lunes, 6 de abril de 2026
El Albatros
RAÚL GONZÁLEZ TUNÓN
1905-1974 Buenos Aires, Argentina.
De entre los papeles privados de RGT se han descubierto una decena de cuentos cortos que estaba preparando para su publicación. De entre ellos, El Albatros es un excelente exponente de su prosa poética que utilizaba. He aquí una versión directa de sus borradores:
Saliamos de la zona del Canal de Panamá: hacia rato que habíamos dejado atrás a Balboa. Aún veíamos luces a lo lejos. Exceptuando la niebla, obstinado gen‑tuando que nos escoltó desde Am‑darmes hasta El Havre, el viaje había sido tranquilo, aunque, por el mismo, sutilmente inquietante, co‑mo cuando se espera algo desconocido y vago.
Navegábamos ya por el Pacífico, recordando el oloroso mercado de Pointe a Pitre, en la Guadalupe, 'la Ciudad Muerta de Saint Pierre, en la Martinica, la estatua de la emperatriz Josefina, las finas y elegantes negras descargadoras de carbón, el Mar de los Sargazos, cubierto de extrañas plantas y flores marinas rosadas, azules, verdes, flotantes, viajeras. Hace poco estaba allí el telón de fondo del Canal, la ciudad de Cristóbal, la "lluvia y las corridas del Bar‑Ca‑nadian".
De pronto la botella y los vasos cayeron sobre la mesa. Era el viento y su ruido. El barco parecía hundirse en el mar y volver a la superficie. La tormenta estalló con su secuela de elementos enloquecidos, con todas sus agujas locas que desorientan a las veletas y a los ángeles perdidos. Como otro personaje, el viento entró de súbito al comedor por los ojos de buey, en seguida cerrados por avezadas manos de curtidos camareros. Movía el barco a babor a estribor, de popa a proa. Los latigazos de la tormenta casti‑gaban sus resortes, silbaban en el palo mayor y en el puente de mando, golpeaban las planchas de hierro, las maderas y los cables. El viento y las olas combinadas tras‑formábanse por momentos en es‑puma fugaz sobre la cubierta y una súbita claridad nos permitía ver la agresiva cresta de las olas gigantes. El agua salpicaba los vidrios de los ojos de buey, y la furia de la tormenta, ya empujando la popa, ya rompiéndose contra el proel, desconcertaba a la Rosa de los Vientos. Un barquito dentro de una botella, que estaba sobre la repisa y entonces adquiría todo el valor de un símbolo, osciló y fue salvado por un ser invisible, sin duda el duende que ronda por los comedores de los barcos mercantes que hacen la ruta Amberes‑Valpa‑raíso. El barco continuaba su his‑térico baile y teníamos que asirnos a la mesa. En una pausa del jaleo oímos un grito. El grumete asustado se asomó por la puerta de la cambusa. El capitán salió al pasillo y nosotros, los únicos pasajeros del buque de carga, lo seguimos.
De repente vimos venir hacia nosotros al primer oficial. Caminaba dificultosamente. El capitán lo enfocó con la linterna.
—¿Cómo es que ha abandonado el puente de mando?
No atinaba a contestar. Enton‑ces vimos que su chaqueta estaba manchada de sangre. Y al fin pudo hablar. (Algo muy extraño, capitán, me hallaba en el puente cuando de pronto oí un fuerte golpe y advertí vagamente algo así como una sombra, fugaz, pasando sobre mi, sintiendo enseguida un dolor penetrante en el hombro. Palpé, mo‑tirando la mano mojada. Era san‑gre.)
—Llévenlo a la enfermería. Y ustedes, siganme. Por ahí andará ¿Andarás, quién? ¿El asesino? Atravesamos el falso puente y el puente de mando. Llegamos a la parte superior, cerca de las ca‑nas del telegrafista y del coman‑dante. El viejo lobo se detuvo enfocando con la linterna. ¿Al asino? y ahí estaba. sí. Era un enorme pájaro marino, una especie de gaviota gigantesca.
—¿Lo ven? Es un albatros, soberbia. El impetuoso viento empujado contra el barco. Sín herido en algún cable. Sí, observen el cuello abierto profunda herida bajo el ala izquierda. Murió peleando. ¡Salud!
Al contrario del albatros gista poemas de Baudelaire do por los marineros y cu de gigante no lo dejaban a la cubierta, tornándolo ri él, al magnífico Príncipe Nubes, este otro se salv burlas salvajes. Y muer sus alas muertas, no pare lo, sino hermoso en cai
Entonces oímos la sen del capitán:
—Dicen que cuando batros en alguna parte poeta.
*Transcripción del texto en la imagen:*
> de las islas perdidas, un poema termina diciendo “Soy Baudelaire, el padre de la poesía moderna”. ¿Es así realmente?
—Sí, él trajo un nuevo estremecimiento a la poesía moderna. Antes había temas tabú; a él también lo condenaron por una serie de poemas. Demostró que la poesía no era evadir-se de los problemas humanos, sino que todas las cosas humanas, por aberrantes que sean, son susceptibles de inspirar un poema. Y está su poema llamado *El Albatros*, que para mí es una maravilla, en el que hace una defensa de la poesía, de los fueros del poeta y dice que cuando se cae, sus alas de gigante no lo dejan andar. Es una defensa del poeta, de la poesía, de la cencienta de las artes. Y también, claro, de su propia vida, puesto que los libros de Baudelaire no se editaban porque le gustaba espantar a los burgueses. Llegaba a un café, por ejemplo, y decía: _Cuando yo comía sesos de niño…_ y los burgueses se espantaban.
—¿Se puede traducir a otro idioma un poeta?
—Se puede, pero desgraciadamente se pierde toda la magia del idioma original. Mi‑rá, por ejemplo, a Maiacovski, otro genio de la poesía rusa. Aragón lo tradujo bastante bien al francés, y Lila Guerre‑ro lo tradujo al castellano. Pero cuando yo estuve en su casa, en su museo, y me explicaron la música de sus poemas, comprendí que es injusto que se lo encuentra panfletario, periodístico y discursivo.
—¿Y García Lorca? ¿Vos fuiste amigo de él, verdad?
—¡Ah! Lorca. Si no se hubiera muerto se habría convertido en lo que es Bertolt Brecht para la lengua germana. El Shakespeare de nuestro tiempo. Lorca iba a ser el Shakespeare de nuestra lengua, porque trató todas las pasiones humanas. En 1935 nos contó a Neruda y a mí que iba hacia la gran tragedia andaluza. Ya había producido La *zapatera prodigiosa*, *La casa de Bernarda Alba*, *Bodas de sangre*, *Yerma*… Por algo lo mataron, pues su obra era la lá‑pida del feudalismo en España. Y esa última vez que nos vimos, nos dijo: “Voy a Granada, porque en Madrid hay mucho ruido”. Y allí lo mataron.
domingo, 5 de abril de 2026
Concepciones antropológicas en la historia Parte 3
la segunda, esta presente en la teoría política y en
la ética, remitiendo a ciertas formas de pensamiento afines y
sirviendo como contrapunto para muchas citas que
se presentan como alternativas a los grandes
problemas del individuo y la sociedad.
En Agustín es relativamente fácil dimensionar el cambio operado en el mundo antiguo por la presencia de la nueva religión, el cristianismo, que vino a trastocar los fundamentos culturales del Imperio Romano. La ofensiva evangelizadora a gran escala la inició Pablo de Tarso, con el cual el mensaje cristiano se dirigió a judíos y gentiles por igual acatando la orden de Cristo, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16:15 Edición totalmente renovada 1983). La irrupción del Evangelio creó un problema político, porque a diferencia de las religiones paganas, el monoteísmo cristiano no aceptaba la competencia de otros dioses. La vocación del cristianismo es, en cierto sentido, intolerante porque no consiente la adoración de otros dioses. La demanda de fidelidad absoluta hacia el Dios verdadero la vemos reiterarse constantemente en el antiguo testamento; Yahvé es celoso y castiga severamente la infidelidad del pueblo elegido. Al volverse general el mandato de la buena nueva, este rasgo hace de la nueva doctrina un factor potencialmente disruptor del orden establecido.
En términos de política imperial eso resultaba inadmisible, pues se oponía a la tolerancia romana, a cuyo amparo convivían en relativa armonía muchos pueblos, cada uno con sus propias creencias religiosas. Aquí nos interesa destacar la aportación de Agustín de Tagaste en la consolidación de la fe cristiana, que permite considerarlo una de las grandes personalidades intelectuales de la Edad Media. Para entender este papel de Agustín como guía y maestro de la cristiandad, en vías de convertirse en el poder espiritual dominante de Europa, es necesario entender primero la índole de su búsqueda de la
verdad. Esto nos llevará a identificar de qué verdad
se trata.
Agustín busca la verdad que de sentido a la vida, la
cual, una vez encontrada, nos hace sentir como el
viajero que llega a puerto seguro después de haber
atravesado las inclemencias del mar abierto.
¿Existe esa verdad? Aún en sus peores épocas de
confusión y dudas, Agustín la persigue; su
búsqueda es incentivada por la inquietud interior
que nunca lo abandona. En ningún momento pudo
entregarse plenamente a los vanos sueños del
éxito en el foro o a la complacencia de ser
reconocido y admirado por sus cualidades de
maestro de dialéctica. Lo dominó el afán de algo
absoluto, de instalarse por encima de las miserias
del mundo; y este afán alimentó cada paso y cada
logro de su itinerario intelectual.
La concepción agustiniana del hombre y su destino
trascendente, se hará sentir a lo largo de la Edad
Media y llega incluso a nuestros días, pese al
descrédito de la metafísica y al debilitamiento del
sentimiento religioso, concomitante al predominio de la razón técnica. La actualidad de un pensamiento como el de Agustín, de orientación tan marcadamente espiritual, incluso mística, no obstante su falta de correspondencia con los intereses predominantemente materiales de la sociedad moderna, podría considerarse una prueba de que los seres humanos poseen una esencia y, por ende, necesidades esenciales que nuestro filósofo y teólogo, supo expresar con hondura y claridad.
La verdad es algo muy grande para Agustín, algo sublime; una vez encontrada debe traemos la paz interior, la felicidad del sabio; aspiraba a esa verdad dejamos, desde muy joven, cuando se dio a una vida de complacencias carnales; aún entonces, el ideal lo acosaba envuelto en un vago y hondo sentimiento de insatisfacción.
Redescubrió esa verdad cuando a la edad de 19 años, siendo alumno de retórica en Cartago, leyó el Hortensius de Cicerón, obra hoy perdida, en la cual halló expresado con elocuencia el elevado ideal de la sabiduría. Esta culmina en la contemplación de Dios y en esa contemplación gloriosa estriba la felicidad, felicidad auténtica que otorga serenidad
al espíritu, no como sucede con las vanas alegrías
de la sensualidad. Bajo el estímulo de ese diálogo
ciceroniano, pero todavía dominado por el orgullo
racionalista y el amor a la elegancia en el decir,
que le impedía aceptar la diáfana sencillez de la
biblia, con sus flagrantes contradicciones, Agustín
quedó seducido por el maniqueísmo. Nueve años
quedó atrapado en el “cepo de Manes” nos cuenta
Agustín, esa mescolanza de doctrinas provenientes
del antiguo mazdeísmo persa, de doctrinas
hindúes, de gnosticismo y de la personal
interpretación de Manes de la misión de Cristo. La
secta prometía responder a las aspiraciones e
inquietudes de Agustín: las principales, llegar a la
fe por el camino de la razón, explicar el mundo de
la misma manera, explicar la existencia del mal
(Papini p.33) En el fondo todo se reducía a lo
mismo, a la vanidad racionalista que será superada
únicamente con el descubrimiento de la metafísica
de Plotino, filósofo neoplatónico, tal como la
conoció leyendo, precisa Gilson (1958), “una parte
de las Enéadas” (p.157).
Esa lectura fue el antídoto con el que combatió eficazmente el materialismo de Manes. Pudo entonces leer con provecho las epístolas de San Pablo, donde comprendió la futilidad de luchar contra las pasiones de la carne y los espejismos del mundo sin el auxilio de la gracia. Agustín entiende que por sí mismo el hombre no puede salvarse; necesita de la gracia que le permite hacer el mejor uso de su libertad, pues la libertad no consiste en que el hombre haga lo que desea, sino en querer lo que Dios espera de él. Así, el hombre es libre para querer el bien y ésta es la auténtica libertad. Hoy puede sonarnos extraña la doctrina agustiniana de la libertad, acostumbrados como estamos a considerarla como el poder hacer cualquier cosa, lo cual presupone una voluntad sin restricciones, justamente la voluntad de los modernos que alimenta el impulso fáustico de dominio.
Agustín hace frente a un problema muy vivo en su época: ¿El hombre debe acatar los mandatos de la fe o ceñirse a los dictados de la razón? Estamos ante el viejo dilema de escuchar la voz del sentimiento o la de la razón. Lo primero puede.
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