lunes, 21 de enero de 2019

Algo hemos hecho mal



Gilberto Nieto Aguilar


La justificación histórica sobre la gran discrepancia que nos separa de los Estados Unidos como pueblo y como nación, puede ser la que usted ha escuchado o leído en repetidas ocasiones de su historiador favorito, pero coincidirá en lo general que la principal diferencia es el origen, pues mientras los ingleses trasplantaron su cultura, los conquistadores de México terminaron mezclando culturas y razas.
Durante casi trescientos años, en la Nueva España generalmente reinó el despotismo, la superstición y la explotación del indígena, bajo formas de gobierno que sólo beneficiaban a peninsulares y criollos. Los indígenas aprendieron a vivir en la humillación y la indignidad, soportando estoicamente el trato de esclavos o de seres inferiores, con las honrosas  excepciones que registra la historia.
El devenir que conformó a la nación norteamericana fue muy distinto. Las trece colonias británicas que se constituyeron desde Virginia (1607) hasta Georgia (1732), tuvieron como bandera el trabajo, las ideas de progreso y el amor por la conservación de su raza y sus costumbres. 
Durante casi doscientos años, en las colonias británicas reinó una terrible animadversión contra las tribus que ya poblaban aquellas tierras. Fue una lucha a muerte que las estirpes aborígenes perdieron. En cambio, en México emergió una nueva raza mestiza que conjugó las potencialidades de las dos pero también sus defectos, malformaciones y debilidades.
Emancipados de las Coronas europeas, ambas naciones siguieron caminos diferentes. Después que Gran Bretaña reconoció la independencia de Estados Unidos en 1783, cuatro años más tarde la Convención de Filadelfia aprobó la Constitución Política. Sin problemas, instituyó una república federal, la división de poderes y eligió a su primer presidente. Herederos de las tradiciones británicas, los colonos norteamericanos gozaban de libertad política y de un ambiente de prosperidad que puso en práctica las nuevas teorías de la Ilustración y del liberalismo político y económico. 
México, en cambio, en 1821 arrancó con dificultades políticas y en la ruina económica, titubeando con el tipo de gobierno que debía adoptar, perdiendo más de medio siglo en luchas internas para esclarecer este punto. Los vicios arraigados en la Colonia y la enorme desigualdad social pesaron grandemente en la toma de decisiones rápidas y oportunas. Por si fuera poco, la Revolución Industrial pasó desapercibida con todas sus bondades y con la aceleración que imprimió en la vida económica y social de Europa y Estados Unidos.
Hasta aquí, el análisis de los sucesos pasa a manos de la sociología, la antropología, la psicología social, los deterministas y algunos profetas locos. No es cuestión de justificar nuestra humillación histórica ni de aceptar la dolorosa y probable disposición genética que se nos haya heredado: es cuestión de reconocer nuestra realidad y luchar por transformarla.
No se trata de agredir a los vecinos, si no de aceptar nuestras fallas. No de echarle las culpas a terceros, si no de admitir la propia responsabilidad y considerar que debemos hacernos dueños de nuestro propio destino. El doctor Oscar Arias Sánchez,  Premio Nobel de la Paz en 1987, presidente de Costa Rica en dos ocasiones, aborda este tema en un contundente discurso el 18 de abril de 2009, en la Cumbre de las Américas.
“Algo hicimos mal” es el discurso que circuló profusamente por Internet (olvidado ya) en el cual nos dice que el verdadero enemigo es el analfabetismo real y funcional y la falta de respeto por una vida normativa. Tal parece que nos quedamos en el pasado pues mientras nosotros todavía debatimos sobre ideologías, los asiáticos, por ejemplo, encontraron un “ismo” muy razonable en el pragmatismo. 
Apunta que hace 60 años México, Brasil y Honduras eran más ricos que Portugal, Corea del Sur y Singapur, pero ahora ya no. Por eso afirma que los latinoamericanos algo hicimos mal. Lo peor es que nosotros, los mexicanos, seguimos repitiendo  los mismos errores, como si no aprendiéramos, como si no supiéramos utilizar la inteligencia para tomar de la experiencia sólo aquello que ha dado buenos resultados, y lo demás, cambiarlo buscando nuevas formas.
El que aprende de sus errores es inteligente, pero el que es capaz de aprender de los errores de los demás, es un sabio. Algo, entonces, hemos hecho mal durante mucho tiempo. 
gilnieto2012@gmail.com

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