miércoles, 16 de abril de 2014

Posmodernidad y religión


 

 

Adriana Menassé.

 

 

¿Cuál es hoy, desde el punto de vista de la filosofía, la relevancia de una reflexión sobre lo religioso? ¿Podemos aún pedirle algo a la religión en esta era posmoderna y postmetafísica, algo que no sea tan sólo una mirada curiosa y sorprendida frente a las prácticas y ritos de los antiguos?  Por “posmoderno” me refiero aquí a lo que se ha dado en llamar “el agotamiento de la idea de Dios” –junto con la idea de progreso y de felicidad al final de los tiempos- y por “antiguos” a los millones de creyentes en todas partes del mundo que depositan su fe en alguna forma de esperanza o de sentido trascendente. ¿Qué puede ofrecernos la religión ahora, después de dos Guerras Mundiales y su paroxismo de crueldad, de la ferocidad de las guerras civiles o interétnicas, y de la franca impudicia del crimen cotidiano? Si la modernidad apostó por la razón frente a la superstición religiosa, y hoy vivimos en la evidencia de la sinrazón, ¿cómo haremos para zanjar el abismo que se abre ante nosotros?

            Desde cierta perspectiva, hablar de religión en general tal vez pueda resultar engañoso, pues cada una de ellas articula una visión del mundo que le es propia y, a veces, radicalmente opuesta a las demás. Sin embargo todas tejen fidelidades y anhelos que parecen conferirle a la existencia un peso y un sentido que ninguna ideología ha podido suplir de manera continuada. Para tratar de responder entonces a la pregunta de qué nos puede aportar hoy el pensamiento religioso, quisiera esbozar la idea de lo que en mi opinión  se revela como un llamado ineludible: la necesidad de devolverse a nuestros valores comunes y a nuestras respuestas vitales al presentimiento del espesor, del significado y dignidad que hacen de la vida un lugar merecedor de nuestro esfuerzo y de nuestro regocijo.

            Con la crisis de lo que constituyó la última y fallida promesa de la modernidad (y me refiero aquí a la promesa de la utopía socialista), el horizonte en el que comprendíamos nuestras vidas se desvanece aceleradamente, mientras el conjunto de las significaciones que nos servían como asidero parece disiparse en la más completa trivialidad. El honorable “bien supremo” de la felicidad aristotélica se degrada hasta significar una mediana satisfacción en el consumo, y hay poco en nuestra noción de “vida buena” que aún constituya una orientación para el futuro. Nuestros mitos colectivos están vacíos: no tenemos más proyecto de sociedad que el ensanchamiento del confort y el éxito personal en el mercado de nuestras capacidades y capacitaciones. De allí que por todos lados aparezca la añoranza de un sentido más abarcador, de algo que nos saque de la nimiedad de una vida personal a la deriva para ligarnos “a una causa más grande que nosotros mismos”, como dice Paul Ricoeur en su librito Amor y justicia. Y tal vez sea en ese marco en el que debamos entender el frenético surgimiento de toda clase de propuestas espirituales, nuevos paradigmas, infinitas técnicas de sanación—incluidas las curaciones mágicas del planeta—y, en general, toda clase de visiones y experiencias vagamente religiosas.

             Mucho se ha insistido en el agotamiento de la idea de Dios, de ese Dios creador, justo y bondadoso, cuando lo que constatamos cotidianamente a nuestro alrededor  es devastación, muerte y niveles de crueldad insospechados. Mucho se ha insistido en la muerte de Dios y esa denuncia conlleva la de todo el cúmulo de males que se le imputan a Occidente. Más allá, sin embargo, del Dios monoteísta, la evidencia del sufrimiento en la tierra ha confrontado a todas las culturas y todas han tenido que dar una respuesta en uno u otro sentido. ¿Qué significa en verdad el sufrimiento humano, y sobre todo el sufrimiento de los inocentes? Como dice Dostoievski en el famosísimo pasaje de Los hermanos Karamasov: si Dios es bondadoso por qué manda tales sufrimientos, y si a aquellos a quienes se los manda son culpables de pecados recónditos, por qué a los niños ¿Por qué sufren los niños, si son inocentes? La pregunta es siempre la misma: ¿estamos pagando un mal que atrajimos sobre nosotros previamente y que ahora cae sobre nuestras cabezas? ¿Si somos esencialmente “hombres de bien”, por qué hay tanto mal a nuestro alrededor? ¿Y si somos seres de razón, como quería Kant, cómo es que la razón no prevalece? Quisiera tratar de mostrar de manera muy somera, cómo las respuestas que las distintas culturas han ofrecido al canónico problema del sufrimiento de los inocentes conforma el núcleo (o uno de los núcleos) de sus distintivas cosmovisiones. Quisiera esbozar también la idea de que examinando este problema, digamos, teológico, acaso podamos encontrar alguna clave de retorno, una intuición que le devuelva a nuestro tránsito una significación profunda y que, al mismo tiempo, eluda los escollos de la superstición y el fanatismo.

            Hay dos o tres respuestas clásicas al problema del sufrimiento de los inocentes: la primera es negar que hay tal, que haya sufrimiento de inocentes, pues, considera que todo daño que recibimos en nuestras vida es producto de culpas anteriores –ya sea en esta vida o en otras- que ahora tenemos la oportunidad de expiar y de limpiar: es la idea del karma en sus distintos matices y acepciones: el sufrimiento como castigo y como oportunidad de elevación espiritual. En su forma más conocida es la respuesta del hinduismo y sus múltiples variaciones esotéricas hoy tan de moda, pero toma diferentes vestidos en las distintas tradiciones. Es la respuesta que da Orígenes en los albores del cristianismo cuando plantea que las diferencias e injusticias con las que llegamos al mundo (unos ricos, otros pobres, unos queridos, otros esclavos), se explica por las pruebas a las que estuvo sometida el alma en la región celeste antes de encarnar en el cuerpo humano. Por la manera en la que se comportó allá dicha alma, recibe en la tierra alguna forma de premio o de castigo. En todas sus versiones, el sufrimiento al que están sometidos aquéllos- hombres, mujeres o niños que nos parecen inocentes- se explica por la falta original que con seguridad cometieron y que los hace merecedores de tal destino.

            Como sabemos, ante esto se revela el Dios de Job cuando levanta la voz contra Elifaz y los amigos de Job por haberlo acusado de delitos inexistentes, y no haber reconocido que sufría siendo justo. Los amigos de Job lo acusan de crímenes potenciales porque no pueden aceptar que un sufrimiento así ocurra sin una causa. Pero Job sufre y es inocente y Dios lo confirma categórico. El Dios creador acepta que su siervo Job es justo y que sin embargo sufre males sin fin. En la cultura occidental, Job es el más claro ejemplo de la respuesta positiva al sufrimiento de los inocentes: el justo también sufre, luego el sufrimiento no puede ser reducido a la culpa. Cuando Job intenta pedir cuentas de sus males, Dios no le contesta, pero sí le responde: “¿Dónde estabas tú cuando yo creaba la tierra?”, le pregunta. “¿Quién ordenó sus medidas si lo sabes?” Entonces Job acierta a comprender cómo la grandeza divina supera infinitamente la subjetividad humana y aquella visión es suficiente para que su alma se abra de nuevo a la vida.

            Como en el ámbito moral, también en el metafísico hay sin duda espacio para distintas –y en ocasiones opuestas- intuiciones religiosas, y por lo tanto, para vislumbrar en una y en otras una parte del perdurable misterio. Así también para la reverente aceptación del santo Job, santo por ser capaz de asumir que aun sin culpa, es preciso aceptar el mal sin por eso negar el valor y la hermosura de la creación. Pero hay una respuesta más en la tradición judeo-cristiana que alcanza incluso a la modernidad y que ha constituido el hilo conductor de algunos de nuestros más elevados anhelos: Dios no desea el mal del mundo y particularmente el mal que unos seres humanos infligen a los otros. No lo desea y no lo infiere: el mal es abominación y atentado contra la ley de Dios. Pero Dios no puede por sí mismo reparar el daño que hay en el mundo, sino que necesita del ser humano para hacerlo: la tarea de ser humano es devolver a la luz las chispas caídas, atender el sufrimiento y restituir la solidaridad humana a través de la acción ética.[1] La ética se constituye de este modo en el acto reparador por excelencia, en el acto que le otorga al hombre su plena dignidad (como ya lo veía Kant), pero que al mismo tiempo recupera el vínculo que lo liga a un orden más amplio. En esta perspectiva, el mundo no es una creación perfecta y acabada, sino un espacio permanentemente abierto donde el gesto fraterno actualiza, en cada acto cotidiano, el sentido de la creación como orden de amor y de justicia.

            En algunos de sus textos, Emmanuel Levinas habla de esta condición inacabada del mundo y hace un análisis de la idea de la salvación o de la redención, que ha constituido la herencia de Occidente (es decir, la idea de que el mal en el mundo es en esencia inexcusable y que dicho mal ha de ser reparado a través de la acción ética de los seres humanos); este es el orden en el que estamos obligados a responder por nuestro hermano: a la pregunta de Caín, “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, la tradición responde “Sí”. Este ser responsable por el otro constituye el marco de pensamiento en el que arraiga nuestra preocupación por la pobreza y la opresión, nuestro compromiso social por remediarlo, nuestros afanes por hacer del mundo un sitio más feliz; este “sí” de la tradición es el que nos compromete a cada uno de nosotros con la pequeña o gran responsabilidad que adquirimos con nuestros semejantes, con el otro ser humano que se muestra ante nosotros desnudo en su vulnerabilidad.

            No hace falta creer en un señor de larga barba sentado en el trono celestial para asumir el legado espiritual/moral que todavía hoy puede servirnos para re-imaginar el orden deseable de lo posible. Pues ésta es también la herencia de occidente; al lado de la tecnología puesta al servicio de la muerte y la devastación, también es éste nuestro patrimonio: la confianza en que nuestros actos pueden procurar justicia o alivio, pueden ayudar a dilatar todo lo que es bello y digno de ser agradecido.

            Por eso aquí la ética no se refiere tan sólo a una cuestión de índole personal, sino también a un compromiso colectivo, político, con los otros, uno en el que reconocemos los valores que guían nuestra actividad social y nuestras decisiones individuales. No se trata por supuesto de suplantar  o usurpar la verdad del otro, ni tampoco de construir nuevas teocracias; se trata de mantener el oído atento, atareados como estamos en la creación colectiva de nuestra historia; de mantener el oído atento, digo, a aquello que, como sostiene Habermas, traza el horizonte todavía no rebasado de una apuesta por la justicia y la bondad; una apuesta sostenida en tiempos de penuria por un mundo más fraterno y menos cruel. De modo que incluso en tiempos de incredulidad y desencanto, tal vez nos sea posible hallar en las intuiciones religiosas ya no sólo la fascinación por los cultos ancestrales ni el impracticable retorno a una devoción ingenua, sino la fe viva en aquello que, contra toda evidencia, nos permite sostener las mejores posibilidades de los humano.



[1] Esta idea, emanada de la cábala luriánica apunta a un relato de la Creación según la cual Dios debía retraerse para que el universo tuviera  cabida: Cuando el Creador pensó en hacer el universo, tuvo primero que contraerse, esconderse o encerrarse en sí con el fin de hacer un espacio para el mundo; sin dicha retracción, sin dicho movimiento el universo no hubiera podido existir pues su lugar estaría ocupado por Su presencia infinita. Este movimiento hacia adentro, movimiento de auto-limitación y contracción se llama tzimtzum.  De manera paralela a su “retraimiento”, Dios crea los diez vasos o vasijas (sefirot) para contener la luz de su emanación creadora, vasos a través de las cuales los atributos divinos (justicia, misericordia ante todo) se manifestarían exteriormente permitiendo que lo creado tomara cuerpo y forma. La creación ocurriría por la mezcla feliz y armónica de esos atributos divinos. Esos “vasos” son las “esferas” del Árbol de la Vida por cuya mediación el universo vendría a su existencia, receptáculos gracias a los cuales la energía divina toma pie en el mundo. Pero las vasijas creadas para contener aquella luz, no pudieron soportar, no pudieron sostener la fuerza de la emanación creadora y se rompieron, de manera que la energía divina cayó en forma de chispas al abismo y se dispersó desordenadamente. Es la etapa conocida como “la ruptura de los vasos”. Es tarea del ser humano en tanto “socio de Dios” (puesto que es su semejanza) rescatar las chispas caídas de las corazas de dureza donde se encuentran apresadas para llevarlas de nuevo al lugar de su luz divina donde corresponden. Este movimiento que el ser humano está llamado a realizar es el acto de “restitución” o tikkun, y constituye el esfuerzo por traer armonía y paz al mundo a través de actos cotidianos de bondad y de justicia. Cf. Gershom Scholem. The Messianic  Idea in Judaism, pg. 45
 
 

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