viernes, 7 de diciembre de 2012

Sin pantallas



Samuel Nepomuceno Limón

El New York Times publicó el 22 de octubre de 2011 el artículo “Una escuela de Silicon Valley no usa computadoras”, escrito por Matt Richtel.  A finales de abril de 2012 el periódico parisino Le Monde difundió la noticia en Francia. Una y otra publicaciones han causado sensación en diversos lugares del mundo occidental, y algunas secciones son reproducidas un gran número de veces en Internet, ya traducida a los idiomas correspondientes. El motivo de interés es algo que parece una contradicción. Varios de los ejecutivos de los monstruos de la informática (Apple, Hewlet Packart, Google, etcétera)  asentados en Silicon Valley, en el estado norteamericano de California, prefieren que sus hijos estudien su primaria en una escuela donde todo tipo de pantallas está excluido. Ahí los niños realizan sus tareas cotidianas sin computadoras, y los maestros desautorizan su empleo en casa por parte de los estudiantes.
   Los materiales empleados por esa escuela son papel y lápiz, agujas de tejer y ocasionalmente barro.  Las actividades escolares incluyen tejido, a veces panadería, y una serie de juegos educativos. Dice Matt Richtel: “Las escuelas del país [Estados Unidos] se han apresurado a equipar sus aulas con computadoras, creyendo las autoridades políticas ser absurdo no hacerlo. Pero el contraste aparece en este mismo lugar, considerado el epicentro de la economía de alta tecnología, donde algunos padres y educadores tienen un lema: los ordenadores y las escuelas no se deberían mezclar”.
   La filosofía propia del sistema de escuelas privadas al que pertenece la que mencionamos centra su enseñanza en el desarrollo físico y el aprendizaje a través de la creatividad y las tareas manuales. Los que apoyan esta pedagogía dicen que las computadoras dificultan el pensamiento creativo, el movimiento, la interacción humana y la capacidad de atención.
   Algunos de esos padres consideran que sus hijos no se están retrasando con respecto de quienes manejan computadoras. Al conocer cómo se manejan los programas saben que, cuando al fin accedan a esa tecnología no les representará ninguna dificultad.
   Fotografías del interior de las aulas muestran, por un lado, pizarrones de madera pintados de negro y en la mesa del maestro una cestita o caja con un conjunto de pedazos de gises de colores. Los docentes emplean gises de colores en sus explicaciones. En otra pared, cubriendo por completo el muro, hay una estantería llena de libros, entre los que destacan diversas enciclopedias. Las bancas de los alumnos aparecen en hileras horizontales, a lo ancho del aula, y los pupitres son individuales.
   En matemáticas, los escolares aprenden las tablas de multiplicar saltando la cuerda. Dice Richtel que Cathy Waheed, maestra de la escuela, ingeniera informática, “trata de hacer que el aprendizaje sea tanto atractivo como palpable, vivencial. El año pasado enseñó las fracciones haciendo que los niños cortaran la comida ―sean manzanas, quesadillas, tortas― en cuartos, mitades y hexagésimas partes”.
   De acuerdo con la forma de trabajo del plantel, manejar agujas y estambre “ayuda a desarrollar habilidades de resolución de problemas, identificación de patrones, matemáticas y coordinación. Su objetivo a largo plazo: hacer calcetines”.
   Afirman los maestros que en sus primeros grados los estudiantes no obtendrían buena puntuación en pruebas estandarizadas porque ellos no se apoyan en un estándar en matemáticas ni en un currículo de lectura habitual. Al ser una escuela privada, está exenta de la presentación de exámenes estandarizados.
   Para nosotros, en relación con los asuntos tecnológicos, existe otro aspecto que convendría considerar, el de la información ofrecida por las escuelas.
   La información ha tenido diversas manifestaciones a través de la historia, tendentes a resguardarla, acrecentarla y trasmitirla. Primero fueron tablillas de barro, piedras grabadas, que son las evidencias más antiguas conocidas de cuando apareció la escritura. Después, durante varios siglos el soporte fue el papel con caracteres escritos con tinta. Tiempo después, hubo cintas y tarjetas perforadas, Con la invención del fonógrafo se dio paso a la modalidad sonora, que se sumó a la visual,  unidas posteriormente en los medios audiovisuales. Igualmente se resguardó información visual en imágenes estáticas y en movimiento. Posteriormente, la irrupción de las cintas magnéticas proporcionó un soporte práctico y portátil. Así, la información se almacenó, además del papel, en cintas, películas, disquetes, chips, memorias de almacenamiento masivo y otros dispositivos electrónicos y ópticos. Hoy en día el almacenamiento de la información puede darse el lujo de no ocupar un lugar físico, y residir en un sitio del espacio cibernético, ‘la nube’, donde es ‘subida’ o ‘bajada’ para su empleo y manejo.
   Los libros han constituido la forma tradicional de guardar la expresión del pensamiento humano. En su forma electrónica o de papel continúan disponibles para quien desee hacer uso de ellos. De hecho, la educación escolar apoya el manejo de los datos que maneja en libros de texto y diversas obras de consulta. Ahora la información ha hallado un importante medio de difusión a través de la red, la Internet, y con una computadora y un módem muchas personas pueden prescindir de los gruesos volúmenes de las enciclopedias, diccionarios u otros medios escritos de consulta. Por medios para tener acceso a la información no paramos. Según los padres de Silicon Valley, la Internet es más una distracción que una ayuda.
   En la década de los setenta del siglo pasado algunas facultades universitarias xalapeñas como Psicología y Pedagogía vivieron una época conductista. La presencia de Emilio Ribes Iñesta, Antonio Gago Huguet, entre otros, influyó bastante para dar a conocer las ideas skinnerianas que estaban en boga en Estados Unidos, principalmente. En aquellos años se hablaba de las máquinas de enseñanza, dispositivos destinados para el autoaprendizaje, en las que los estudiantes hallaban información y respondían preguntas anotando sus respuestas antes de que aparecieran las contestaciones correctas para confrontarlas. Igualmente algunas editoriales dieron a la luz libros programados. El asunto tenía un aspecto futurista, en el que la programación se acoplaba al control de la conducta. Pasados los años, desconocemos qué ocurrió con tales adelantos, pero evidentemente no lograron la difusión y el éxito que se vaticinaba.
   Pero la educación es mucho más que información. Cierto que una parte importante de aquélla es meramente informativa, pero por sí sola resulta insuficiente o inoperante. Educar es preparar al hombre, como especie, para hacerlo humano, para volverlo capaz de interactuar eficazmente con sus semejantes. Para vivir en paz y armonía. Eso no lo puede hacer una máquina, al menos hasta el presente. Para formar un ser humano se requiere de otros seres humanos. Formar, entendido como humanizar.
   Podría suponerse que aun para dispensar información, la que es dispuesta por un ser humano, será más comprensible que la ofrecida por un artilugio electrónico. Toda la parafernalia cibernética resulta insuficiente para educar como humanos. Podrá instruirlos, pero no hacerlos mejores mujeres y mejores hombres.
   Alan Eagle, padre de una de las niñas de la escuela a que nos referíamos al principio, opina en entrevista con Le Monde que “La idea de que una aplicación en un iPad puede enseñar mejor a mis hijos a leer o hacer cuentas es ridícula”.
   Somos testigos de una creciente dependencia con respecto de los aparatos electrónicos. Mucha gente no se atreve a salir de casa sin su teléfono celular y hay empleados que son incapaces de funcionar si no es con una computadora. Hay quienes dejar de hacer lo que hacen, literalmente, cualquier cosa por importante o urgente que sea, para contestar un mensaje por su teléfono celular. Las conversaciones tienen más presencia por el chat que de persona a persona. Así, el electronismo realmente está haciendo a la gente más aislada. Hemos visto parejas de novios sin hablarse ni mirarse largo rato porque cada uno está ocupando enviando y recibiendo mensajes en sus respectivos teléfonos celulares. Puede haber veinte, treinta o más personas en la plaza pública, una cerca de la otra, que no se saludan ni intercambian comentarios debido a que cada uno está conectado por su lado.
   ¿Conoce usted a alguien que tenga televisión, computadora y teléfono móvil pasarse un día completo con todos esos aparatos apagados?
   La aparición y reproducción de la noticia mencionada se inscribe en el contexto de un movimiento que está adquiriendo seguidores en el mundo: el del desprendimiento de la dependencia de la máquina, la desconexión. Mientras todo mundo trata de estar conectado a su celular o computadora, hay gente que ya viene de regreso.
   Actualmente, la desconexión no es masiva, sino una tendencia que implica a los sectores más acomodados. “Los ‘pobres’ de la tecnología son los que no pueden eludir la responsabilidad de responder de inmediato un correo electrónico o un mensaje de texto. Los nuevos ricos, por el contrario, son aquellos que tienen la posibilidad de filtrar e instaurar distancia respecto de esta interpelación”, afirma Francis Jáureguiberry, citado por La Jornada, de México, en relación con el tema, el 30 de octubre de 2012.
   Según los supertécnicos aludidos en las notas, la escuela privada a que envían a sus hijos para cursar la primaria les brinda más confianza en su enseñanza que otras que trabajan con computadoras. Prefieren la acción humana a la cibernética. Lo creen así, y actúan en consecuencia.


Fuentes:
L’Ecuyer, Catherine. Altos mandos de empresas tecnológicas mandan a sus hijos a colegios que hacen bandera de no usar tecnología. (En Internet).
Periódico La Jornada. México, 30 de octubre de 2012. Empleados de Google y Apple prefieren escuelas sin computadora para sus hijos.
Richtel, Matt. Una escuela de Silicon Valley no usa computadoras. (En Internet).


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