jueves, 10 de julio de 2014

El Encargo



Lenin Torres Antonio

Esperaba, impaciente la llegada del autobús, miraba constantemente su reloj de bolsillo, hacía gestos de impaciencia que acompañaban su premura, su deseo de ver aparecer el autobús, pasó diez minutos como si fueran diez horas. En un momento en que volvió a mirar el reloj, el deseado bus se divisaba desde lo lejos dirigiéndose hacia la parada, donde impaciente lo esperaba.

Repentinamente la decepción se apoderó de nuevo del impaciente, pues el bus pasó sin detenerse, no estaba de servicio.

Continuaba hurgando con su mirada el susodicho reloj, y el avance de sus manecillas eran verdaderas punzadas a su paciencia.

Por fin, otro autobús se distinguía y éste sí parecía estar en servicio, así que sacó unas monedas para preparar el pago del viaje.

Precisamente cuando el bus se detuvo, y él estaba a punto de apearse, oyó una voz que le hizo volver sobre sus pasos, pensó que era un antiguo amigo que le conminaba a no subirse y a esperarlo. Como buen hombre educado que era, incapaz de no responder a un saludo, y mucho menos a un llamado de un amigo, se quedó a esperar, de mientras, el bus suelto emprendía la marcha y se perdía en la curva siguiente de su ruta.

El hombre que parecía ser un antiguo amigo y le llamaba, detuvo su carrera y llegó a la parada lentamente, al toparse con él, sólo pronunció una frase que desgarró su alma: ¡maldito bus otra vez me dejó!

No lo podía creer, el individuo quien supuestamente le llamaba, no era ningún conocido, mucho menos un amigo; y en realidad hacia las voces en plena carrera para llamar la atención del conductor para que lo esperara, y no era a él a quien se dirigía.

Sin decir nada, dirigió su mirada hacia la ruta del bus y volvió a su rutina de mirar y hacer gestos, de moverse y pensar.

Transcurrió unos cuantos minutos cuando volvió a aparecer otro anhelado bus. Sin darse cuenta que las monedas las tenía en la mano, volvió a intentar sacar su monedero para extraer el pago del pasaje, en el momento en que intentaba hacerse del monedero, soltó las monedas que tenía en la mano y éstas se esparcieron por todas direcciones, ante esa acontecimiento no tuvo otra alternativa que ponerse a recogerlas, ya que en eso de la economía era muy estricto, y dejar que se perdieran algunas monedas era como dejar un pedazo de vida. Así que con toda calma,  buscó una por una hasta tenerlas todas.
Lo más patético e injusto fue que el individuo que le hizo perder el anterior bus, ni siquiera realizó el intento de ayudarle, descaradamente se subió al bus que inmediato partió.

Volvió a quedarse esperando, sólo, de seguro, el retraso le hacia perder algo muy importante, pues todavía hacia movimientos de resistencia, como si aún hubiera tiempo, como si todavía valiera la pena esperar, sacó por undécima ocasión el reloj, pero esta vez, al estar tan nervioso, hizo un movimiento que provocó la caída del reloj, que, como si en cámara lenta se tratara, según me pareció ver, al llegar al pavimento se rompía y sus partes se esparcían por doquier. No sé si le dio tiempo de ver la hora. Lo sorprendente es que no hizo el intento de detener su caída, ni mucho menos de recuperar sus restos. Es más, sus gestos que acompañaron el acontecimiento, denotaban alegría y desparpajo, como si de algo extraño y molesto se hubiera deshecho con gusto, como si se hubiera quitado un gran peso, y la alegría fuera el producto del relajamiento y la letanía con que le gustaba sentir la vida. Repentinamente lanzó un grito de algarabía, y despreocupado, incluso, altivo diría, se puso a esperar.

Como si ya no le importara el tiempo, la duración, el instante de las coincidencias, de los presentes que se hace instantes de realidad, en el que un acontecimiento se superpone a otro y este da paso al encuentro con otros, pautas de ilusiones causales, el instante del momento de estar ahí y  no en otra parte.

Esperar para algo, estar en ese algo sin esperar, y dejar que las cosas tengan sustancia sólo en la vista de quien quiere mirar concreto. Estar como simple espectador, sí, como un simple hecho desfasado del instante de eternidad en que se vuelve las acciones de los seres en el laberinto de soledad. Ser mero compañía del otro, del ser. Pero esperar, puede hacerse en cualquier lugar, en el no lugar del andar. Así que agarró sus tiliches,  su cuerpo, su espera, su impaciencia, su destino, y se puso a andar: 

“El últimos de los tiempos espera ser vivido, el último de la fila verá coronado su espera siendo el primero, el primero que salta por la borda, por la mujer, ¡sí por ella!, pues quién puede ser la culpable sino ella, la de la piel al descubierto, la de la sonrisa galante, la del regazo pulcro.

Hoy rezaremos en el nombre del gran padre muerto, asesinado por la conflagración de los ansiosos, deseosos, hoy es el día de la resurrección, hoy es el día en que naceremos al bien común, a la justicia diaria, y el que se raje es un nombre,  y el que no se raje, también. Así que a formarse, los de la cruz de olivo a la derecha, los de la luna amarilla al centro, y los del sol rojo a la izquierda; a marchar por los sagrados alimentos, y cuidado quien miré por donde va el otro, el de la máscara blanca, el que agarró la mano de la anciana y la lanzó al abismo; hay de quien se coja de la mano, hay de aquel que se persigne, y quien quiera cargar su andar sobre el lomo de un fantástico. Bueno, no tan rígido haremos este vía crucis, permitiremos la risa, los aplausos, los regalos, y uno que otro roce. Pero jamás dejaremos de mirar hacia la montaña mágica.

¡Si pueden!, ¡si pueden! Oiga levante ese canasto y venda esas porquerías por otro lado, no ve que aquí va lo más selecto de la estirpe.

¡Tú!, si el de la mochila descosida, levanta los brazos y lanzas berridos de vida, llena tus pulmones de aire  y lanza el último aliento, no ves que la vida se fuga con la muerte, y se ve que va seriamente enamorada, desdichada, tenía que ser mujer, no sé da cuenta que la amamos locamente. Pero volverá,  cuando ese la deje, la abandone como a todas sus víctimas. Ya volverá y la recibiremos como se merece. Es más, preparemos unas estrofas a la vida: Aleluya, alegría, a veces “SI”, en la esquina había un niño con diez billetes mojados, y una señora limpiando su delantal, bien por esa gorra recién estrenada; es la del vecino que hoy pide la mano....de la novia, a la mejor ya está embarazada. El jolgorio se va a poner de pisadas, de correrías, de caras despistadas, de músicas desafinadas, de sabores y olores, de besos y chillidos”. Estos y otros pensamientos inundaban su alma. Pero esto no le impedía continuar, cargar con su cuerpo, y a veces dejar que el cuerpo condujera, y otras su alma. Escindido viaje de ida y vuelta.

Lo más raro era que su andar le condujera por esas calles malolientes, por esos arrabales llenos de chamacos mugrosos, viejas chismosas, y valedores intrépidos. Pero hoy, fue la excepción, y como un camaleón, hizo ese lugar su imagen y semejanza, pues convirtió su andar en una alma en pena, y al igual que sus conciudadanos ocasionales, era un harapiento cualquiera que pasaba por ese lugar; llegó a tal grado su mimetismo que ni las garrapatas se atrevían acercársele, pues sabían que no había nada que chupar, porque en las venas de esos humanos corrían litros y litros de alcohol, gramos y gramos de varias clases de estupefaciente, y una que otra botana, tapa.

No obstante, inerte continuaba, conducía su cuerpo, ¿hacia el supuesto paraíso?, se comportaba como si se dirigiese hacia el eterno lugar de la paz perpetua. Ese día jamás esperaba que un evento, la gran desviación original, el clinamen, diera otro derrotero a su vida, y se dirigiera hacia la verdadera fortuna del espíritu, hacia un origen en el que el caos imponía su ley, el gran desorden, el origen maculado.

No hubiera pasado por aquellos lugares, ni hubiera experimentado esas sensaciones, ni advinieran esos pensamiento, a no ser por la desespera de la espera. Así que alegre caminaba, al cabo que eso de la caminada era su especialidad, y no porque la marcha fuera su afición deportiva, sino porque a veces llegaba su pobreza a tal extremo que no tenía ni siquiera para el pasaje. No había avanzado ni cien metros cuando opto por tomar otra ruta, le parecía que ese camino era más corto y le ahorraría algunos milímetros de suela. La calle era la típica calle de ciudad glamorosa, pomposamente iluminada y acompañada de unas soberbias banquetas, donde creo que cabrían una que otra vivienda, pero pese al despilfarro del espacio, al menos, eran apropiadas para expandir la dignidad del andar de los transeúntes que la habitaban, porque han de saber que nosotros, es decir, ustedes y yo, somos los únicos animales que al caminar lo hacemos siempre pensando que somos los únicos que marchamos por el mundo.

¡OH!, malquerida subjetividad, sujetados, los amados amantes, los amamantados.

Circundada por monumentales edificios que ocultaban a la risueña luna, erguidas fantasmagóricas, hacían presa de miedo a cualquiera. Victima, cohibido y amedrentado por las sombras de esos gigantes. Pero resuelto continuó su marcha, quería llegar lo más pronto posible, pues de ello dependía poder disfrutar una vez más en vida de la dicha, del abandono corporal.

“¡Ven!,  ¡Acércate!, no tengas miedo, soy yo", escuchó una voz que parecía provenir del cielo, llegó a pensar que era la voz de Dios, pero no, no era El; la voz era muy terrenal, incluso muy familiar. Volteó por todas direcciones, buscó a alguien a quién responsabilizar de esa voz, pero nadie aparecía. Se llenó de valor y continuó sin prestar atención a la voz, pensó que eran los efectos de lo soledad, pues salvo él nadie en esos momentos transitaba por ese lugar. Los edificios parecían deshabitados, incluso, pensó que todavía no los habían entregado a sus dueños. La voz continuaba su danza. Ahora, no podría atribuirle a la soledad,  pues entraba a una zona donde una multitud deambulaba, yendo y viniendo, y como las hormigas, ninguna interrumpía el andar de la otra. Pronto la voz se materializó, era la de un joven que unísono lo acompañaba. Le dijo que siempre estuvo cerca de él, y que por más que le hablaba no le respondía. Le dijo que se acercó a él porque tenía miedo, y ya que iba en la misma dirección que él, decidió acompañarse con él, o cuando menos, ir a su lado. El joven le dijo que iba al otro barrio a traer un encargo de sus padres. El chaval no rebasaba los 15 años, y como tal, iba pletórico de energía, le preguntó,  si conocía bien esa zona de la ciudad, y si sabía sobre el gentío. Incrédulo, y mirándolo como un extraño, le increpó, ¿acaso no sabes que estamos en pleno carnaval?, es más, mira a la chica que llevan como florero sobre el toldo de ese carro, es la reina del carnaval, se llama Clarisa, la verdad es que está rebuena, o no.

Conforme se iban alejando del escándalo, le comenzó a narrar una historieta:

“En el origen, tiempo de lo eterno, de los dioses del Olimpo, Gea inauguraba el orden a partir del caos, al ser a partir del no-ser, de la nada. Ponía en marcha la historia. Parió a la Tierra, a los Mares, al Hades, a los seres del reino de lo intangible y lo sensible. Aún la culpa y lo mortal no hacían su aparición, la marcha hacia la cultura y la realidad flotaba, suspendida en  ensoñación, y la tragedia divina enaltecía nuestra presencia en ésta dimensión. El mito emancipado guiaba la magia innata de los seres que la habitaban, y aun los mortales no eran nombrados benditos, no obstante, participaban de esa esencia divina, y el éter de la eternidad inundaba sus sangres. El logos perdido en el futuro se asomaba en los suspiros de uno que otro dios traidor, y lo furtivo iba ganando terreno.

Fue así como nacimos de un engaño, escuchando incapaces de comprender nos asemejábamos a los sordos, estando presentes, estábamos ausentes, y el mundo de la necesidad hacia su aparición, y con él la esclavitud al fuego, a la compulsión de repetir ese momento usurpador, primigenio.

El designado fue Prometeo –el previsor-, <el de mente retorcida>, quien creyó que nos hacia falta la libertad para ser felices, y no se imaginó que nos condenaría a un eterno sufrimiento, a la mortalidad; al deseo mortífero, a la muerte.

El poderoso Zeus desde lo alto del Olimpo lanzó furioso rayos contra los que rendían culto al dios rebelde, lanzó cientos de rayos que atravesaban los cuerpos de los ingenuos mortales, uno tras otro caían muertos, y los que sobrevivieron desearon no haberlo hecho, pues su agonía era más terrible que la muerte.

He ahí los primero sacrificios a la eternidad, los primeros tributos para apaciguar la maldición, el pecado, la primera señal del abandono, de la perdida de lo divino del hombre.

Sin fuerzas el dios rebelde trataba de proteger con su propio cuerpo a los infelices hombres, les gritaba que se alejaran de su culto, que tomaran la ruta del oriente para acompañarlo en su castigo, que pidieran la salvación de sus almas a Zeus, el dios de la justicia, de la civilización, del equilibrio.

Mientras tanto el poderoso padre de los dioses, no contento con el castigo infringido a su prole, ordenaba a su hijo Hefestos, que preparara un regalo maldito para los contingentes. Fue así como el buen hijo del Dios, se puso a construir al ser más bello y seductor del cosmos, portadora de vicio y males, portadora de la reproducción banal del hombre, signo de la animalidad, bello mal: la mujer.

Quien más podría gozar de entregar ese regalo siniestro e irrechazable, sino el dios del engaño, Hermes, quien entregó al hermano del dios de los mortales, Epimeteo –distraído del previsor- a Pandora. Inicio de nuestra historia universal”.

Se despabiló y mediático se precipitó a abrir la puerta, y una vez más era el viento que le jugaba una mala pasada. No pasaba de la media noche, y perecía la noche muy noche, intensa, la gran noche. La oscuridad había borrado todo vestigio de la luz natural, junto con su fuente principal, la risueña luna. Más al rato, volvió a oírse algunos pasos que provenían de  la calle principal, estaba seguro que era el vigilante que queriendo impresionarnos como siempre, andando con pisadas estruendosas y altivas, reafirmando su resuelta determinación de jugarse la vida si era necesario por conservar la seguridad y la tranquilidad del bloque de viviendas; aunque al rato, compartiera con nosotros nuestros sueños y ronquidos, siempre lo delataba los suyos, que eran estruendosos y enfermizos, nadie dudada de  la simulación, sin embargo, compartíamos su verdad, movidos por la lastima que le teníamos a ese hombre solitario de más de 70 años, que hacia mucho tiempo había renunciado a los superficiales secretos de la vida y se había quedado a cultivar lo profundo, la sustancia infinita: el bien y todo su sortilegio.

Quería creer que era él quién regresaba temprano y que cumplía su encomienda, y no el vigilante.

Me dijo que no siguiera esperando, que de seguro andaba con sus amigos, y que era cosa de la energía, del ímpetu, y quizás por la hora, lo había dejado el autobús de las 11 p.m., así que ha de estar esperando un aventón, mañana lo volveremos a ver entrar por esa puerta donde tanto esperas, más joven, más alegre, más vivo.

Como estaba tan testarudo, me propuso que esperáramos hasta la 1 de la madrugada, ¡ni yo ni ella!

Creyéndome somnoliento, pensó ingenuamente que iba a caer pronto, pero no, la que cayó como un tronco fue ella.

En la mañana temprano se despertó y me vio pegado a la ventana, fundido con el afuera, pues no me encontraba adentro, oscilaba entre el afuera y el adentro, se acercó y me abrazó, helado me olvide de ella, me fui con los tiempos perdidos, con el deseo de estar eternamente metido en ella, y pensando en lo que corre por nuestras venas, lo que nos marca con sangre y fuego, lo que nos hace uno a todos, lo que nos hermana.







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