miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dos cuentos


David Nepomuceno Limón

LAS MARGARITAS Y LOS GIRASOLES


En un pequeño valle de clima templado, se inició, hace muchos años, la siembra y cosecha de flores de clases diferentes. Esto motivó que las familias se instalaran en las dos márgenes del río que les brindaba lo necesario para sus propósitos. Agua clara y abundante llegaba desde la sierra lejana. Su caudal impresionaba por la fuerza y magnitud de la corriente. Cuando los campesinos llegaron ya existía un puente hecho de piedra y nadie sabía quiénes lo construyeron. Su estructura prometía muchos años más al servicio de las comunidades que el camino enlazaba.
    Las Margaritas y Los Girasoles, que en un principio fueron pequeñas agrupaciones de casas de labradores y artesanos, actualmente son pujantes poblaciones que luchan por continuar progresando. El puente sigue siendo el elemento más importante para su comunicación.
    Recuerdo que hace varios años mi compadre Jacinto y yo veíamos a Timoteo preocupado por poder vender toda la flor de su terreno. La flor era de calidad, pero algunas se empezaban a marchitar. Esa mañana Timoteo hizo un alto en su camino antes de llevarla a ofrecer a los mercados de la ciudad. Al cruzar el puente se le ocurrió echar al río las flores deslucidas, que al contacto con el agua flotaban un momento para hundirse después en el torrente que huía sin delicadeza. Lo hacía despacio, escogiendo cuál se iba al río y cuáles se quedaban.
    En esos momentos pasó Rafaela, la señora que compra barato en la ciudad y revende en su pueblo, la comunicativa que no sabe guardar un sólo secreto.
   ― ¿Qué hace, Timoteo? ― preguntó, extrañada por lo que veía. El hombre aprovechó el momento para gastarle una broma.
   ― ¡Señora, qué gusto verla! Lo que estoy haciendo es agradecer todos los favores que ha hecho el puente de los deseos ― El comentario tenía el síntoma de una anécdota graciosa que Rafaela no logró captar.
   ― ¿En realidad el puente cumple los deseos?
   ― ¡Claro! Si usted pide algo bueno y de corazón, tenga la esperanza de que pueda cumplirse lo que solicitó.
   ― ¿Como qué cosas puedo pedir?
     Timoteo se vio obligado a seguir dando respuestas fuera de la realidad.
   ― Lo que guste, siempre y cuando no sean brujerías y mucho menos, maleficios.
   ― Voy a probar. ¿Me permite una de sus flores?
   ― ¡Eso sí que no! ― dijo Timoteo. ― Tienen que ser flores que usted compre y las traiga.
   ― Entonces regreso la próxima semana.
    Nadie imaginó que Rafaela tomara la broma muy en serio. El comentario había significado un espacio suficiente para echar a volar la imaginación y darle un lugar a la buena suerte.
    A la siguiente semana llegó Rafaela con sus amistades, y sintiéndose dueña de la situación, les comentó que cuando pidieran su deseo deberían hacerlo sólo desde el lugar que ella les indicara. Se refería al sitio donde Timoteo arrojaba sus flores. Les pidió que cerraran los ojos al pensar en un deseo y lanzar la flor a la corriente. Las personas lo hicieron al pie de la letra. Todas esperaban algo benéfico para ellas mismas.
     La gente que cruzaba el puente las miraba con extrañeza. Con qué seriedad se expresaba un deseo, convertido en una frase inocente que era confiada a la corriente del río por medio de una flor, la que era absorbida con rapidez.
     La noticia se extendió de inmediato en las dos poblaciones. Había en ella una elocuente agudeza en el buen sentido de cambiar la realidad a través de un sueño.
     Al pasar las semanas, llegaban hasta tres personas diariamente al puente de los deseos. Los pobladores de Las Margaritas y  Los Girasoles fabricaban anécdotas con imaginación y pequeñas mentiras. Lo que interesaba era ser felices. Algunos jóvenes esperaban en el puente a quienes lo visitaban. Eran como aduaneros que señalaban el lugar correcto donde solicitar el cumplimiento del sueño anhelado. Los puestos de flores en la ribera del río y junto al puente surgieron por la necesidad de la gente por obtener las flores de inmediato. La economía de las poblaciones tuvo un inesperado repunte, algo nunca visto e increíble. El secreto de la broma se quedó guardado en los hogares implicados.
     Cuando falleció Timoteo, fue sepultado con grandes muestras de agradecimiento, como gran benefactor de las dos poblaciones. Gracias a él las cosas habían cambiado para bien. A partir de entonces un mundo de oportunidades se abrió para los habitantes. Todos participaban en dar a la gente algo de esperanza, representado en sus flores, dentro de un impaciente compás de espera.
    Todavía algunos comerciantes se divertían mirando a la gente cómo lanzaba sus flores, las que en el agua se precipitaban en un horizonte abierto de promesas. Las mujeres ya no lo veían con sorna, sino que empezaban a tomar en serio la idea de los deseos. Ellas veían cortésmente cuando los visitantes llegaban en silencio, acompañados con una gota de esperanza en su abrumado corazón. Otros deseaban hallar un amparo entre las frescas flores cargadas de ilusión.
     La diferencia de criterios empezaba a dividir a los pobladores. Algunos insistían en que la suerte era un capricho esporádico. Otros se aferraban a la existencia de ella como una posibilidad real.
     Esa mañana era esplendorosa, como la sonrisa de los ángeles, cuando todos se sorprendieron al ver que llegaba un auto de último modelo con personas de otra clase social. Los ocupantes bajaron serios y callados, lo que daba al ambiente un aire de solemnidad. Llevaban consigo una corona ricamente ataviada con las mejores flores de la región. Con gran respeto la lanzaron al río, mientras que en el barandal de piedra del puente colocaron un arreglo floral en señal de agradecimiento por algún importante favor recibido.
    Quienes contemplaban el suceso quedaron asombrados. No sabían qué decir. Como autómatas siguieron a los visitantes con la vista. Después de que el auto se fue, era impresionante ver cómo la gente llegaba al puente, ahora con la ferviente ilusión de que su deseo también se cumpliera. La visita había logrado que las puertas de los corazones se abrieran súbitamente y el regocijo se desató a causa de la buena suerte.
     Los deseos y las ilusiones vagaban libremente entre los habitantes, que no se cansaban de admirar la intensa corriente del río. La buena suerte se había hecho presente, empleando como recurso principal la sorpresa, para quienes buscaban inicialmente un camino diferente.

NUNCA OLVIDARÉ

No recuerdo qué edad tenía; quizá dos años y medio o tres. Todavía no asistía al jardín de niños. Era un día soleado. Mi madre me llevó consigo a donde lavaba la ropa. Había un tanque grande con un lavadero a cada lado. El tanque completo estaba pintado de rojo excepto el interior, y localizado al fondo del patio de la casa. Mi madre utilizaba el lavadero de la izquierda mientras yo me hallaba en el otro, donde ella me había subido.
    Mis hermanos estaban en la escuela, mi padre trabajaba en la fábrica mientras en casa se realizaban las labores cotidianas. Yo era el bienaventurado que aprovechaba la ausencia de compromisos que me concedía la corta edad.
    Jugaba con carritos de plástico de diferentes colores, mientras escuchaba el sonido acompasado de la ropa que era tallada sobre la superficie del lavadero. Las palomas volaban de un lado a otro demostrando su agilidad en el aire. Todo era tranquilidad.
    Alguien tocó en la puerta de la casa. Lo hizo con rigor, ya que hasta los lavaderos se escuchó el ruido. Mi madre se alejó rápido de su labor mientras yo seguía con mi juego y libertad, que me proporcionaban toda la armonía de la vida.
     La curiosidad por ver el agua más de cerca hizo que probara el sabor de una experiencia inesperada. Caí de pronto al líquido, que veía claro y profundo. Nunca intenté hacer algo malo dentro de lo mal que ya era estar sumergido en el tanque. Había algo diferente al contacto con la humedad del agua, y los rayos del sol se manifestaban en un mundo espectacular, de mil colores, pero que te advierte que puede hacerte daño, posibilidad que ni siquiera imaginaba. Me asomaba accidentalmente a un mundo fabuloso, pero que tenía algo que podría transportarme a la eternidad.
     Bajé al fondo muy despacio. No había cerrado los ojos para nada. Los rayos del sol llegaban convertidos en mil colores haciendo figuras que no podía entender. Ahora, a tantos años de distancia, comprendo el reflejo del agua y su efecto de refracción.
     Estaba fascinado. Nunca sentí miedo. Me impulsé por inercia, pero no dejaba de admirar los rayos solares en medio del agua. Todo era silencio, tranquilidad… Sólo luz y movimientos lentos, muy lentos.
    Dentro del agua me sentía inmerso en un mundo diferente. Fuera de ella, estaba la angustia de mi madre que no me encontró donde me había dejado, sino entre el agua e inmóvil. Reaccionó porque deseaba que a mi espíritu le faltara mucho para alcanzar la eternidad. La nada infinita me esperaba, y afortunadamente esa misma nada se quedó esperando. Yo ni siquiera imaginaba que el único compromiso con la vida era preservarla.
     La mano vigorosa de mi madre me sacó bruscamente de mi plácido ensueño acuático. Qué rara es la vida: primero me sumerge en un mundo sin igual, y de inmediato me cambia el panorama, para terminar gritando como loco en brazos de mi madre, sufriendo un probable exceso de miedo, al ver la angustia reflejada en su rostro mientras me escrutaba asegurándose de que no me hubiese lastimado.
    Unos segundos después estaba yo de pie junto a los lavaderos, escurriendo agua. En aquel instante conocí la esencia del caos, mientras mi madre me veía asustada, preguntándome si algo me dolía.
    Con movimientos bruscos me desvistió, secándome de inmediato; mientras mi respuesta era un grito tendido por la urgencia que exigía el momento. En cuestión de minutos me encontraba con ropa seca, peinado y en brazos de mi madre. Vi que se encaminaba apresurada por la calle rumbo a un punto en el que, cuando entramos, me vi envuelto entre olores a medicamentos y alcohol.
    El médico no me halló lesión alguna, aunque sí hubo receta. De pronto me hallaba frente a una enfermera que inyectaba a la gente atacándola como si fuera toro de lidia. En esos momentos deseaba que me tragara la tierra. Gritaba y manoteaba, pero todo fue inútil. Cuando sentí el piquete de la inyección conocí todas las galaxias y otros puntitos blancos muy lejanos. Al salir de la clínica sólo quedaba un dolor sin consuelo entre los brazos enérgicos de mi madre.
     Después de tres días con medicinas tomadas e inyecciones, todo volvió a la normalidad. Para mí, el tiempo seguía sin existir. Sólo me bastaba divertirme con mis juguetes, admirando lo que me rodeaba.
    El dolor de las inyecciones quedó en el pasado, pero jamás olvidaré los rayos del sol entre el agua del estanque. Afortunadamente, quedó lejos de mi alcance “la antesala al más allá”.
     Hoy puedo decir que aprendí que la vida es muy frágil. Creo que cuando mi madrecita me vio sumergido, deseó regresar el tiempo para no dar crédito a la experiencia que había vivido.
    A edad muy temprana me encontré, sin proponérmelo, con una vivencia que hoy comparto. Mi madre me rescató de las garras de la muerte, y lo hizo sin sentimentalismos. Una sacudida brusca, ropa seca y limpia, y unas inyecciones como punto final.


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