miércoles, 16 de abril de 2014

El sabor de un hombre, entrando al reloj de arena


 

José Luis Rangel Gasperín

Se dice que no se debe juzgar a un libro por su portada. La magia de la literatura –como bien lo puede saber cualquier lector- se encuentra dentro del cuerpo de aquel objeto extraño; en lo que esconde, como diría Fernando Vallejo, aquella “caja negra cerrada que uno no sabe qué tiene”. Curiosamente, muchas veces nos vemos más influidos al comprar un libro por la faz externa o su sello editorial que por lo que finalmente propone. Aunque, cómo saberlo, cómo sospechar sin haber antes caído en el engaño. La sabiduría popular también dice que una imagen vale más que mil palabras, y con esto digo casi todo.

Si bien este primer párrafo podría parecer alguna especie de consejo para el consumidor en general de cualquier producto, mi intención es más bien hacer una reflexión en el innecesario riesgo que pude correr tras haber visto aquel libro que de portada tenía un marco azul tenue, enmarcando un esbozo de Picasso que generaba una armonía más que sugerente con el título ya de por sí escrito con malicia: El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic.

Dirigirnos a Nueva York a través de la lectura es siempre un nuevo descubrimiento. Es en esta ciudad de enormes rascacielos donde Tereza, una poetisa polaca que estudia literatura inglesa, acaba conociendo a un antropólogo interesado en canibalismo llamado José. Enamorándose de manera obsesiva, consiguen vivir juntos en un apartamento donde el placer culinario mezclado con la pasión nocturna hace de sus vidas un verdadero torbellino que no parece tener destino ni final.

Como bien hubiese escrito Pessoa, viajar es como perder países. Sin embargo, el encuentro de estos dos personajes extranjeros que deben comunicarse entre sí con un idioma tan distante como puede ser para ellos el inglés, no acaba siendo una mera casualidad: las bases de la novela se provocan tras la terrible soledad que ambos sufren: ella, al hallarse acompañada solamente de la literatura, amiga que en ocasiones traiciona; él, tras dejar a su familia en Sao Paulo y añorar un pasado que a la vez no quiere revivir. Alejándose de sus tierras, acercándose a una nación que tampoco parece recibirlos con los brazos abiertos, no les queda más que una inicial resignación.

Tras volverse amantes es notoria la emoción por parte de Tereza, que no deja de parecerme una mujer terriblemente cegada por su enamoramiento. Tomando como prioridad su relación con José, hace a un lado sus estudios, da la espalda a su poesía y prefiere mirar con otros ojos la nueva vida que se le va acercando. No sospechabas entonces que estarías a punto de entrar en el reloj de arena y observar la fugacidad del tiempo, Tereza, porque cuando lo notaste ya era demasiado tarde. Fue en aquel viaje que José tuvo que hacer a San Francisco, reencontrándose con su familia, cuando en verdad sentiste los pasos sobre la azotea, cuando en verdad llegaste a sentirte más sola que nunca. Debías tomar aquella decisión, y lo sabías.

Entre los comentarios críticos que muestra la contraportada del libro se encuentra el de un célebre diario inglés que compara la prosa de Drakulic con la de Marguerite Duras. Como lector intuyo que lo que cuenta El sabor de un hombre está provisto de una pasión desenfrenada. Sin embargo, parte del elogio que merece esta autora es la tranquilidad con la que va contando los horrores y las mieles de esta historia. No es sencillo para un escritor tener la templanza suficiente para narrar algo que fácilmente podría salirse de sus manos, como en muchos otros casos ha ocurrido. Sin embargo, al respecto de la estructura, encuentro más una influencia de Ernesto Sabato, al notar que como en El túnel desde el principio se sabe lo que Juan Pablo Castel hizo a María Iribarne, en la novela de Drakulic se sospecha siempre lo que planea Tereza hacer con José. Como dije antes, el título es más que sugerente.        

 Puedo ya alardear que la intuición no me falló al comprarlo. Encuentro en esta novela de Slavenka Drakulic, escritora croata nacida en 1949, una fascinante metáfora sobre aquel drama de todos los días: el amor como una lucha bilateral, como una batalla diaria escondida por ver quién aguanta más y quién devora al otro paulatinamente. Y quién acaba dándole vuelta al reloj de arena, para acercarse al principio del fin o al perpetuo sentimiento mutuo.

Tereza y José. El destino que les aguarda a ambos. El ritual que les permitirá volverse un solo cuerpo y amarse hasta el final. Quizás y las palabras de Confucio sean correctas: “nuestra suerte no está en mano de los dioses, sino en manos de quien prepara nuestro alimento”. Quien lea El sabor de un hombre entenderá el sentido de mis palabras y la razón por la que escribo.    

 

 

 

 

 

    

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