miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tarea de vida

Ángel David Hernández Ruiz

Mi propio deseo de saber de la vida me llevaba a hacerme preguntas y a buscar la experiencia de los más viejos. Ser viejo es en algunas culturas un honor, porque se reconoce que son los más sabios, los más prudentes y la liga más tangible hacia los antepasados, dueños de la tradición familiar y de la comunidad. En este sentido, las actividades de mi madre no dejaban de asombrarme, por la tenacidad con la que las realizaba y porque me recordaba a mi abuela, su mamá: preocupona, mandona, controladora, ordenada, y bla bla bla. Consciente estaba yo de que la herencia y la cultura se imponían en la manera de ser de alguien; me preguntaba, al recordar a la abuela, si mi madre también traía esos “genes” tan definidos y descubrí que sí. Un día le dije, “mamá, ¿por qué no escribes sobre las lecciones de vida que has aprendido?”, no supe si me ignoró o simplemente no me escuchó, con eso de que a veces solo escuchaba lo que le convenía. “Si mamá, algo de lo que has aprendido y que pudieras compartir con nosotros”; yo, esperanzado de que me diera alguna pista de mí mismo, “mira, escribe sobre tu filosofía de vida, tu experiencia sobre cómo vivir una vida plena”, y me volvió a ignorar. Me resigné.
Ella siguió en sus lecturas, en sus clases y escritos, creaba un mundo a su alrededor muy de ella, nunca supe por qué no le motivaba hablar de la parte íntima de sus pensamientos y emociones, es decir, sobre vivir su vida. Eso sí, nos habló con su ejemplo, de ahí cada quien podría haber deducido las respuestas a mis preguntas que ese día no encontraron eco.
Por supuesto no es mi intención intentar descifrar ahora ese misterio, no hace falta, pero me pregunto ¿qué hubiera dicho si hubiera querido contarme al respecto?, como chamana, alrededor de una fogata en una noche oscura, platicando sus anécdotas a sus descendientes, haciendo ritos y magia con polvos y con movimientos de manos, convocando a los espíritus de sus ancestros y empezando a decir: “la vida es misterio, que se vive un día a la vez, no importa cuántos planes hagas, solo lo podrás vivir en el tiempo presente, el pasado yace muerto entre los recuerdos, el futuro aún no ha nacido”, y arrojando piedrecillas de cristales al fuego para hacer volar humaredas azules y verdes, brillos intensos de sales de sodio o sonidos realizados con un tambor y sonajas prehispánicas. Tal vez hubiera sido así, si hubiera querido hablar, o contar, o escribir sobre qué es la vida y cómo se logra su plenitud.
Tal vez hubiera podido escribir algo así como “consejos para cuando seas anciano”, o “cómo enfrentar las vicisitudes de la vida”, o “el estilo de envejecer”; no lo sé, lo que sí creo es que mi madre estuvo fuera de época siempre, primero innovando, luego constantemente activa y al final muy enfocada en su vida literaria.
Por alguna razón no escribió sobre eso. Inclusive no le gustaban los libros de Coelho, simplemente de un jalón me regaló los tres que poseía. Y no obstante, me enseñó a no perder la visión sobre mí mismo, aun sin decírmelo, a no rendirme en la búsqueda de mí mismo, aunque a veces, confieso, sus actitudes me parecían una piedra en el zapato, me empujó tanto que tuve que vivir lejos, para, como dice mi hija Tania, poder ver las cosas de cerca, como si con su celosa actitud hacia sí misma, me dijera: “observa, tú no eres quien crees que eres, sigue tu búsqueda”. Así, a veces con regaños y a veces ignorándome, me dio una tarea más bien sagrada, digna de una ceremonia tolteca entre pirámides y el sombrío sonar de los huehuétl y teponaxtles: me dio mi tarea de vida.
         Así que honro su vida y honro su muerte, que no son otra cosa que transmutaciones de energía, como la música, como el canto, como la danza cósmica de los chamanes. Y la honro al buscar mi propia definición de vida, como lo hizo ella con la suya, y quien sabe, en algún momento, cuando no exista medida del tiempo, quizá nos encontremos en el más allá y nos sentemos a platicar sobre la vida y las lecciones sobre cómo vivirla, y entonces le pueda yo contar un par de cosas de las que he aprendido y ella sonría dichosa de haber resultado yo, finalmente, un buen alumno.


Laguna Verde, Veracruz, 3 de agosto del 2016

No hay comentarios: