lunes, 21 de septiembre de 2015

Ética secular en la óptica del Dalai Lama



Marcelo Ramírez Ramírez

En el año de 1922 el filósofo Max Scheler, en la Introducción de su obra De lo eterno en el hombre, afirmaba lo siguiente: “…se puede esperar que el grito que pide una renovación religiosa resuene por el mundo con una potencia y una fuerza como no había ocurrido desde hace ya siglos”. Hoy, en los inicios del siglo veintiuno, el Dalai Lama habla de renovación espiritual por la vía de la ética secular. La diferente perspectiva en que se sitúan Max Scheler y el líder espiritual del pueblo tibetano, muestra el drástico cambio de situación operado en el mundo durante el siglo pasado: el occidente europeo dejó de encarnar una civilización cristiana y pasó a ser una civilización pluralista, con muchos credos y con una fuerte tendencia al descreimiento y el escepticismo.

El Dalai Lama, Tensin Giatso por su nombre de monje budista, explica su concepción de ética secular en una larga entrevista concedida al periodista Franz Alt. En ella, el D. L. expone sus puntos de vista sobre la problemática contemporánea de acuerdo a su ya conocida forma de pensar, fundada en los valores espirituales del budismo, así como en el poder de la meditación para elevar la conciencia personal a los niveles superiores ahora requeridos: sería imposible vivir en un mundo sin fronteras con una conciencia tribal, considerando a quienes no pertenecen al grupo propio como enemigos. La única manera de superar la alteridad es integrar a los “otros” en el “nosotros”. Para ello, es indispensable cambiar de mentalidad, utilizar el diálogo y la tolerancia para resolver los conflictos, pues “la violencia, salvo raras excepciones, sólo genera más violencia”. En sus pronunciamientos el D. L. se muestra “muy moderno” o, al menos, esa impresión puede dejar a un lector poco atento. Si por “moderno” se quiere significar comprender los intereses y motivaciones que mueven a los hombres de nuestra época, el D. L. está en sintonía con esta época de penuria moral y espiritual; si, en cambio ha de entenderse compartir la vocación materialista, el hedonismo y el relativismo de los modernos, el D. L. no es ni puede ser “moderno”.

La novedad mayor en el discurso del D. L. es el peso decisivo que ha llegado a darle a la ética secular, lo cual podría conducir a malos entendidos. El planteamiento del D. L. está permeado por los valores del budismo, lo que le da a su posición ética matices muy especiales como enseguida veremos. Nos guste o no, la interdependencia es un hecho irrevocable en el mundo globalizado. Ahora se nos impone a todos un destino compartido que nos obliga a recordar el dicho antiguo sobre el destino: “a quien lo acepta, el destino lo conduce, a quien se resiste, lo arrastra”. Ante esta compleja e inevitable realidad, el D. L.  sostiene la necesidad de una ética secular, pero no se conforma, aunque lo incluye como objetivo perentorio, con alcanzar la coincidencia de propósitos en quienes piensan diferente, pues si esto no se logra, el mundo actual será la imagen exacta de la Torre de Babel donde nadie entiende a nadie y reina el caos; lo que en cierto modo está sucediendo. En algunas propuestas recientes este parece ser el núcleo de la ética secular. Lo importante es coincidir en objetivos concretos; lo secundario, las motivaciones personales o de grupo. En otras palabras, la ética secular obedece a un criterio pragmático que hace posible la convivencia dentro del pluralismo de las sociedades modernas, particularmente en los países democráticos. En cambio, -y éste es una dato digno de tomarse en cuenta-, para el D. L. existe un fundamento intrínsecamente válido de la ética secular y, precisamente es este fundamento el que nos permite entender la pérdida de la centralidad de la religión en su  perspectiva, en beneficio de su planteamiento ético. Todo depende, pensamos, de qué deba entenderse por ética y qué por religión. Para el líder tibetano en el exilio, el hombre es un ente ético antes que religioso, pues la religión “se aprende”, mientras que la compasión no; el hombre es naturalmente compasivo. El D. L. se declara “optimista” respecto a la condición humana. Explica: “tanto para las religiones teístas como para los no teístas, se trata en primer lugar de la mente humana, es decir, del bienestar espiritual del ser humano. Para ello necesitamos un entorno intacto, pero también valores como la bondad, la reconciliación y la honestidad. Estos habían tenido hasta ahora un fundamento casi exclusivamente religioso. El cultivo de estos valores era un compromiso de toda práctica religiosa. Pero, veo cada vez con mayor claridad que nuestro bienestar espiritual no depende de la religión, sino de nuestra innata naturaleza humana, nuestra predisposición natural a la bondad, la compasión y el afecto. Independientemente de si pertenecemos a una misma religión o no, todos llevamos dentro una fuente ética elemental y humana. Y debemos cuidar y velar por este fundamento ético común. La ética, no la religión, está anclada en la naturaleza humana”.

El texto que hemos transcrito, un tanto extenso, arroja la luz necesaria para la elucidación que intentamos realizar. El D. L. con el término religión se refiere, como es obvio, a la religión positiva, esto es, aquella que se presenta con un cuerpo definido de dogmas y que se acompaña de un ritual y otras formalidades a que los fieles deben apegarse. Por otra parte, sin embargo, las religiones positivas enraízan en el sentimiento de lo sagrado y, en este sentido también se dice del hombre que es un ser naturalmente religioso. Así, bien vistas las dos caras del asunto, la ética secular del D. L. no propugna la renuncia de los valores espirituales en los que toda religión funda la exigencia de la vida moral; lo que hace, es dar independencia a esos valores con relación a la práctica de determinado credo religioso, porque las religiones positivas, con su pretensión de validez absoluta, han sido causantes de odios y guerras absurdas. Quizá el D. L. ha podido dar este paso, porque el budismo es una religión de tolerancia; es, sin duda, la que en mucho menor grado, ha buscado imponerse por la violencia. El valor básico del budismo, la compasión, prepara a sus adeptos para aceptar a todos por encima de las diferencias, porque todos compartimos la misma condición de creaturas condenadas al sufrimiento y a la muerte. Hay, en el fondo de la tesis ética del D. L. una genuina religiosidad, la de un monje educado en la tradición del budismo tibetano. Y no podía ser de otra manera. El exhorto que hace al mundo es revelador: “La verdadera paz con nosotros, entre nosotros y en torno a nosotros, sólo la podemos conseguir mediante la paz interior”. Estas palabras difícilmente podrían encontrarse en un pensador ajeno al recogimiento interior, en el que sólo se descubre la necesidad de vivir en unidad y armonía con el resto de los seres vivos. La religiosidad del D. L. se hace evidente en otra parte de la entrevista, en la cual introduce, en el contexto de las preocupaciones del hombre actual, el tema –siempre latente para los humanos-, de la muerte, de nuestro destino final. “Cuando observamos la puesta del sol, podemos preguntarnos: ¿volveré a presenciar mañana temprano la salida del sol? También podemos preguntarnos: ¿y si la muerte es sólo un estadio transitorio y nuestra mente sigue experimentando en el futuro otros estados del ser? Estas preguntas nos permiten adoptar una postura desinteresada y pacífica y desprendernos tanto de nuestro patrimonio como de aquello que amamos. Una actitud desinteresada y desprendida es la mejor y más inteligente preparación de cara a la muerte”. Y el otro gran tema, el del sufrimiento, que nos parece incomprensible y más todavía para el creyente en un Dios bondadoso, da ocasión al D. L. de dar su respuesta: “El sufrimiento puede ser una importante escuela de la vida”. Sí, es verdad, pero esto presupone la posibilidad de una vida que se prolonga indefinidamente en la eternidad, pues una vida  breve y consumida por el sufrimiento, sería absolutamente absurda. Así, tanto la muerte como el sufrimiento, son objeto de consideraciones de índole metafísica que insertan la ética secular del D. L. en un plano de elevada espiritualidad. En otro sentido, la ética secular se orienta a los problemas prácticos de la existencia. La contraparte del cambio de mentalidad es incidir en el orden real del mundo, orden que es más bien un desorden cada día más cercano al caos. ¿Cómo reordenar este desorden? ¿Cómo darle sentido a la acción, cuando la razón que la guiaba ha perdido la autoridad de que estaba investida en los inicios y madurez de la modernidad? El D. L. asume que si el hombre es el responsable de los problemas, también es el único que puede resolverlos. Y confía en ello, pues el hombre anhela la felicidad y, para conseguirla, debe cambiar todo aquello que le impide alcanzarla.  A la compasión inherente al corazón humano, se añade ahora un motivo de conveniencia: el hombre no puede suicidarse; por su propio interés, debe aprender los valores que requiere la unidad factual del mundo. En la actualidad, las grandes decisiones de la política han dejado de pertenecer a un grupo reducido de individuos; el nuevo actor son los ciudadanos. Estos pueden y deben hacer valer los derechos que los gobiernos ignoran o ponen de lado para privilegiar intereses facciosos. La ética secular, al crear una conciencia planetaria, comprende a pueblos, razas, naciones, tradiciones culturales, bajo la categoría de lo humano general. En esta  óptica, en la que el bien de la humanidad se realiza en cada caso y siempre en condiciones históricas concretas, el D. L. reconoce el objetivo último de dicha ética. Basta acentuar los rasgos de pragmatismo y renuncia del absolutismo moral, no sólo el fundado en la religión positiva, sino en la razón o en la naturaleza humana, y aparece ya la ética civil, con sus mínimos éticos obligatorios. Con ella, la transacción entre el rigorismo de los principios y la conveniencia práctica, se resuelve en un código “light” ¿Es la mejor solución? seguramente no, aunque por ahora debemos conformarnos por ser la única posible.      


En lo tocante al optimismo del D. L. nos gustaría compartirlo pero no podemos olvidar la ambigüedad de la naturaleza humana, proyectada al mundo en su doble inclinación hacia el bien y el mal. El mal, definido como un “no ser”, pues carece de positividad, posee, no obstante una presencia dominante en el mundo y no es posible simplemente ignorarlo. Ni la renuncia a la lucha, ni la resignación, ni la complicidad, ni la frustración, son la mejor receta para lidiar con el mal y con sus agentes. Por cierto, el D. L. reconoce la importancia de la cultura, la educación, la ética, como la fórmula para seguir evolucionando; pasar de la vida de los puros instintos a la del espíritu, de manera que aquellos no sean ahogados, ni reprimidos, sino elevados por la inteligencia capaz de ver el bien y la voluntad capaz de amarlo. 

1 comentario:

Victor Cobos dijo...

Muy interesante la opinión en torno a una de las proposiciones del Dalai Lama al mundo y me parece que en posteriores intervenciones sería bueno reflexionar en torno a esta influencia globalizadora que parece no tener principio ni fin y lo que es peor: Sin una sólida expectativa relacionada al sendero humano en la educación y el acuerdo colectivo que supone la consolidación de valores en una entidad humana multicultural. Mejor ejemplo en referencia a la torre de Babel no hay.

No hay duda en torno al rescate de la actividad meditativa, descubierta por el hombre mismo mucho antes que cualquier religión en un ambiente y condición que, materialmente hoy, casi no existe!!!..es una propuesta que merece ser mayormente expuesta.

Felicidades por esta contribución