miércoles, 8 de diciembre de 2010

México y su Independencia. Los movimientos por la Independencia antes de 1810

Por Dante Octavio Hernández Guzmán

            Es de importancia, establecer como antecedentes los movimientos anteriores a la guerra fratricida de 11 años que se conoce como gesta de Independencia y que provocó un derramamiento de sangre, empobrecimiento del pueblo, endeudamiento y la obtención del poder de México a partir de 1821, por aquél que combatió con furor a Morelos, Guerrero, Victoria y otros independentistas más y que al ver la coyuntura político-económica, no dudo en traicionar al virreinato para, primero, darse el abrazo con Guerrero en Acatempan, después enarbolar la bandera de las Tres Garantías  y por último firmar los Tratados de Córdoba con Juan de O’Donojú, nos referimos a Agustín de Iturbide.

            En este recorrido histórico de conjuras, pronunciamientos y denuncias, debemos fincar más nuestro trabajo en 1808, aunque hubo otro movimiento en 1809, se considera que el movimiento de Iturrigaray es el antecedente previo al Grito de Dolores.

            Antes del grito de Independencia dado por el cura Hidalgo en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, ya habían existido movimientos independentistas o al menos conspiraciones en contra del poder establecido, desde el inicio de la Colonia se cuenta la rebelión de los negros en la ciudad de México, siendo virrey don Antonio de Mendoza en 1537, quien al saber de la conspiración mandó a descuartizar a decenas de negros que se encontraban en prisión por el delito de rebeldía, pasando por la acusación a Martín Cortés 2º Marqués del Valle de Oaxaca y a su medio hermano del mismo nombre en 1565, la rebelión de los negros en Veracruz encabezados por el negro Yanga en 1579 hasta que lograron la primera zona libre de América en San Lorenzo de los negros para 1608:

“…el resultado de las negociaciones de el Yanga, fue la aceptación por parte del virrey para el establecimiento de un pueblo de negros, donde quedarían confinados aquellos evadidos hasta 1608, con libertad absoluta dentro de sus límites. Así, surge San Lorenzo de los negros en el año de 1609, doscientos años antes del inicio de la guerra de Independencia”1

            También debemos recordar la del indio Mariano en la Antigua Nueva Galicia – narrada por Lucas Alamán-, la de Jacinto Can Uc de los Santos  o Jacinto Can Ek (Castellanizado Canek) ahorcado en Yucatán el 14 de diciembre de 17612.

            Una conspiración que no es conocida en general fue la del irlandés Guillén de Lampard o Guillén Lombardo también conocido en inglés como William Lamport, quien llegó a la Nueva España en 1640 como espía siendo miembro de la corte de Felipe IV, al llegar, simpatizó con los indios y esclavos molesto por verlos sufrir con la “Calimba”3, hizo un complot escribiendo el primer documento de independencia de las Américas y declarando la independencia de la Nueva España, fue descubierto y juzgado por la inquisición y fue quemado en la hoguera. Por cierto, que es desconocido por qué en el Ángel de la Independencia en la ciudad de México, existe dentro de él una estatua inmediatamente después de la puerta principal, corresponde a Lampard, sitio que se ganó como precursor de la Independencia de México. Existieron otras defecciones  más, hasta llegar a la conspiración que se efectuó en la ciudad de México en 1808, que dadas las condiciones en que se encontraba España en esos momentos por la invasión napoleónica, el desmoronamiento de la autoridad real, la prisión que sufre por el pueblo en Aranjuez el primer ministro Manuel Godoy tipo venal e intrigante y de mala fe, amante de la reina que aprovechando las debilidades del gobierno del Rey Carlos IV, le había preparado el camino a la invasión a Francia bajo el pretexto de atravesar España para llegar a Portugal por haber favorecido a Inglaterra, por lo que tuvieron que huir a Brasil, misma acción que pretendía Carlos IV y su corte, lo que ocasionó que las Cortes de España se dividieran, formándose un grupo que encabezaba el Príncipe de Asturias Fernando, primogénito de Carlos IV, al ver la invasión a Portugal por el imperio napoleónico; Napoleón empezó a exigir al imperio español la cesión de terrenos para Francia, al ver las condiciones la familia imperial junto con Godoy pretendieron huir a América –igual que los de Portugal-, pero fueron descubiertos y Fernando de Asturias mandó a aprehender a Manuel Godoy por traidor, dos días después, el 19 de marzo de 1808, el rey Carlos IV abdicó a favor de su hijo proclamándose al príncipe como el Rey Fernando VII.

“El partidarismo, la traición y la disensión ayudaron al … emperador de Francia, que pronto persuadió a Carlos IV de que se retractara de su abdicación, e invitó al padre y al hijo a Bayona dentro del territorio francés y obligó a ambos a renunciar a toda pretensión al trono español.”4

            Dos meses después José Bonaparte, hermano de Napoleón, fue proclamado como rey de España, lo que produjo una serie de movimientos guerrilleros en todo el territorio  de la península ibérica, el pueblo resentido a escala nacional, proclamaba a José como el usurpador y esperaba y clamaba por Fernando VII como su legítimo gobernante, nombrando al hermano de Napoleón como “Pepe Botella” por su afición al vino.

            Mientras tanto, esto propició que en la Nueva España creyeran que la madre patria  no podría resistir los embates de los ejércitos de Napoleón Bonaparte, y al imponer éste a su hermano José, el Virrey don José de Iturrigaray, en unión de los miembros más influyentes del Ayuntamiento de México, empezaron a urdir en forma velada, una estratagema que llevaba como objetivo la independencia de la Nueva España, para ofrecerle el trono a su amado Rey Fernando VII.

            Los principales participantes fueron en unión de Iturrigaray, los licenciados Juan Francisco Azcárate y Francisco Primo de Verdad y Ramos, respectivamente, regidor y síndico de la corporación municipal de México, así como también fr. Melchor de Talamantes Salvador y Baeza (nacido en Perú), los primeros, hombres influenciados por la Ilustración de fácil palabra y amplios conocimientos en Derecho, Teoría Política y Cultura; fr. Melchor con una gran erudición filosófica que le permitió dar a conocer un ensayo de su autoría el 23 de julio de 1808, cuyo nombre rezaba: “Congreso Nacional del Reyno de Nueva España”,  disertación con la que pretendía demostrar el derecho de la Nueva España a formar un congreso con la facultad de deliberar qué funciones desarrollar y el sistema de gobierno que deberían adoptar mientras estuviera prisionero Fernando VII, Rey de España, sosteniendo la tesis de que la soberanía “es un poder que existe siempre radicalmente en la nación y a los Monarcas se ha confiado solamente su ejercicio”5. Ellos fueron los primeros en visualizar la situación en la península y la oportunidad de lograr aprovechando las condiciones, la independencia sin derramamiento de sangre, creían poder alcanzar la transición en forma pacífica.

            Es seguro que Azcárate, hombre muy cercano al virrey, sembrara en él las ideas libertarias y de emancipación de la Nueva España para ofrecérsela a Fernando VII, siendo Iturrigaray la cabeza del movimiento.

            Abundando en la historia, este movimiento se gestó en 1808 y se descubrió al darse cuenta los peninsulares de los objetivos que pretendían los miembros del Ayuntamiento encabezados por el virrey Iturrigaray6, los españoles cayeron en cuenta que de realizarse las pretensiones de los conspiradores, sería el fin de la hegemonía del Imperio Español y la pérdida de muchos sus privilegios, por lo que Gabriel J. de Yermo, rico hacendado y dueño de extensas tierras e ingenios, oriundo de la provincia de Viscaya, desarrolló una conjura contra el Ayuntamiento, la que fue apoyada por los comerciantes de origen español radicados en la ciudad de México, debido a el ascendiente que tenía Yermo en ellos; tuvieron un éxito inmediato, logrando poner en prisión al virrey Iturrigaray, el Lic. Cristo, Juan Francisco Azcárate, el fraile mercedario fr. Melchor de Talamantes  y el Lic. Francisco Primo de Verdad, el 15 de septiembre de 1808, siendo éste último enviado a las cárceles de Arzobispado de la ciudad de México y muriendo misteriosamente en la madrugada del 4 de octubre, sin que se supieran las causas. Al virrey Iturrigaray lo enviaron a la cárcel de la Inquisición el 17 de septiembre estando recluido en la habitación del inquisidor Bernardo del Prado y Ovejero en el convento de los padres Betlemistas; su esposa e hijos permanecieron hospedados en el convento de religiosas de San Bernardo. Hubo aprehensiones de otros conspiradores criollos que participaron activamente a favor del movimiento.

            En el caso de fr. Melchor de Talamantes, fue hecho prisionero y enviado a las mazmorras de San Juan de Ulúa donde falleció en 1809.

            Todo ocurrió antes de poder enviar Iturrigaray su informe del estado de las cosas en la Ciudad de México, a todas las provincias y poblaciones de la Nueva España.

            De inmediato, fue nombrado como virrey uno de los participantes con Yermo en el movimiento, don Pedro Garibay, Mariscal de Campo, quien al poco tiempo es removido y en su lugar nombran como Quincuagésimo Octavo Virrey al Obispo de México Francisco Javier Lizana y Beaumont, quien se dedica a administrar el virreinato dejando sus labores eclesiásticas en manos del inquisidor Juan Alfaro.

            Los hechos ocurrieron con mucha rapidez, ya que el 16 de septiembre de 1808, a las siete de la mañana, don Francisco Ximénez, lanzó una proclama7 cuyo encabezado rezaba: “Proclama fixada en todas las esquinas de esta Capital a las siete de la mañana de orden superior” (sic). Por medio de ella, se daba a conocer a los súbditos de México y toda la Nueva España, que por mandato real del presidente del real acuerdo, del Arzobispo de México y todas las demás autoridades de incumbencia, que “la necesidad no está sujeta a leyes comunes”, por lo que el pueblo había apresado al virrey José de Iturrigaray, ya que el  mismo pueblo había pedido su separación del cargo por razones de utilidad y conveniencia general, y que el mismo pueblo había convocado a un acuerdo, cuyo resultado había sido la separación del cargo del Sr. Iturrigaray, así como al tiempo el nombramiento del Mariscal de Campo don Pedro Garibay, quien había jurado como jefe supremo del Reino en el Real acuerdo a las seis de la mañana de ese día, y que a las once había sido reconocido por todas las autoridades.

            Esta proclama fue publicada a las doce del día viernes 16 de septiembre de 1808, en la “Gazeta extraordinaria de México”8.

            Todavía en 1809 se dio otro intento de conjura en Valladolid (hoy Morelia), acaudillado por militares, clérigos y civiles, entre ellos el capitán 1º don José María García Obeso, el teniente Juan Mariano Michelena, Manuel Ruiz Chávez, cura de Huango; fr. Vicente de Santamaría, fraile franciscano; el comandante Marino Quevedo y los licenciados José Nicolás Michelena, J. Soto Saldaña y José María Izazaga; de inmediato empezaron a ampliar el círculo de adeptos entre los que se encontraban: el capitán Ignacio José Allende, Mariano Abasolo, José María Abarca, Luis Correa, entre otros, siendo su fin el desconocimiento del virrey y crear una junta que llevara la administración de la Nueva España.

            El virrey tenía una red de espionaje en todas las poblaciones importantes de la Nueva España, formada por aquellos que eran encargados de los asuntos oficiales como la renta del tabaco, el fiel contraste, la hacienda pública, etc. Por lo que el 21 de diciembre de 1809 es denunciado y aprehendido fr. Vicente Santamaría. El virrey dio poca importancia al movimiento y al saber los nombres de los disidentes, sólo ordenó la remoción de algunos y a otros como García Obeso lo envió a San Luis Potosí, a los hermanos Michelena los llevó a México y a Juan Mariano lo envió a Xalapa, mandando a sobreseer la causa en enero de 1810, aduciendo que no encontraba pruebas suficientes en su contra, provocando la indignación del grupo hispano que lo había llevado al poder; esta fue la causa de su remoción, ya que la Junta de Aranjuez dictó por su debilidad y falta de interés al gobierno de la Nueva España, su remoción, disponiendo que entregara el gobierno a la Audiencia el 8 de mayo de 1810.

            Es probable que por ello, las reuniones literarias que se efectuaban en Querétaro no se hayan tomado en cuenta, y fue hasta la remoción de Lizana, que en septiembre se precipitaran las condiciones para el inicio de la primera fase de la guerra por la independencia, estando el nuevo virrey Francisco Javier Venegas de Saavedra Rodríguez en Xalapa, a días de haber desembarcado cuando recibió la noticia del grito de Dolores.

Notas:
1).- Sánchez de Anda, Guillermo.- Yanga, un guerrero negro.- Círculo Cuadrado, Hoja Casa editorial S. A. de C. V.- México, 1998.
2).- Ver: Andrés Henestrosa en Jesús Avitia.
3).- Calimba, marca de fuego que se ponía a todos los esclavos en los dominios de España. En la nueva España a partir del siglo XVI, existió la costumbre de marcar a esclavos africanos con la calimba o marca de fuego de los capitanes negreros que los introducían al país, similares a los usados para marcar al ganado. Las marcas se “encajaban” en la cara de los varones, en los pechos de las mujeres y esporádicamente en brazos o piernas de ambos. Las marcas mas comunes fueron las cruces y “Jesuses” denominación que corresponde “JHS” y que se usaban para demostrar que los esclavos habían sido cristianizados. También se usaron letras Griegas y Romanas, clavos y estrellas, así como diferentes figuras hasta llegar a los monogramas de los capitanes “negreros” ; por ejemplo, la Real Compañía Portuguesa de Guinea los marcaban con letras CR en el brazo izquierdo o bien los de la compañía inglesa mostraban una marca más complicada en la parte izquierda  del torso. Después de los “Asentistas”, que eran los comerciantes de negros que contaban con licencia de la corona Española para operar, y que constituían verdaderas compañías. En el año de 1784 por Cédula Real, se prohibió marcar con Hierro Ardiente, el rostro, los pechos o las espaldas de los negros llegados a Veracruz “por ser práctica Opuesta a la Humanidad”. Es decir que desde 1521 hasta ese año se observó la costumbre de marcar los esclavos que pasaban por tantos dueños que ya no había lugar en su cara para grabar la señal “Infamante”. (Victoria Jolly)
4).- Wilbert H. Timmons.
5).- AGN, Grupo Documental Historia, Vol. 586, tomo 1, fojas 202-225.
6).- Hdez. Guzmán Dante Octavio.- Orizaba en al Independencia.
7).- Hdez. Guzmán Dante Octavio.- Orizaba en la Independencia pp.19-21.
8).- Hemeroteca Nacional de México, Fondo Reservado, sin clasificación, tomo XV, No. 97, pp. 679-680.


Bibliografía:

-          Avitia, Jesús.- Historia del corrido en México.- FCE.- México.
-          Diccionario de Real Academia Española, (DRAE).
-          Hernández Guzmán, Dante Octavio.- Orizaba en la Independencia.- Comunidad Morelos S. A. de C. V.- Orizaba, Veracruz, México, 2002.
-           Sánchez de Anda, Guillermo.- Yanga, un guerrero negro.- Círculo Cuadrado, Hoja Casa editorial S. A. de C. V.- México, 1998.
-          Timmons, Wilbert H.- Morelos, Sacerdote, Soldado, Estadista.- FCE.- México, 1983.

Documento AGN:
                AGN, Grupo Documental Historia, Vol. 586, tomo 1, fojas 202-225.
                Hemeroteca Nacional de México, Fondo Reservado, sin clasificación, tomo XV, No. 97, pp. 679-680.

                

La educación rural que impulsó la Revolución Mexicana

A los maestros de las Misiones Culturales
 Lisardo Enríquez L.
La educación tuvo sus fluctuaciones, sus realizaciones y sus insatisfacciones en lo que fue el proceso de construcción de la Revolución Mexicana, reflejo fiel de lo que aconteció en el marco más general de la situación del país. Con la Constitución de 1917 se dieron los primeros pasos para hacer posible la reconstrucción de la nación. El Artículo tercero aprobado por los constituyentes, relativo a la educación, fue el adecuado a las circunstancias y necesidades del momento, no el texto que Carranza había propuesto, en el cual no había avances importantes como resultado del movimiento social que pretendía cambiar el estado de cosas.
En el Gobierno del General Álvaro Obregón, en 1921, se restablece el ministerio de educación que había suprimido años antes Venustiano Carranza, y se crea con el nombre de Secretaría de Educación Pública (SEP), que es como se denomina hasta la fecha. José Vasconcelos, primer Secretario, realiza una labor gigantesca en los aspectos de la cultura y la educación, que se considera nadie ha superado todavía. Promueve en particular la educación rural, ya que en aquellos años la población campesina era la mayoritaria, y la que había contribuido más a la revolución. Este breve texto se propone dar algunos elementos relativos especialmente a la educación rural generada por el ímpetu de la Revolución Mexicana, es decir, entre 1921 y 1940.
Para tener una idea más exacta de quien fue el hombre que impulsó la cultura y la educación en forma tan notable, hay que citar las palabras de Cosío Villegas, quien dice: <<Vasconcelos personifica las aspiraciones de la revolución como ningún otro hombre llegó a encarnar, digamos la reforma agraria o el movimiento obrero. En primer término, Vasconcelos era lo que se llama un intelectual, en segundo, era lo bastante joven no sólo para haberse rebelado contra él, sino para tener fe en el poder transformador de la educación; en tercero, Vasconcelos fue el único intelectual de primera fila en quien un régimen revolucionario tuvo confianza y a quien dio autoridad y medios de trabajar. Esa conjunción de circunstancias, tan insólita en nuestro país, produjo también resultados insólitos>> (1)
La Escuela Rural Mexicana
Vasconcelos se propone redimir a las masas campesinas a través de la educación. Antes de que se creara la SEP, fue Rector de la Universidad Nacional, y ahí emprendió la primera campaña de alfabetización, con voluntarios que la apoyaron. Ya como titular de la Secretaría se propuso hacer  un vasto programa de educación rural. No era fácil, porque no había maestros preparados para ir a las comunidades rurales. Entonces, se improvisaron profesores, para lo cual se nombraron maestros misioneros que tenían como tarea recorrer las zonas rurales para localizar, en cada lugar, al joven o a la joven que tuviera más estudios, que sólo excepcionalmente llegaba al sexto grado de primaria, y que estuviera dispuesto (a) a enseñar a los demás. El misionero lo capacitaba en su papel de maestro, después buscaba en dónde podía funcionar la escuela rural, y si no había un local se organizaba con los pobladores para construirlo. Dejaba al joven o a la joven instalado (a) como maestro (a), con su nueva escuela y un pequeño sueldo que recibiría de manera constante. Así fue como comenzó todo.
No se trataba de una improvisación absoluta. Había la idea de ir dando una mejor preparación a estos maestros rurales poco a poco. Sin embargo, se pensaba que era mucho mejor la utilización de los recursos humanos de las propias comunidades, para garantizar su permanencia en ellas. De esta manera se fue creando un sistema que se conocería con el tiempo como Escuela Rural Mexicana, que es la primera de las aportaciones educativas de la Revolución. La característica de esta Escuela radica en que la comunidad en su conjunto era motivo de su acción, es decir, los niños, los jóvenes y los adultos constituían su universo de trabajo; y en que daba énfasis a las necesidades básicas de la misma, las que procuraba resolver con la participación de todos sus habitantes. Es esto lo que la hizo diferente de cualquier otro tipo de escuela rural y lo que le dio su originalidad.
La escuela rural surgió sin planes y sin programas específicos. Cada maestro puso a funcionar su imaginación y a pensar en lo que las personas y la comunidad requerían, y de esa manera fue implementando su acción. Esta escuela, que se consideraba era la Casa de la Comunidad, dio resultados, y por eso se le reconoció en muchas partes del mundo, porque era una creación de los mexicanos. Era una escuela para la vida. El centro de todo era la comunidad.
La Escuela Normal Rural
Crear una escuela rural con las características descritas, daba muy buenas ventajas en las condiciones en que se encontraba el país. Y no había otra forma de empezar para atender a los campesinos. Pero también presentaba necesidades que se tenían que resolver de manera práctica y rápida. El problema principal era disponer de un sistema para la preparación y capacitación de los maestros. Se crearon dos tipos de instituciones para cubrir esta necesidad, que son otras dos invenciones fundamentales de la Revolución Mexicana en materia educativa en esta primera etapa de construcción: las Escuelas Normales Rurales (que en un principio se llamaron Escuelas Normales Regionales) y las Misiones Culturales. La primera Escuela Normal Rural se creó en Tacámbaro, Michoacán, en 1922. La multiplicación de este tipo de escuelas no fue inmediata, primero se experimentó y después se elaboraron las bases que establecieron sus fines y su organización. En esas bases se declaraba que estas escuelas normales tenían como objetivo preparar maestros para las escuelas de las comunidades rurales y de los centros indígenas de población, mejorar la preparación de los maestros en servicio e incorporar al progreso general del país a los núcleos de población rural, de las áreas donde se establecieran estas escuelas.
La primera condición para que estas escuelas cumplieran con sus propósitos, era que se establecieran en el campo cerca de una escuela rural, la que aprovecharían para las prácticas pedagógicas. El plan de estudios abarcaba dos años distribuidos en cuatro cursos semestrales, con materias de carácter general, profesional y práctico. Entre las primeras estaban lengua nacional, aritmética y geometría, ciencias sociales, estudio de la naturaleza, dibujo, música y canto. Entre las segundas estaba conocimiento científico del niño, principios de la educación, estudio de la vida rural, organización social de las comunidades, organización y administración de escuelas, métodos y prácticas de enseñanza. Entre las prácticas se consideraba la agricultura, los oficios e industrias y la economía doméstica. Esta última estaba destinada a las mujeres solamente.
El reglamento para el ingreso de alumnos estipulaba que éstos deberían ser de la misma región en donde estaba establecida la escuela normal. En 1926 había apenas 3 escuelas de este tipo y para 1931 llegaba a 16 su número. Estas escuelas dieron un gran servicio a la nación durante mucho tiempo, pero resultaron un foco de peligro para el sistema económico  y para el sistema político. Por esa razón se fueron cerrando varias de ellas, quedando a la fecha muy pocas. De las normales rurales salieron profesores críticos y con una conciencia clara de mover a los campesinos para cambiar su situación de pobreza y la de sus comunidades. Uno de los problemas a que se enfrentó el sistema de escuelas normales rurales años después, consistió en que se aceptaba a alumnos que no eran originarios de las zonas rurales.
Las Misiones Culturales
Mucho se ha discutido sobre quien fue el creador de las Misiones Culturales. Se olvida que Vasconcelos era el ministro, que era el principal promotor de todo lo que se hacía y que tenía muchas ideas para poner en práctica. Precisamente la idea de que el maestro fuera un misionero era de él. Pensaba en la labor de los misioneros españoles principalmente, pero también en los educadores místicos y religiosos como los hindúes y los pitagóricos. En ese sentido, Vasconcelos sostenía que los maestros deberían ser verdaderos apóstoles. Por eso a los primeros maestros que se envió para que fundaran escuelas rurales por los distintos rumbos de México se les llamó misioneros.
Pero se trataba de ir más allá. La idea era integrar unas escuelas ambulantes que se desplazaran a las zonas rurales a capacitar a los maestros en su propia región. En esto trabajaron el diputado federal José Gálvez, el Oficial Mayor de la Secretaría de Educación Pública Roberto Medellín y el Profesor veracruzano Rafael Ramírez Castañeda. Este último, antes de participar en esta nueva experiencia, era inspector escolar en el Distrito Federal. Se forma entonces la primera Misión Cultural con seis de los mejores maestros de la Ciudad de México, y se instala en el poblado de Zacualtipán, en el estado de Hidalgo, en el mes de octubre de 1923. El trabajo que realizaron los maestros de esta escuela itinerante fue satisfactorio, por lo que se tomó la decisión de crear más grupos de Misión. Así, en 1926 había seis Misiones Culturales y en 1930 eran un total de catorce.
La Misión Cultural tenía maestros especialistas en diversas ramas. El Jefe, equivalente a un director, tenía que ser muy preparado pedagógicamente, ya que estaba encargado de capacitar a los maestros rurales en métodos de enseñanza y en organización escolar, de acuerdo a las corrientes modernas y a las necesidades de las comunidades. Los demás especialistas del grupo se encargaban de las actividades de higiene y educación física, agricultura, artesanías rurales, carpintería y música. Posteriormente se agregaron otras especialidades. La manera en cómo trabajaban era la siguiente: Se establecían durante cuatro semanas en un poblado que fuera el centro de una región, donde hubiera una escuela rural, y a ese lugar llegaban los maestros de los lugares circunvecinos. Ahí se realizaba un curso intensivo al que le llamaban Instituto. La localidad, a su vez, era objeto de un proyecto piloto de desarrollo comunitario. La idea, a largo plazo, era incorporar en forma plena a todos los poblados rurales a la vida nacional, mejorando sus condiciones económicas,  culturales y de salud.
Desarrollo de la educación rural de 1925 A 1930.
Durante el gobierno del General Plutarco Elías Calles, quien había sido maestro, el sistema de educación rural creció. En este periodo se establecieron cinco mil escuelas rurales y se amplió en forma considerable el campo de acción de las Misiones Culturales. Durante los años de 1925 a 1930 van a influir de manera determinante en estas actividades Moisés Sáenz y Rafael Ramírez. En una de sus obras, el maestro Isidro Castillo sostiene que en esta etapa <<la Escuela Mexicana, particularmente en su modalidad rural, alcanzó los momentos más culminantes de su desarrollo en cuanto a doctrina y realizaciones>> (2). Raúl Mejía Zúñiga sostiene que <<Si Vasconcelos inicia la obra, Sáenz la consuma>> (3). Sin embargo, otras afirmaciones sobre la valoración de lo que ocurrió en ese tiempo con la educación rural, expresan que en esos años se cuidó más la técnica y la organización, pero el entusiasmo de la época de Vasconcelos comenzó a desaparecer (4). Aparte de la aportación de Sáenz a la educación rural, hay que decir que a él se debe la creación del sistema de secundarias, el cual se inicia con cuatro escuelas en el Distrito Federal, en el año de 1926.

                                  La Escuela Regional Campesina
En octubre de 1931 se hace cargo de la Secretaría de Educación Pública el Lic. Narciso Bassols, y permanece al frente de ella hasta mayo de 1934 solamente. Un periodo breve pero fecundo para la educación del país. Algo tenía en común con Vasconcelos: ambos eran intelectuales, pero también hombres enérgicos y de mucha acción. Una diferencia está en que Bassols era marxista. La primera tarea que realizó fue de investigación. Durante los meses que le quedaban del año de 1931, recorrió el país conociendo las escuelas, verificando personalmente lo que se estaba haciendo, preguntando a los maestros y a los pobladores su opinión respecto a las actividades que venían realizando en el aspecto educativo, así como tomando apuntes de todo. Deseaba saber cuáles eran los logros, las deficiencias, los recursos con los que se trabajaba y las posibilidades de avanzar.
Quienes estuvieron cerca de él cuando recorrió las escuelas para conocer cómo estaban funcionando, escucharon palabras como éstas: <<La escuela rural se está volviendo un mito, algo tan exclusivamente emocional y carente de contenido, que puede convertirse sin esfuerzo alguno en el mito demagógico más perjudicial para su propio desarrollo y superación>> (5). Con los resultados del balance del sistema de educación rural, entre 1932 y 1933 se llevaron a cabo reformas. Si bien entre 1921 y 1930 el acento estaba en lo social y en la comunidad, ahora la educación rural tendría un sentido marcadamente económico y regional.  La idea era que la escuela se enfocara a resolver las necesidades económicas de los pobladores de las zonas rurales, y que se tomara a la región natural como unidad geográfica y social del campo de trabajo, considerando todos los aspectos de la vida,  proporcionando capacitación técnica, promoviendo el desarrollo económico y generando la organización adecuada para la producción. En congruencia con el pensamiento de Bassols, se buscaba que hubiera un proceso de tendencia colectivista.
Es así como a fines del mes de octubre de 1932 se crearon las Escuelas Regionales Campesinas, cuarta invención propia de la Revolución, con el propósito de que la enseñanza agrícola, ganadera e industrial, así como la formación normal rural, tuvieran en cuenta las condiciones regionales donde funcionaran estas escuelas, considerando que serían muy diferentes en distintas zonas del país. 
Cada escuela regional campesina se formó aprovechando instituciones ya existentes que se fusionaron: una escuela central agrícola (las cuales estuvieron adscritas anteriormente a la Secretaría de Agricultura), una escuela normal rural y una misión cultural. En ésta última se sustituyó su carácter itinerante y se convirtió en institución permanente en cada región seleccionada. Los propósitos de las Escuelas Regionales Campesinas eran: 1. Preparar maestros rurales; 2. Dar cursos básicos de agricultura, así como de artes y oficios; 3. Realizar estudios e investigaciones regionales de tipo social y económico y; 4. Servir como centros rurales de servicio social.
 Los estudios en estas escuelas tenían una duración de cuatro años: En el primer año se completaban los estudios de primaria, porque la mayoría de los alumnos había llegado solamente al cuarto grado de la misma; en el segundo año y en el tercero se realizaban estudios de enseñanza agrícola e industrial; y en el cuarto los relacionados con la enseñanza normal. Con estos estudios se realizaban dos carreras, la de práctico agrícola con tres años, y la de maestro rural con los cuatro que incluía el plan de estudios. La idea era incorporar otras carreras que ya se preveía eran necesarias. Incluso, se pensaba que más adelante surgiría un nivel más alto que podría ser algo así como la universidad campesina o la universidad tecnológica del campo. En el breve tiempo en que el Lic. Bassols fue titular de la dependencia se crearon un total de seis escuelas de este tipo. Hay en particular dos colaboradores de Bassols que van a ser los puntales en las reformas que emprende: Manuel Mesa Andraca en el diseño y organización de la educación rural, y Luis Enrique Erro en el establecimiento de las bases para el desarrollo de la educación técnica, la cual culminará con la creación del Instituto Politécnico Nacional en 1937.
En el primer gobierno sexenal, en el que es presidente el Gral. Lázaro Cárdenas, se desarrolla este sistema de escuelas y llegan a un total de treinta y tres. John A. Britton, estudioso de la realidad educativa mexicana de esos años, dice: <<La Escuela Regional Campesina, sin duda más eficiente que sus predecesores inmediatos, en sus 7 años de vida no logró sacudirse la enfermedad hereditaria de las escuelas rurales: la pérdida de graduados a favor de la ciudad. En un sentido más amplio, parece que Bassols se enfrascó en una lucha titánica contra las primeras oleadas de la marea de urbanización que sumergió a México después de 1940>> (6).
El Gral. Cárdenas puso todo su empeño para apoyar la educación popular, en especial la rural y la indígena. Por esto último se le llegó a considerar el presidente indigenista, y seguramente por eso mismo es que los indígenas le llamaban Tata Lázaro. Durante su gobierno se realizaron ocho congresos indígenas en los que se analizaron las condiciones en que vivían estos grupos, sus necesidades y las medidas que se requerían para resolverlas.
Aunque hubo otras instituciones educativas que se crearon durante los años aquí tratados, no se han descrito porque no representaron una innovación de la que se recogieran resultados palpables de su buen funcionamiento; tal es el caso de la Casa del Estudiante Indígena y de las escuelas de circuito, por citar dos ejemplos.
Para cerrar este breve recuento y análisis de la educación rural de la revolución, es importante citar a David L. Raby, otro estudioso de ella, quien dice: <<El experimento que más éxito tuvo en el campo de la educación rural en la década de 1930 a 1940, fue sin duda la creación de las escuelas regionales campesinas, iniciada por Bassols y continuada bajo Cárdenas. . . pero. . .Por fin se reconoció que la escuela podía producir un cambio permanente en la vida campesina sólo si era parte de un programa más amplio de desarrollo al que contribuyeran todas las dependencias del gobierno. . . El abandono completo de este sistema en 1941 no puede ser considerado más que como una medida retrograda>> (7).
Después de 1940 se establece un plan de estudios único para toda la república, con lo cual desaparece la educación rural con sus características propias. Las escuelas regionales campesinas son clausuradas, por lo que las escuelas normales rurales vuelven a su actividad de origen, pero con presupuestos precarios, y se van clausurando varias de ellas, como es el caso de la “Enrique Rodríguez Cano” de Perote, Ver., que se cierra a fines de los años sesenta del siglo anterior. Las Misiones Culturales, con los propósitos que se han descrito, son suspendidas en 1938 por los conflictos de intereses que se venían dando en el campo mexicano. El gobierno del Gral. Manuel Ávila Camacho las restablece  en 1942, pero es Don Jaime Torres Bodet en su primera oportunidad como Secretario de Educación Pública, quien les da un fuerte impulso y la responsabilidad de promover el desarrollo de la comunidad rural, atendiendo poblados campesinos marginados, a los que se ofrece, además,  capacitación para el trabajo y educación básica para los adultos.
                                   REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
(1)        Monroy, Huitrón Guadalupe, Política educativa de la Revolución (1910-1940), Ed. SEPSETENTAS Num. 203, Secretaría de Educación Pública, México, 1975, p.22.
(2)        Castillo, Isidro, México y su Revolución Educativa, Academia Mexicana de la Educación, A.C., Editorial PAX-MÉXICO, Segunda Edición, México, 1968, p.283.
(3)        Castillo, Isidro, México: sus revoluciones sociales y la educación, tomo 3, Gobierno del Estado de Michoacán, México, 1976, P. 271.
(4)        Cfr. Monroy, Huitrón Guadalupe, Op. Cit., p.24.
(5)        Castillo, Isidro, México: sus revoluciones sociales y la educación, tomo 3, Gobierno del Estado de Michoacán, México, 1976, p.361.
(6)        Britton, John A., Educación y radicalismo en México, 1.Los años de Bassols (1931-1934), Ed. SEPSETENTAS Num.287, Secretaría de Educación Pública, México, 1976, p.72.
(7)        Raby, David L., Educación y revolución social en México (1921-1940), Ed. SEPSETENTAS Num. 141, Secretaría de Educación Pública, México, 1974, pp.44-45 y 48.




ENFOQUE EN LOS PROCESOS: OPORTUNIDAD DE MEJORA CONTINUA PARA LA EDUCACIÓN

Por:Víctor Manuel Vásquez Gándara
Si a través del enfoque al cliente se visualiza la vinculación entre el ámbito académico y las necesidades sociales constituyéndose como una alternativa de mejora de la calidad educativa, el enfoque en los procesos, otorga la posibilidad de análisis de las diferentes actividades relacionadas con la educación para contribuir a la mejora continua y  logro de la calidad.
Son diversos los procesos dentro de la complejidad educativa, entre los que se pueden mencionar: enseñanza-aprendizaje –y subprocesos; evaluación institucional; evaluación docente, de aprendizajes; curricular, de la práctica docente; diseño curricular, política educativa…

Aun ante la obviedad de que todo proceso tiene un principio y un fin, debe señalarse que, en la práctica poco se reflexiona sobre él y todo lo que implica.
En consecuencia, desde este espacio se busca precisar sobre la necesidad de un análisis de los procesos, ejemplificando sucintamente con el proceso de la práctica docente y así proponer una de las aportaciones de la filosofía de la calidad aplicada a la educación: implementación de principios de gestión de calidad en aras de mejora de calidad educativa, abordando ahora el enfoque en los procesos –uno de los ocho principios en la gestión de la calidad.
Previo a la ejemplificación se cree pertinente definir el concepto de proceso. La Real academia Española1  lo define como: “Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial”. A vez a la educación se le ha considerado como un proceso de socialización y dentro de este proceso se encuentran inmersos diversos subprocesos o procesos en sí, atendiendo a la definición citada.
Enfocarse al proceso implica repensar cada fase desde su comienzo hasta su final.
Práctica docente
Se delimita este ejemplo del proceso de la práctica docente dentro del ámbito de instituciones de educación superior en universidades privadas.
La práctica docente inicia desde el instante en que la institución hace entrega al profesor del programa de estudios y el mapa curricular para efectos de contextualización. El programa, regularmente, incluye: objetivos –formativos e informativos-, contenidos, criterios de evaluación y bibliografía, por lo menos.
Posterior a la identificación y conocimiento de la política educativa interna de la institución, el profesor planeará cómo cumplir cada uno de los puntos integrantes del programa.
Determinará la pertinencia o no de la bibliografía sugerida y propondrá o tomará la decisión de adecuar a las necesidades actuales –atiende al principio de gestión de calidad relativo al enfoque al cliente.
Tomará también la decisión de ampliar, omitir o incluir contenidos.
Determinará y acordará los criterios de evaluación considerando el tipo de alumnos –sistema escolarizado, no escolarizado, a distancia…
Los temas –procesos y subprocesos- mencionados son algunos a considerarse dentro de la fase inicial previo a presentarse frente a grupo: cada uno objeto de identificación y análisis.
Organizar y planear cada una de las sesiones presupone dominio y conocimiento pleno del quehacer docente. Existen diferentes procedimientos de elaboración de un plan de clase, en teoría, relacionados con el tipo de modelo educativo, por lo que aquí se ejemplifica para efecto de esta exposición con uno de tipo constructivista:
En este plan de clase se definen previamente tanto estrategias como apoyos didácticos a utilizar, que incluye cinco momentos:
Primer momento, conocimientos previos; segundo momento, presentación-motivación; tercer momento, desarrollo; cuarto momento, reforzamiento; quinto momento, conclusión y cierre.
Basten estos elementos para reflexionar sobre la necesidad de analizar cada uno de los subprocesos implicados en la práctica docente. Si hay el cuidado de hacer un alto y ver a detalle cada fase y dentro de esa fase cuestionarse cómo se viene haciendo, qué resultados se obtienen comparándolos con los objetivos, se estará en posibilidad de mejorar continuamente.
Con formación docente o no, al cuestionarse ¿cómo enseño? Provocará discernir al respecto de cada una de las actividades señaladas, y otras, se buscará respuestas y por supuesto al identificar cada uno de los procesos y subprocesos, conocerlos a profundidad, posibilitará la mejora continua.  

La mejor tecnología de punta

Cuento de Rodolfo Calderón Vivar
 Dedicado a Otsare Zenitram Soirrab
Era viernes, el día más corto de la semana cuando se estudia un posgrado. Quien sabe porque insanas razones la semana apenas si le alcanzaba para otros menesteres y por eso Pedro Salvatierra veía llegar el viernes como el día más intenso de una carrera contra el tiempo.
La lectura era abierta ya en serio hasta el jueves por la noche, pero el repaso no era más que un ojeo interrumpido por otras cosas tan inesperadas como apretar un tornillo flojo de la repisa, atender la más reciente noticia sobre las muertas de Juárez, decidir si tomar un café o un té caliente, pensar en Ramona, en porque papá se fue y dejó el cucú mal puesto o algo así según se escuchaba en la radio.
Hasta el viernes comenzaría el trabajo arduo. Una frase por aquí, un pensamiento por allá, cinco o seis paquetes de copias dispuestas de manera estratégica sobre la mesa y una computadora despierta, intensamente despierta hasta el cuarto para las seis de la mañana del sábado.
Cada teclazo habría de venir de la inspiración del Espíritu Santo, con todo y lenguas de fuego, digo por las quemadotas de lengua provocadas por el café caliente que, a las dos, habría que tomarse como una subrepticia medida para no quedarse dormido.
"Chin, éstos del escalafón", musitaba de vez en cuando Pedro Salvatierra, molesto porque en estos tiempos para obtener el siguiente nivel de puesto se requerían estudios de grados, posgrado y ultraposgrado.  "Tan fácil que era antes, sólo acumulando comisión tras comisión, guardia tras guardia, marcha tras marcha, borrachera tras borrachera. Ah, que pinches estos de la OCDE, violando la soberanía de la educación en México", remataba mientras volvía a leer Chadwick, página 61, para entender esa araña esquemática de lo que es un modelo de instrucción.
Hoy, en la escuela, casi todos tenían grado de doctores, o al menos una maestría y sólo un despistado, el conserje, un diplomado. Así engrosaban las estadísticas de la Secretaría de Educación, siempre dispuesta a ser divulgadas para mostrar a la ciudadanía que era medible el avance de la calidad educativa en el estado, representado por el número de Maestrías y Doctorados alcanzados por su personal académico en los últimos años.

"Después de todo, se ha de sentir tan bonito que te digan Doctor", se motivaba a sí mismo el bueno de Salvatierra comenzando a teclear los párrafos de su ensayo, no sin dejar de pensar en el profesor Soto Culebro que con todo y doctorado no dejaba de escribir una que otra conjugación del verbo haber sin la consabida hache.  Pecata minuta, era Doctor, y el esplendente diploma, rodeado por un costoso marco luminosamente dorado, adornaba el centro de la pared, atrás de su escritorio en la Secretaría, junto con otros más o menos ostentosos pero no menos importantes para demostrar que curriculum había.
"Pobre Culebro, lo bueno que el doctorado se lo pagó la Secretaría, si no, daría pena ajena corroborar que los estudios le sirvieron para dos cosas: comprar un cuadro costoso y nunca más volver a dar un teclazo en su vida para escribir sobre la educación", pensó nuevamente Salvatierra, no sin un dejo de envidia porque el Doctor mencionado era su jefe.
Además, Pedro se sentía por encima de muchos otros compañeros que a duras penas escribían en las modernas computadoras que adornaban el amplio espacio de la oficina donde trabajaban de 8 a cuatro de la tarde. Él si sabía manejar paquetería, Excel, Word, Power Point y le hacía, con mucho ahínco, al ejercicio de comunicarse en las redes sociales. Que si no. Por eso dejaba todo para el último día. Que le duraba hacer un trabajo de 15 cuartillas en una desmadrugada.
Eran las ventajas del dominio de la tecnología. Hasta ya se estaba convirtiendo ducho en el dominio de la estadística, pues recurría al formulario automático de Excel para sacar la desviación estándar sin detenerse en el embrollo de sacarle la raíz cuadrada, piedra insalvable cuando la estadística se resolvía únicamente con cálculos escritos con un lápiz que empequeñecía su punta, después de los múltiples borrones efectuados por Pedro Salvatierra en uno sus cursos de la Escuela Normal.
Eran las tres de la mañana, a la mitad de su trabajo, cuando le sobrevino la desgracia. Un tronido del transformador de la calle y el vecindario quedó a oscuras. Justo cuando estaba puliéndose más en su trabajo. Encorajinado se asomó por la ventana y apenas si pudo ver los últimos chispazos del poste, señal del fatal corto circuito que interrumpiría la luz de la cuadra por más de doce horas.
Entonces se acordó de su compañero de escritorio, el profesor Nemesio, hábil para eso de las cuentas y las matemáticas que, alguna vez, descubrió que Pedro ni aún usando la computadora dejaba de cometer uno que otro error en los cálculos de la eficiencia terminal de las escuelas de la zona urbana, cada semestre.

En la oscuridad, desconectado de su trabajo y del cordón umbilical del saber de su aparato digital, creyó escuchar otra vez la voz del viejo mentor casi gritándole:
"Ay, Pedrito.  No cabe duda que la mejor tecnología de punta en el mundo sigue siendo la tecnología de la punta del lápiz. Esa nunca te falla cuando se va la luz".

LA CONSOLIDACIÓN DEL ESTEREOTIPO DE LO JAROCHO DESDE LA RADIO EN LA DÉCADA DE 1930

Ohtli L. Enríquez González

Visto a partir del tamiz de la historia cultural, una ‘representación’ sintetiza la manifestación de las formas en que un colectivo social observa, interioriza e interactúa con su realidad. El análisis realizado a las fuentes estudiadas permite vislumbrar indicios sobre la manifestación de distintas representaciones por parte de la sociedad porteña de 1930 a 1950 fortalecidas por la radio. Entre ellas se encuentran: lo Jarocho, la Veracruz Agustina y la Veracruz Cosmopolita. Dichos signos subyacen en sus prácticas sociales y culturales, muchas de ellas continuación de su bagaje colonial y decimonónico y otras más son el reflejo de nuevos tiempos, marcan una ruptura con el pensamiento tradicional y sirven de cimiento a la construcción de un inédito escenario sociocultural. A partir de este número  4 de Tlanestli, y durante los siguientes dos, me ocuparé de dilucidar tales ideas, sustentadas en un trabajo bibliográfico y hemerográfico, principalmente.
Lo dispuesto a continuación constituye una aproximación al conocimiento de las representaciones que a mi juicio poseen mayor trascendencia histórica de acuerdo a la relación entre la Veracruz  que llega a la mitad del siglo XX y la difusión de una cultura de masas. En tal esbozo convergen el impacto de las invenciones tecnológicas, la crisis económica, la incertidumbre política, las posteriores transformaciones urbanas, las tendencias culturales en boga y variadas expresiones del entretenimiento que acompañan determinados cambios en la comunicación, las relaciones interpersonales y la construcción de estereotipos culturales locales, regionales y nacionales.
De igual manera hago extensiva una advertencia. Las caracterizaciones hechas a continuación atienden a rasgos culturales y sociales que he observado a partir de la música, el discurso de la historia tradicional, los artículos o anuncios comerciales impresos de la época y la vox populi del porteño actual. Sin duda su aplicación no es efectiva a todos y a todo, más bien son herramientas conceptuales para comprender aquél estado de cosas. De tal suerte tales ‘representaciones’, siguiendo el molde de la escuela histórica francesa, se componen de prácticas concretas, del imaginario y de los discursos. La reinvención del porteño, de su identidad y su percepción de la vida desde luego se inserta en los macroprocesos mundiales de larga duración que el capitalismo aceleró desde el último tercio del siglo XIX con la segunda revolución industrial y la aparición de los monopolios y el imperialismo. Fenómenos en primer término de orden  político y económico,  pero también de significación social y cultural. Bajo esta perspectiva heterogénea y trabada pretendo dilucidar algunos de los elementos que caracterizan a Veracruz a lo largo de dos décadas marcadas por una historia universal convulsa, a la que ciudad y puerto engancha a pesar de sus resistencias y evasiones.
Con la radiodifusión se recrea y difunde el estereotipo cultural del jarocho, lo cual define el ser de la población porteña como resultado de las lentas mutaciones históricas por las que atraviesa su núcleo poblacional a través de la historia. El concepto identitario ‘jarocho’ surge desde la Colonia, designando al mestizo amulatado que laboraba en las haciendas ganaderas de la región del Sotavento veracruzano. Su significado original en España aludió al cuidador de cerdos y no de ganado, pero su utilización en la Nueva España cobró un perfil despectivo para distinguir a lo sucio y vergonzoso; tanto así que uno de los muchos niveles de las castas fue definido de esa manera. Al interior de la colectividad jarocha los rasgos que delimitaron tal concepto se relacionaron con el ímpetu y altanería muy cercanos a la violencia. Seguramente  por razón de los estrechos contactos culturales en la región sotaventina tal categorización fue prestada, designada y absorbida por los núcleos coterráneos hasta llegar al puerto de Veracruz. En contraposición a la raíz primigenia, en el puerto no existían haciendas de ningún tipo, la población trabajadora se dedicaba en su mayoría a la estiba, pesca  y pequeños oficios. El concepto es retomado por su condición bravía, perfil que de alguna manera cobijó los temores y resentimiento por la explotación, los tratos marginales y la pobreza de mestizos y castas. [1]  El jarocho como tal surge quizás, durante el siglo XIX cuando esta población se funde y homogeniza, después de lo cual inicia un aumento demográfico en la segunda parte de la centuria.
 Durante el siglo XX, posiblemente a raíz de la intervención norteamericana de 1914 y  la correspondiente condecoración del puerto como ‘cuatro veces heroico’, es probable que en el ideario público se reafirmara una conciencia de coraje y arrojo ante la adversidad. Encaja perfectamente en la concepción de lo jarocho. Por lo cual la representación es tomada y reacondicionada a las nuevas épocas. Aún con un aire beligerante y restrictivo, la representación tomó su significación actual al fundirse con aquella personalidad alegre e indiferente a las carencias. A partir de la información compendiada para los años de 1930 a 1950 se puede inferir que el común de los pobladores asimilaron este referente identitario, tomaron conciencia de él y lo emplearon para distinguirse de otras regiones y estados de la República. En este sentido la concepción occidentalista que constituye nuestras vidas nos ha proporcionado un sentido de ser y pensar. Las ‘cosas’ están ahí a nuestros ojos como productos acabados que son así y no de alguna manera diferente. Todo posee una identidad y es en base a ésta que se puede dar la distinción de objetos en el mundo; sin embargo, dicha diferencia comúnmente se establece no por lo que se es, sino por lo que no se es: lo Otro. Siempre hay un ‘Yo’ que hace hablar al ‘Otro’ y se apropia de él.
Por tanto, la caracterización del ser jarocho reviste la necesidad de individualizar y cohesionar a un pueblo que se reporta listo para ser proyectado a la nación y al mundo. Este salvavidas cultural aparece justo cuando el puerto necesitaba  reformular su función en el juego de los regionalismos, pero sobre todo, en el momento preciso en que al interior de la ciudad las grietas sociales parecían profundizarse por los conflictos sindicales, de habitación y de obreros acaecidos en la década de 1920. El enrarecido clima que se respiraba por la política represora del gobierno estatal y la crisis económica de los treinta jugaron un papel preponderante en el surgimiento de esta conciencia. Muy ilustrativo de tal resignación estoica es el éxito musical escrito por Agustín Lara e interpretado por Toña La negra titulado ‘Lamento jarocho’:
“Canto a la raza,
raza de bronce,
raza jarocha
que el sol llamó.
A los que sufren,
a los que lloran,
a los que esperan,
les canto yo.
Alma de jarocho
que nació morena,
talle que se mueve
con vaivén de hamaca,
carnes perfumadas
con besos de arena,
carnes que semejan
paisajes de nácar,
boca donde llora
la queja valiente,
de una raza entera
llena de amargura.
Alma de jarocha
que nació valiente
para sufrir
toda su desventura”[2]

Tal parece que frente a la gris realidad el porteño negó su desafortunada historia para reinventarla valiente y desde una perspectiva flemática donde lo verdaderamente importante es consagrarse al disfrute de la vida. Son los medios masivos los que se encargan de refrendar el estereotipo y volverlo una especie de mercancía folclórica o industria cultural, de acuerdo con los planteamientos de la escuela de Frankfurt. Los elementos que dan cuerpo a tal industria cultural son la supuesta raigambre tradicional como el carácter y la vestimenta.
Para el caso del varón, la imagen repetida es la de un sujeto valeroso (quizá intrépido), franco, jubiloso y humilde. Agustín Lara lo proyectaría desde la radio de la siguiente manera:
“Yo nací con la luna de plata
y nací con alma de pirata,
he nacido rumbero y jarocho
trovador de veras.”[3]

La personalidad y su traje típico se estereotipa a través de los medios a finales de los cuarenta, el ayuntamiento porteño de hoy en día define al jarocho como el que va vestido de “un pantalón blanco acompañado de una camisa blanca (Guayabera), ésta debe llevar cuatro bolsas y cuatro alforzas al frente y seis alforzas atrás. Los zapatos deben ser blancos; se complementan con un sombrero de palma y un paliacate rojo al cuello, ajustado con una argolla de oro.”[4] Dicha representación se ha vuelto un buen negocio para las industrias culturales locales, los vendedores de guayaberas y los cuadros de baile tradicional, para todos aquellos que encuentran en el jarocho a su alter ego. Otras fuentes consultadas caracterizan al jarocho de 1930 a 1950 como un sujeto descuidado que gusta del baile, la música y torrentes de cerveza fría; se fascina por los nuevos espectáculos como el cine, el béisbol, el box o el fútbol. Vive ensimismado en su rutina diaria llena de pobreza, basura y calor. Se arremolina en torno a pequeños sindicatos para sentir un poco de seguridad ante los recelosos patrones europeos, norteamericanos o los propios terratenientes locales. Su carácter es amable, burlón e ingenioso. En cuanto a su atuendo, éste se articula con aquello que esté a la mano. En las fotos del valioso fondo Joaquín Santamaría que se conserva en el AGEV se aprecia como los pantalones largos o cortos de color oscuro y las camisas blancas (normalmente arremangadas), mocasines sencillos o sin ellos conforman  la pinta cotidiana de los grupos medios y populares. Los sectores acomodados siguen las tendencias de la moda norteamericana y europea: trajes completos con sombrero.
Por su parte la mujer jarocha se presenta como una hembra hermosa con fuertes rasgos africanos, cabellera larga y un aire de voluptuosidad. En su andar y modos se le compara con la cadencia de las olas del mar, del ritmo del danzón o la frescura de frutas tropicales, su carácter es amable, candoroso y ameno. La trascendencia de los estereotipos propalados por los medios de comunicación e información a partir de la década de 1930 recae en la conformación de una cultura oficial que en la actualidad hace propia el gobierno municipal y estatal. Sobre esto, el ayuntamiento porteño señala que el traje típico:
“Consiste en una falda blanca ancha y oleada, con incrustaciones de encaje valenciano y una mantilla de tul de algodón con bordados de gran belleza. La blusa es sin mangas, del mismo color. El atuendo se complementa con un chal de seda, de corte llamativo, que puede ser blanco, azul o amarillo; un mandil pequeño, de terciopelo negro con flores bordadas. Se trata de un conjunto vaporoso y de suave frescura. Los zapatos deben ser blancos. Los adornos finales son un abanico adornado con encaje, cadenas de oro al cuello y pulseras en las manos, además de un rebozo enredado en los brazos. La cabeza está coronada con una peineta de carey y una cinta anudada en forma de moño, del mismo color del rebozo y de las flores de ornato, así como de un ramillete de cuatro rosas naturales que indican el estado civil; si es soltera va del lado izquierdo, si es casada del lado derecho.”[5]

Tal vestimenta sólo era utilizada en estampas folclóricas y en eventos especiales por parte de una reina del carnaval o una destacada joven. En realidad los vestidos utilizados por el grueso de las mujeres comprendían ligeros trajes de una o dos piezas en colores claros, con zapatos de tacón o sandalias y un pequeño adorno en la cabeza. Aunque la moda fuese portar una corta cabellera y ‘las pelonas’ se dejaran ver en teatros, cines, balnearios y parques, las jarochas del pueblo preferían la acostumbrada y nada escandalosa coleta larga. La mayoría de ellas ocupadas de las labores del hogar, llevaban una vida difícil pero sencilla, normalmente a cargo de los hijos. Hombres y mujeres se veían a sí mismos como individuos festivos y curiosos, a ratos taciturnos y desbalagados. Por el día las calles mostraban  rara actividad, salvo para aquél que vivía del trabajo en la calle como los vendedores ambulantes o los cargadores de la zona de muelles. El común de la gente se guarecía del inclemente sol en sus casas, lugares de trabajo o bajo los toldos de tiendas, cafés, cantinas y todo lo que expendiera algo, todo esto como recapitulación de lo escrito por García Díaz, Guadarrama Olivera y otros.
La radio difunde el factor cultural más importante que pondera el estereotipo jarocho, la música regional conocida como huapango o son jarocho, ritmo más favorecido por las ondas radiofónicas. De acuerdo con el etnomusicólogo Randall Kohl[6], el son jarocho del área cultural porteña posee grandes diferencias respecto al son de la cuenca del Papaloapan, por lo que puede entendérsele como una expresión cultural particular de la sociedad estudiada.  El son jarocho se caracteriza por ser un ritmo muy vivaz con tonadas repetitivas y con letras sencillas sobre la naturaleza y la vida pastoril en el Sotavento. Típicamente se ejecuta con un arpa grande de 32 cuerdas, un requinto de cuatro cuerdas y una jarana, pero se han anexado otros instrumentos como el marimbol, el violín, el bajo eléctrico o percusiones. El son se perpetuó con los fandangos, fiestas populares donde el ingrediente principal es el baile de tarima acompañado de las melodías. La música y el baile han sufrido innumerables cambios por la influencia europea (andaluza en un primer momento), africana, oriental y caribeña. El son jarocho es precisamente producto de uno de estos lentos vuelcos en el tiempo que se mantuvo como parte de una tradición familiar. Ya bien entrado el siglo XX el son jarocho y el fandango son ‘convertidos’ por la radio en manifestaciones típicas de lo popular en Veracruz. Randall Kohl escribe una historia que enlaza las expresiones culturales con la utilización de estos mecanismos simbólicos para consolidar posiciones políticas, en específico el régimen de Miguel Alemán Valdés. Este autor señala cómo el son jarocho pretende establecer un nexo con el pasado, con una supuesta historia común. Aunque al estudiar sus componentes e influencias, el resultado es totalmente contradictorio al discurso, puesto que la ‘música típica’ en realidad es la hibridación de múltiples historias y estilos musicales.
En nuestros días el son jarocho es uno de los pilares más fuertes de la identidad no sólo municipal, sino estatal, ya que la acción de la radio desde sus inicios deliberada e inconscientemente tendió a ‘jarochizar’ al Estado de Veracruz, arrebatándole a las otras partes de su identidad cultural. Desde mi perspectiva, a partir de los últimos años de la década de 1930 y durante la siguiente asistimos a la construcción de una relación caracterizada por la sinécdoque[7], empleando los tropos literarios a la manera propuesta por el historiador norteamericano Hayden White.[8] Esta figura retórica proyecta la imagen del puerto sobre todo el Estado, principalmente por la igualdad del nombre. Así, cuando se habla de Veracruz (Estado) se recrea en la mente del receptor la imagen del puerto. Dicha representación pervive en la actualidad en el ideario nacional a pesar de la intensa difusión de la diversidad interregional al interior del Estado.
Finalmente el carnaval a partir de 1925, los cuadros tradicionales de música ‘popular’ y sobre todo la exaltación de estereotipos como la alegría de su gente y la belleza natural de su paisaje comercializan y difunden una determinada imagen de lo jarocho, identidad fortalecida y reutilizada por el Estado y las empresas mediante los medios de comunicación para crear un nacionalismo y generar una sociedad de consumo. Así se ha continuado una imagen de lo veracruzano y se ha construido el puerto ‘mítico-histórico’, representación que encuentra su cenit en la Veracruz Agustina.

Por su enorme acomodo a los distintos cambios y lugares, la radio ha impactado con una magnitud asombrosa, a tal grado de modificar la discursividad y renovar lo que se debe decir y lo que se debe escuchar. Su mecanismo de acción ha sido, ya encendida, su sonido perpetuo e incontenible viajando de cualquier manera a nuestros oídos. Esa omnipresencia Héctor Gómez Vargas la entiende de la siguiente manera:
“La radio se inserta a lo cotidiano a través de un doble mecanismo: se le escucha en un lugar, en un momento y mientras se hace algo. Es decir, se inserta y se integra a las situaciones cotidianas; pero la radio colabora a organizar las distintas situaciones cotidianas ya que trabaja, también, a partir del mecanismo de la reiteración y el fragmento, por lo cual la radio conecta, regula, activa las diferentes situaciones.”[9]
El cambio que la radio produjo fue lento y discreto, pues la radio no tayloriza la casa, o la oficina de golpe, no divide o distribuye los tiempos, no especializa la realidad de los actores como un inevitable zarpazo. Actúa de forma muy sutil, enamora, envenena suave y discretamente, adaptándose a las rutinas. Acompaña tanto al tedio como a la confusión o el relajo, su imposición es lenta y nebulosa. Durante sus primeros lustros en el puerto de Veracruz la radio actúa como un intermediario que sugestiona y sonsaca a los receptores, no impone. Mientras la cigarrera de El Buen Tono o las distribuidoras de fonógrafos de Emilio Azcárraga ven en la radio un medio para vender, ésta se engancha como telón de fondo a los distintos estados de ánimo, necesidades, gustos y rituales domésticos sólo con cambiar la frecuencia. Desde mi perspectiva, el papel de la radio en la historia social y cultural es una veta fecunda para poder comprender la forma en que un grupo humano se percibe a sí mismo y su entorno. La forma en que entiende sus prácticas políticas, económicas, sociales y culturales y la manera en que expresa sus filiaciones o  rechazos.



[1] Algunos autores que retomo para realizar esta breve caracterización son Leonardo Pasquel, Álvaro Alcántara, Bernardo García, Fernando Benítez, Enrique Rivas, Randall Kohl, Francisco Rivera y Adriana Gil Maroño.
[2] Agustín Lara. “Lamento jarocho”, PHAM, México, 1932; en Toña la Negra (CD), Warner Music-Peerles, México, 2004. (Colección México y su música)
[3] Agustín Lara. “Veracruz.” PHAM, 1932; en Op. cit.
[4] Recuperado en agosto de 2006. http://www.veracruz-puerto.gob.mx/trajejarocho.asp?valor=5
[5] Recuperado en agosto de 2006.  http://www.veracruz-puerto.gob.mx/trajejarocho.asp?valor=5
[6] Randall Kohl S. Ecos de la bamba. Una historia etnomusicológica sobre el son jarocho del centro-sur de Veracruz, 1946-1959. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2004. (Tesis para obtener el grado de Doctor en Historia y Estudios regionales.)
[7] Según el diccionario de La Real Academia de la Lengua Española: Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.
[8] Hayden White. “El texto historiográfico como artefacto literario”; en Historia y Grafía. Universidad Iberoamericana, núm. 2, 1994 y El contenido de la forma. Paidós, España, 1992.
[9] Estudios sobre las culturas contemporáneas, vol. 6, Num. 16-17, 1994, México, Universidad de Colima. pp.  274 pp. 278