miércoles, 8 de diciembre de 2010

La educación rural que impulsó la Revolución Mexicana

A los maestros de las Misiones Culturales
 Lisardo Enríquez L.
La educación tuvo sus fluctuaciones, sus realizaciones y sus insatisfacciones en lo que fue el proceso de construcción de la Revolución Mexicana, reflejo fiel de lo que aconteció en el marco más general de la situación del país. Con la Constitución de 1917 se dieron los primeros pasos para hacer posible la reconstrucción de la nación. El Artículo tercero aprobado por los constituyentes, relativo a la educación, fue el adecuado a las circunstancias y necesidades del momento, no el texto que Carranza había propuesto, en el cual no había avances importantes como resultado del movimiento social que pretendía cambiar el estado de cosas.
En el Gobierno del General Álvaro Obregón, en 1921, se restablece el ministerio de educación que había suprimido años antes Venustiano Carranza, y se crea con el nombre de Secretaría de Educación Pública (SEP), que es como se denomina hasta la fecha. José Vasconcelos, primer Secretario, realiza una labor gigantesca en los aspectos de la cultura y la educación, que se considera nadie ha superado todavía. Promueve en particular la educación rural, ya que en aquellos años la población campesina era la mayoritaria, y la que había contribuido más a la revolución. Este breve texto se propone dar algunos elementos relativos especialmente a la educación rural generada por el ímpetu de la Revolución Mexicana, es decir, entre 1921 y 1940.
Para tener una idea más exacta de quien fue el hombre que impulsó la cultura y la educación en forma tan notable, hay que citar las palabras de Cosío Villegas, quien dice: <<Vasconcelos personifica las aspiraciones de la revolución como ningún otro hombre llegó a encarnar, digamos la reforma agraria o el movimiento obrero. En primer término, Vasconcelos era lo que se llama un intelectual, en segundo, era lo bastante joven no sólo para haberse rebelado contra él, sino para tener fe en el poder transformador de la educación; en tercero, Vasconcelos fue el único intelectual de primera fila en quien un régimen revolucionario tuvo confianza y a quien dio autoridad y medios de trabajar. Esa conjunción de circunstancias, tan insólita en nuestro país, produjo también resultados insólitos>> (1)
La Escuela Rural Mexicana
Vasconcelos se propone redimir a las masas campesinas a través de la educación. Antes de que se creara la SEP, fue Rector de la Universidad Nacional, y ahí emprendió la primera campaña de alfabetización, con voluntarios que la apoyaron. Ya como titular de la Secretaría se propuso hacer  un vasto programa de educación rural. No era fácil, porque no había maestros preparados para ir a las comunidades rurales. Entonces, se improvisaron profesores, para lo cual se nombraron maestros misioneros que tenían como tarea recorrer las zonas rurales para localizar, en cada lugar, al joven o a la joven que tuviera más estudios, que sólo excepcionalmente llegaba al sexto grado de primaria, y que estuviera dispuesto (a) a enseñar a los demás. El misionero lo capacitaba en su papel de maestro, después buscaba en dónde podía funcionar la escuela rural, y si no había un local se organizaba con los pobladores para construirlo. Dejaba al joven o a la joven instalado (a) como maestro (a), con su nueva escuela y un pequeño sueldo que recibiría de manera constante. Así fue como comenzó todo.
No se trataba de una improvisación absoluta. Había la idea de ir dando una mejor preparación a estos maestros rurales poco a poco. Sin embargo, se pensaba que era mucho mejor la utilización de los recursos humanos de las propias comunidades, para garantizar su permanencia en ellas. De esta manera se fue creando un sistema que se conocería con el tiempo como Escuela Rural Mexicana, que es la primera de las aportaciones educativas de la Revolución. La característica de esta Escuela radica en que la comunidad en su conjunto era motivo de su acción, es decir, los niños, los jóvenes y los adultos constituían su universo de trabajo; y en que daba énfasis a las necesidades básicas de la misma, las que procuraba resolver con la participación de todos sus habitantes. Es esto lo que la hizo diferente de cualquier otro tipo de escuela rural y lo que le dio su originalidad.
La escuela rural surgió sin planes y sin programas específicos. Cada maestro puso a funcionar su imaginación y a pensar en lo que las personas y la comunidad requerían, y de esa manera fue implementando su acción. Esta escuela, que se consideraba era la Casa de la Comunidad, dio resultados, y por eso se le reconoció en muchas partes del mundo, porque era una creación de los mexicanos. Era una escuela para la vida. El centro de todo era la comunidad.
La Escuela Normal Rural
Crear una escuela rural con las características descritas, daba muy buenas ventajas en las condiciones en que se encontraba el país. Y no había otra forma de empezar para atender a los campesinos. Pero también presentaba necesidades que se tenían que resolver de manera práctica y rápida. El problema principal era disponer de un sistema para la preparación y capacitación de los maestros. Se crearon dos tipos de instituciones para cubrir esta necesidad, que son otras dos invenciones fundamentales de la Revolución Mexicana en materia educativa en esta primera etapa de construcción: las Escuelas Normales Rurales (que en un principio se llamaron Escuelas Normales Regionales) y las Misiones Culturales. La primera Escuela Normal Rural se creó en Tacámbaro, Michoacán, en 1922. La multiplicación de este tipo de escuelas no fue inmediata, primero se experimentó y después se elaboraron las bases que establecieron sus fines y su organización. En esas bases se declaraba que estas escuelas normales tenían como objetivo preparar maestros para las escuelas de las comunidades rurales y de los centros indígenas de población, mejorar la preparación de los maestros en servicio e incorporar al progreso general del país a los núcleos de población rural, de las áreas donde se establecieran estas escuelas.
La primera condición para que estas escuelas cumplieran con sus propósitos, era que se establecieran en el campo cerca de una escuela rural, la que aprovecharían para las prácticas pedagógicas. El plan de estudios abarcaba dos años distribuidos en cuatro cursos semestrales, con materias de carácter general, profesional y práctico. Entre las primeras estaban lengua nacional, aritmética y geometría, ciencias sociales, estudio de la naturaleza, dibujo, música y canto. Entre las segundas estaba conocimiento científico del niño, principios de la educación, estudio de la vida rural, organización social de las comunidades, organización y administración de escuelas, métodos y prácticas de enseñanza. Entre las prácticas se consideraba la agricultura, los oficios e industrias y la economía doméstica. Esta última estaba destinada a las mujeres solamente.
El reglamento para el ingreso de alumnos estipulaba que éstos deberían ser de la misma región en donde estaba establecida la escuela normal. En 1926 había apenas 3 escuelas de este tipo y para 1931 llegaba a 16 su número. Estas escuelas dieron un gran servicio a la nación durante mucho tiempo, pero resultaron un foco de peligro para el sistema económico  y para el sistema político. Por esa razón se fueron cerrando varias de ellas, quedando a la fecha muy pocas. De las normales rurales salieron profesores críticos y con una conciencia clara de mover a los campesinos para cambiar su situación de pobreza y la de sus comunidades. Uno de los problemas a que se enfrentó el sistema de escuelas normales rurales años después, consistió en que se aceptaba a alumnos que no eran originarios de las zonas rurales.
Las Misiones Culturales
Mucho se ha discutido sobre quien fue el creador de las Misiones Culturales. Se olvida que Vasconcelos era el ministro, que era el principal promotor de todo lo que se hacía y que tenía muchas ideas para poner en práctica. Precisamente la idea de que el maestro fuera un misionero era de él. Pensaba en la labor de los misioneros españoles principalmente, pero también en los educadores místicos y religiosos como los hindúes y los pitagóricos. En ese sentido, Vasconcelos sostenía que los maestros deberían ser verdaderos apóstoles. Por eso a los primeros maestros que se envió para que fundaran escuelas rurales por los distintos rumbos de México se les llamó misioneros.
Pero se trataba de ir más allá. La idea era integrar unas escuelas ambulantes que se desplazaran a las zonas rurales a capacitar a los maestros en su propia región. En esto trabajaron el diputado federal José Gálvez, el Oficial Mayor de la Secretaría de Educación Pública Roberto Medellín y el Profesor veracruzano Rafael Ramírez Castañeda. Este último, antes de participar en esta nueva experiencia, era inspector escolar en el Distrito Federal. Se forma entonces la primera Misión Cultural con seis de los mejores maestros de la Ciudad de México, y se instala en el poblado de Zacualtipán, en el estado de Hidalgo, en el mes de octubre de 1923. El trabajo que realizaron los maestros de esta escuela itinerante fue satisfactorio, por lo que se tomó la decisión de crear más grupos de Misión. Así, en 1926 había seis Misiones Culturales y en 1930 eran un total de catorce.
La Misión Cultural tenía maestros especialistas en diversas ramas. El Jefe, equivalente a un director, tenía que ser muy preparado pedagógicamente, ya que estaba encargado de capacitar a los maestros rurales en métodos de enseñanza y en organización escolar, de acuerdo a las corrientes modernas y a las necesidades de las comunidades. Los demás especialistas del grupo se encargaban de las actividades de higiene y educación física, agricultura, artesanías rurales, carpintería y música. Posteriormente se agregaron otras especialidades. La manera en cómo trabajaban era la siguiente: Se establecían durante cuatro semanas en un poblado que fuera el centro de una región, donde hubiera una escuela rural, y a ese lugar llegaban los maestros de los lugares circunvecinos. Ahí se realizaba un curso intensivo al que le llamaban Instituto. La localidad, a su vez, era objeto de un proyecto piloto de desarrollo comunitario. La idea, a largo plazo, era incorporar en forma plena a todos los poblados rurales a la vida nacional, mejorando sus condiciones económicas,  culturales y de salud.
Desarrollo de la educación rural de 1925 A 1930.
Durante el gobierno del General Plutarco Elías Calles, quien había sido maestro, el sistema de educación rural creció. En este periodo se establecieron cinco mil escuelas rurales y se amplió en forma considerable el campo de acción de las Misiones Culturales. Durante los años de 1925 a 1930 van a influir de manera determinante en estas actividades Moisés Sáenz y Rafael Ramírez. En una de sus obras, el maestro Isidro Castillo sostiene que en esta etapa <<la Escuela Mexicana, particularmente en su modalidad rural, alcanzó los momentos más culminantes de su desarrollo en cuanto a doctrina y realizaciones>> (2). Raúl Mejía Zúñiga sostiene que <<Si Vasconcelos inicia la obra, Sáenz la consuma>> (3). Sin embargo, otras afirmaciones sobre la valoración de lo que ocurrió en ese tiempo con la educación rural, expresan que en esos años se cuidó más la técnica y la organización, pero el entusiasmo de la época de Vasconcelos comenzó a desaparecer (4). Aparte de la aportación de Sáenz a la educación rural, hay que decir que a él se debe la creación del sistema de secundarias, el cual se inicia con cuatro escuelas en el Distrito Federal, en el año de 1926.

                                  La Escuela Regional Campesina
En octubre de 1931 se hace cargo de la Secretaría de Educación Pública el Lic. Narciso Bassols, y permanece al frente de ella hasta mayo de 1934 solamente. Un periodo breve pero fecundo para la educación del país. Algo tenía en común con Vasconcelos: ambos eran intelectuales, pero también hombres enérgicos y de mucha acción. Una diferencia está en que Bassols era marxista. La primera tarea que realizó fue de investigación. Durante los meses que le quedaban del año de 1931, recorrió el país conociendo las escuelas, verificando personalmente lo que se estaba haciendo, preguntando a los maestros y a los pobladores su opinión respecto a las actividades que venían realizando en el aspecto educativo, así como tomando apuntes de todo. Deseaba saber cuáles eran los logros, las deficiencias, los recursos con los que se trabajaba y las posibilidades de avanzar.
Quienes estuvieron cerca de él cuando recorrió las escuelas para conocer cómo estaban funcionando, escucharon palabras como éstas: <<La escuela rural se está volviendo un mito, algo tan exclusivamente emocional y carente de contenido, que puede convertirse sin esfuerzo alguno en el mito demagógico más perjudicial para su propio desarrollo y superación>> (5). Con los resultados del balance del sistema de educación rural, entre 1932 y 1933 se llevaron a cabo reformas. Si bien entre 1921 y 1930 el acento estaba en lo social y en la comunidad, ahora la educación rural tendría un sentido marcadamente económico y regional.  La idea era que la escuela se enfocara a resolver las necesidades económicas de los pobladores de las zonas rurales, y que se tomara a la región natural como unidad geográfica y social del campo de trabajo, considerando todos los aspectos de la vida,  proporcionando capacitación técnica, promoviendo el desarrollo económico y generando la organización adecuada para la producción. En congruencia con el pensamiento de Bassols, se buscaba que hubiera un proceso de tendencia colectivista.
Es así como a fines del mes de octubre de 1932 se crearon las Escuelas Regionales Campesinas, cuarta invención propia de la Revolución, con el propósito de que la enseñanza agrícola, ganadera e industrial, así como la formación normal rural, tuvieran en cuenta las condiciones regionales donde funcionaran estas escuelas, considerando que serían muy diferentes en distintas zonas del país. 
Cada escuela regional campesina se formó aprovechando instituciones ya existentes que se fusionaron: una escuela central agrícola (las cuales estuvieron adscritas anteriormente a la Secretaría de Agricultura), una escuela normal rural y una misión cultural. En ésta última se sustituyó su carácter itinerante y se convirtió en institución permanente en cada región seleccionada. Los propósitos de las Escuelas Regionales Campesinas eran: 1. Preparar maestros rurales; 2. Dar cursos básicos de agricultura, así como de artes y oficios; 3. Realizar estudios e investigaciones regionales de tipo social y económico y; 4. Servir como centros rurales de servicio social.
 Los estudios en estas escuelas tenían una duración de cuatro años: En el primer año se completaban los estudios de primaria, porque la mayoría de los alumnos había llegado solamente al cuarto grado de la misma; en el segundo año y en el tercero se realizaban estudios de enseñanza agrícola e industrial; y en el cuarto los relacionados con la enseñanza normal. Con estos estudios se realizaban dos carreras, la de práctico agrícola con tres años, y la de maestro rural con los cuatro que incluía el plan de estudios. La idea era incorporar otras carreras que ya se preveía eran necesarias. Incluso, se pensaba que más adelante surgiría un nivel más alto que podría ser algo así como la universidad campesina o la universidad tecnológica del campo. En el breve tiempo en que el Lic. Bassols fue titular de la dependencia se crearon un total de seis escuelas de este tipo. Hay en particular dos colaboradores de Bassols que van a ser los puntales en las reformas que emprende: Manuel Mesa Andraca en el diseño y organización de la educación rural, y Luis Enrique Erro en el establecimiento de las bases para el desarrollo de la educación técnica, la cual culminará con la creación del Instituto Politécnico Nacional en 1937.
En el primer gobierno sexenal, en el que es presidente el Gral. Lázaro Cárdenas, se desarrolla este sistema de escuelas y llegan a un total de treinta y tres. John A. Britton, estudioso de la realidad educativa mexicana de esos años, dice: <<La Escuela Regional Campesina, sin duda más eficiente que sus predecesores inmediatos, en sus 7 años de vida no logró sacudirse la enfermedad hereditaria de las escuelas rurales: la pérdida de graduados a favor de la ciudad. En un sentido más amplio, parece que Bassols se enfrascó en una lucha titánica contra las primeras oleadas de la marea de urbanización que sumergió a México después de 1940>> (6).
El Gral. Cárdenas puso todo su empeño para apoyar la educación popular, en especial la rural y la indígena. Por esto último se le llegó a considerar el presidente indigenista, y seguramente por eso mismo es que los indígenas le llamaban Tata Lázaro. Durante su gobierno se realizaron ocho congresos indígenas en los que se analizaron las condiciones en que vivían estos grupos, sus necesidades y las medidas que se requerían para resolverlas.
Aunque hubo otras instituciones educativas que se crearon durante los años aquí tratados, no se han descrito porque no representaron una innovación de la que se recogieran resultados palpables de su buen funcionamiento; tal es el caso de la Casa del Estudiante Indígena y de las escuelas de circuito, por citar dos ejemplos.
Para cerrar este breve recuento y análisis de la educación rural de la revolución, es importante citar a David L. Raby, otro estudioso de ella, quien dice: <<El experimento que más éxito tuvo en el campo de la educación rural en la década de 1930 a 1940, fue sin duda la creación de las escuelas regionales campesinas, iniciada por Bassols y continuada bajo Cárdenas. . . pero. . .Por fin se reconoció que la escuela podía producir un cambio permanente en la vida campesina sólo si era parte de un programa más amplio de desarrollo al que contribuyeran todas las dependencias del gobierno. . . El abandono completo de este sistema en 1941 no puede ser considerado más que como una medida retrograda>> (7).
Después de 1940 se establece un plan de estudios único para toda la república, con lo cual desaparece la educación rural con sus características propias. Las escuelas regionales campesinas son clausuradas, por lo que las escuelas normales rurales vuelven a su actividad de origen, pero con presupuestos precarios, y se van clausurando varias de ellas, como es el caso de la “Enrique Rodríguez Cano” de Perote, Ver., que se cierra a fines de los años sesenta del siglo anterior. Las Misiones Culturales, con los propósitos que se han descrito, son suspendidas en 1938 por los conflictos de intereses que se venían dando en el campo mexicano. El gobierno del Gral. Manuel Ávila Camacho las restablece  en 1942, pero es Don Jaime Torres Bodet en su primera oportunidad como Secretario de Educación Pública, quien les da un fuerte impulso y la responsabilidad de promover el desarrollo de la comunidad rural, atendiendo poblados campesinos marginados, a los que se ofrece, además,  capacitación para el trabajo y educación básica para los adultos.
                                   REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
(1)        Monroy, Huitrón Guadalupe, Política educativa de la Revolución (1910-1940), Ed. SEPSETENTAS Num. 203, Secretaría de Educación Pública, México, 1975, p.22.
(2)        Castillo, Isidro, México y su Revolución Educativa, Academia Mexicana de la Educación, A.C., Editorial PAX-MÉXICO, Segunda Edición, México, 1968, p.283.
(3)        Castillo, Isidro, México: sus revoluciones sociales y la educación, tomo 3, Gobierno del Estado de Michoacán, México, 1976, P. 271.
(4)        Cfr. Monroy, Huitrón Guadalupe, Op. Cit., p.24.
(5)        Castillo, Isidro, México: sus revoluciones sociales y la educación, tomo 3, Gobierno del Estado de Michoacán, México, 1976, p.361.
(6)        Britton, John A., Educación y radicalismo en México, 1.Los años de Bassols (1931-1934), Ed. SEPSETENTAS Num.287, Secretaría de Educación Pública, México, 1976, p.72.
(7)        Raby, David L., Educación y revolución social en México (1921-1940), Ed. SEPSETENTAS Num. 141, Secretaría de Educación Pública, México, 1974, pp.44-45 y 48.




ENFOQUE EN LOS PROCESOS: OPORTUNIDAD DE MEJORA CONTINUA PARA LA EDUCACIÓN

Por:Víctor Manuel Vásquez Gándara
Si a través del enfoque al cliente se visualiza la vinculación entre el ámbito académico y las necesidades sociales constituyéndose como una alternativa de mejora de la calidad educativa, el enfoque en los procesos, otorga la posibilidad de análisis de las diferentes actividades relacionadas con la educación para contribuir a la mejora continua y  logro de la calidad.
Son diversos los procesos dentro de la complejidad educativa, entre los que se pueden mencionar: enseñanza-aprendizaje –y subprocesos; evaluación institucional; evaluación docente, de aprendizajes; curricular, de la práctica docente; diseño curricular, política educativa…

Aun ante la obviedad de que todo proceso tiene un principio y un fin, debe señalarse que, en la práctica poco se reflexiona sobre él y todo lo que implica.
En consecuencia, desde este espacio se busca precisar sobre la necesidad de un análisis de los procesos, ejemplificando sucintamente con el proceso de la práctica docente y así proponer una de las aportaciones de la filosofía de la calidad aplicada a la educación: implementación de principios de gestión de calidad en aras de mejora de calidad educativa, abordando ahora el enfoque en los procesos –uno de los ocho principios en la gestión de la calidad.
Previo a la ejemplificación se cree pertinente definir el concepto de proceso. La Real academia Española1  lo define como: “Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial”. A vez a la educación se le ha considerado como un proceso de socialización y dentro de este proceso se encuentran inmersos diversos subprocesos o procesos en sí, atendiendo a la definición citada.
Enfocarse al proceso implica repensar cada fase desde su comienzo hasta su final.
Práctica docente
Se delimita este ejemplo del proceso de la práctica docente dentro del ámbito de instituciones de educación superior en universidades privadas.
La práctica docente inicia desde el instante en que la institución hace entrega al profesor del programa de estudios y el mapa curricular para efectos de contextualización. El programa, regularmente, incluye: objetivos –formativos e informativos-, contenidos, criterios de evaluación y bibliografía, por lo menos.
Posterior a la identificación y conocimiento de la política educativa interna de la institución, el profesor planeará cómo cumplir cada uno de los puntos integrantes del programa.
Determinará la pertinencia o no de la bibliografía sugerida y propondrá o tomará la decisión de adecuar a las necesidades actuales –atiende al principio de gestión de calidad relativo al enfoque al cliente.
Tomará también la decisión de ampliar, omitir o incluir contenidos.
Determinará y acordará los criterios de evaluación considerando el tipo de alumnos –sistema escolarizado, no escolarizado, a distancia…
Los temas –procesos y subprocesos- mencionados son algunos a considerarse dentro de la fase inicial previo a presentarse frente a grupo: cada uno objeto de identificación y análisis.
Organizar y planear cada una de las sesiones presupone dominio y conocimiento pleno del quehacer docente. Existen diferentes procedimientos de elaboración de un plan de clase, en teoría, relacionados con el tipo de modelo educativo, por lo que aquí se ejemplifica para efecto de esta exposición con uno de tipo constructivista:
En este plan de clase se definen previamente tanto estrategias como apoyos didácticos a utilizar, que incluye cinco momentos:
Primer momento, conocimientos previos; segundo momento, presentación-motivación; tercer momento, desarrollo; cuarto momento, reforzamiento; quinto momento, conclusión y cierre.
Basten estos elementos para reflexionar sobre la necesidad de analizar cada uno de los subprocesos implicados en la práctica docente. Si hay el cuidado de hacer un alto y ver a detalle cada fase y dentro de esa fase cuestionarse cómo se viene haciendo, qué resultados se obtienen comparándolos con los objetivos, se estará en posibilidad de mejorar continuamente.
Con formación docente o no, al cuestionarse ¿cómo enseño? Provocará discernir al respecto de cada una de las actividades señaladas, y otras, se buscará respuestas y por supuesto al identificar cada uno de los procesos y subprocesos, conocerlos a profundidad, posibilitará la mejora continua.  

La mejor tecnología de punta

Cuento de Rodolfo Calderón Vivar
 Dedicado a Otsare Zenitram Soirrab
Era viernes, el día más corto de la semana cuando se estudia un posgrado. Quien sabe porque insanas razones la semana apenas si le alcanzaba para otros menesteres y por eso Pedro Salvatierra veía llegar el viernes como el día más intenso de una carrera contra el tiempo.
La lectura era abierta ya en serio hasta el jueves por la noche, pero el repaso no era más que un ojeo interrumpido por otras cosas tan inesperadas como apretar un tornillo flojo de la repisa, atender la más reciente noticia sobre las muertas de Juárez, decidir si tomar un café o un té caliente, pensar en Ramona, en porque papá se fue y dejó el cucú mal puesto o algo así según se escuchaba en la radio.
Hasta el viernes comenzaría el trabajo arduo. Una frase por aquí, un pensamiento por allá, cinco o seis paquetes de copias dispuestas de manera estratégica sobre la mesa y una computadora despierta, intensamente despierta hasta el cuarto para las seis de la mañana del sábado.
Cada teclazo habría de venir de la inspiración del Espíritu Santo, con todo y lenguas de fuego, digo por las quemadotas de lengua provocadas por el café caliente que, a las dos, habría que tomarse como una subrepticia medida para no quedarse dormido.
"Chin, éstos del escalafón", musitaba de vez en cuando Pedro Salvatierra, molesto porque en estos tiempos para obtener el siguiente nivel de puesto se requerían estudios de grados, posgrado y ultraposgrado.  "Tan fácil que era antes, sólo acumulando comisión tras comisión, guardia tras guardia, marcha tras marcha, borrachera tras borrachera. Ah, que pinches estos de la OCDE, violando la soberanía de la educación en México", remataba mientras volvía a leer Chadwick, página 61, para entender esa araña esquemática de lo que es un modelo de instrucción.
Hoy, en la escuela, casi todos tenían grado de doctores, o al menos una maestría y sólo un despistado, el conserje, un diplomado. Así engrosaban las estadísticas de la Secretaría de Educación, siempre dispuesta a ser divulgadas para mostrar a la ciudadanía que era medible el avance de la calidad educativa en el estado, representado por el número de Maestrías y Doctorados alcanzados por su personal académico en los últimos años.

"Después de todo, se ha de sentir tan bonito que te digan Doctor", se motivaba a sí mismo el bueno de Salvatierra comenzando a teclear los párrafos de su ensayo, no sin dejar de pensar en el profesor Soto Culebro que con todo y doctorado no dejaba de escribir una que otra conjugación del verbo haber sin la consabida hache.  Pecata minuta, era Doctor, y el esplendente diploma, rodeado por un costoso marco luminosamente dorado, adornaba el centro de la pared, atrás de su escritorio en la Secretaría, junto con otros más o menos ostentosos pero no menos importantes para demostrar que curriculum había.
"Pobre Culebro, lo bueno que el doctorado se lo pagó la Secretaría, si no, daría pena ajena corroborar que los estudios le sirvieron para dos cosas: comprar un cuadro costoso y nunca más volver a dar un teclazo en su vida para escribir sobre la educación", pensó nuevamente Salvatierra, no sin un dejo de envidia porque el Doctor mencionado era su jefe.
Además, Pedro se sentía por encima de muchos otros compañeros que a duras penas escribían en las modernas computadoras que adornaban el amplio espacio de la oficina donde trabajaban de 8 a cuatro de la tarde. Él si sabía manejar paquetería, Excel, Word, Power Point y le hacía, con mucho ahínco, al ejercicio de comunicarse en las redes sociales. Que si no. Por eso dejaba todo para el último día. Que le duraba hacer un trabajo de 15 cuartillas en una desmadrugada.
Eran las ventajas del dominio de la tecnología. Hasta ya se estaba convirtiendo ducho en el dominio de la estadística, pues recurría al formulario automático de Excel para sacar la desviación estándar sin detenerse en el embrollo de sacarle la raíz cuadrada, piedra insalvable cuando la estadística se resolvía únicamente con cálculos escritos con un lápiz que empequeñecía su punta, después de los múltiples borrones efectuados por Pedro Salvatierra en uno sus cursos de la Escuela Normal.
Eran las tres de la mañana, a la mitad de su trabajo, cuando le sobrevino la desgracia. Un tronido del transformador de la calle y el vecindario quedó a oscuras. Justo cuando estaba puliéndose más en su trabajo. Encorajinado se asomó por la ventana y apenas si pudo ver los últimos chispazos del poste, señal del fatal corto circuito que interrumpiría la luz de la cuadra por más de doce horas.
Entonces se acordó de su compañero de escritorio, el profesor Nemesio, hábil para eso de las cuentas y las matemáticas que, alguna vez, descubrió que Pedro ni aún usando la computadora dejaba de cometer uno que otro error en los cálculos de la eficiencia terminal de las escuelas de la zona urbana, cada semestre.

En la oscuridad, desconectado de su trabajo y del cordón umbilical del saber de su aparato digital, creyó escuchar otra vez la voz del viejo mentor casi gritándole:
"Ay, Pedrito.  No cabe duda que la mejor tecnología de punta en el mundo sigue siendo la tecnología de la punta del lápiz. Esa nunca te falla cuando se va la luz".

LA CONSOLIDACIÓN DEL ESTEREOTIPO DE LO JAROCHO DESDE LA RADIO EN LA DÉCADA DE 1930

Ohtli L. Enríquez González

Visto a partir del tamiz de la historia cultural, una ‘representación’ sintetiza la manifestación de las formas en que un colectivo social observa, interioriza e interactúa con su realidad. El análisis realizado a las fuentes estudiadas permite vislumbrar indicios sobre la manifestación de distintas representaciones por parte de la sociedad porteña de 1930 a 1950 fortalecidas por la radio. Entre ellas se encuentran: lo Jarocho, la Veracruz Agustina y la Veracruz Cosmopolita. Dichos signos subyacen en sus prácticas sociales y culturales, muchas de ellas continuación de su bagaje colonial y decimonónico y otras más son el reflejo de nuevos tiempos, marcan una ruptura con el pensamiento tradicional y sirven de cimiento a la construcción de un inédito escenario sociocultural. A partir de este número  4 de Tlanestli, y durante los siguientes dos, me ocuparé de dilucidar tales ideas, sustentadas en un trabajo bibliográfico y hemerográfico, principalmente.
Lo dispuesto a continuación constituye una aproximación al conocimiento de las representaciones que a mi juicio poseen mayor trascendencia histórica de acuerdo a la relación entre la Veracruz  que llega a la mitad del siglo XX y la difusión de una cultura de masas. En tal esbozo convergen el impacto de las invenciones tecnológicas, la crisis económica, la incertidumbre política, las posteriores transformaciones urbanas, las tendencias culturales en boga y variadas expresiones del entretenimiento que acompañan determinados cambios en la comunicación, las relaciones interpersonales y la construcción de estereotipos culturales locales, regionales y nacionales.
De igual manera hago extensiva una advertencia. Las caracterizaciones hechas a continuación atienden a rasgos culturales y sociales que he observado a partir de la música, el discurso de la historia tradicional, los artículos o anuncios comerciales impresos de la época y la vox populi del porteño actual. Sin duda su aplicación no es efectiva a todos y a todo, más bien son herramientas conceptuales para comprender aquél estado de cosas. De tal suerte tales ‘representaciones’, siguiendo el molde de la escuela histórica francesa, se componen de prácticas concretas, del imaginario y de los discursos. La reinvención del porteño, de su identidad y su percepción de la vida desde luego se inserta en los macroprocesos mundiales de larga duración que el capitalismo aceleró desde el último tercio del siglo XIX con la segunda revolución industrial y la aparición de los monopolios y el imperialismo. Fenómenos en primer término de orden  político y económico,  pero también de significación social y cultural. Bajo esta perspectiva heterogénea y trabada pretendo dilucidar algunos de los elementos que caracterizan a Veracruz a lo largo de dos décadas marcadas por una historia universal convulsa, a la que ciudad y puerto engancha a pesar de sus resistencias y evasiones.
Con la radiodifusión se recrea y difunde el estereotipo cultural del jarocho, lo cual define el ser de la población porteña como resultado de las lentas mutaciones históricas por las que atraviesa su núcleo poblacional a través de la historia. El concepto identitario ‘jarocho’ surge desde la Colonia, designando al mestizo amulatado que laboraba en las haciendas ganaderas de la región del Sotavento veracruzano. Su significado original en España aludió al cuidador de cerdos y no de ganado, pero su utilización en la Nueva España cobró un perfil despectivo para distinguir a lo sucio y vergonzoso; tanto así que uno de los muchos niveles de las castas fue definido de esa manera. Al interior de la colectividad jarocha los rasgos que delimitaron tal concepto se relacionaron con el ímpetu y altanería muy cercanos a la violencia. Seguramente  por razón de los estrechos contactos culturales en la región sotaventina tal categorización fue prestada, designada y absorbida por los núcleos coterráneos hasta llegar al puerto de Veracruz. En contraposición a la raíz primigenia, en el puerto no existían haciendas de ningún tipo, la población trabajadora se dedicaba en su mayoría a la estiba, pesca  y pequeños oficios. El concepto es retomado por su condición bravía, perfil que de alguna manera cobijó los temores y resentimiento por la explotación, los tratos marginales y la pobreza de mestizos y castas. [1]  El jarocho como tal surge quizás, durante el siglo XIX cuando esta población se funde y homogeniza, después de lo cual inicia un aumento demográfico en la segunda parte de la centuria.
 Durante el siglo XX, posiblemente a raíz de la intervención norteamericana de 1914 y  la correspondiente condecoración del puerto como ‘cuatro veces heroico’, es probable que en el ideario público se reafirmara una conciencia de coraje y arrojo ante la adversidad. Encaja perfectamente en la concepción de lo jarocho. Por lo cual la representación es tomada y reacondicionada a las nuevas épocas. Aún con un aire beligerante y restrictivo, la representación tomó su significación actual al fundirse con aquella personalidad alegre e indiferente a las carencias. A partir de la información compendiada para los años de 1930 a 1950 se puede inferir que el común de los pobladores asimilaron este referente identitario, tomaron conciencia de él y lo emplearon para distinguirse de otras regiones y estados de la República. En este sentido la concepción occidentalista que constituye nuestras vidas nos ha proporcionado un sentido de ser y pensar. Las ‘cosas’ están ahí a nuestros ojos como productos acabados que son así y no de alguna manera diferente. Todo posee una identidad y es en base a ésta que se puede dar la distinción de objetos en el mundo; sin embargo, dicha diferencia comúnmente se establece no por lo que se es, sino por lo que no se es: lo Otro. Siempre hay un ‘Yo’ que hace hablar al ‘Otro’ y se apropia de él.
Por tanto, la caracterización del ser jarocho reviste la necesidad de individualizar y cohesionar a un pueblo que se reporta listo para ser proyectado a la nación y al mundo. Este salvavidas cultural aparece justo cuando el puerto necesitaba  reformular su función en el juego de los regionalismos, pero sobre todo, en el momento preciso en que al interior de la ciudad las grietas sociales parecían profundizarse por los conflictos sindicales, de habitación y de obreros acaecidos en la década de 1920. El enrarecido clima que se respiraba por la política represora del gobierno estatal y la crisis económica de los treinta jugaron un papel preponderante en el surgimiento de esta conciencia. Muy ilustrativo de tal resignación estoica es el éxito musical escrito por Agustín Lara e interpretado por Toña La negra titulado ‘Lamento jarocho’:
“Canto a la raza,
raza de bronce,
raza jarocha
que el sol llamó.
A los que sufren,
a los que lloran,
a los que esperan,
les canto yo.
Alma de jarocho
que nació morena,
talle que se mueve
con vaivén de hamaca,
carnes perfumadas
con besos de arena,
carnes que semejan
paisajes de nácar,
boca donde llora
la queja valiente,
de una raza entera
llena de amargura.
Alma de jarocha
que nació valiente
para sufrir
toda su desventura”[2]

Tal parece que frente a la gris realidad el porteño negó su desafortunada historia para reinventarla valiente y desde una perspectiva flemática donde lo verdaderamente importante es consagrarse al disfrute de la vida. Son los medios masivos los que se encargan de refrendar el estereotipo y volverlo una especie de mercancía folclórica o industria cultural, de acuerdo con los planteamientos de la escuela de Frankfurt. Los elementos que dan cuerpo a tal industria cultural son la supuesta raigambre tradicional como el carácter y la vestimenta.
Para el caso del varón, la imagen repetida es la de un sujeto valeroso (quizá intrépido), franco, jubiloso y humilde. Agustín Lara lo proyectaría desde la radio de la siguiente manera:
“Yo nací con la luna de plata
y nací con alma de pirata,
he nacido rumbero y jarocho
trovador de veras.”[3]

La personalidad y su traje típico se estereotipa a través de los medios a finales de los cuarenta, el ayuntamiento porteño de hoy en día define al jarocho como el que va vestido de “un pantalón blanco acompañado de una camisa blanca (Guayabera), ésta debe llevar cuatro bolsas y cuatro alforzas al frente y seis alforzas atrás. Los zapatos deben ser blancos; se complementan con un sombrero de palma y un paliacate rojo al cuello, ajustado con una argolla de oro.”[4] Dicha representación se ha vuelto un buen negocio para las industrias culturales locales, los vendedores de guayaberas y los cuadros de baile tradicional, para todos aquellos que encuentran en el jarocho a su alter ego. Otras fuentes consultadas caracterizan al jarocho de 1930 a 1950 como un sujeto descuidado que gusta del baile, la música y torrentes de cerveza fría; se fascina por los nuevos espectáculos como el cine, el béisbol, el box o el fútbol. Vive ensimismado en su rutina diaria llena de pobreza, basura y calor. Se arremolina en torno a pequeños sindicatos para sentir un poco de seguridad ante los recelosos patrones europeos, norteamericanos o los propios terratenientes locales. Su carácter es amable, burlón e ingenioso. En cuanto a su atuendo, éste se articula con aquello que esté a la mano. En las fotos del valioso fondo Joaquín Santamaría que se conserva en el AGEV se aprecia como los pantalones largos o cortos de color oscuro y las camisas blancas (normalmente arremangadas), mocasines sencillos o sin ellos conforman  la pinta cotidiana de los grupos medios y populares. Los sectores acomodados siguen las tendencias de la moda norteamericana y europea: trajes completos con sombrero.
Por su parte la mujer jarocha se presenta como una hembra hermosa con fuertes rasgos africanos, cabellera larga y un aire de voluptuosidad. En su andar y modos se le compara con la cadencia de las olas del mar, del ritmo del danzón o la frescura de frutas tropicales, su carácter es amable, candoroso y ameno. La trascendencia de los estereotipos propalados por los medios de comunicación e información a partir de la década de 1930 recae en la conformación de una cultura oficial que en la actualidad hace propia el gobierno municipal y estatal. Sobre esto, el ayuntamiento porteño señala que el traje típico:
“Consiste en una falda blanca ancha y oleada, con incrustaciones de encaje valenciano y una mantilla de tul de algodón con bordados de gran belleza. La blusa es sin mangas, del mismo color. El atuendo se complementa con un chal de seda, de corte llamativo, que puede ser blanco, azul o amarillo; un mandil pequeño, de terciopelo negro con flores bordadas. Se trata de un conjunto vaporoso y de suave frescura. Los zapatos deben ser blancos. Los adornos finales son un abanico adornado con encaje, cadenas de oro al cuello y pulseras en las manos, además de un rebozo enredado en los brazos. La cabeza está coronada con una peineta de carey y una cinta anudada en forma de moño, del mismo color del rebozo y de las flores de ornato, así como de un ramillete de cuatro rosas naturales que indican el estado civil; si es soltera va del lado izquierdo, si es casada del lado derecho.”[5]

Tal vestimenta sólo era utilizada en estampas folclóricas y en eventos especiales por parte de una reina del carnaval o una destacada joven. En realidad los vestidos utilizados por el grueso de las mujeres comprendían ligeros trajes de una o dos piezas en colores claros, con zapatos de tacón o sandalias y un pequeño adorno en la cabeza. Aunque la moda fuese portar una corta cabellera y ‘las pelonas’ se dejaran ver en teatros, cines, balnearios y parques, las jarochas del pueblo preferían la acostumbrada y nada escandalosa coleta larga. La mayoría de ellas ocupadas de las labores del hogar, llevaban una vida difícil pero sencilla, normalmente a cargo de los hijos. Hombres y mujeres se veían a sí mismos como individuos festivos y curiosos, a ratos taciturnos y desbalagados. Por el día las calles mostraban  rara actividad, salvo para aquél que vivía del trabajo en la calle como los vendedores ambulantes o los cargadores de la zona de muelles. El común de la gente se guarecía del inclemente sol en sus casas, lugares de trabajo o bajo los toldos de tiendas, cafés, cantinas y todo lo que expendiera algo, todo esto como recapitulación de lo escrito por García Díaz, Guadarrama Olivera y otros.
La radio difunde el factor cultural más importante que pondera el estereotipo jarocho, la música regional conocida como huapango o son jarocho, ritmo más favorecido por las ondas radiofónicas. De acuerdo con el etnomusicólogo Randall Kohl[6], el son jarocho del área cultural porteña posee grandes diferencias respecto al son de la cuenca del Papaloapan, por lo que puede entendérsele como una expresión cultural particular de la sociedad estudiada.  El son jarocho se caracteriza por ser un ritmo muy vivaz con tonadas repetitivas y con letras sencillas sobre la naturaleza y la vida pastoril en el Sotavento. Típicamente se ejecuta con un arpa grande de 32 cuerdas, un requinto de cuatro cuerdas y una jarana, pero se han anexado otros instrumentos como el marimbol, el violín, el bajo eléctrico o percusiones. El son se perpetuó con los fandangos, fiestas populares donde el ingrediente principal es el baile de tarima acompañado de las melodías. La música y el baile han sufrido innumerables cambios por la influencia europea (andaluza en un primer momento), africana, oriental y caribeña. El son jarocho es precisamente producto de uno de estos lentos vuelcos en el tiempo que se mantuvo como parte de una tradición familiar. Ya bien entrado el siglo XX el son jarocho y el fandango son ‘convertidos’ por la radio en manifestaciones típicas de lo popular en Veracruz. Randall Kohl escribe una historia que enlaza las expresiones culturales con la utilización de estos mecanismos simbólicos para consolidar posiciones políticas, en específico el régimen de Miguel Alemán Valdés. Este autor señala cómo el son jarocho pretende establecer un nexo con el pasado, con una supuesta historia común. Aunque al estudiar sus componentes e influencias, el resultado es totalmente contradictorio al discurso, puesto que la ‘música típica’ en realidad es la hibridación de múltiples historias y estilos musicales.
En nuestros días el son jarocho es uno de los pilares más fuertes de la identidad no sólo municipal, sino estatal, ya que la acción de la radio desde sus inicios deliberada e inconscientemente tendió a ‘jarochizar’ al Estado de Veracruz, arrebatándole a las otras partes de su identidad cultural. Desde mi perspectiva, a partir de los últimos años de la década de 1930 y durante la siguiente asistimos a la construcción de una relación caracterizada por la sinécdoque[7], empleando los tropos literarios a la manera propuesta por el historiador norteamericano Hayden White.[8] Esta figura retórica proyecta la imagen del puerto sobre todo el Estado, principalmente por la igualdad del nombre. Así, cuando se habla de Veracruz (Estado) se recrea en la mente del receptor la imagen del puerto. Dicha representación pervive en la actualidad en el ideario nacional a pesar de la intensa difusión de la diversidad interregional al interior del Estado.
Finalmente el carnaval a partir de 1925, los cuadros tradicionales de música ‘popular’ y sobre todo la exaltación de estereotipos como la alegría de su gente y la belleza natural de su paisaje comercializan y difunden una determinada imagen de lo jarocho, identidad fortalecida y reutilizada por el Estado y las empresas mediante los medios de comunicación para crear un nacionalismo y generar una sociedad de consumo. Así se ha continuado una imagen de lo veracruzano y se ha construido el puerto ‘mítico-histórico’, representación que encuentra su cenit en la Veracruz Agustina.

Por su enorme acomodo a los distintos cambios y lugares, la radio ha impactado con una magnitud asombrosa, a tal grado de modificar la discursividad y renovar lo que se debe decir y lo que se debe escuchar. Su mecanismo de acción ha sido, ya encendida, su sonido perpetuo e incontenible viajando de cualquier manera a nuestros oídos. Esa omnipresencia Héctor Gómez Vargas la entiende de la siguiente manera:
“La radio se inserta a lo cotidiano a través de un doble mecanismo: se le escucha en un lugar, en un momento y mientras se hace algo. Es decir, se inserta y se integra a las situaciones cotidianas; pero la radio colabora a organizar las distintas situaciones cotidianas ya que trabaja, también, a partir del mecanismo de la reiteración y el fragmento, por lo cual la radio conecta, regula, activa las diferentes situaciones.”[9]
El cambio que la radio produjo fue lento y discreto, pues la radio no tayloriza la casa, o la oficina de golpe, no divide o distribuye los tiempos, no especializa la realidad de los actores como un inevitable zarpazo. Actúa de forma muy sutil, enamora, envenena suave y discretamente, adaptándose a las rutinas. Acompaña tanto al tedio como a la confusión o el relajo, su imposición es lenta y nebulosa. Durante sus primeros lustros en el puerto de Veracruz la radio actúa como un intermediario que sugestiona y sonsaca a los receptores, no impone. Mientras la cigarrera de El Buen Tono o las distribuidoras de fonógrafos de Emilio Azcárraga ven en la radio un medio para vender, ésta se engancha como telón de fondo a los distintos estados de ánimo, necesidades, gustos y rituales domésticos sólo con cambiar la frecuencia. Desde mi perspectiva, el papel de la radio en la historia social y cultural es una veta fecunda para poder comprender la forma en que un grupo humano se percibe a sí mismo y su entorno. La forma en que entiende sus prácticas políticas, económicas, sociales y culturales y la manera en que expresa sus filiaciones o  rechazos.



[1] Algunos autores que retomo para realizar esta breve caracterización son Leonardo Pasquel, Álvaro Alcántara, Bernardo García, Fernando Benítez, Enrique Rivas, Randall Kohl, Francisco Rivera y Adriana Gil Maroño.
[2] Agustín Lara. “Lamento jarocho”, PHAM, México, 1932; en Toña la Negra (CD), Warner Music-Peerles, México, 2004. (Colección México y su música)
[3] Agustín Lara. “Veracruz.” PHAM, 1932; en Op. cit.
[4] Recuperado en agosto de 2006. http://www.veracruz-puerto.gob.mx/trajejarocho.asp?valor=5
[5] Recuperado en agosto de 2006.  http://www.veracruz-puerto.gob.mx/trajejarocho.asp?valor=5
[6] Randall Kohl S. Ecos de la bamba. Una historia etnomusicológica sobre el son jarocho del centro-sur de Veracruz, 1946-1959. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2004. (Tesis para obtener el grado de Doctor en Historia y Estudios regionales.)
[7] Según el diccionario de La Real Academia de la Lengua Española: Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.
[8] Hayden White. “El texto historiográfico como artefacto literario”; en Historia y Grafía. Universidad Iberoamericana, núm. 2, 1994 y El contenido de la forma. Paidós, España, 1992.
[9] Estudios sobre las culturas contemporáneas, vol. 6, Num. 16-17, 1994, México, Universidad de Colima. pp.  274 pp. 278

LA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA Y SU IMPACTO EN LA CULTURA

Por:  Angélica Moreno Salazar
        Lic. Lourdes Moreno Salazar

El mundo en el que vivimos se  encuentra estructurado por una cultura y una sociedad que están en continuo cambio de crecimiento, y estos ocurren desde hace poco más de un siglo con mayor celeridad. Al mismo tiempo los cambios han sido más radicales, se dice, que han pasado de una cultura impresa a una  cultura digital, es decir, de la linealidad que supone leer un texto impreso a la hipertextualidad de la lectura en la página web y su utilización. Desde hace un par de décadas se escucha que hemos entrado en la era de la comunicación, que estamos en plena revolución de la información.

Cambios que han sido generados por la agudización de las políticas económicas de corte neoliberal y son favorecidos por el desarrollo tecnológico. Para el acceso del ciudadano, siendo que algunas de estas transformaciones son evidentes, lo que provocará la creciente mercantilización de la experiencia humana, la fragmentación social en función del poder del consumo, la reacomodación del tiempo del individuo, las nuevas tendencias hacia la acumulación en el seno de una sociedad del espectáculo-simulacro.

De modo que este cambio tecnológico inunda nuestra cotidianidad y nos resulta tan natural que no tomamos conciencia de que esto sea así. Lo que ha traído consigo es una nueva sociedad o una nueva cultura, lo que es claro que esta sociedad sigue siendo una realidad cambiante. Esta nueva forma de entender y vivir la realidad, esta nueva manera de conducirse, de relacionarse con los demás y con los instrumentos de la cultura, se ha dado en llamar la sociedad de la información, sociedad del conocimiento, cultura digital, etc.

Hay una frase popular que dice “quien tiene la información tiene el poder”, es decir que estas nuevas tecnologías tienen un potencial enorme, que pueden contribuir a la democratización de este mundo globalizado, si la información está al alcance de todos, pues se trata de un bien que se debe compartir. Pero también se corre el riesgo de que se acentúen diferencias entre los países de primer y tercer mundo.

Ahora la pregunta es ¿Qué implicaciones tiene en la educación? ¿Para qué educar? ¿Qué exigencias trae consigo esta nueva tecnología, frente a los países del tercer mundo, servirá a su desarrollo? ¿Este cambio en la cultura servirá para mejorar la educación de las naciones?

Hablamos de un nuevo contexto con la gran revolución de las tecnologías pues estas deben ser el bien para el mejoramiento en la educación partiendo de que se podrá educar a más personas, así como el conocimiento que poseemos sobre la educación se puede enriquecer y desarrollar dentro del proceso de enseñanza aprendizaje, con el desarrollo e innovación de la nueva tecnología, pero es necesario realizar un análisis sobre cómo podemos responder a estas demandas

Aguiar, (2003), hace referencia a que “La tecnología ha ido llenando de cosas nuevas. Y esas cosas continuamente nos hablan de posibilidades para nuestro conocimiento y nuestra acción. A veces, es verdad, tremendamente sugerentes y útiles. Pero otras veces no. Para no perdernos entre tantas cosas, para no vivir desorientados, hay que aprender a comprenderlas. Para que las cosas que nos rodean dejen de ser sólo un montón de objetos, hay que comprender como se relacionan entre si y como nos relacionamos con ellas. Hay que comprender las posibilidades que encierran” (p. 119).

Es decir, que hay estar atentos y preparados a los cambios, así como se debe saber aprovechar el uso adecuado de la tecnología, reflexionar sobre la aplicación de esta en lo educativo, de acuerdo a un perfil profesional que exige la actual demanda laboral, de manera que la nueva tecnología sea útil en el desarrollo de las naciones.

Los autores citan a Buckingham, 2003, el cual dice: “Lo cierto es que el advenimiento de las nuevas tecnologías les ha dotado de un nuevo auge en la práctica y en el contexto general de la sociedad. Así asistimos de manera reiterada a la reclamación de una protección de la infancia y la juventud a los contenidos perjudiciales que pueden encontrar tanto en una descontrolada Internet como en los “peligrosos” video juegos, pánico asociado a los 2 temas clásicos de vigilancia en este campo: el sexo y la violencia” (p. 267).

Situación que debe ser preocupación de los ciudadanos, de los profesores en las aulas que trabajan con estos medios en las aulas y de los políticos, puesto que la juventud tiene libertad en el acceso a los equipos electrónicos como a: los juegos de video ( el PCP, play station, Nintendo 64, xbox, tetrix,… etc.), los celulares y sus aditamentos, el iphone G3, la televisión (de PLASMA, LCD, LED, pantalla de auto, etc.) , equipos de cómputo y sus aditamentos, el DVD, Blueray, el Karaoke, entre otros muchos., sin control alguno de vigilancia por parte de los adultos, lo que provoca enajenación en algunos jóvenes,  perdiendo estos el interés por completo en otras actividades como son: el deporte, la lectura, las actividades escolares y de su entorno., es decir, que en la realidad en lugar de ser en beneficio el uso de las nuevas tecnologías, está siendo perjudicial a los jóvenes, entonces cabe cuestionarse: ¿en lugar de servir para el desarrollo de una nación,  la tecnología está originando una crisis del nuevo conocimiento?

Ahora en el siguiente apartado los autores, (2007) señalan que: “La introducción de las nuevas tecnologías en el aula ha puesto la consolidación definitiva de unos paradigmas que se preocupan únicamente en estudiar su utilización en los procesos de enseñanza-aprendizaje sin tomarlas en consideración como objeto de estudio en sí mismas. Así mismo, la expansión de las nuevas tecnologías en la escuela como herramientas de producción por parte de los alumnos ha dado lugar al surgimiento de un enfoque centrado principalmente en “celebrar” el uso de estos medios por parte de los estudiantes, sin trabajo reflexivo posterior. La mera visión instrumental hacia las nuevas tecnologías parece imponerse como el paradigma dominante en nuestros sistemas educativos” (p. 265).

También debemos estar de acuerdo en que el uso de la nueva tecnología ha sido para beneficio del desarrollo económico, pero habrá que analizar el sentido que le ha dado la sociedad a esta, ¿de qué manera la asimilado?, ¿cómo ha respondido ante estos cambios?, que impacto a tenido esta nueva tecnología? efectivamente se han visto cambios actitudinales en general de la sociedad, por ejemplo: esta se ha visto en la necesidad de depender del célular, de las computadoras portátiles, del chat…., etc., y éstos se han convertido en vicios, porque se hace uso excesivo de ellos.

Por otro lado, tenemos a los jóvenes que compiten por obtener lo más nuevo en equipos electrónicos y el dominio de éstos para lograr una formación profesional, pero en ningún momento se han detenido a reflexionar ¿el por qué y para qué han sido fabricados estos equipos? situación que debe preocupar a la sociedad en general y proponer ideas sobre el uso adecuado de estos, y de que forma debemos hacer uso de los mismos, ya que en el presente se ha convertido en una sociedad del consumismo e individualizada.

Aguiar, (2003),  dice que: “Las transformaciones de las sociedades siempre tienen repercusiones en los contextos educativos y en la actualidad parece que son los cambios relacionados con el mundo económico y las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación los que tienen mayor relevancia. No podemos, sin embargo, obviar otros factores que repercuten en la definición de los objetivos educativos como por ejemplo son: la mejora de la calidad de vida en ciertos países que ha aumentado la esperanza de vida haciendo con ello más necesaria una formación a lo largo de toda la vida; o la presencia de las mujeres en el mundo laboral que ha roto con la responsabilidad que ésta tenía en exclusividad sobre la educación de los niños. Ahora la escuela y la familia necesitan reflexionar sobre sus relaciones; las formas y modelos de vida han cambiado; las actividades del hombre en la naturaleza han adoptado por valores de respeto al medio ambiente y los recursos disponibles, etc.” (p. 40).

Ahora bien, en la sociedad actual, las personas se ven sometidas a la tecnología de la información y la comunicación y a la construcción de un mundo social que gira en torno a la información. Deben asimilar la comprensión del mundo que les rodea y sólo es posible a través de percibir y entender su forma de funcionar. Lo que se apoya en la educación recibida, es decir, en aquella que le permita situarse en su entorno con capacidad para captar el significado de las cosas comprender y emitir juicios, construir una identidad social y cultural e intervenir en ella. Razón por la cual la educación constituye un factor importante de desarrollo para la nación y se relaciona cada vez más con los diferentes agentes sociales entre los cuales están los medios de comunicación social, recurriendo a los distintos ámbitos de intervención como a la educación no formal, a las diferentes organizaciones e instituciones distintas de las instituciones tradicionales, y flexibilizando sus propuestas para responder ante las necesidades sociales.
    
Para concluir, a nivel global el sistema educativo debe detenerse a reflexionar sobre el uso que hacen los jóvenes con la nueva tecnología y el pensamiento crítico del que carece el estudiante actual, porque tenemos una problemática  en la que es necesario reclamar la protección de los niños y jóvenes de los vicios que trae consigo esta nueva tecnología.

En sí, las nuevas tecnologías y su papel en la sociedad, en este momento son un desafío que el mercado capitalista supone para la democracia y los cambios generados por dicha tecnología en nuestras vidas. Desafíos que se plantean en un contexto general de crisis de implantación de la educación y los medios de comunicación y los sistemas educativos ante las olas  del conservadurismo que arraigan en nuestras sociedades. Ya que la demanda actual del mercado laboral exige una transformación urgente del sistema educativo, en los valores  en la cultura y en la sociedad.
Referencias Bibliográficas
Aguiar, Victoria, (2003), Sociedad de la información y cultura mediática, recuperado el 20 de noviembre de 2009, http://books.google.es/books?id=W-E_mV4rSJ8C&pg=PA119&dq=las+tecnolog%C3%ADas+de+la+informaci%C3%B3n++en+la+cultura&lr=#v=onepage&q=las%20tecnolog%C3%ADas%20de%20la%20informaci%C3%B3n%20%20en%20la%20cultura&f=false.                            
OCDE (2002), Los desafíos de las tecnologías de la información y las comunicaciones en la educación, Organización de Comunicación de Desarrollo Educativo (OCDE), recuperado el 20 de noviembre de 2009, http://books.google.es/books?id=QRIpsjB5nPsC&pg=PT179&dq=las+tecnolog%C3%ADas+de+la+informaci%C3%B3n++en+la+educaci%C3%B3n&lr=#v=onepage&q=&f=false   
 Aparici, Diez, (2007), Manipulación y medios en la sociedad de la información, recuperado el 18 de noviembre de 2010, http://books.google.es/books?id=wIg9W_EnMgAC&pg=PT8&dq=las+nuevas+tecnolog%C3%ADas+y+sus+efectos+en+los+educandos&lr=#v=onepage&q=&f=false 
IEC, (2006) Redes. Com, Revista de estudios para el desarrollo social de la comunicación, No. 3, pags. 449, http://books.google.es/books?id=dlqz3lzK8wkC&pg=PA264&dq=la+nueva+tecnolog%C3%ADa+digital+y+sus+efectos+perjudiciales+en+los+educandos&lr=#v=onepage&q=&f=false

Los propósitos educativos que vienen de fuera

Por Ariel López Alvarez
19 de noviembre de 2010
A veces se llega a tener en mano textos tan interesantes como precipitados en su publicación, que no hacen más que evidenciar que desgraciadamente los autores no se dieron a la tarea de discutir y someter a la crítica los puntos de vista que sostienen, antes de verlos impresos; sucede con frecuencia, sobre todo en las obras que se lanzan para aprovechar alguna coyuntura social. Sin lugar a dudas, en ellas se encuentran deslices de admirarse, como los que pululan entre las interesantísimas entrevistas que Andrés Oppenheimer integró en su libro “¡Basta de historias!”.
Antes de empezar a comentar mis diferencias y coincidencias con Oppenheimer,argentino de nacimiento y columnista del Miami Herald, quisiera enlistar una serie de ideas que he logrado entender gracias al contacto con maestros, algunos de aquellos que Oppenheimer acusa de causa primera de nuestras desgracias nacionales:
i) Entiendo por educación el conjunto de formas de enseñanza que una sociedad emplea para transferir a sus miembros sus conocimientos, destrezas, habilidades, valores, costumbres; así como su idioma, idiosincrasia, visión de futuro y, en general, toda la riqueza de su cultura y de la universal;
ii) Estoy de acuerdo con los que opinan que hay que poner a la educación en el centro de la agenda política nacional, y que hay que esforzarse permanentemente por alcanzar mejores resultados, pero sin hacer responsable sólo a la educación de todo cuanto nos pasa;
iii) Las políticas educativas deben velar por la educación general de la mayoría, a la vez que deben contar con los medios para impulsar las especializaciones, justo ahí donde se demanden –no deben darse las confusiones como las de Oppenheimer, quien no diferencia a la educación general de calidad con la educación especializada de calidad. La primera es esencial porque en los primeros años educativos nos prepara para afrontar los problemas de la vida (la imagino tan universal como fuera posible) y la segunda es muy específica porque tiene intención de hacernos capaces para desempeñar trabajos y creatividades que se hacen cada vez más complejos en el mundo-;
iv) En México hemos llegado a un punto en el que es impostergable garantizar los medios para que cada vez más y más nacionales alcancen un alto nivel educativo que permita hacer competitivas nuestras empresas a nivel internacional. Es imperativo insertar a grupos especializados en los liderazgos de la innovación tecnológica;
v) Nuestro reto de alcanzar una educación básica de calidad no debe significar la expulsión de todos aquellos que no cumplan con los parámetros de exigencia;
vi) Los buenos resultados educativos no dependen únicamente de los maestros, programas educativos y recursos; además, es necesaria la participación de las familias y los grupos sociales;
vii) Redoblar esfuerzos educativos en las aulas no significa dejar a los jóvenes sin vacaciones. Después de cumplir con las responsabilidades escolares el tiempo para el ocio es necesario para el desarrollo de aptitudes e integración social.
viii) También creo que las evaluaciones nacionales y las pruebas internacionales llegaron para quedarse y ser una guisa más para elevar la calidad educativa; que sus resultados serán más útiles siempre y cuando reflejen el verdadero nivel educativo que se tiene, sin maquillajes; y que esos resultados no se debieran comparar públicamente, porque empiezan las selectividades cuando la sociedad compara, y entonces se corre el riesgo de que las buenas escuelas se conviertan en mejores escuelas, y las malas escuelas se hagan peores.
Decía que, en lo personal, admiro osadías como la del periodista Andrés Oppenheimer, quien en su nuevo libro “¡Basta de historias!”, entrelazando información interesantísima, escribe infinidad de joyas de pobre filigrana, como la siguiente: “¿Es saludable esta obsesión con la historia que nos caracteriza a los latinoamericanos? ¿Nos ayuda a prepararnos para el futuro? ¿O, por el contrario, nos distrae de la tarea cada vez más urgente de prepararnos para competir mejor en la economía del conocimiento del siglo XXI?”.
¡Vaya!, primero, ¿dónde están todos aquellos a los que se refiere Oppenheimer que yo no he tenido el gusto de saludarlos por doquier? Tal vez pudiera ser al contrario de cómo lo ve el periodista, ojalá y pudiéramos constituirnos como una de esas sociedades que gustaran con avidez de conocer y repensar su historia, la de sus familias y la nacional; estoy seguro de que elevarnos al estadio de una sociedad que se identificara en su pasado nos daría identidades regional y nacional tales que ayudarían a librar un sinfín de escollos que vulneran nuestra cohesión social y los afanes de progreso. Segundo, el conocimiento es historia misma; es impensable querer preparar nuevas generaciones sin saber qué se ha hecho en las materias que deseamos profundizar. Tercero, en lo personal no estoy en contra de la competencia, sino de que en aras de ella las sociedades se destruyan internamente y de que los individuos perdamos nuestra identidad. En adición, probablemente se debe revalorar la experiencia y sabiduría de nuestros antepasados cuando se preocuparon en considerar que si compartían y nos enseñaban a compartir una misma historia, la “historia patria”, se continuaban tendiendo los lazos de hermandad de una nación.
Hombres de mundo como Oppenheimer –en el sentido de que viajan mucho- nos proveen datos relevantes en sus publicaciones; lo criticable es que, desconocedores de la profundidad de la materia de la que tratan, a veces incluyen opiniones que confunden a los lectores. En lo personal me es difícil comprender un sinnúmero de comparaciones que hace, como esta: “Cuesta creerlo, pero países relativamente jóvenes como México y Argentina tienen porcentajes mucho más altos de jóvenes estudiando historia y filosofía que países como China, que tienen una historia milenaria y filósofos como Confucio que han revolucionado el pensamiento universal”.
Al proporcionar información valiosa del trabajo académico de algunas universidades asiáticas, me parece que el periodista internacional equivoca su interpretación del por qué algunas universidades latinoamericanas lucharon por la autonomía, y a ésta la hace culpable de no permitir que académicos de prestigiadas universidades estadounidenses y europeas participen en la formación de los alumnos. Francamente desconozco si nuestras universidades pudieran, como en China, pagar la mitad de su plantilla docente de catedráticos de las mejores universidades de Estados Unidos. Por otra parte, probablemente las autonomías universitarias no sean del todo exitosas hoy día; pero, ante las democracias endebles del siglo XX, lograron detener los arribismos en la dirección de los destinos de la educación universitaria; han tenido la probidad o calidad moral para ejercer presión sobre los investigadores que desean pasarse la vida investigando qué van a investigar; en muchos lugares han acabado con los maestros que obtenían cátedras como premio a su labor política; han podido continuar sus proyectos educativos con visiones a largo plazo; entre otros aciertos que habría que reconocerles.
Y como tantos más que gustamos del reduccionismo para interpretar nuestro entorno, Oppenheimer, en “¡Basta de historias!”, sesga su visión al acusar a la educación como la única responsable de que las sociedades latinoamericanas mantengan baja competitividad internacional, un magro ingreso per cápita y por ende, que amplios sectores de su población se hallen en la pobreza –aunque afirme que fueron economistas de Harvard quienes llegaron a esa conclusión en el Informe de Competitividad de México 2009-.
Más que como problema, habría que ver la educación siempre como una de las soluciones y, en todo caso, sumar a las causas de la pobreza otras tantas variables más. Y aceptando, sin conceder, su argumento, lo cierto es que en todo momento debería de haber una correspondencia de mano de obra calificada con respecto a las necesidades del mercado laboral; es decir, una sociedad ha de resolver tareas impostergables en el rubro de la multiplicación de las inversiones y reinversiones hacia la planta productiva antes de lanzar al mercado laboral cientos de miles de ingenieros–como sugiere Oppenheimer-, que sin garantía de trabajo no tendrían empleo en su profesión, por más cualificados que se encontraran. En el caso de nuestro país, además de tratar siempre de mejorar la calidad de la educación, México necesita atraer y dar certidumbre a los grandes capitales, apostarle a la innovación tecnológica y sus patentes para no tener que ofrecer salarios de hambre que compitan con los que se ofrecen en Asia y, por qué no decirlo, también los mexicanos debemos cumplir con nuestras cargas impositivas, las que evadimos tanto como podemos.
En mi clara ignorancia de cómo las sociedades han educado a sus integrantes, llegué a pensar en una ocasión que un país podría llegar a ser más próspero reduciendo o eliminando las vacaciones de los estudiantes. En ese mismo error cae Oppenheimer cuando cita que el año escolar en Holanda, Tailandia y México es de aproximadamente 200 días, y que en Estados Unidos es de 180 días; y se admira porque los chinos y los coreanos han reducido sus vacaciones hasta casi eliminarlas en las escuelas de élite. Ese argumento puede resultar más falso que cierto, porque el “ocio”, para cualquiera, después de haber realizado las tareas cotidianas, después de haber cumplido con sus responsabilidades, se convierte en un tiempo valioso para la convivencia familiar y comunitaria, y ayuda a los jóvenes estudiantes a formarse como sujetos sociales; así como para descubrir sus vocaciones y permitirse realizar tareas distintas o complementarias a las de las aulas.
Reconozco mis limitaciones cuando encuentro la admiración de Oppenheimer ante las declaraciones del director del Centro para el Desarrollo Internacional de Harvard, Ricardo Hausmann, cuando éste resalta que “India tiene mucha gente analfabeta, pero cuenta con 50 veces más gente altamente capacitada que México. De ahí que a México se le hace cada vez más difícil competir”. Siendo así las cosas, no veo en qué afecta preocuparnos porque la educación básica llegue a todos y que se eleve en calidad –en nuestra valoración de la realidad eso es darles dignidad a los individuos-. E insisto que el esfuerzo por contar con más y mejores especialistas de alto nivel se ha de relacionar directamente con las necesidades de una planta productiva demandante, ¿Oppenheimer y los harvarianos ignoran que no hemos podido ser competitivos con los bajísimos salarios que pueden garantizar los asiáticos para bajar los costos de producción y aumentar las ganancias? En lo personal me he quedado con el pendiente de que el periodista internacional refiera las lamentables condiciones de vida en la China continental que, por cierto, están bastante documentadas.
¿Por qué sería recomendable leer “¡Basta de historias!”, de Andrés Oppenheimer? Bueno, después de que algunos amigos lo hemos revisado en estos días, un maestro me decía tres cosas: Primero, las ideas contenidas parecieran ser lo que los gobiernos latinoamericanos de la derecha no han de poder decir abiertamente con respecto de la orientación de la política educativa que desearían impulsar; segundo, a través de sendas entrevistas a ex funcionarios mexicanos, el capítulo del libro dedicado a la educación en México refleja los problemas que se dan en las alianzas, cuando ideológicamente los actores políticos se repelen y; tercero, pareciera “concitar” el interés hacia la visión pro empresarial que debe dársele a la educación. Este último punto no es menos importante, pues el libro en comento, para cualquiera que no haya leído otros textos sobre el problema educativo en Latinoamérica, cumple a cabalidad su función: concita, es decir, provoca inquietudes y rebeldías en el ánimo de los demás.
Otro maestro me hablaba de que esta obra podría ser una muestra de la orientación educativa que viene de fuera para los tiempos modernos. Aquella que preconiza que no interesa si tendremos capacidad para absorber la mano de obra calificada que se eduque en México, porque de cualquier manera habrán de existir grandes oportunidades en el extranjero para todos aquellos profesionales que la planta productiva mexicana no pueda emplear.
Por cierto, cuando estaba escribiendo esta última parte leía de Sergio Sarmiento, en su columna para Reforma del pasado 18 de octubre, que “Si en el año 2000 ya 411 mil mexicanos con nivel técnico o superior vivían en el exterior, esta cifra ha aumentado a un millón 39 mil en 2010, según el Subsecretario de Educación Superior, RodolfoTuirán. Uno de cada 10 técnicos superiores o licenciados y uno de cada cinco doctores mexicanos viven en EU. La mitad se formaron en México”.
Pero, ¿qué tan radical puede llegar a ser la mentalidad empresarial para la planeación educativa? Al respecto parecen esclarecedoras las declaraciones de la senadora panista Teresa Ortuño, publicadas por La Jornada del pasado 21 de octubre, quien en reunión con otros legisladores afirmó que aquellos maestros que reprueben en las evaluaciones “deben salir del sistema educativo”, en consideración a que “nos sale más barato liquidarlos generosamente, porque al país le cuesta mucho más mantenerlos en el sistema que darles otra opción (laboral)”.
Contrario sensu está la opinión de maestros que han estudiado el fenómeno educativo, los que opinan que antes de aplicar acciones extremas que pudieran implicar despidos sería necesario analizar las condiciones del sistema educativo mexicano, en su equidad y cobertura.
En fin, no cabe duda de que en el mundo ha ido en decadencia la visión liberal de grandes pensadores como John Stuart Mill; acaso sea por el emergente pragmatismo que ya percibía Fukuyama a finales del siglo pasado. Por cierto, la diferencia entre Fukuyama y Oppenheimer es que Fukuyama sólo observaba cómo las ideologías se difuminaban en el entramado social; mientras que Oppenheimer, en ¡Basta de historias!, permea la idea activa de lo trascendente que pudiera ser para una economía nacional el que sus miembros perdieran la memoria histórica y, por ende, su memoria social.