector de la salud. En la ciudad de México mejoró la salubridad se mejoraron los hospitales, etc. pero en la mayor parte del país, seguían las mismas condiciones precarias de trabajo, salud, vivienda y pobreza.

Por lo anterior, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el pueblo en general empezó a reconocer a estos ejercitantes de las actividades de sanación sin título (que era lo que antiguamente marcaba el Protomedicato como ciencias médicas) y en general a todos los que pregonaban, ventas de curas milagrosas, curahuesos, flebotomianos, etc. con el término de charlatanes y posteriormente merolicos4. Existía la diferenciación con los indígenas que se dedicaban a curar ya que a estos en general les denominaban brujos, hechiceros, chamanes, curanderos, etc. según la región geográfica donde se encontraban y eran muy respetados por los pobladores indígenas del lugar e incluso por la gente de razón que habitaba en los alrededores; por ello que el charlatán o  merolico era aplicado a los que no eran indígenas y pregonaban sus productos en las plazas de los pueblos adornándose algunas veces con ropajes estrafalarios, animales, como búhos, culebras, aguilillas y otros más.

La pregunta es ¿De dónde viene la palabra merolico? Existen muchas líneas de referencia, la gran mayoría son mitos urbanos que con el tiempo se han desarrollado pasando de voz en voz o en escritos que no dan una referencia de origen, incluso es variable la fecha en que llega a México el personaje del cual se cree se derivó el término merolico y su origen. Por ello, vamos a describir algunos datos que hablan de Rafael Juan de Meraulyok (nombre que aceptamos por los documentos que existen en el AMO):

Según Francisco Javier Santamaría (1886-1963) en su diccionario de mejicanismos, en referencia al origen de la palabra merolico, escribe que  el periodista Luis M. Rivera (1859-1916)5 menciona que:

“Por los años de 1864 a 1865...llegó a la capital… un aventurero polaco que decía ser su nombre Meroil-Yock, y quien se hacía pasar por un gran médico, poseedor de drogas de infalible efecto para la curación radical de todas las enfermedades habidas y por haber, las cuales pregonaba en la mismísima plaza principal de la ciudad de Méjico (sic), desde lo alto de una carreta cubierta con un gran quitasol... Por lo pronto hizo bastante ruido el charlatán y se ganó buenas monedas, pero luego se descubrió que no era más que un pícaro embaucador incapaz de curar siquiera un constipado, y por esto, la ingeniosa sátira popular le adulteró el nombre Meroil-Yock por el de merolico, calificativo con que desde entonces designamos a los médicos ramplones y a los charlatanes...” 6.

Según lo anterior era de origen polaco aunque Alberto Peralta en su trabajo “Entre merolicos te veas” menciona que pudo ser suizo.

También es mencionado por Salvador Quevedo y Zubieta( 1859-1935)7 y Artemio del Valle Arizpe (1884-1961)8, en forma de anécdota, pero nombrándolo como Meraulyock, según Santamaría lo correcto es como lo nombran él  y Rivera: Meroil Yock, pero según vemos más adelante el firmaba como Meraulyok. Y para  los investigadores actuales Guillermo Murillo-Godínez (Médico Internista UNAM) y Claudia Agostoni (IIH-UNAM) el apellido es Merauliock. Siendo tan diversas las acepciones del apellido que nosotros tomamos el apellido con que firmaba y que aparece en documentos del archivo de Orizaba.

Escribe el Dr. Francisco de Asís Flores Troncoso (1855-1931) en su libro “Historia de la Medicina”, que debido a que no era fácil la pronunciación del apellido, Meraulyok, él acepta que el cambio se debió:

“…Por dificultad de pronunciar el nombre extranjero del afamado médico se le cambió por el de Merolico con el que se asemejaba por el sonido, y no solo se popularizó este, sino que así, al poco tiempo, se le empezó a decir en todo México a los desandados charlatanes que engañaban con embaucamientos e ilusiones y que, además, hacían sus engañifas alborotando a todo el mundo.”

En la Cronología Literaria de Vicente Quirarte (1954), en la página 181 se encuentra un párrafo en que se menciona:

“1879.- Aparecen en las calles anuncios del Dr. Meraulyok, quien proclama a voz en cuello extracciones de muelas sin dolor y otras curaciones milagrosas…”.

También encontramos en la revista Anfibia un artículo tomado del libro “Cuadros de México” de Artemio del Valle Arizpe que entre líneas menciona:

“Combatidos y aplaudidos, los charlatanes desafiaron la frontera entre lo culto y lo popular: hacen circular saberes entre las esferas culturales más diversas. En México, Meraulyock arrancaba muelas, quitaba la caspa, la pulmonía, la tos, los uñeros, las lagañas y los catarros. Mezcla de curandero y actor, terminaba su consulta en medio de grandes aplausos…”.

Es por tanto –según todo lo anterior- muy mexicano el término merolico y podemos definir que actualmente es:

“…el personaje que se encuentra en espacios abiertos y públicos de las ciudades, que se distingue por su forma de pregonar a viva voz —para llamar la atención, mediante un lenguaje repetitivo, rebuscado y a veces cantinflesco— sus productos, que son por lo común baratijas, (dudosos) remedios medicinales y objetos de propiedades mágicas… Este personaje trabaja en calles, plazas y jardines populosos, en donde suele marcar el suelo con gis (tiza), limitando su espacio de trabajo. Carga con maletas de las que extrae objetos tales como frascos con pomadas y líquidos diversos, hierbas, jabones, pieles y talismanes. Muy comúnmente lleva consigo culebras u otros animales que manipula a lo largo de su pregonar, para reforzar la atención del público que se concentra a su alrededor. Su discurso está siempre dirigido a mantener la atención con el firme propósito de convencer sobre las múltiples y maravillosas propiedades de sus mercancías”9.

















Dante Octavio Hernández Guzmán

1.- Flebotomiano del griego phlebos vena (por afinidad: sangre) y thomé corte. También flebótomo: Sangrador. De flebotomía: Hacer sangrar. Flebotomiano, sustantivo masculino, en medicina “sangrador”, sajador, Diccionario Enciclopédico Larrousse. RAE: hombre que tiene por oficio sangrar. Sajador: En España antiguamente: el que hace incisiones, sajar se tomaba como cortar para curar. Manuel Martínez Amezcua en su ensayo “Barberos sangradores y los sangradores flebotomianos en España”, menciona: “Los barberos sangradores y los sangradores flebotomianos fueron quizá los profesionales más característicos de la práctica empírica de la medicina en la España Moderna. Su ejercicio estuvo asociado a la vigencia de una técnica delegada de la medicina, la sangría, que diera lugar a sesudos enfrentamientos entre partidarios y detractores de sus indicaciones y eficacia terapéutica. Los sangradores alcanzaron un cierto reconocimiento social, pero su práctica siempre estuvo condicionada por su posición ambigua entre los profesionales titulados (médicos y cirujanos latinos) y otros empíricos sin formación cuyos métodos traspasaban a menudo los límites de la superstición.”.
2.- Ensalmador: Curandero, persona ignorante que tiene o a la que se le atribuye habilidad para componer las dislocaduras y roturas de huesos. Algebrista: en anatomía, persona que arregla las dislocaduras y roturas de huesos. Diccionario del uso del español, María Moliner, Editorial Gredos, Madrid, España, 2007.
3.- Una de las pócimas que nació como curativa en Estados Unidos es el actual refresco Coca Cola,  que fue creada en la farmacia de John Pemberton en 1886 en Atlanta, al buscar un remedio para el dolor de cabeza y las náuseas, al inicio se vendía el remedio a cinco centavos de dólar. Al siguiente año se convirtió en un éxito como bebida refrescante y su contador Frank Robinson, ideó el nombre y el logo que perduran a la fecha (2012) es una compañía que tiene en activos 477,200 millones de dólares, un capital social de 63,800 millones de dólares y un beneficio neto de 90,000 millones de dólares.
4.- En México, se dice del charlatán callejero, embaucador, por lo común curandero, que anuncia y encarece lo que vende, de ordinario baratijas, o medicinas, o artefactos de raras y maravillosas propiedades, a grandes voces y en lenguaje ampuloso, como para llamar la atención de los transeúntes.- También Charlatán en general: individuo presuntuoso que habla cosas sin sustancia.- Diccionario de Mejicanismos, Francisco J. Santamaría, Editorial Porrúa, México, 2005.
5.- Diccionario de Mejicanismos, Francisco J. Santamaría, Editorial Porrúa, México, 2005. Luis M. Rivera era socio corresponsal de la Sociedad Mejicana de Geografía y Estadística y autor del libro a que se refiere Santamaría “Origen y significación de algunas frases, locuciones, refranes, adagios y proverbios usados en la República Mejicana o en algunas regiones de ella”, Guadalajara, 1922.
6.- Diccionario de Mejicanismos, Francisco J. Santamaría, Editorial Porrúa, México, 2005. PP. 717-718.
7.- Artículo “El Lépero”, revista “Azul” editada por Manuel Gutiérrez Nájera, tomo II, número 2, p. 33.
8.- Libro “Cuadros de Méjico”, Artemio del Valle Arispe, México.
9.- Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana.- En línea.
10.- AMO, Caja 226, Gob., Salubridad, Licencia de título, Exp. 43, F. 6 b, 27/06/1880-03/07/1880.
11.- Protasio Pérez de Tagle, nació en la ciudad de México en 1839 y murió en la misma ciudad el 31 de julio de 1903; fue Secretario de Justicia e Instrucción Pública del 4 de junio de 1877 al 15 de noviembre de 1879.- AMO, Caja 226, Gob., Salubridad, Licencia de título, Exp. 43, F. 2 b, 27/06/1880-03/07/1880.
12.- Idem. En f.3 reverso. Según la transcripción de José Centeno Secretario del Ayuntamiento de Orizaba dice: “J. Guildomirety Notary Public. Philadelphia”.
13.- Idem. En f.5.
14.- Doctor en Cirugía Dental, Doctor en Medicina… décimo séptimo día de junio Año de Nuestro Señor 1879.
15.- “El Reproductor”, julio 18 de 1880, número 57, p. 3: “El señor Alfonso M. Tornel.- Nos ha remitido para su publicación, la siguiente carta.- Orizaba, julio de 1880.- Estimado amigo.- Sé que en esta población circulan rumores que lastiman en alto grado mi reputación, a causa de una miserable calumnia cobardemente divulgada por Meraulyok.- Esta razón me obliga a dirigirme a Ud. Para que por conducto de “El Reproductor” suplique al público suspenda su juicio, hasta qu quede terminada la averiguación que sobre el particular practican los tribunales.- Soy suyo afmo. Amigo.- Alfonso M. Tornel.- Sr. Juan C. Aguilar.- Presente.”.
16.- “El Reproductor”, julio 29 de 1880, número 60, p.2.
17.- “El Reproductor”, septiembre 2 de 1880, número 70, p.3.
18.- “El Reproductor”, noviembre 4 de 1880, número 88, p.3.
19.- “El Reproductor”, noviembre 28 de 1880, número 95, p.3.

Bibliografía:
Cuadros de México, Del Valle Arizpe, Artemio.- Edit. Jus, México, 1943, pp.431-439.
Diccionario del uso del español, María Moliner, Editorial Gredos, Madrid, España, 2007.
Diccionario de Mejicanismos, Francisco J. Santamaría, Editorial Porrúa, México, 2005. PP. 717-718.
Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana.- En línea.
Diccionario Enciclopédico de México, Humberto Musacchio.- Editor Andrés León.- México, 1990.
Diccionario Enciclopédico Larrousse.
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, 2003.
Historia de la Medicina, Flores y Troncoso, Francisco, México, 1886.

Documentos:
AMO, Caja 226, Gob., Salubridad, Licencia de título, Exp. 43, F. 6 b, 27/06/1880-03/07/1880.
AMO, Caja 292, Jefatura Política, Cárceles, Meraulyok Rafael J. de, queja al Superior Gobierno, Exp. 18, F. 5 b, 10/11/1880.

Hemerografía:
Periódico “El Reproductor” números de enero 1880-enero 1881.
Revista Anfibia, viernes 5 de octubre de 2012,  México, “Muelas y charlatanes” tomado de Artemio del Valle Arizpe.
Revista Azul editada por Manuel Gutiérrez Nájera, tomo II, número 2.







El libro… lo más notable del intelecto humano



Olga Fernández Alejandre
Colaboradora de Tlanestli
titama43@hotmail.com
   
 
Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo
que espera; olvidado, un alma que perdona;
destruido, un corazón que llora.
Proverbio indú

Todos los días, de uno u otro modo, vemos libros. Los tomamos, los sentimos, los recomendamos y algunas veces hasta los leemos; y en ocasiones los llegamos a prestar, aunque a veces no nos sean devueltos. Y me pregunto… ¿Nunca ha sentido la inquietud de cuestionarse qué hay detrás de un libro?, ¿Cómo fue que evolucionó para que llegara a nosotros tal como lo conocemos?
     John Milton aseveraba: “Un buen libro es preciosa sangre de vida de un espíritu magistral, embalsamado y atesorado con el propósito de dar vida más allá de la vida” ¡Y cómo no va a ser cierto! Si un libro va más lejos que la propia existencia del autor y, para bien o para mal, influirá en quién lo lee, dejando un caudal de ideas para la posteridad.
      Como es lógico suponer, el homo erectus primero comenzó a hablar, después a escribir. Al principio toda la información fue oral; con el tiempo, el hombre sintió la necesidad de plasmar dicha información. Así, el avance de la escritura resultó excitante y muy estimulante para el espíritu humano. Esta, es un conjunto de signos lingüísticos que permiten la transmisión y conservación del pensamiento humano. En tiempos antiguos, se decía que la escritura fue un regalo de los dioses.
      Cuando el mamut merodeaba por la tierra, allá en el amanecer del hombre, éste hacía dibujos en las rocas, las pintaba con arcillas coloreadas. Un ejemplo claro son las cuevas de Altamira (España) o Lascaux (Dordoña). A este tipo de dibujos se les denomina pictogramas. Los indios de Norteamérica eran expertos en este tipo de escritura.
      Quizá fueron los sumerios, pueblo muy antiguo que vivió al sur de Mesopotamia; quienes nos legaron los primeros libros en tablillas de barro llamadas “tuppu” que al pasar al latín el vocablo fue “Tábula”, y al español devino en “tabla”. Primero las escribían en arcilla blanda con signos en formas de cuñas llamada escritura cuneiforme, luego las cocían. Hasta nuestros días han llegado 22000 tabillas de lecturas completas sobre la vida diaria, política y religiosa de este pueblo, encontradas en lo que fue la biblioteca de la legendaria ciudad de Nínive.
     Para algunos estudiosos, el verdadero precursor del libro fue el rollo de papiro en el antiguo Egipto. En el museo del Louvre, se conserva un rollo con 18 columnas. Fue escrito hace 2500 años a.C. Además, los egipcios hicieron un increíble descubrimiento, a cada símbolo le pusieron un sonido; en ese momento había nacido el alfabeto, tiempo después lo retomaron los fenicios y a su vez pasó a los griegos y luego al resto del mundo conocido. Aquí en América, también el libro tuvo su apogeo con las culturas prehispánicas, ya sea gravado en la roca o en cortezas de fibras vegetales.
     Sin embargo, los que dieron un paso asombroso en la hechura de libros fueron los chinos; inventaron la forma de fabricar papel y varios métodos de impresión. Debido a la complejidad de su alfabeto y de los caracteres que usa esta lengua, los tipos móviles no representaban ninguna ventaja para ellos, como método de impresión. Pasaría mucho tiempo, antes de que el secreto de cómo hacer papel llegara a Europa. Se cree que fue a través de los árabes.
     La forma del libro, tal como la conocemos, se debe a la influencia de los romanos. Se forjaban a mano en pergamino de 2 a 3 con letra uncial (letras mayúsculas del tamaño de una pulgada). A la caída de Roma, y mucho tiempo después, el libro se refugió entre los monjes, en los conventos.
      Cuando se descubre cómo fabricar papel, en Europa, la materia prima es a base de deshechos de trapos de lino y algodón, contribuyendo a la mayor divulgación de la lectura, facilitando el estudio de las ciencias y demás aspectos en la erudición del hombre.
     Hablar del libro es hablar de imprenta y de una simbiosis estrecha entre uno y otra. Johannes Gutenberg (c. 1398 – 3 de febrero de 1468) nació en Maguncia, Alemania; tomó el apellido de su madre para que no desapareciera. Su ambición personal era perfeccionar un procedimiento que pudiera copiar los manuscritos. Asimismo, se propuso elaborar tipos móviles intercambiables; además, fabricó una prensa para tal función. Pero quizá su mayor invento haya sido el descubrimiento de una aleación de plomo con estaño para que fueran resistentes a la presión. Ya que los de madera u otros materiales se cuarteaban. También inventó la tinta para imprimir que, después de todo, no ha variado mucho hasta nuestros días. En ese momento nació la imprenta (1454-56): tal vez uno de los más trascendentales descubrimientos de la humanidad, y el que mayor influencia ha ejercido en la historia del hombre. El primer libro que imprimió Gutenberg fue la ya famosa Biblia, de 42 renglones, escrita en latín.
      Del siglo XV al XVIII, pocas fueron las innovaciones a la imprenta, pero en el siglo XIX se descubrió la máquina de vapor, que vino a revolucionar la actividad industrial y por ende a la imprenta; a partir de 1880 otro acontecimiento innegable ayuda en la elaboración de libros e irrumpe en su historia con fuerza avasallante: el empleo de la pulpa de madera para hacer papel como materia prima.
     En cuanto a la tipografía (escritura) del libro, vemos que en la época del renacimiento se basaba en los tipos romanos de la escritura uncial. Pero a partir del siglo XIX aparecen las primeras letras capitulares (letras mayúsculas al comenzar un capítulo, para resaltar su tamaño, o con adornos), entonces, hubo una variedad de formas y tamaños inspirándose en la época medieval ante los insignificantes tipos Post-renacentistas.
      William Morris, impresor inglés, sostenía que: “los libros deben ser de lectura fácil para no cansar la vista, ni turbar el intelecto por la excentricidad en la forma de las letras”. Fundó la escuela de diseño The Arts and Crafts Movement, famosa por modernizar el diseño y formación de libros.
     A finales del siglo XIX nace en Francia el Art Nouveau, con aportaciones nuevas a la tipografía del libro. Se emplean las letras con curvas de aspecto agradable y profusión de flores y vegetación, espacios amplios y una verdadera planeación del texto.
     Las ideas originales de Morris fueron retomadas en Alemania y se crea la escuela de diseño Bauhaus (Fundada por W. Gropius en 1919, comúnmente llamada la B). Esta es una mezcla de las dos anteriores, pero infundiendo su estilo propio. Su fin principal era rechazar los márgenes tradicionales y que la tipografía del libro fuese más funcional. Repudió todo lo renacentista y la escritura uncial, finalmente abolieron el uso de las mayúsculas y las decoraciones de letras como innecesarias. La “B” vino a añadir una nueva dimensión a la tipografía del libro y se abrieron nuevas corrientes modernistas en el siglo XX. Estableciéndose nuevas normas para el diseño no sólo de libros, sino también de carteles, anuncios, folletos, etc., con la incorporación de ilustraciones y fotografías.
     Después de 1920 los movimientos creativos no se hicieron esperar, se buscaron diseños prácticos sin reglas trilladas y fuera de moda. También influyó mucho en la hechura de los libros, vanguardias como el cubismo, el dadaimo y el constructivismo ruso, que contribuyó a darle su justo valor al espacio controlado.
      Por último, se dio el gran salto en la forma de generar libros, al introducirse después de la segunda guerra mundial los ordenadores (Computadoras) que, tiempo después, con el avance de la tecnología, vinieron a trasformar la formación y creación del libro de una manera drástica; se hacen nuevos procedimientos para transmitir información escrita, se amplían los conocimientos, incluso se abren nuevas carreras profesionales (Periodismo, Diseño Gráfico, Informática, etc.). El libro, al abatir sus costos, está al alcance de las grandes masas: Novelas, seriales, pasquines, comics, libros de texto, propaganda, revistas de todo tipo, etc. Se introduce y se perfecciona la selección de color. Sin embargo, con todos estos adelantos, la forma del libro no ha variado mucho desde la época de los romanos.
      ¿A usted le parece sencilla la elaboración de un libro o de cualquier impresión? Pues es bastante complicado y laborioso, ya que un buen número de personas intervienen en su fabricación. Aun con todo esto, y la tecnología que ha avanzado a pasos agigantados, el libro seguirá sujeto a su soporte, que ha sido y será la voluntad humana de dar vida permanente a un pensamiento, a una idea: a la imaginación.
     Julio Escobar, escritor, director teatral y de periódicos, aseguraba: la herramienta más maravillosa creada por el hombre ha sido el “libro”, que desarrolló la comunicación entre los hombres.
     A manera de corolario. retomo unas frases de Rubén Darío: “El libro, ¡Bendito sea! … pues con afán inaudito, vuela por el infinito con las alas de la idea.